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Pedro Alfonso de Huesca

Contenido disponible: Texto GEA 2000  |  Última actualización realizada el 26/03/2009

(Petrus Alphonsi) Importante escritor judeoconverso llamado originalmente Moshé Sefardí, luego recopilador de cuentos orientales, polemista antijudío, médico y científico, nacido en Huesca en fecha imprecisa y bautizado en la misma ciudad en 1106. Los pocos datos de que se dispone sobre su vida proceden de unas breves frases autobiográficas al comienzo de una de sus dos obras capitales, los Dialogi. En ellas viene a decir que, habiendo sido educado en la religión judaica, a) se convirtió al cristianismo y fue bautizado en la iglesia mayor o catedral, siendo su «padre espiritual Alfonso Buscar voz..., gloriosus Hispaniae imperator, de manos de Esteban, su obispo glorioso y legitimo», b) en la ciudad de Osca Buscar voz..., c) en la fiesta de San Pedro y San Pablo «del año milésimo centésimo sexto de la natividad del Señor, aetais meae anno quadragesimo quarto». Las frases acotadas señalan los principales puntos oscuros, que hay que dilucidar.

En efecto: a) Por «glorioso emperador de España» entendieron muchos a Alfonso VI, no sin cierta razón. Así, incluso la enorme autoridad de Nicolás Antonio (Biblioth. Hispana Vetus, III, 16), pero ya era otra la opinión de Mariana, y de Ferreras, en su Hist. General de España. En abono de Alfonso I el Batallador está no sólo la imprecisión del término «imperator», sino también que Pedro Alfonso hubo de escribir dicho prólogo a Dialogi necesariamente en época posterior al 1106, en la cual aquel título le correspondía con mayor justicia por motivos obvios de conquista y relaciones dinásticas, su matrimonio con Urraca de Castilla Buscar voz.... b) La Osca del texto fue entendida por muchos erróneamente como Osma (así Pérez de Guzmán en su Mar de historias), como Osta (así el autor del Gran cronicón belga de los Scriptores rerum germanicarum), y aun como Ostia (nada menos que Vicente de Beauvais y S. Antonino de Florencia), con lo que nuestro autor pasaría a ser soriano, germano o italiano. La identificación con la actual Huesca y el origen aragonés de Pedro Alfonso se fundan en que, efectivamente, ese año era su obispo Esteban, antiguo canónigo de Jaca y preceptor de Alfonso I el Batallador (rey de 1104 a 1134) aparte de en la constante tradición hispana, aunque con ciertas excepciones. c) La segunda frase latina citada se ha tomado rutinariamente como indicadora de que el bautizo ocurrió «a los cuarenta y cuatro años de su edad»: habría nacido, pues, en 1062. Pero ya Labouderie afirma en su edición, la primera completa, de la segunda obra capital de Pedro Alfonso, Disciplina clericalis, como mucho después Nedelcou señaló en 1824, que esa frase no hace sino dar dos veces la fecha del bautismo: el 1106 de la era cristiana común, y el 1144 de la era o aetas española. Nos quedamos, pues, sin saber la fecha de su nacimiento y, en consecuencia, a qué edad se convirtió y bautizó.

El padrinazgo real hubo de deberse a especial predilección, determinada por su fama previa a la conversión o porque fuera ya el médico personal del rey, como lo fue después algunos años, lo que autoriza a pensar que no podía ser aún un jovenzuelo, tuviera o no esos «cuarenta y cuatro años». La irrupción de un converso de tal nota en la historia nos hace así recordar la pujanza cultural de aquella Huesca y aquel Aragón, y España, en que vivían en solidaridad enriquecedora las «tres religiones» bajo un solo cetro real y en una misma «nacionalidad». En gratitud, el antiguo Moshé adoptó el nombre de Pedro, añadiéndole un apelativo en genitivo como denotando pertenencia: «por lo cual me impuse el nombre de Petrus Alfonsi». No, pues, Pedro Alfonso, sino Pedro de Alfonso, o Pedro Alfónsez, deberíamos llamarle en romance. Llama la atención, a este respecto, comprobar la diversidad de versiones del Alfonsus o Alfunsus original en los diversos manuscritos. Ocurren formas como Adelphusus, Adelfonsi, Adeuultus, Aldefunsus, Aldefulsi, Alfonsi, Alfunsi, Alfonsus, Alphunsus, Anfonsus, Anfulsus, Aufunsus, Aufonsus, Alfunsus, Alfons, y hasta Amphulsus y Ambfosuns, y en viejo francés, Pierres Aufunses. Tal variedad testimonia ya la popularidad de la obra de nuestro aragonés en múltiples países europeos ignorantes de nuestro romance en formación. No la causó sólo su obra: su europeísmo surge también de haber sido médico personal del rey inglés Enrique I, hacia 1110. Por ello, no puede ser fidedigna la fecha de ese mismo año que suele darse para su muerte, especialmente si es nuestro autor el «Petro Alfons» de un documento del 14-IV-1121 descubierto por Lacarra. Sin embargo, siempre se ha dicho que su vida transcurre entre 1062 y 1110.

