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Antropología cultural

Contenido disponible: Texto GEA 2000  |  Última actualización realizada el 10/05/2010

Las modernas ciencias del hombre que en Europa quedaron cubiertas por la Etnología, han recibido en América un nuevo nombre y un concepto que ha variado en la metodología, y en buena parte en el contenido, incluyendo en la Antropología, la Prehistoria, la Lingüística, la Antropología cultural y la Física, etc., atendiendo no sólo al estudio de comunidades retrasadas en relación con las culturas avanzadas (en las que se incluían también los grupos rurales y las manifestaciones de su vida apostillada como «popular»), sino también a los fenómenos de aculturación Buscar voz..., a los cambios producidos, sobre todo en nuestros días por la integración de tales comunidades en las «culturas-tipo», y con ello las reacciones que se producen independientemente de los factores históricos y restringiendo el valor de lo costumbrista y folclórico tanto como el de lo erudito y de los elementos comparativos.

En este sentido trabaja el Prof. Lisón Tolosana Buscar voz..., con un equipo de colaboradores, sobre la Etnología aragonesa, y ha estudiado el Prof. Esteva Fabregat, con el suyo, los fenómenos de cambio cultural en el valle de Bielsa Buscar voz.... El problema es importante y sugiriéndose el debate sobre la cuestión en el I Congreso Nacional de Artes y Costumbres Populares (Zaragoza, 1968); pero se estima esencial la conservación de las bases de cultura material y espiritual de Aragón a través de los historiadores, arqueólogos y folcloristas, tal como aparece en las oportunas voces de esta G.E.A.

• Bibliog.:
Beltrán, Antonio: «Introducción al folklore aragonés»; Etnología y Tradiciones Populares, Zaragoza, 1969, p. XVII.
Esteva Fabregat, Claudio: «La Etnología española y sus problemas»; Ibidem, p. 1.
Panyella, Augusto: «Problemas metodológicos de la antropología española»; Ibidem, p. 41.

1. La cultura como lenguaje. Entendemos por antropología cultural el intento de interpretar al hombre -en nuestro caso, al hombre aragonés- a través de sus manifestaciones. Se trata de captar el sentido de la cultura de un pueblo, ubicada en su contexto histórico y social. La cultura no es meramente un entramado ideológico o unos conceptos abstractos, sino la concepción del mundo o «cosmovisión» propia de una comunidad, la cual emerge de una forma de vida determinada e incluye fundamentalmente los valores y valoraciones propias, la mentalidad o psique y, finalmente, su modo de habérselas con la realidad. Este modo constituye una especie de lenguaje propio o articulación autóctona del mundo que se asemeja y se diferencia a la vez de otras actitudes. Podemos denominar apalabramiento a esta característica articulación de la realidad que representa la cultura, porque en su cultura un pueblo determinado se «apalabra» con la realidad.

Dentro de este apalabramiento o lenguaje propio, la lengua significa una especie de medio o mediación general de expresar el lenguaje; junto a la lengua están los otros lenguajes, tales como el arte, las técnicas, los mitos y, en definitiva, la articulación entera que el hombre realiza en su historia, vida y comunicación (pues que la vida es esencialmente comunicación y lenguaje). Ahora bien, si bien cada cultura representa una determinada interpretación y transformación del mundo con los medios dados -clima, territorio, raza, etc.- y adquiridos -artes, letras, ciencia, técnicas-, se precisa, a su vez, por nuestra parte, una interpretación de esa interpretación base del mundo que configura la cultura.

En nuestro caso aragonés el asunto es más complicado. En efecto, el pueblo aragonés no conforma una raza, o etnia, pura; su idioma no le es distintivo o exclusivo, y su historia fluctúa entre Cataluña y Castilla. No es de extrañar que al acceder al escaso material antropológico de estudio cultural, como son los mitos, cuentos, relatos, leyendas y folclore en general, éste ofrezca en su repertorio, al menos a primera vista, más identidades con las de otros pueblos que diferencias. Y, sin embargo, estos materiales etnológicos constituyen normalmente el mejor marco de estudio, pues de sus idealizaciones, personajes, figuraciones e historias se pueden extraer los símbolos típicos que conforman una visión de la realidad o, si se prefiere, el inconsciente colectivo de un pueblo, con sus obsesiones, ideas-fuerza e imágenes significantes. ¿Qué hacer entonces?

