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Pedro IV

Contenido disponible: Texto GEA 2000  |  Última actualización realizada el 13/11/2009

(Balaguer, Lérida, 1319 - Barcelona, 1387). Rey de Aragón Buscar voz..., e hijo de Alfonso IV Buscar voz... y de su primera mujer Teresa de Entenza Buscar voz..., comenzó a reinar en 1336, jurando ese mismo año los Fueros Buscar voz... y privilegios aragoneses en Zaragoza, donde se celebró su coronación con gran solemnidad, antes de atender la solicitud de los catalanes para jurar los Pedro IV en las Cortes del principado reunidas en Lérida.

Tachado de hombre cruel, conspirador y astuto, destacó no obstante por su habilidad diplomática, por la organización de la Casa Real y de la administración Buscar voz..., así como por su preocupación cultural: él mismo inspiró y alentó la composición del conjunto de Ordinaciones del palacio y capilla de los reyes de Aragón, además de las de la Real Casa y de la armada, junto con otros ejemplos significativos de su espíritu, como el famoso elogio de la Acrópolis de Atenas. El interés por el pasado y la preocupación por legar a la posteridad las hazañas de su tiempo le movieron a patrocinar la compilación de la conocida Crónica de San Juan de la Peña Buscar voz... —de la que se conservan manuscritos en versión latina, catalana y aragonesa— y la crónica de su reinado o Crónica de Pedro IV, que constituyen dos ejemplos importantes de la historiografía española. Por otra parte, a Pedro IV de Aragón se debe la fundación de la Universidad de Huesca Buscar voz... en 1354, si bien dicho centro de estudio y cultura no recibiría la confirmación pontificia y la reglamentación académica correspondiente hasta el siglo XV.

A lo largo de su reinado, Pedro IV se vio obligado a intervenir en los conflictos y divergencias políticas y sociales de la época y en la resolución de las situaciones derivadas de las crisis y calamidades del siglo XIV. Su principal obsesión fue, sin embargo, la recuperación para la Corona de todos los territorios gobernados por príncipes de la Casa de Aragón o que anteriormente habían pertenecido a la misma lo que formaba parte de su ideal imperialista mediterráneo Buscar voz... que le enfrentó con las potencias extranjeras y aun con sus propios parientes. Mallorca, Sicilia y Cerdeña entraron en los planes del Ceremonioso en contra de los intereses respectivos de Jaime III de Mallorca, de las ciudades italianas de Pisa, Génova o Milán, de los angevinos y del mismo Papa. Firmó también algunos tratados de amistad y colaboración con los reyes nazaritas de Granada y supo mantenerse neutral en la cuestión del Cisma de la Iglesia Buscar voz..., si bien mostró cierta inclinación no disimulada por la Corte Pontificia de Aviñón.

En lo que se refiere a Aragón exclusivamente, y a la actuación de Pedro IV con los aragoneses, tres episodios destacaron sobre todo en su reinado: la revitalización de la Unión Buscar voz..., la epidemia de pestes y la guerra con los castellanos Buscar voz... que afectó especialmente al territorio aragonés por su proximidad a Castilla. Todo ello dentro de una situación más general de estancamiento económico en el Occidente europeo, de convulsión social en la ciudad y el campo y de desorden espiritual y moral que afectó rotundamente a la Península Ibérica en donde el inicio de la decadencia catalana coincidiría con el despegue espectacular de Castilla que empezaba a convertirse en una potencia marítima en competencia con los catalanes, tratando de lograr la hegemonía peninsular junto con la dominación atlántica y la injerencia mediterránea.

Las diferencias surgidas entre Pedro IV de Aragón y su hermano el infante don Jaime conde de Urgel Buscar voz..., por la cuestión sucesoria al proclamar el rey como heredera del trono a su hija Constanza Buscar voz..., en contra de las costumbres del país, encendería de nuevo la llama de la revuelta unionista. La destitución de don Jaime como lugarteniente de la Corona fue el chispazo que reunió en torno a su persona en 1347 a las fuerzas feudales del país aliadas circunstancialmente con la burguesía de algunas ciudades y villas del reino en un intento de limitar la creciente autoridad del poder real. Enterado el monarca de la conspiración que en Valencia tramaba el infante con los partidarios de su causa, le convocó para las Cortes de Monzón en junio de aquel mismo año prohibiéndole entretanto usar del título de la gobernación general así como la entrada y permanencia en Cataluña o en la ciudad de Zaragoza para evitar que ganase adeptos. La actitud real hacia don Jaime fue considerada por éste como un agravio personal y por sus valedores como un desafuero a las costumbres y libertades aragonesas; iniciándose desde entonces un claro e inevitable distanciamiento entre el monarca y el infante que se alzaría con el caudillaje de la disidencia atrayendo a un grupo de nobles y clérigos aragoneses y a varias poblaciones del país bajo la disciplina unionista.