Obra: I. Parece que el revuelo suscitado por su conversión, la primera de una excelsa serie de ilustres españoles judeoconversos, dio origen a toda clase de comentarios; esa misma actitud se repetiría a lo largo de los siglos: el converso debe defender su sinceridad. Para sus antiguos correligionarios equivalía a traición, a odio religioso, a ignorancia de la Ley (especialmente porque no consta que fuera rabbí), a vanagloria, a interés de medro, como él mismo nos dice en el citado prólogo a Dialogi. Los compuso para defenderse, no se sabe si en hebreo, árabe o latín, pero en latín fueron impresos por primera vez en 1536 por Gymnicus en Colonia, en 8°, con un largo título cuya versión castellana sería Diálogos en los cuales se refutan las opiniones impías de los judíos Buscar voz... con evidentísimos argumentos de filosofía tanto natural como divina y se explican los más difíciles textos de los profetas. Publicados luego en la Biblioth. Patrum de Lyon, 1677, vol. XXI, 172-221 y en la Patr. Lat. de Migne, París, 1854, vol. CLVII, 535-672, pueden estudiarse en otras ediciones modernas, como la de Schmidt de Berlín, 1827, la de Wolf en Biblioth. Hebraea, vol. I, pp. 971 ss., Fürst en Biblioth. Judaica, I, 36 ss. y otras poco accesibles. Pero contra Steinschneider en su Hebräische Übersetzungen... (Berlín, 1893, p. 933) hay que proclamar que esa obra de Pedro Alfonso en modo alguno «merece el olvido en que se halla», como él dice. Si resulta comprensible el resentido encono del judío fiel de ayer y de hoy contra el antiguo hermano prófugo que vuelve sus armas intelectuales contra su anterior comunidad, ello nada obsta a la importancia histórica de esta obra capital.

Hasta ella la polémica antijudía, de honda raigambre cristiana, la habían realizado «cristianos viejos» o conversos del paganismo: desde Tertuliano, Clemente de Alejandría, Orígenes, Cipriano, Eusebio de Cesárea, Jerónimo, Agustín, Gregorio de Tours, hasta nuestros Isidoro de Sevilla, Ildefonso de Toledo, Julián de Toledo o Martín de León en la época visigoda, en textos de título tan simple como el habitual Contra Judaeos. Contemporáneos de Pedro Alfonso tenemos en la Disputatio Judaei cum Christiano de fide christiana, de Gilbert Crispin, abad de Westminster, hacia 1092 (Patr. Lat., CLlX, 1.003-36) y en el Dialogus inter Christianum et Judaeum de fide Catholica (Ib., CLXIII, 1.045-75) del célebre nominalista parisino Guillermo de Champeaux, el enemigo de Abelardo. Si no de todos ellos, sí de muchos cabe admitir el veredicto de Baron: los tipos y aun las doctrinas judías que esas pretendidas disputas entre un cristiano y un imaginario judío presentan no pasan de «shadowy figures without flesh and blood». Pedro Alfonso va a dar a la polémica tradicional el volumen de carne y hueso que necesitaba. Desde él habrá multitud de conversos que discutirán con sus antiguos correligionarios sabiendo bien lo que dicen, por más que, desde la óptica actual, no siempre libres de otra carga de prejuicios e intereses y con argumentos desfasados. La lista se haría interminable, pero serviría para comprobar que sus seguidores son meros eslabones en la nueva cadena y que, partiendo de los Dialogi, repiten básicamente los mismos argumentos y mantienen su misma inspiración. En España, los catalanes Paulo Christian contra Nachmanides en 1263 y el Pugio fidei de Raimundo Martí, muerto en 1284 (pensamiento judio Buscar voz...); los castellanos Abner de Burgos o Alfonso de Valladolid (1270-1348), Pablo de Santa María (1351-1435), con su Dialogus qui vocatur Scrutinium Scripturarum, y su hijo Alonso de Cartagena en su Defensorium; los aragoneses protagonistas de la Disputa de Tortosa con el alcañizano Jerónimo de Santa Fe o Joshua ha-Lorki Buscar voz... a la cabeza, finalmente de nuevo en Castilla, el fanático Alonso de Spina del Fortalitium fidei, uno de los determinantes de la inquisición, hasta culminar en el manuscrito Sefer Hokmet Helolim, del gran humanista complutense Alfonso de Zamora por encargo de fray Juan de Toledo, ab. de Córdoba, ya en 1532, traducido por F. Pérez Castro en 1950 como Libro de la Sabiduría de Dios.

