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Amancebamiento

Contenido disponible: Texto GEA 2000

(Hist. Medieval) En los documentos bajomedievales aragoneses la voz mancebo puede aparecer como sinónimo de soltero, sin embargo, es frecuente que las expresiones «ser manceba de», «tener manceba», «ser o tener amigo o amiga», «tener enamorado» u otras de similar carácter lleven ímplicita la idea de intercambio sexual. Con la palabra manceba puede nombrarse, entre otras, a la amante de un hombre casado, de un cura o de un soltero, y es a este tercer supuesto al que vamos a referirnos, es decir, a la unión de suelta con suelto, tal como dicen las fuentes. La relación suele establecerse entre una mujer joven, que no debe ser virgen, y un varón, que la contrata tácita o explícitamente, para que trabaje para él y viva en su casa, compartiendo en muchos casos su mesa y en todos su lecho. En los contratos, la manceba aparece equiparada al ama de casa, a la casera o a la sirvienta, pero siempre se explicita el compromiso de dormir con su amo. Es obligación del varón tratar adecuadamente a la mujer y proporcionarle cierta cantidad de dinero y/o bienes cuando se separen; la mujer, por su parte, se obliga a mirar por el bien de su amigo y de sus pertenencias, cuidando todo lo suyo y siéndole fiel (seyer leal de su cuerpo), de manera que «me haya de guardar, mientras estara en mi companya, aquella castedat que muxer deve guardar a su marido». En el documento puede especificarse que la separación se producirá automáticamente al contraer matrimonio alguno de ellos. El aspecto carnal de este tipo de acuerdos aún se resalta más al producirse la ruptura de la pareja, cuando, ante notario, ambos se comprometen a salir de pecado no volviendo a juntar sus cuerpos. El posterior matrimonio y la llegada de hijos indeseados fueron causas habituales para finalizar la relación, si bien no faltan ejemplos en los que el matrimonio de alguno o de ambos no clausuró el vínculo que habían establecido. Las autoridades municipales intentaron reiteradamente y sin demasiado éxito establecer distinciones, tanto en el atuendo, como en la ubicación en los lugares públicos, entre las mujeres «buenas» y las «otras mulleres» es decir, las que sin ser prostitutas, vivían amigadas.

Bibliog.: García Herrero, M.ª C.: «Prostitución y amancebamiento en Zaragoza a fines de la Edad Media», En la España Medieval, N.º 12 (1989), pp. 305-322.

 

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