El rey Pedro IV tuvo, pues, que enfrentarse abiertamente con la Unión aragonesa (y también con la valenciana), reorganizada de nuevo a mediados del siglo XIV, cuando precisamente, y por las mismas fechas, las pretensiones del rey Jaime III de Mallorca motivaban una intervención aragonesa en los asuntos de las islas. En las Cortes de Zaragoza de 1347, y ante la presión de los unionistas capitaneados ahora por los hermanastros de Pedro IV —los infantes don Fernando y don Juan (hijos del segundo matrimonio de Alfonso IV con Leonor de Castilla)—, el rey tuvo que ceder en la confirmación del privilegios de la Unión.

La intervención del mayordomo y consejero regio Bernal de Cabrera Buscar voz... hizo finalmente que algunos ricoshombres aragoneses comenzaran a sentirse inclinados abiertamente por don Pedro, especialmente don Lope de Luna Buscar voz... y sus parientes, don Blasco de Alagón, Tomás Cornel y Juan Ximénez de Urrea, al considerar peligrosa e inadecuada la actitud del infante don Fernando que trataba de reunir en las fronteras de Castilla algunas compañías armadas para colaborar desde fuera con los unionistas, lo cual parecía una injerencia extranjera en un problema aragonés. Las dudas y división de los capitanes de la Unión serían aprovechadas entonces por Pedro IV para zanjar definitivamente la cuestión en beneficio propio y de la autoridad monárquica, sin pensar por otro lado en la sangría producida en el territorio aragonés por tanto enfrentamiento y bandería inútil o arriesgada.

A finales de 1347 la bandera de la Unión ondeaba en la iglesia de Santa María la Mayor de Zaragoza, ciudad decididamente unionista en su mayor parte; Huesca, Calatayud, Daroca y Teruel habían permanecido fieles al rey don Pedro, quien en agradecimiento a sus servicios convirtió a Teruel en ciudad, honrando con ello a sus habitantes. Esta fidelidad manifiestamente enarbolada como blasón fue la causa de que los unionistas organizaran una expedición contra la ciudad turolense para evitar que colaborase en la lucha contra los unionistas valencianos que a la sazón habían obtenido una efímera victoria en Játiva. Mientras tanto, el rey había convocado también a las Cortes catalanas recabando subsidios para combatir a sus enemigos en el interior. La inesperada muerte del infante don Jaime, por causas extrañas que al parecer aún no se han desvelado, cuando asistía a dichas reuniones en Barcelona hizo que los de la Unión se dirigieran entonces al infante don Fernando, que estaba en Castilla, para ofrecerle la procuración general y la gobernación de los reinos de la Corona, contando con el beneplácito del rey castellano que ponía a su disposición cuanta colaboración y recursos necesitase el movimiento disidente y el propio infante.

En la primavera de 1348, estando el rey en Valencia y después de haberse entrevistado con su hermanastro don Fernando para tratar de ganarlo a su causa, la peste vino a sumarse a las calamidades que la guerra civil producía y arrastraba consigo en el territorio aragonés. Pedro IV, camino de Teruel y huyendo de la mortandad de la epidemia extendida desde la costa hacia el interior como un reguero de pólvora, comenzó a preparar el definitivo golpe de gracia a la Unión a la vez que recibía la noticia de que en Palermo (Sicilia) se había originado una rebelión con gran matanza de aragoneses y catalanes y grave quebranto para sus intereses.

