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Mozárabes

Contenido disponible: Texto GEA 2000  |  Última actualización realizada el 22/10/2009

Cristianos de la Península Ibérica, que conservaron su fe y su organización interna después de la conquista musulmana Buscar voz..., y siguieron viviendo en Al-Andalus Buscar voz..., generalmente sometidos al poder central cordobés, o bien alzados en su tierra autóctona y emigrados luego a los reinos cristianos del norte, donde ejercieron una amplia influencia cultural, pues estaban «arabizados» (mustarab). Los primeros, que aceptaban la condición de «protegidos» (d-immíes) pagaban al Estado musulmán un impuesto especial de capitación (yizya), y además del ejercicio de su culto conservaban sus autoridades: comes (qumis) o representante de la comunidad; obispo (usquf); exceptor o encargado de los impuestos; censor o juez de los cristianos (qadi al-nasarà). Frente a ellos, los muladíes Buscar voz... son los cristianos conversos al Islam.

Las iglesias mozárabes persisten durante la dominación musulmana hasta después de la reconquista cristiana; entonces, por lo que respecta a la Marca Superior Buscar voz..., aparecen en Tudela, Barbastro, Huesca, centrando el barrio mozarabe; en Zaragoza hubo dos al menos, la de Santa María y la de las Santas Masas (a ambas legó cien sueldos un cristiano barcelonés, apresado por Almanzor Buscar voz..., en 985). La efervescencia mozárabe, en tiempos del emir Abd al-Rahman II Buscar voz..., pudo tener su reflejo en la Marca Superior, con el martirio en Huesca de Nunilo y Alodia Buscar voz..., a mitad del siglo IX por entonces, Eulogio de Córdoba Buscar voz... viajó por los centros religiosos del Pirineo y Pamplona, estableciendo alguna relación, al menos informativa, entre la cristiandad andaluza y la libre del norte; pasó entonces también por Zaragoza. Un mozárabe, probablemente oscense, es autor de la Crónica profética (883). Alfonso I Buscar voz..., tras su campaña por Andalucía (1125-6) trajo mozárabes a la repoblación aragonesa.

• Bibliog.:
Simonet, F. J.: Historia de los mozárabes; Madrid, 1903, reimp. en Amsterdam, 1967.
Cagigas, I.: Los Mozárabes; Madrid, 1947-8.
Instituto de Estudios Visigóticos Mozárabes: Derecho y genealogía mozárabe; Madrid, 1979.
Gil, J. (ed.): Corpus scriptorum muzarabicorum; Madrid, 1973.
Hitchock, R.: «El supuesto mozarabismo andaluz»; Actas I Congreso Historia Andalucía, 1978, I.
Pastor de Tognert, R.: Del Islam al Cristianismo; Barcelona, 1975.
Balaguer, F.: «Notas documentales sobre los mozárabes oscenses»; E.E.M.C.A., Zaragoza, II.
Sánchez Albornoz, C.: «La epístola de San Eulogio y el Muqtabis de Ibn H.ayy¯an»; Príncipe de Viana, 1958.
López, C. M.: «Más sobre… las santas Nunila y Alodia»; Príncipe de Viana, 1970.

Lingüística: Los escritores árabes designaron a los cristianos de Al-Andalus o España musulmana que prefirieron pagar un tributo de capitación con varios nombres: aljamí, muahid, alj, pero el más común fue el de mustarib o mozárabes. Tres son los períodos en que se divide su historia: rebeldía (711-932), postramiento (932-1099), emigración y decadencia (hasta s. XIII y final de la Reconquista). Las comunidades mozárabes estaban, en su mayoría, en las ciudades, aunque las hubo también en el campo. Todas conservaron su religión, organización sociopolítica y, en gran parte, su lengua.

Aunque su arabización fue a veces intensa —Álvaro Paulo (s. IX) se queja de que entre mil cristianos apenas se hallará uno que sepa escribir una carta en latín, y los mozárabes de Toledo seguían redactando sus documentos en árabe en el s. XIII, dos siglos después de ser reconquistada la ciudad—, su lengua materna era romance, es decir, derivada del latín. Ahora bien, debido a su aislamiento político y cultural respecto a los cristianos del norte, contenía abundantes arcaísmos. Hoy se conoce esta lengua, el mozárabe, gracias a las muestras que aparecen en la poesía popular andalusí (zéjeles, jarchas árabes y hebreas), a los vocabularios hispanoárabes, a los herbolarios medicinales y a la toponimia. Por lo que respecta a Aragón, es inestimable el herbolario árabe del judío zaragozano Ibn Biklaris Buscar voz... (m. 1106), del que existen tres códices (Madrid, Leiden, Nápoles), y el Vocabulista in arabico (s. XIII) de origen aragonés o catalán, de fray Raimundo Martín. La toponimia ofrece igualmente abundantes ejemplos.

Había comunidades mozárabes en la mayoría de las ciudades aragonesas. En Huesca se encontraba una, intramuros, muy antigua, alrededor de San Pedro el Viejo y otra cerca de San Ciprián. Las de Zaragoza eran muy importantes. La principal se centraba alrededor del templo de Santa María la Mayor (el Pilar); existían otras, como la que acudía a la iglesia de las Santas Masas (Santa Engracia), extramuros, y la de Santiago. Era mozárabe Ibn Gundisalvo, ministro y poeta de al-Muqtadir Buscar voz... (1046-1081), el constructor de la Aljafería. Tenían también barrios mozárabes Tudela, Calatayud, Daroca, así como Alagón, Tamarite de Litera, Alquézar. Algunas comunidades debían ser florecientes, con templos de grandes proporciones: una leyenda cuenta que la iglesia de Abaruniya, cerca de Daroca, era de construcción tan maravillosa que tenía 360 puertas.