2. Identidades y diferencias. En primer lugar una buena forma de identificación, o sea de obtener la propia identidad cultural aragonesa, consiste precisamente en sonsacar las características comunes o identidades que nos ponen en comunicación y comunión con otros pueblos y culturas. Frente al intento quimérico de buscar una pretendida esencia metafísica aragonesa, este primer anclaje de una cultura en la cultura humana universal no solamente es obvio sino necesario para poder sentir el gozo de la participación o inmersión en la humanidad y poder autoafirmarse el individuo como «humano».

Para captar esto es preciso, sin embargo, comparar nuestro mundo simbólico como otros mundos correspondientes, es decir, con otras culturas, así como saber descifrar los símbolos aragoneses. No se trata, pues, de abandonar el estudio de mitos, relatos y leyendas cuando éstos aparecen no solamente en nuestro folclore Buscar voz... sino en muchos otros; se trata de interpretar bien -de acuerdo a disciplinas adecuadas- todo el simbolismo subyacente en las creaciones culturales que proyectan nuestros fantasmas, imágenes y escenas más fundamentales y, por tanto, más universales.

Abramos, al respecto, el tomito Relatos aragoneses de brujos, demonios y aparecidos, y leamos, por ejemplo, el primer relato allí compilado sobre «Las brujas de Trasmoz». Nada especialmente aragonés parece notarse en este relato de G. A. Bécquer Buscar voz...; más bien está integrado por los datos típicos de todo tema brujeril. La característica de nuestra bruja Buscar voz... es universal y queda adscrito al cortejo del mundo demoníaco o inframundo diabólico, simbolizado aquí por la oscuridad y la ciénaga. En los restantes relatos aparecen los elementos aquí circunstancialmente ausentes: así el cabrón Buscar voz... o macho cabrío, símbolo universal de la brujería Buscar voz... y de los rituales de la fertilidad-fecundidad en él significados; la brujería, típicamente femenina (véase al respecto «el tío Cerote»), el poder de embrujar específicamente femenino (poder no solamente de aojar y de ligar o «liar», sino de matar a los hombres-varones, como la señá Aspiazos); y, finalmente, la relación con el diablo Buscar voz.... Todos estos relatos de brujas nos presentan el típico tema de las relaciones entre el hombre y las fuerzas mágicas de la existencia, personificadas generalmente en la Mujer como prototipo de la Bruja y Hechicera.

Cabría proponer la hipótesis de que precisamente esta cultura imaginativo-legendaria, sea en general, sea en su aspecto brujeril, no es diferencial nuestra; de ser esto así, podría entonces afirmarse que la diferencia específica de nuestro mundo mitológico consiste paradójicamente en no ser distintivo nuestro, por lo que su actual escasez no se debería simplemente a falta de investigación actual, sino, significativamente, a que esta literatura fantástica no tiene mucho que ver con nuestro carácter. Incluso toda una serie de relatos legendarios ofrecen síntomas de un claro escepticismo y socarronería, que estarían acordes con el llamado «realismo aragonés», mientras que las fantasmagorías de nuestro Goya Buscar voz... cabría interpretarlas, con E. Helman, como satíricas.

Esta diferenciación parece basarse no solamente en estas connotaciones, sino también, como se acaba de señalar, en que no poseen en nuestra psique la fuerza con que invaden otras mentalidades bien distintas a la nuestra, como son la gallega y la vasca. Frente a nuestra sequedad mitopoyética o mágica, está claro que la cultura gallega o vasca ofrecen un mundo anegado de creencias supersticiosas, akelarres, meigas y demás entes imaginarios; frente a esta exuberancia mitológica vasco-galaica y la positividad con que tales trasmundos son vividos, entre nosotros aparece en negatividad o negrura goyesca, lo que nos remite a una diferencia fundamental que engloba otras y les confiere sentido. En efecto, mientras que las mitologías gallega y vasca ofrecen una cierta impregnación de sentido matriarcalista de la vida, la mentalidad aragonesa se constituye en torno a una experiencia patriarcalista del mundo (y por ello ofrece precisamente una mitología desvencijada, disecada y racionalizada, como veremos).

