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Pensamiento en Aragón musulmán

Contenido disponible: Texto GEA 2000

En Al-Andalus, cada zona y ciudad se caracterizó, en términos generales, por alguna especialidad aunque sin excluir otras ramas del saber: Toledo en ciencias e historia, Sevilla en poesía y literatura, Córdoba en medicina. Saraqusta o Zaragoza, capital de la Frontera Superior, al-thagr al-a’là (que abarcaba desde Tudela hasta Tortosa llegando por el norte hasta más allá de Huesca y Lérida y por el sur hasta Albarracín y norte de Valencia) abarcó varias especialidades (música y poesía por ejemplo), pero muy en particular las científicas y filosóficas. Pero, respecto a la filosofía, se puede decir que es en esta zona donde tomó cuerpo definitivamente por primera vez en Al-Andalus (y, en cierto sentido, en todo el Occidente, como veremos) hasta que luego alcanzase su clímax en Córdoba con Averroes (1126-1198) y Maimónides (1135-1204).

Los primeros brotes de filosofía que se dan en Al-Andalus los representan el gran cordobés Ibn Hazm (994-1063), autor enciclopédico, el sevillano Ibn Wahayb (1061-1130) del que únicamente se conserva el título de alguna de sus obras, Abû Salt de Denia (1067-1130) que se dedicó a la lógica e Ibn al-Sîd de Badajoz (1052-1127) que, precisamente atraído por el ambiente filosófico de la Frontera Superior residió durante largo tiempo en Zaragoza y Albarracín, estando muy en contacto con Avempace, con el cual mantuvo algunas discusiones sobre lógica y gramática.

Pero, como se ha dicho, la filosofía propiamente tal brota en Zaragoza. Y el primero del que se tienen noticias es de Abû Uthmân Sa’îd ibn Fathûn ibn Mukrâm, conocido como al-Himâr (s. IX-X), «el Borrico», por su gran tenacidad en el trabajo. Fue maestro de lógica y autor de dos libros hoy perdidos: uno El árbol de la sabiduría, que era una introducción a todas las ciencias filosóficas y otro, cuyo título se desconoce, en que hacía una clasificación de las ciencias, al modo de al-Fârâbi (h. 870-950) en Oriente. Tras este primer representante, la filosofía toma cuerpo con todo su esplendor en manos de cinco autores, dos judíos tudelanos Abraham ben Ezra (1089-1164) y Yehuda ha-Levi (h. 1070-1141), otro judío malagueño afincado de por vida en Zaragoza, Ibn Gabirol (h. 1070-1141), otro judío más, zaragozano, Ibn Paqûda (h. 1080) y, finalmente, el musulmán de Zaragoza Ibn Bayya o Avempace (h. 1070-1138). Con este último se consagra definitivamente la filosofía en Al-Andalus, hasta el punto de que el gran accitano, Ibn Tufayl (1110-1185), protector del que será la cima del saber filosófico en Al-Andalus, en todo el islam y aun el occidente cristiano, Averroes (1126-1198), dice de él: «Después de éstos (de los matemáticos y lógicos) vino otra generación de hombres más hábiles en la especulación y más próximos a la verdad. Ninguno hubo entre ellos de entendimiento más fino, de especulación más segura, de visión más veraz, que Abû Bakr al-Sâ’ig (Avempace)» (Ibn Tufayl, El filósofo autodidacto, trad. Emilio Tornero, Madrid, 1995, p. 37). Aparte de su pensamiento personal y original, expresado sobre todo en su obra El régimen del solitario (ver nueva versión, con introducción y notas de J. Lomba, Ed. Trotta, Madrid, 1997), uno de sus logros más importantes consistió en que fue el primer comentador de Aristóteles en Occidente. Esta labor, continuada sólo por Averroes en Al-Andalus, influirá definitivamente en el cambio de orientación de la filosofía y teología en la Europa cristiana, cuando gracias a estos autores se conozca la nueva filosofía del Estagirita y sus comentarios árabes.