No consta si estos Diálogos responden a una real disputa suya con los rabinos Samuel Abrebalia y Salomón Levita, como insinúan Labourderie y Wolf, tampoco si obras como Mitchamoth Jehovah o Guerras de Dios del rabbí Jacob ben Reuben, y Even Bachen o Piedra de toque del tudelano Shem-Tob ben lsaac ben Saprut Buscar voz..., la última también un diálogo entre un «unitario» judío y un «trinitario» cristiano, que tratan los mismos temas que Dialogi, se redactaron explícitamente en contra: lo admiten Wolf y Hardt, pero lo niega entre otros el abad Rossi (Biblioth. Jud. Antichr., 146).

La principal novedad formal de los Dialogi no es, pues, su forma dialogal, previa a él como se vio, aunque nos dice Pedro Alfonso que la eligió «ut per dialogum lectoris animus promptior fiat ad intelligendum», para que por él el ánimo del lector mejor se apreste a entender. Estriba en que, en realidad, quien dialoga es él consigo mismo: «el Moisés judío con el Pedro cristiano, quien fue con quien empezaba a ser», como bellamente dice Nicolás Antonio. Y esta especie de dialéctico desdoblamiento de la personalidad no resulta ajena al propósito de sinceración y al énfasis de la polémica.

II. La obra de Pedro Alfonso que más famoso le hizo y mayor influjo tuvo en la historia de la literatura europea es su Disciplina clericalis, divulgadísima en algunos manuscritos, muchas veces parciales, pero no publicada impresa en forma completa hasta que el medievalista francés M. Méon colacionó el texto latino original a base de los siete MSS de la Bibliothèque Nationale y otros de Francia. Recogido en la Patr. Lat. de Migne, CLVII, 672- 706, ha sido luego objeto de estupendas ediciones críticas, siendo con creces la mejor de Alfons Hilka-Werner Soderhjelm en Helsingfors, Finlandia (Acta Societatis Scientiarum Fennicae, vol. 38, núms. 4-5, y vol. 49, núm. 4), en tres grandes entregas que abarcan, respectivamente, el texto latino crítico, la traducción francesa, y el aparato y correlaciones lematicas también en francés. Ese mismo texto fue vertido al alemán con el significativo subtítulo «Das älteste Novellenbuch des Mittelalters», «el libro de novelas más antiguo de la Edad Media» (Heidelberg, 1911), y reimpreso en Zurich por E. Hermes en 1970; fue traducido al inglés en Londres en 1977, lengua en que ya había otra versión del texto completo, bajo el viejo título The scholar’s guide, o Guía del estudiante, del conocido medievalista norteamericano John E. Keller, ayudado por J. R. Jones (Toronto, 1969). Ese mismo texto latino completo fue magníficamente traducido al español, por primera vez íntegramente, y sabiamente anotado, por las eximias latinista y medievalista zaragozanas, madre e hija, Esperanza Ducay y María Jesús Lacarra Buscar voz..., en Zaragoza (Guara Editorial, 1980).