3. El patriarcalismo aragonés. Que el País Vasco ofrece una mitología ancestral de resonancias matriarcal-naturalistas y comunalistas, está claro. Pero también Galicia ofrece un trasfondo mítico de significación matriarcal-femenina, como ha mostrado Rof Carballo. Y tanto en el caso vasco como en el gallego, la impresionante presencia, ya del aquelarre y sus brujas, ya de las meigas y magas, está significando la decisiva importancia que la Mujer y sus poderes y virtudes, negativos y positivos, posee en ambos casos. (Claro que en el proceso en curso de patriarcalización y racionalización generalizados la mujer-bruja, originariamente tenida por sagrada y divina, es desvalorizada como «mala» por parte de una mentalidad actual racional-cristiana, que atribuye a la mujer poderes diablescos.). Frente al semi-matriarcalismo gallego o vasco, la cultura aragonesa ofrece claros síntomas de patriarcalismo, o sea, de una sociedad en la que los valores vigentes son claramente masculinos (lo recio y la reciedumbre, la sequedad y la fuerza, lo bronco, hosco y tosco, la terquedad) y dominantes respecto a los valores femeninos oprimidos y reprimidos (la represión de los sentimientos tenidos como femeninos, así como la blandura, suavidad y todo afeite y afeminamiento).

Para encuadrar este patriarcalismo aragonés, propondría como modelo aproximado el proporcionado por P. Bourdieu del pueblo argelino de los Kabyla: entre ellos se da una dualización del mundo entre el polo masculino dominante (simbolizado por el espacio abierto, lo seco, el campo, la luz, la taberna, los negocios y la objetividad) y el polo femenino dominado (simbolizado por el tiempo interior, la casa, la nocturnidad, lo húmedo, la religión, la cocina y la subjetividad). Mientras que el varón representa el honor o «pundonor», la mujer personifica la honra, pero en cuanto honra del marido, al que pertenece la mujer, la casa y los fusiles con los que defiende «su» honra. La compartición entre lo masculino y lo femenino es clara y tajante en Aragón, así como la subordinación de éste a aquél: esto podría representarse bien en la figura de San Jorge Buscar voz..., patrón de Aragón y prototipo del héroe patriarcal y de las virtudes masculino-guerreras.

4. Caracteres tópicos.
Primero: Está claro que el patriarcalismo aragonés ni es absolutista como el Kabyla ni es propiamente «tecnocrático», sino fundamentalmente agrario y pastoril. Una cierta pobreza general del suelo y la normal sequedad de la tierra ha condicionado, sin duda, la experiencia aragonesa, del mundo como duro, recio y, en definitiva, contundente («terco»: consúltese la «terquedad» del sol en el Pedro Saputo). Jurídicamente, ese patriarcalismo masculinista ha sido elaborado sobre todo por el Derecho aragonés Buscar voz... de proveniencia romana (véase el «mayorazgo Buscar voz...»).

A partir de dicha experiencia de dureza de la realidad, es obvia su transposición a un mundo correlativo de actitudes, llevándose a cabo una internalización de la realidad externa: de aquí un talante asimismo abrupto, duro, recio, contundente y brusco (recuérdense las actitudes vitales de nuestros tipos aragoneses: Servet Buscar voz... y Molinos Buscar voz..., Goya Buscar voz... y Buñuel Buscar voz..., el Papa Luna Buscar voz... y Sender Buscar voz...). El patriarcalismo aragonés parece más bien estático, y, más que machista, «machotista» (ha sido nuestro Marcial Buscar voz... quien definiera claramente su posición patriarcal-masculista, frente a la remilgada de Carmenio, como una afirmación de lo fuerte). Recuérdese aquel retrato del Pedro Saputo: «de condición muy áspera, de voluntad absoluta y de opinión fuerte y acerada».