Respecto a los otros autores, Abraham ben Ezra, Yehuda ha-Levi e Ibn Gabirol, su mérito estriba en que fueron claros exponentes del pensamiento clásico en Oriente y en Occidente, el neoplatónico, ejerciendo un influjo extraordinario Ibn Gabirol en la Europa cristiana a través de su obra La fuente de la vida, aparte de su contribución a la sistematización racional de la ética. En este último punto, precisamente, está también el mérito del otro filósofo zaragozano Ibn Paqûda, con su libro Los deberes de los corazones (ver introducción, traducción y notas de J. Lomba, Fundación Universitaria Española, Madrid 1994). Para estos puntos ver las voces correspondientes a los autores y «Filosofía moral en Aragón musulmán».

El ambiente de la Frontera Superior fue especialmente favorable para este surgir tan espectacular de la filosofía y de la ciencia. Primero, por su situación geográfica: abierta al mar y, por él, a Oriente y Norte de África, recibía toda clase de libros y maestros provenientes del Magreb, Egipto, Persia, Arabia (las otras dos fronteras, la Media y la Inferior, estaban encerradas entre los países cristianos del Norte y el Atlántico). Por añadidura, era una zona muy rica, bañada por el Ebro, dotada de buenos puertos de mar y sin tierra de nadie deshabitada entre la zona musulmana y la cristiana (como ocurría con las otras Fronteras). Finalmente, durante la época de los Reinos de Taifas presentó, por una parte, una zona de seguridad, prosperidad y paz tan llamativas en contraste con la guerra civil desencadenada en el Sur a la caída del Califato, que fue el refugio privilegiado de cuantos intelectuales huyeron. No sólo eso sino que los propios reyes de Taifas ejercieron un mecenazgo muy especial. Más aún, ellos mismos se dedicaron a las ciencias y a la filosofía, rodeándose de ministros así mismo intelectuales que, por añadidura algunos de ellos eran judíos como es el caso de Yequtiel ibn Ishâq y Abû Fadl ibn Hasday, que fueron visires respectivamente de al-Mundir II (1035-1038), al-Musta’în I (1038-1046), al-Muqtadir (1046-1081) y al-Mu’tamin (1081-1085). Es de notar, primero, la gran amplitud de miras de estos monarcas al tomar como visires a judíos. Y, segundo, que algunos de estos reyes fueron expertos consumados en ciencias y en filosofía, como por ejemplo al-Mu’tamin que según opinión del historiador de la matemática Hogendijk fue el mayor matemático de la Edad Media.

Las notas principales que caracterizan la filosofía de la Frontera Superior son las siguientes: el carácter racionalista. Ante todo, por la presencia de numerosos científicos como son: los médicos al-Kattânî y al-Kirmânî, el botánico y farmacólogo judío Ibn Buklârish (s. XI-XII) y el propio Avempace, entre otros; los matemáticos y astrónomos Yahyà ibn ‘Aylan muerto alrededor del 893, ‘Abd Allah ibn Ahmad al-Saraqustî que murió en Valencia en 1058, Ibn Dawûd (alumno del anterior), Sulaymân ibn al-’Awfî, los reyes ya citados al-Muqtadir y al-Mu’tamin y su ministro Abû Fadl ibn Hasday. Este interés por lo científico llevó consigo una primera preocupación: la del método y la lógica, las cuales iban unidas al problema del lenguaje. Ello impulsó un interés por la lógica que se plasmó en la traducción y comentario, ante todo, del Organon completo de Aristóteles, del cual sólo se conocía en el Occidente cristiano la llamada Logica Vetus (Categorías, Sobre la interpretación). Y, unido a los estudios lógicos, los gramaticales. En ambos campos descollaron ilustres personajes del Aragón musulmán o residentes en él, tanto musulmanes como judíos, por ejemplo: ‘Abd al-Rahmân, zaragozano muerto en 893; Ibn al-Jabbar, zaragozano muerto en 1090; Ibn Tabit al-Bilyit, muerto en 1181; Ibn Gabirol, que compuso en Zaragoza una gramática hebrea en verso; el judío Marwan ibn Yanâh (980-mediados del s. XI), que pasa por ser uno de los más insignes gramáticos del mundo judaico de todos los tiempos; Menahem ibn al-Fawwâl, judío zaragozano contemporáneo del anterior, del cual se dice que «se distinguió mucho en medicina y era muy docto en la lógica y en todas las ciencias filosóficas» y que escribió Tesoro del pobre, en que se resumen «todas las leyes de la lógica y principios de la física»; Ibn al-Tabbân (h. 1006-1070), judío de Zaragoza; Abraham ben Ezra que compuso varias obras gramaticales de la lengua hebrea, el ya citado Ibn Fathûn al-Himâr y, por supuesto, Avempace que dedicó largos años al estudio de la lógica y comentario de numerosos tratados lógicos de Aristóteles y al-Fârâbî. Fruto de todo ello fue un marcado racionalismo científico, reforzado por el tipo de medicina que se incorporó a la región, la del persa racionalista a ultranza al-Râzî (s. X). Esto supuso un nuevo planteamiento: el de las relaciones entre la fe y la razón. Ya no dependía esta última de aquélla, como quería la teología musulmana y creía el Occidente cristiano sino que constituía un saber aparte, independiente y paralelo al de la fe y la religión que conducía como éste pero por otro camino, el racional, a la única Verdad, con lo cual no podían contradecirse. Era el legado que había heredado la Península Ibérica musulmana, del gran maestro de ésta, el al-Fârâbî. Este hallazgo que se inicia en el Aragón musulmán, culmina con Averroes y pasará luego a la Escolástica cristiana de Tomás de Aquino, sobre todo.