En la Edad Media clericus era el clérigo, pero también el erudito, y aun el simple estudioso; recuérdese el mester de clerecía. Pedro Alfonso dio materiales a ambos: coleccionó para el predicador unos materiales que le ayudaran a captar la atención de un auditorio popular, y para el escritor, temas de origen oriental que mantenidos por tradición fueron base de las nacientes literaturas nacionales en el género narrativo. El exemplum tendrá en el orador y en el escritor de «novelas ejemplares» la misma finalidad didáctica y moralizante, más explícita en aquél que en éste. Muchos de los cuentos del Conde Lucanor, Boccaccio, nuestros dos arciprestes —Hita y Talavera—, algunos de Rojas y Timoneda, y temas de Cervantes, Lope y aun Shakespeare, por citar algunos, no existirían como literatura de no habernos sido transmitidos por la Disciplina clericalis, auténtico Aprendizaje estudiantil, como debería traducirse, mejor acaso que Enseñanza de doctos que M.ª J. Lacarra propone. Por más que otros temas, o quizá algunos de esos mismos, hubieran podido pasar a Occidente a través de colecciones independientes, como las árabes Adab y Nawadar, Kalilah wa-Dimnah, el Libro de Ahikar, el de Sindbad o «Sendebar», Las mil y una noches, o hebreas como los Pirke Abboth o Capítulos de los padres del rabbí Nathan de Babilonia de hacia el año 121, o la Mivchar Happeninim, Selección de piedras preciosas, del rabbí Yeddaya Bedrashi de hacia 1298, de gran difusión ambos también, impresos ya a fines del XV en hebreo y en latín poco más tarde. De hecho, sin embargo, hay que decir en general que la mayor parte, si no todos, los ejemplarios medievales escritos en latín, como el Speculum historiale de V. de Beauvais o los del Card. Jacques de Vitry, ambos del XIII, así como los Gesta Romanorum, Scala Coeli, buenas secuencias de la Leyenda áurea del dominico y arzobispo de Génova Giacomo de Voragine, también del XIII, y por supuesto los castellanos Libro de los exemplos por a.b.c., Castigos e documentos del rey don Sancho IV, y otros, derivan de la genial intuición recopiladora de nuestro Pedro Alfonso, divulgada a base de traducciones al primitivo francés estimuladas quizás por la presencia física del célebre converso en los medios intelectuales franceses. Sólo así puede explicarse que sus más antiguos manuscritos procedan ya del mismo siglo XII.

Una de las peculiaridades de la transmisión de los cuentos incluidos en Disciplina fue que se publicaran, y luego se imprimieran, aunque parcialmente hasta 1824, junto con las fábulas de Esopo y otros cuentistas clásicos, medievales y renacentistas. Cabe señalar por su importancia la vieja obra The fables of Aesop as first printed by William Caxton in 1484 with those of Awian, Alfonso, and Poggio (nueva ed. de Joseph Jacobs en 2 vols., Londres, 1889). Pero, sobre todas, el Esopus überstat..., o sea, Esopo traducido (texto latino y alemán antiguo) junto con fábulas de Fedro, Remigio d’Arezzo, Aviano, Rómulo, Pedro Alfonso, Poggio Bracciolini, y la Historia Sigismundae de Leonardo Bruni, del humanista alemán Heinrich Steinhöwel (1412-1482), publicado en Augsburg en 1477 (reprod. en 1922). Nuestro Pedro Alfonso ocupa las pp. 294-332, bajo el curioso título «Gesamelt fabeln», pero con sólo quince de los treinta y cuatro ejemplos del Disciplina completo. Otra impresión de la misma obra es de Basilea, 1500, y otra nueva traducción del mismo contenido fue hecha por Herman Oesterley en Tubingen en 1873. Acompaña el texto, muy pulcro, una serie de bellísimas ilustraciones a todo color, una por cada cuentito. Lo más interesante a nuestro propósito resulta ser que precisamente en Zaragoza, y en 1489, imprimió Hurus Buscar voz... un magnífico incunable en castellano, copia exacta en paginación de ese alemán del 77, y con las mismas ilustraciones en color, conservadas también en la edición de 1873. He aquí, por su interés, el título completo: Ysopete ystoriado, con las fabulas de remisio, auiano, doligamo, de alfonso e poggio c˜o otras extravagantes, el qual fue sacado de latino en romance e emplentado en la muy noble e leal cibdad de çaragoça por Johan Hurus alaman de costancia en el año del Señor de mill.CCCCLXXIX. Por primera vez volvía a su tierra Pedro Alfonso en letras de molde; y había que consignarlo. En 1929 publicó la Real Academia una reproducción facsímil de tan bella obra, con prólogo de Cotarelo, pero las ilustraciones originales quedaron en blanco y negro y con imperfecto diseño. Se llaman aquí Las collectas las ahora sólo catorce fábulas recogidas de Disciplina.

