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Nasarre y Férriz, Blas Antonio de

Contenido disponible: Texto GEA 2000

(Alquézar, H., III-1689 - Madrid, 13-IV-1751). Estudió bajo la protección de su tío Pedro de Nasarre, caballerizo de la reina Mariana de Neoburgo, mostrando gran precocidad. En 1711 era doctor en Filosofía y, al poco, profesaba esa cátedra en la Universidad zaragozana. En 1726 se ordenó de sacerdote y fue nombrado consultor de la cancillería del Reino, primero de sus importantes nombramientos en la Corte borbónica. En 1733 ingresó en la Real Academia Española y participó activamente en la confección del Diccionario de Autoridades; en 1736 sucedió a Juan de Ferreras en la dirección de la Biblioteca Real y al ser a la vez consejero del Real Patronato de la Corona pudo dedicar buena parte de sus años madrileños a la búsqueda de libros raros y al ejercicio erudito.

El gran erudito valenciano Mayáns le dedicó los Orígenes del español; Agustín Montiano se distinguió con su amistad y, de hecho, fue uno de los orientadores culturales del reinado de Fernando VI. Pero si fue un excelente bibliófilo, fue también un poeta menos que mediano y aun tuvo la desfachatez de ahijarse la Fábula del Genil de Pedro de Espinosa, que leyó como propia en una sesión de la Academia del Buen Gusto. Fue traductor de las Instituciones de Derecho canónico del confesor de Luis XV, Claude Fleury, y de la Historia Antigua de Charles Rollin, libros que conocieron cierto éxito, pero su memoria actual está ligada a la polémica sobre Cervantes y sobre el teatro barroco.

En 1732 y con el pseudónimo de Isidro Perales y Torres hizo reimprimir el Quijote de Avellaneda, al que consideraba superior a la obra de Cervantes (opinión que venía siendo frecuente desde que Lesage tradujo el apócrifo al francés en 1704). En 1749, y con el mismo pseudónimo, editó las ocho comedias y ocho entremeses cervantinos que llevaban más de un siglo sin reimprimirse. No satisfecho con considerarlos una burla que Cervantes hizo de su enemigo Lope, añadió a su edición una Disertación sobre las comedias españolas que marca el punto límite de la polémica antibarroca y que motivó una respuesta de Tomás Erauso y Zabala.

 

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