Segundo: Ello ha emparejado un acento o espíritu áspero en el aragonés, que encontraría en la jota su escenificación y que ha sido confirmado dentro y fuera, en lo popular y en lo más elaborado (de Menéndez Pelayo Buscar voz... a Laín Entralgo Buscar voz...). Caro Baroja nos ha recordado la imperturbabilidad de la tribu iberoaragonesa ilergete Buscar voz... ante el viento cierzo Buscar voz..., vencedor en cierta batalla contra los romanos al no poder éstos aguantarlo.

Esta actitud suele ligarse a un cierto talante de entereza y nobleza, que expresarían la estructura anímica de una personalidad «vertebral» que encuentra su precipitado en la estimativa sustancialista o esencialista caracterizada por la veracidad del «ir al bulto»: ello está bien ejemplificado en la novelística de R. J. Sender tal y como ha sido interpretada por el Prof. Carrasquer, así como por su interpretación patriarcalista y sustancialista de la religión en sus «Ensayos sobre el infringimiento cristiano». Hay que ubicar aquí a Servet y su interpretación de la divinidad como pura sustancia o esencia; así como a Gracián Buscar voz... el filósofo afirmador del hombre de sustancia frente al insustancial; finalmente, consúltese asimismo la «política sustantiva» de Costa Buscar voz....

Tercero: Un tal sustantivismo parece llevar a afirmar el espacio-estático frente al tiempo devenir, pues el propio tiempo no parece experimentarse como sucesivo e interior sino como climático y objetivo. Ello se aúna con un claro elemento fatalista aragonés de signo patriarcal acaso potenciado por la influencia semita, que ha de distinguirse de otras creencias cercanas pero diferentes, tal como la de un «destino» natural. Según esto, el aragonés se sentiría instalado no frente al tiempo cíclico Buscar voz... o circular ilimitado, sino frente al límite de un espacio puro y, por tanto, enfrentado a sí mismo entre tierra y cielo absolutos como un individuo que no se disuelve en la cadena tribal, corporativa o social, sino que encuentra en sí su propia sustancia y su propio quicio. Esta autoafirmación anarco-individualista típicamente aragonesa recubre toda una serie de síntomas que configuran el viejo lugar tópico de la terquedad aragonesa, terquedad que ha de interpretarse psicológicamente como una cierta detención del aragonés-tipo en la etapa «anal», en la que el niño se autoafirma en su posesión (las heces) frente a todos los demás (de aquí seguramente tanto nuestro proverbial modo de imprecar «me cago en...», ya avisado por Malinowski, como los celos de posesión y el independentismo de lo propio frente al otro (el «no ser hijo sino de sí mismo», Saputo).

Cuarto: Frente a ciertos «naturalismos», como el vasco ancestral, denominaría «naturismo» la tradicional mentalidad aragonesa, pues que la naturaleza no parece ser vista como madre sino, de acuerdo con lo dicho en el párrafo primero, como padre. Este significado masculino de la tierra aragonesa no solamente parece advertirse en dicciones espontáneas («esta tierra de Aragón»), sino asimismo en la inmediata correspondencia de tierra-suelo. Frente a la asociación general en otros ámbitos de la mujer-naturaleza y del hombre-cultura, propondría su inversión en Aragón: mientras que la naturaleza (tierra, suelo) es vista con atributos masculinos, la cultura aparece asociada tradicionalmente y popularmente a lo femenino, suave, blanco y, en ocasiones, enfermizo (cultura como cultivo, flor, afeite y superfluidad).