III. La tercera característica de Pedro Alfonso es la científica. Ninguna obra entera nos ha quedado de ella, lamentablemente; sólo fragmentos. Errante no sabemos por qué motivos, satisfizo la curiosidad «científica», para entonces, de franceses e ingleses, recién despertada por los primeros contactos con el oriente a través de la España mediadora, y la estimuló poderosamente gracias a, como él mismo dice de sí en el prólogo a Dialogi, su «no pequeña pericia en todas las artes liberales». No organiza éstas, sin embargo, en Disciplina conforme a la tradicional división de trivium (gramática, retórica, lógica) y quadrivium (aritmética, geometría, música, astronomía); para él «las siete artes son: dialéctica, aritmética, geometría, medicina, música, astronomía y, la séptima, discutible: o nigromancia o filosofía o gramática». Las disciplinas literarias van quedando desplazadas y su lugar será ocupado por las de enfoque más empírico. A Pedro Alfonso en su paso por Francia y especialmente por Inglaterra se debe probablemente la semilla que un siglo más tarde fructificó en la generación que produjo un Roger Bacon.

Millás ha demostrado que la traducción latina de los cánones y Tablas astronómicas de Muh.ammad ben Ahmad al-Jwarizmi (de él el término «guarismo») según la recensión del cordobés Maslama al-Majriti, que venía atribuyéndose al inglés Abelardo de Bath, hecha en 1126, se debe a Pedro Alfonso: sólo así, entre otras razones, puede explicarse la transliteración de nombres árabes y españoles que de otro modo Bath, quien nunca estuvo en España, no hubiera podido conocer. Pero hay más, pues los mismos manuscritos ingleses del siglo XII que contienen los primeros cuatro capítulos de esas tablas, conservados en el Corpus Christi College de Oxford y en el British Museum (283 y Arundel 270 respectivamenle), nos han conservado también el prólogo a ellas y una estupenda Epístola-Proemio a los estudiosos dedicados en Francia a cualquier ciencia que les dirige —quizá desde Inglaterra— «Petrus Anidefunsus (sic) servus Jhesu Christi, frater oerum et condiscipulus». Descubierta por Thorndike y transcrita por Millás, no fue, sin embargo, traducida por éste del latín, por lo que aún espera, como los Dialogi, la versión española que la haga accesible a todos. Son sólo ocho páginas, curiosas más que trascendentales, sobre el método del progreso científico (de entonces, claro), especialmente en astronomía, a base del experimento: «la ciencia sólo por el experimento se puede establecer y nadie puede reconocer como maestro en ella a alguien que no experimente». Pedro Alfonso confiesa al final «haber sudado mucho» para preparar ese libro astronómico traducido con «summo studio» de fuentes árabes, persas y egipcias y ponerlo en latín.

Otros dos manuscritos, ahora del XIV, el Auct. F, I, 9 de la Bodleyan y el Q 351 de la Amploniana de Erfurt, contienen la breve Sententia Petri Ebrei, cognomento Auphus (sic) De Dracone, «traducida al latín por Walcer (o Walcher), prior de la iglesia malvernense», Malvern, Inglaterra. El draco o dragón, además de la conocida constelación sería el nodo tanto ascendente como descendente de la Luna que facilitaría la previsión de eclipses. El tratadito defiende también la división del Zodíaco en 360° en vez de los antiguos 365°, fundamental discrepancia entre la «ciencia» nueva y la vieja del sistema cosmográfico latino-eclesiástico. El mismo Walecer, clérigo estudioso de origen lorenés, nos dice que Pedro Alfonso enseñó el uso del astrolabio y el cuadrante, y le llama su maestro, «magister meus Petrus Aufulsus». Por remotas que se nos antojen hoy estas doctrinas, con Millás, «podemos reclamar para Pedro Alfonso de Huesca una gloria científica al lado de la celebridad literaria que hasta ahora le era reconocida».

