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Antropología física

Contenido disponible: Texto GEA 2000  |  Última actualización realizada el 10/05/2010

El estudio de la población aragonesa podría realizarse históricamente con relativa facilidad si tuviéramos investigaciones especializadas para cada época, especialmente las prehistóricas; pero sólo contamos con aislados trabajos, como los del Cañaret de Pallisetes Buscar voz... de Calaceite Buscar voz..., o de un enterramiento de la sierra de Alcubierre; las etapas de cremación de los cadáveres aumentan la inseguridad de los datos. No obstante, las poblaciones entre el Pirineo y el sur de Teruel, entre el Moncayo y la cordillera costera catalana, han resultado de una serie de contactos entre las autóctonas y otras de diversas procedencias, que han aportado factores a veces bien conocidos. Así, sobre los gravetienses del Paleolítico Superior se insertarían neolíticos procedentes del norte y el este, gentes de la cultura mediterránea de Almería, y por los mismos caminos los orientales de la Edad del Bronce Buscar voz..., además de los llegados atravesando el Pirineo Buscar voz..., y los movimientos de vaivén del oeste de la Península. Dos aportaciones bien definidas son las de gentes de lengua indoeuropea Buscar voz... y cultura hallstáttica, en la I Edad del Hierro Buscar voz... (llegados por todos los pasos del Pirineo, pero especialmente por los catalanes y vascos), que convergerían sobre el actual Aragón Buscar voz..., y los iberos Buscar voz... de la costa de Cataluña y Valencia (llegados por los pasos del Maestrazgo Buscar voz... o por el camino del Mijares Buscar voz...). El valle del Jalón Buscar voz... sería la comunicación óptima con la Meseta. Sobre este conglomerado, en el que predominaría el tipo mediterráneo grácil, se superpondrían romanos y visigodos, mejor conocidos, incluyendo entre los primeros gentes de todas las tierras del Imperio, y siendo limitados en número, y rápidamente absorbidos los segundos. A esta suma del conglomerado hispánico y de la aportación itálico-europea vendría a añadirse el discutido factor «árabe», realmente norteafricano y beréber y, por consiguiente, poco diferente a la antigua raiz hispana.

En la formación histórica de Aragón, encontraríamos un elemento montañés relativamente limpio de mezclas, fundido con otro ultrapirenaico meridional que se establecería en las zonas del Somontano oscense, en el valle del Ebro y, más tardíamente, en la Tierra Baja y el altiplano turolense, donde perduraba, mayoritariamente, la población anterior, con régimen de capitulaciones, morerías y juderías; en el s. XVI pueblos enteros de la zona del Ebro eran moriscos Buscar voz..., salvo el cura, el notario y el tabernero. En 1610, si damos crédito a Asso Buscar voz..., una quinta parte de la población, 64.000 moriscos, son expulsados Buscar voz... del reino, con lo que la posterior repoblación Buscar voz... actuó sobre el núcleo ya conocido.

Los estudios de estricta antropología física de los aragoneses son escasos, y las afirmaciones de los manuales, excesivamente generales y no demasiado fundadas. Así, Telesforo Aranzadi anota que las aragonesas contrastan, en general, con las vecinas navarras o sorianas, por la bondad de la dentadura, predominando también la dolicocefalia, la amplitud del pecho y la escasa estatura; en Zaragoza hay mayor número de chatos que en Huesca y en Teruel. Pons y Fusté, tras un estudio más preciso, pero dedicado, sobre todo a la zona pirenaica, exponen las siguientes características tipológicas de las series provinciales: estatura mediana, más elevada en Huesca que en Zaragoza y Teruel; valores medianos del índice córmico, más bajo el de Huesca que el de las otras dos provincias; mesocefalia, con tendencia a la dolicocefalia en la provincia de Teruel; predominio de las tonalidades oscuras del cabello, observándose, no obstante, en Zaragoza, una cierta frecuencia de cabellos rubios (royos) que podría explicarse por las invasiones europeas, bien documentadas en el valle y con relativa intensidad de poblados; predominio de los ojos castaños y negros, con mayor frecuencia de ojos azules o claros en Zaragoza por la misma razón que explica los cabellos «royos». Se han hallado discrepancias importantes en las series de Tena, Echo y Jaca, siendo la primera la más discrepante y la última la de menos diferencias. Podríamos sintetizar diciendo que Aragón está dentro de la relativa homogeneidad tipológica española nacida seguramente de la población mediterránea grácil desde el Eneolitico Buscar voz....

Desde el punto de vista de la biogeografía y la biodinámica está muy difundida la idea de que los Pirineos aragoneses han actuado como barrera que ha impedido la llegada a su vertiente meridional de poblaciones transpirenaicas, aunque no con carácter absoluto, produciéndose a ambos lados de la cadena el mismo hecho de diferenciación entre las gentes de la alta montaña y los radicados en las zonas más llanas y mejor comunicadas, limítrofes. Por otra parte, hay que tener en cuenta que en la Edad del Bronce las condiciones climáticas y naturales del Pirineo eran mucho más favorables, como muestran los enterramientos dolménicos de pastores. También debe subrayarse la importancia de la aportación de braquicéfalos por las invasiones de la I Edad del Hierro, directamente o desde las actuales Cataluña y Vascongadas.

Un elemento conservador, que debe ser tenido muy en cuenta, es la fuerte endogamia de las zonas de aislamiento, que tanto ha repercutido incluso en las costumbres populares sobre el matrimonio Buscar voz...; la misma explicación debería darse al foco de dolicocefalia de Montalbán, Aliaga, Albarracín y Teruel. La población pirenaica de cabeza larga se prolongaría por los caminos del Aragón, del Gállego y el Cinca hasta el Ebro medio, que sería un poderoso centro de integración y difusión. Las poblaciones ultrapirenaicas traerían consigo elementos alpinos y nórdicos de matización.

• Bibliog.:
Fusté Ara, Miguel y Pon Roselló, José: La población aragonesa. Estudio antropológico; Zaragoza, 1962.
Aranzadi, T. de: Antropología de España; Barcelona, 1915, p. 63.
Beltrán, A.: Introducción al folklore aragonés; I, Zaragoza, 1979, p. 23.

 

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