5. La filosofía aragonesa. Todos estos caracteres son tópicos en un doble sentido: en cuanto que son lugares comunes, a la vez verdaderos y falsos, y ello no sólo porque pueden entenderse de muy diferentes maneras sino porque ofrecen aún una visión excesivamente general. Con el fin de anclar estos caracteres y conocerlos más de cerca, conociéndonos a nosotros así, enclavaremos estos tópicos en su caldo de cultivo propio: la cosmovisión aragonesa. Para acceder a ésta echaremos mano del texto quizás más propicio que tenemos: la Vida de Pedro Saputo, de Braulio Foz Buscar voz..., en la que se nos ofrece la quintaesencia de la filosofía y psicología aragonesas: la somardez o somardería, representada a lo Gracián en nuestro héroe por una agudeza caracterizada por «hacerse el tonto e ir a lo suyo» o, en las propias palabras del Pedro Saputo: «mas yo callar y a la mía».

En esta obra, capital para entender el alma aragonesa, encontramos no solamente verificado el carácter patriarcal anteriormente señalado como prototípico aragonés, sino también su contextualización. En efecto, la obra puede considerarse como el relato legendario de un héroe quijotesco que, internalizando en sí al propio Sancho Panza, arremete «contra todo el mundo si nos es contrario» por «no vivir con el alma arrugada», o sea, en nombre de la «libertad» y de las propias «fuerzas»: «ningún vano respeto, ninguna ley inútil me conviene, fuera de la honradez» (p. 38). Pedro Saputo aprenderá «naturalmente», de su propia «naturaleza», una filosofía popular y «naturística» heredada de su padre y abuelo, lo que llegará a convertirlo en un héroe discreto que, nacido sin nobleza o apellido de padre, logrará hacerse, «hombreando», un nombre y un hombre y, así, un poder propio masculino (finalmente certificado por el conocimiento de su verdadero padre). Sus peripecias se basan fundamentalmente en deshacer, ingeniosamente, entuertos reales, así como en festejar y cortejar, pícara pero honradamente, mujeres. Pero he aquí que la opinión que les merece es claramente patriarcal y antifemenina: «vanas generalmente y sin jugo ninguno» (p. 216), y sabida es la importancia aragonesa del jugo, unto o sustancia. Su propia madre y padre mueren al desaparecer nuestro héroe, muriendo también su amada Morfina, cuya vida se concibe así en pura relación con el héroe. La obra concluye exponiendo fielmente la filosofía desencantada de la vida, propia del héroe aragonés: «¡Oh qué feliz es el hombre, que no quiere entender que la alegría es anuncio de penas! Traiciones más bien que favores parece que sean las glorias de este mundo. No hay... suerte ni fortuna, que la manifiesta soberana Providencia que hace lo que quiere de nosotros y de nuestras cosas» (p. 221).

En este último discurso aparece bien no solamente el fatalismo aragonés ante una Providencia patriarcal, tirana y voluntarista, sino la temática gracianesca del desengaño de la vida, entendida ésta como engaño y mentira. Al interpretar el Pedro Saputo este desengaño de la vida como desengaño de la mujer (p. 174), la cual aparece así asociada a la vida y sus engaños, Braulio Foz nos revela el sentido profundo del desencanto aragonés, el cual considera a la traición el mayor mal, aunque sabiendo que la vida -como la mujer- es por naturaleza ilusión ilusa, engaño vital, traición esencial. Ante esta visión ya goyesca de la realidad, el aragonés parece ejercer aquella «acomodación defensiva» que se basa, según Gracián, en un contrapeso de «prudencia» y «malicia», fuerza vital y espíritu crítico. Esta posición escéptica y pesimista se alía, ciertamente, con un cierto nihilismo aragonés bien representado in extremis por el inmovilismo y quietismo de Molinos, obsesionado sólo por la verdad esencial que conduce a la «nada» beatífica. El nihilismo aragonés no representaría sino el caso extremado de su seca actitud sustancialista ante la vida llevada hasta sus últimas consecuencias: la disecación -«fijación», dice Molinos- de la realidad. Es el paso de una visión «vertebral» o esencial de la realidad a su visión «espectral» y esquemática como engaño, truco y «truculencia» bien patente en Goya. Lo que manifiesta la positividad y negatividad —ambivalencia— de lo aragonés.

 

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Pastor del Pirineo...Pastor del Pirineo

Dibujo de Marín Bagüés...Dibujo de Marín Bagüés

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