El ejército realista, pertrechado para cualquier eventualidad, se puso al mando de don Lope de Luna (quien en atención a sus servicios sería elevado a la categoría de conde Buscar voz... por Pedro IV, creándose para él y sus descendientes legítimos el condado del mismo nombre); iniciándose los preparativos para el enfrentamiento con las tropas unionistas de Zaragoza, Huesca, Jaca y Barbastro bajo las órdenes del infante don Fernando. Ambas fuerzas contrarias midieron sus posibilidades en julio de aquel año de 1348 en los campos de Épila, tras haber salido respectivamente de Tarazona y de Zaragoza en mutua búsqueda. La batalla de Épila Buscar voz... constituyó el final de la Unión aragonesa.

En la contienda murieron algunos nobles del reino y resultaron heridos varios de ellos, incluido el infante don Fernando. La represión que siguió a la derrota unionista acabó con las últimas esperanzas de los aragoneses por sobreimponerse al autoritarismo real. El carácter social que había adquirido el fenómeno abortado en Épila definitivamente y las repercusiones de su fracaso redundarían en perjuicio del país, produciéndose tensiones y conflictos sociales de todo tipo a partir de la segunda mitad del siglo XIV.

El rey Pedro IV, triunfante sobre sus enemigos, materializados en el levantamiento unionista, entró en Zaragoza el 7 de agosto, ahorcándose públicamente a trece personas de la ciudad que habían defendido la Unión aragonesa en representación de sus conciudadanos. Las Cortes reunidas por el monarca a continuación en esta capital sirvieron para situar los acontecimientos pasados en su lugar y manifestar la indiscutible supremacía de la monarquía frente a cualquier intento de subversión de los valores de su autoridad política y señorial sobre los súbditos y vasallos. Y en una de las sesiones de la asamblea, el soberano abolió, públicamente también, el Privilegio de la Unión Buscar voz..., aunque se mantuvo el Privilegio General.

No obstante, Pedro IV se comprometió en aquella ocasión a observar los Fueros de Aragón Buscar voz... y otros privilegios anteriores, sometiendo a sus oficiales al cumplimiento de lo establecido en los «buenos usos» del reino.

En resumen, los fueros dados en las Cortes de Zaragoza de 1348 y aprobados por la asamblea presidida por el rey no sólo suprimían el Privilegio de la Unión sino que, además, significaban la afirmación del sentido centralizador y realista de la monarquía, decidiéndose la pugna con el reino a favor de aquélla; y ello a pesar de que en el fondo se conservaran invulnerables la mayor parte de las libertades Buscar voz... antiguas de los aragoneses y se afirmase la personalidad del Justicia como defensor y protector de dichas libertades frente a los abusos del rey y de sus oficiales.

El otro episodio importante para los aragoneses en el reinado de Pedro IV fue indudablemente la guerra con Castilla, iniciada cuando el territorio y sus habitantes tan apenas se habían recuperado de los estragos de la guerra civil y de la peste de 1348. En la guerra castellano-aragonesa (conocida también como guerra de los dos Pedros Buscar voz...) se iban a conjugar intereses contrapuestos y alianzas diversas, pero la motivación principal estaba en la hegemonía peninsular a la que aspiraban las dos potencias en liza. Frente al potencial marítimo de la Corona de Aragón y sus implicaciones comerciales en el Mediterráneo, Castilla ofrecía una superioridad terrestre bastante acusada, pugnando además por buscar una salida a los puertos de Levante así como por monopolizar las rutas atlánticas.

La acogida dispensada por Pedro I de Castilla a los infantes aragoneses enemistados con Pedro IV y la recíproca protección del monarca aragonés al conde don Enrique de Trastámara, hermanastro del castellano, favoreció el desencadenamiento del conflicto bélico latente desde la disputa por Alicante y Murcia. De forma que, tras una serie de incidentes previos, más bien buscados que encontrados, fue en 1356 cuando, con la amenaza de invasión castellana del territorio aragonés fronterizo y la entrada de castellanos en el reino de Murcia para dirigirse a Valencia (sin olvidar la colaboración con Génova de Pedro I de Castilla), se disparó la calma tensa precedente transformándose en un conflicto bélico de graves consecuencias.

Desde dicha fecha hasta 1361 los aragoneses se sintieron amenazados continuamente, las Cortes del reino se vieron obligadas a sufragar la formación de un ejército defensivo y don Enrique de Trastámara prestó su colaboración al monarca aragonés buscando su apoyo en los planes de ocupación por la fuerza del trono castellano. En este primer período de la guerra fue Tarazona la población que más sufrió por su proximidad a Castilla y porque temporalmente pasó a manos enemigas antes de que la victoria obtenida por don Enrique en Olvega sirviera para recuperarla de nuevo.