Punto aparte sería aludir a la enorme influencia de los escritos de nuestro converso en los tres campos acotados. También desvincularse de otros Alfonsos o Pedros con quienes se le confundió: con Alfonso X el Sabio, autor de otras Tablas astronómicas, o con «Petrus Hispanus», el célebre autor de la Logica, muerto en 1277. No cabe tampoco enumerar obras suyas que, al parecer, se han perdido: un Humanum proficum, citado por Pedro de Cornwall (Cfr. R. H. Hunt, Studies... Powicke, p. 148); un De abundantia in sermonibus ad omnem materiam, cuya mención por antiguos es recogida por Labouderie, y otros. Sin menester de tales apoyos, el converso Pedro Alfonso, sin ser un gran creador, pero polifacético, innovador, inquieto, surge como la primera gloria internacional del pensamiento aragonés de perdurable influjo desde la vanguardia del movimiento intelectual modernizador de comienzos del siglo XII. Es muy posible, y para nosotros un hecho, que la Europa medieval y en consecuencia la actual cultura de Europa no serían lo que son sin este imprescindible eslabón aragonés entre el mundo creador del Oriente y la entonces adormilada cristiandad occidental.

Bibliog.:
Véanse las alusiones en libros generales, como las historias del judaísmo en España de Amador de los Ríos, Ashtor, Baer, etc., citadas en pensamiento judío Buscar voz....
I. Sobre Dialogi: Ainaud De Lasarte, J.: «Una versión catalana desconocida de los Dialogi de Pedro Alfonso»; Sefarad, 3 (1943), 359-376. Barón, Salo W.: A Social and Religious History of the Jews; Philadelphia, 1957, vol. V, p. 114. Lacarra, J. M.ª: «Documentos para el estudio de la reconquista y repoblación del valle del Ebro (1.ª serie)»; Estudios de Edad Media de la Corona de Aragón, 2 (1946), p. 459. Nedelcou, C.: «Sur la date de la naissance de Pierre Alphonse»; Romania, 35 (1906), 462-3, y obras generales sobre polémica antijudía.
II. Sobre Disciplina clericalis: Hulme, W. H.: «Peter Alfonse’s Disciplina clericalis (English transl.) from the fifteenth century Worcester cathedral manuscript F 172»; Western Reserve Univ. Bulletin, Cleveland, 1919. La importancia de dicho MS estriba en que omite sólo ocho de los treinta y cuatro cuentos de Disciplina. Lacarra, M.ª J.: «Introducción y notas»; a su ed. y trad. de Esperanza Ducay, Zaragoza, Guara, 1980, pp. 13-38. Id.: Cuentística medieval en España; los orígenes; Zaragoza, 1979. Mosher, J. A.: The exemplum in the early religious and didactic literature of England; New York, Columbia Univ., 1911. Schwarzbaum, Haim: «lnternational folklore motivs in Petrus Alphonsus ‘Disciplina clericalis’»; Sefarad, 21 (1961), 267-299; 22 (1962), 17-19 y 321-354; 23 (1963), 54-73. Thompson, Stith: Motif-Index of folk-literature; Copenhague, 1955. Welter, Th.: L’exemplum dans la litérature religieuse et didactique du moyen age; París, 1927 (Ginebra, 1973). Las cinco últimas obras mencionadas son imprescindibles para el estudio científico de la Disciplina.
III: Baron, S. W., Op. cit.; vol. III, pp. 173 y 363 ss. Millás Vallicrosa, J. M.ª: «La aportación astronómica de Pedro Alfonso»; Sefarad, 3 (1943), 65-105, incluido en sus Estudios sobre historia de la ciencia española, Barcelona, 1949, pp. 197-218. Thorndike, L.: History of magic and experimental science during the first thirteen centuries of our era; New York, 1923, vol. III, pp. 68-73.

 

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