De ahí se pasó al interés por la naturaleza, lo cual llevó, por ejemplo, a que Avempace comentase por primera vez la Física de Aristóteles. La naturaleza ya no era vista como algo exclusivamente dependiente de Dios como criatura suya, sino como un ser, creado ciertamente, pero dotado de una autonomía, consistencia y leyes propias que merecían ser objeto de la consideración científica y filosófica, al margen de la teología. Y no sólo se comentó la Física sino también los otros tratados naturales aristotélicos, como el del los Meteorológicos, Historia de los animales, Sobre las plantas y otros.

Este racionalismo se ve completado con una segunda característica que es la de la apertura mística. Se pone como fin del hombre, no solamente la vida contemplativa racional y científica sino, sobre todo, el nivel que supera y trasciende a éste: lo que se intuye y ama y a lo que se une místicamente el hombre. Es el caso de Ibn Gabirol en La fuente de la vida, en que todo el itinerario del ser humano culmina en una unión mística. Ibn Paqûda cierra su libro de teología-filosofía-ascética, con un último capítulo consagrado al amor a Dios. Finalmente, Avempace, culmina su camino espiritual en una total desmaterialización que acaba en la unión con el Intelecto Agente, el cual es o la versión filosófica de Dios (que es lo más probable) o un intermediario entre Dios y el hombre. Con ello, Avempace ha inaugurado un nuevo estilo de sufismo, el que podríamos llamar «sufismo intelectual» en contraposición a otros sufismos de tipo más afectivo y sensible.

A esta dimensión mística pudieron ayudar diversos factores: uno, la presencia de varios ascetas y hombres santos que infundieron su profunda vida espiritual en la Frontera, como son Hanas al-San’ânî (+ ca. 718) y Alî ibn Rabâh (+ 732-735) que fueron los primeros predicadores del islam en Zaragoza. Otro factor, fue Ibn al-’Arîf, místico sufí nacido en Almería (1088-1141) y que enseñó en Zaragoza, tal vez desde 1102 hasta tal vez 1118. Otro factor pudo ser la Enciclopedia de los Hermanos de la Pureza, obra shiíta escrita a finales del s. IX en Oriente y que fue traída a Zaragoza directamente por el médico cordobés al-Kirmânî y cuyo influjo científico, filosófico y místico se nota en muchos autores de la región del Ebro. Finalmente, a la vista de la lectura de Los deberes de los corazones de Ibn Paqûda se observa que en Zaragoza tuvo que haber una inmensa biblioteca de autores místicos y ascéticos musulmanes que, sin duda, influyeron en toda la literatura filosófica de la Frontera.

Esta preocupación mística, unido al interés por el valor y papel de la razón llevó a ocuparse a Avempace, por primera vez en Occidente, en comentar el tratado Sobre el alma de Aristóteles, siendo así el precedente inmediato del de Averroes. Este estudio habría de aportar interesantes datos para el conocimiento de los mecanismos psicológicos por los cuales funcionan tanto la razón científica como la unión y contemplación mística.

Finalmente, otra característica de la filosofía musulmana en Z. y en la Frontera Superior es la dimensión moral de la misma. No solamente hay una especial referencia y estudio de la misma, sino que aporta novedades sobre el tratamiento ético anterior. Ver «Filosofía moral musulmana».

 

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