Tras una serie de escaramuzas en las fronteras de Aragón con Castilla y en las de este reino con Valencia, y luego de un ataque naval de la escuadra castellana a Barcelona, se llegó a la tregua de Deza o de Terrer en 1361 Buscar voz... que permitió la licencia temporal de los contingentes aragoneses armados por las Cortes precipitadamente, a tenor de los acontecimientos, pero que fue aprovechada por Pedro I de Castilla para reorganizar y pertrechar su ejército a fin de superar con creces al enemigo y sorprenderlo sin previo aviso. Y así fue, porque en 1362 la invasión del Somontano del Moncayo y de las tierras valencianas encendió de nuevo la guerra con ventaja para Castilla. Sus ejércitos ocuparon Borja, Magallón y Calatayud, y Pedro IV tuvo que reunir Cortes generales en Monzón para evitar que los catalanes se inhibiesen, como acostumbraban, de cuanto no atañía directamente al principado.

El desgaste de ambos contendientes llevó sin embargo a la paz de Murviedro Buscar voz..., que tampoco pudo mantenerse mucho tiempo porque la muerte del infante don Fernando a manos de los caballeros castellanos seguidores de Enrique de Trastámara, y enemigos por tanto de Pedro el Cruel, sirvió a éste de motivo para reanudar las hostilidades.

Por su parte, las Cortes de Aragón se habían reunido de nuevo en Zaragoza en 1364, durando sus sesiones hasta el año siguiente, y debatiéndose la primogenitura del infante don Juan Buscar voz... (nacido del tercer matrimonio del monarca con Leonor de Sicilia Buscar voz...; del primero con María de Navarra habían nacido Constanza Buscar voz... y Juana Buscar voz..., y del segundo con Leonor de Portugal Buscar voz... no había tenido el rey descendencia), a cuya lugartenencia se oponía el reino por contar dicho infante con apenas catorce años. El hecho decisivo que hizo cambiar la orientación de la prolongada guerra con Castilla fue la llegada de compañías armadas del otro lado del Pirineo, en 1366, al mando del prestigioso Beltrán Duguesclín Buscar voz... para ponerse al servicio del rey de Aragón.

El mismo Pedro IV recibió con todo honor a los franceses en Barcelona, entregando la villa de Borja y otros señoríos al citado Duguesclín en prueba de confianza y agradecimiento. La presencia de tanto soldado produjo no obstante algunos abusos por parte de los recién llegados, que cometieron todo tipo de atropellos, pero inclinó definitivamente la balanza del conflicto armado en beneficio de los aragoneses, recuperándose las villas y castillos perdidos anteriormente tanto en Aragón como en Valencia y celebrándose Cortes con mayor libertad de acción: 1366 en Zaragoza y 1367 en Tamarite-Zaragoza.

La muerte de Pedro I de Castilla, en Montiel, en 1369 a manos del bastardo Enrique de Trastámara (luego Enrique II «el de las Mercedes») precipitaría los acontecimientos, que desembocaron en la paz de Almazán Buscar voz... de 1375; firmándose un tratado entre Pedro IV de Aragón y Enrique II de Castilla, que éste no respetó del todo en cuanto se refiere a las reivindicaciones aragonesas de algunos lugares fronterizos, y acordándose el matrimonio del futuro Juan I con la hija del Ceremonioso, doña Leonor.

El fallecimiento de Pedro IV en Barcelona el año 1387, después de haber afirmado como heredero a su hijo el infante don Juan en el testamento de 1379, cerraba una época difícil y conflictiva y abría un tiempo de transición hacia nuevas formas de vida manifestadas inicialmente en los sucesivos reinados de los hijos del Ceremonioso, Juan I Buscar voz... (1387- 1396) y Martín el Humano Buscar voz... (1396- 1410), tenidas en su tercer matrimonio, que morirían sin descendencia masculina el primero y después de haber sobrevivido el segundo a su hijo Martín el Joven de Sicilia, fallecido en 1409.