Además de comunidades ciudadanas, las había rurales. Aunque son menos numerosas, algunas proclaman su origen mozárabe en el nombre, como Alcañiz, que significa en árabe «las iglesias», la actual del Guadalope y la antigua del Huerva. A esta población autóctona hay que añadir la que huyó en los momentos de intransigencia almorávide y almohade al oriente peninsular, y los 10.000 que trajo Alfonso I el Batallador de su correría por Levante y Andalucía en 1125-26. Estos mozárabes, después de haber originado algunas revueltas entre la población zaragozana, fueron asentados en los lugares recién conquistados, especialmente en Mallén (1132), cuya carta de poblamiento los identifica como «christianos mozarabis quos ego traxi cum Dei auxilio de potestate sarracenorum et adduxi in terras christianorum».

Se ha estudiado con detenimiento la lengua de los mozárabes. No obstante, como la mayoría de las palabras han sido transmitidas en caracteres árabes o hebreos, donde apenas se señalan las vocales, hay cierta inseguridad en su transcripción, especialmente en los diptongos. Aunque se reconoce cierta uniformidad en el mozárabe, como arcaismo lingüístico, todo estudio serio debe tender, según García de Diego, a fijar las diferencias regionales. Los médicos árabes, al anotar los nombres de las plantas en sus herbolarios, precisaban la región de origen. Ibn Biklaris habla de las aljamías Buscar voz... de Aragón, Zaragoza, Valencia, etc. Para las observaciones lingüísticas que siguen, se ha utilizado especialmente a Ibn Biklaris, la toponimia aragonesa y otras fuentes que hacen referencia a Aragón.

El mozárabe aragonés conserva el diptongo ai: kaiso (queso), qorayonayra (corazoncillo, hierba); diptonga la o breve: buelo (terrón), miyuelo (mijuelo), qorriyuela (correhuela), topónimos en -uel; aunque aparecen casos de monoptongación: qorriyola, laytarola (lechetrezna), porco (puerco); es típica la diptongación ante yod: welyo, walyo (ojo); es también significativa la diptongación de e breve en ie e ia: cocombriello (cohombrillo), yerba, yarba (hierba), si bien se aprecia cierta vacilación cuando la e no es inicial: nabello, nabiello (nabo pequeño); fenómeno característico del mozárabe es la apócope de -o final: fusiel (husillo), aryent (azogue), y el sufijo diminutivo -ollu > uelo > uel y -ellu > ielo > iel, en Pozuel, Teruel, Sobradiel, Berbedel; aunque la -o se conserva en algunos casos, como en tormo: Valdeltormo, en la zona mozárabe de Alcañiz, y Tormos.

Respecto a las consonantes, es común su conservación: los grupos latinos ce, ci se pronunciaban con ch: Conciliu > Alconchel; Ascarice > Escriche; gallo checo (gallo ciego); scintella > sintela (centella); aunque se daba la forma más avanzada (Luceni, Lucientes). Se mantenían las sordas intervocálicas p, t, c: ortiqa (ortiga), blitos (acelgas), anelto (eneldo) y los topónimos Lumpiaque, Pinseque, con sufijo prerromano -accu, -eccu, de -o apocopada restaurada en -e. También se mantiene el grupo inicial pl-: plantayn (llantén). Común al mozárabe y al aragonés era la conservación de la f- latina: Ibn Fierro, apellido de un escritor zaragozano del s. XII; fico (higo), forqasa (horcón), fornair (hornero), fullíyin (hollín), y de las iniciales latinas j, ge y medial gi: yanayro (enero), yenesta (hiniesta), fulligine > fullíyin. Los grupos li, c’l, g’l presentan la forma antigua y aragonesa ly, pronunciada ll: sarralya (cerraja, planta), welyo (ojo), kwalyo (cuajo). Muy significativa era la evolución de ct > yt, donde aparece otro rasgo típico del aragonés: según el moro Rasis, s. X, se llamaba turujta (trucha) un pez que se criaba exclusivamente en el Ebro; otras formas mozárabes son leyte (leche), leytucas (lechuga). La reducción st > ç > z era típica del mozárabe: Caesar Augusta > Saraqusta > Çaragoça > Zaragoza; monasteriu > almunastir > Almonacid.

El mozárabe aragonés, con su conservadurismo, diptongación y vacilación tuvo la doble característica de mantener el arcaísmo propio del aragonés (sordas intervocálicas, f, ue y ie ante yod, iello, ly, yt) y estar abierto a las innovaciones castellanas que empiezan a penetrar por el valle del Ebro en el s. XIII. Sanchís Guarner atribuye a influencia mozárabe la diferenciación entre el dialecto centropirenaico y el aragonés del medio Ebro. Los mozárabes de Aragón, como los de las otras regiones de la península, no desarrollaron literatura escrita alguna, centrándose su aportación a unos usos lingüísticos arcaizantes que ofrecen lenta resistencia a desaparecer.

• Bibliog.:
Simonet, F. J.: Glosario de voces ibéricas y latinas usadas entre los mozárabes; Amsterdam, 1967, reimpr. de la ed. de Madrid, 1888.
Menéndez Pidal, R.: Orígenes del Español; Madrid, 1964, 5.ª ed., pp. 415-440.
Sanchís Guarner, M.: «El mozárabe peninsular»; Enciclopedia de la Lingüística Hispánica, dirigida por M. Alvar, tomo I, Madrid, 1960, pp. 293-342.

 

Monográficos

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