La extinción de la Casa de Barcelona coincidiría, pues, con el avecinamiento de los nuevos tiempos, pero el reinado del Ceremonioso encerraba ya los gérmenes de la transición, disimulados por el continuo sobresalto en que vivieron los aragoneses. Las diferencias surgidas en este período, tanto entre los propios regnícolas como frente a los castellanos e italianos, tuvieron en el fondo unas motivaciones sociales, económicas e ideológicas en un mundo internacionalmente belicoso y en un ambiente de incertidumbre moral y crisis religiosa como no se había conocido hasta entonces en Occidente. Pedro IV actuó como un monarca más de su apoca que trató sobre todo de afirmar la monarquía y asegurar la institución por encima de las nuevas fuerzas sociales y económicas que aparecían en el horizonte europeo exigiendo participación política, prestigio social y libertad económica para sus intereses.

• Bibliog.:
No existe un estudio de conjunto sobre el reinado de Pedro IV en Aragón, pues las obras que recogen la actuación del Ceremonioso en su tiempo lo hacen desde una perspectiva fundamentalmente catalana, aludiendo de pasada a lo estrictamente aragonés (especialmente a la Unión). Entre dichas obras (y dejando de lado las historias generales de Cataluña) cabe citar sobre todo las de Reglá Campistol J.: La Corona de Aragón (1336-1410); en el tomo XIV de la Historia de España dirigida por R. Menéndez Pidal, Madrid, 1966; o los libros de Tasis y Marca, R.: La vida del rey en Pere III; Barcelona, 1954 y Pere el Cerimoniós I els seus fills (de 1957 y dentro de la colección de «biografíes catalanes», que cuenta con una nueva edición de 1980 por la editorial Vicens Vives y en colección de bolsillo). Refiriéndose ya exclusivamente al territorio aragonés en este reinado siguen siendo fuentes publicadas de primera mano los Anales de Zurita Buscar voz..., que pormenoriza en detalles, así como la Crónica de Pedro IV, teniendo en cuenta la tendenciosidad «oficial» de la misma y su visión catalanista de los acontecimientos en general y de los aragoneses en particular.
Algunos trabajos que deben citarse son los siguientes:
Dualde Serrano, M.: «Tres episodios de la lucha entre Pere el del Punyalet y la Unión aragonesa relatados por el monarca a su tío Pedro, conde de Ribagorza»; E.E.M.C.A., II, Zaragoza, 1946, pp. 295-377.
López de Meneses, A.: «Documentos acerca de la peste negra en los dominios de la Corona de Aragón»; E.E.M.C.A., VI, Zaragoza, 1956, pp. 291-447.
Id.: «Florilegio documental del reinado de Pedro IV de Aragón»; en Cuadernos de Historia de España, núms. XIII, Buenos Aires, 1950, XIV, XV, XVI, XVII, XVIII, XX, XXIV y XXXV, 1962.
Id.: «Documentos culturales de Pedro el Ceremonioso»; en E.E.M.C.A., V, Zaragoza, 1952, pp. 669-773.
Canellas López, A.: «El reino de Aragón en el siglo XIV»; en Anuario de Estudios Medievales, 7, Barcelona, 1970-71, pp. 119-153.
Gutiérrez De Velasco, A.: «Las fortalezas aragonesas ante la gran ofensiva castellana en la guerra de los dos Pedros»; en Zurita, Cuadernos de Historia, 12-13, Zaragoza, 1961, pp. 7-39.
Id.: «La conquista de Tarazona en la guerra de los dos Pedros (año 1357)»; en Zurita, Cuadernos de Historia, 10-11, Zaragoza, 1960, pp. 69-99.
Id.: «La contraofensiva aragonesa en la guerra de los dos Pedros»; en Zurita, Cuadernos de Historia, 14-15, Zaragoza, 1963, pp. 7-30. Id.: «Los ingleses en España (siglo XIV)»; en E.E.M.C.A., IV, Zaragoza, 1951, pp. 215-320.
Finalmente, la colección de títulos que presenta Agustín Ubieto Arteta sobre el reinado de Pedro IV en su colección bibliográfica Historia de Aragón en la Edad Media; Anubar Buscar voz..., Zaragoza, 1980, pp. 357-361, es indispensable para cualquier aproximación al estudio del período en cuestión.

 

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