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Molinos, Miguel de

Contenido disponible: Texto GEA 2000  |  Última actualización realizada el 23/11/2009

(Muniesa Buscar voz..., T., 1628 - Roma, 28-XII-1696). Escritor místico de bellísimo estilo, relativamente heterodoxo por «quietista», pero no estrictamente hereje Buscar voz..., aunque en su tiempo fuera escandalosamente condenado como tal. Bautizado en su lugar natal el 29-VI-1628, según consta en su partida de bautismo, hijo de Pedro y de Ana María Zujía, se le impuso el nombre de su abuelo. Un tío materno, mosén Juan, fue sacerdote; una hermana, monja en Valencia.

Se ignora todo de su juventud hasta que en 1646 va a Valencia a disfrutar de un beneficio eclesiástico fundado en 1563 por el muniesino Bernardo de Mucio, en la iglesia de San Andrés, para oriundos de su pueblo: vacaba desde 1646 por defunción de un tal Juan Cabañero. Allí estudia en el colegio de San Pablo, de jesuitas, y se ordena sacerdote el 21-XII-1652. No consta dónde obtuvo el título de doctor —que nadie le discute en su tiempo— y ha llegado a sugerirse incluso Coimbra; probablemente no en la Universidad de Valencia, sino en ese colegio de la Compañía, facultado para conceder grados. Dos veces solicitó sin éxito la penitenciaría del colegio del Corpus Christi, o del Patriarca (Juan de Ribera).

Centró su actividad primeriza en el confesonario y en las reuniones de la llamada «Escuela de Cristo», en la que ingresó el 4-VI-1662. Fundada en Valencia poco antes, el 25 de marzo, a imitación y según las Constituciones de la de Madrid (de 1653), aprobadas luego en 1665 por Alejandro VII, era un grupo de clérigos y laicos dedicados a la piedad por medios ascéticos, a base de ejercicios piadosos, penitencias, meditación en la humanidad de Cristo, caminos de humildad. En su mejor momento se extendió a más de 400 ciudades, españolas y extranjeras. Después de la de Madrid y antes de la de Valencia fueron fundadas las de Soria, Roma (1655), Aranda, Zaragoza, Huesca, Calatayud, Barbastro, etc. Su doctrina queda expresada en una piadosa carta de Guillermo Ramón de Moncada, marqués de Aitona, distinguido socio suyo por entonces: «... Que a nosotros no nos toca sino estarnos en nuestro lugar, que es la nada, con indiferencia total para todo lo que el Señor dispusiese de nosotros».

La palabras citadas plantean el problema de que el posterior quietismo de Molinos acaso procede de esa «Escuela de Cristo» valenciana. Más aún: su rápido ingreso ha hecho sospechar que tuvo previos contactos con las aragonesas, lo que es verosímil; habla también de su temprana fama de virtud. Pero, contra lo que tantas veces se ha repetido con rutina y sin crítica, el quietismo de Molinos ni es original y algo así como caído del cielo —pues tan sólo sobresale en plantear con claridad doctrinas de arraigada tradición y muy comunes en su época—, ni procede de inspiraciones orientalistas, ni equivale a un «modo aragonés de ser hereje», ni formula la exaltación del individualismo religioso, ni enseña procedimientos esotéricos de nihilismo extático. Respecto a su entroncamiento con las «Escuelas de Cristo», células de tipo oratoriano, hay que recordar que éstas eran eminentemente ascéticas y dadas a la meditación, rechazada por Molinos a favor de la «contemplación adquirida». Su dependencia de «algún grupo de iluminados de su Muniesa natal», propuesta por Joan Fuster, no pasa de fantasía, si bien la confusión de las doctrinas y prácticas de Molinos y sus seguidores con las de los alumbrados de la decadencia y la atribución a todos ellos de «ciertos excesos sensuales», en gran parte confirmados, fue lo que llevó a Molinos a la ruina y la condena final.

El 20-VI-1663, sin que se sepa por qué, es designado procurador de los tres Estados de Valencia en Roma para promover la beatificación del sacerdote Francisco Jerónimo Simó de Rojas, muerto a sus 33 años en el de 1612; su arzobispo, Martín López de Hontiveros, le autorizó además a representarle en su obligada visita ad limina. En marzo de 1664 ya había cumplido este encargo. Se vinculó inmediatamente a la «Escuela» de Roma, la cual, incomprendida allí, se había ido refugiando en varias iglesias, entre ellas la casa matriz de los jesuitas y San Ildefonso de los Españoles. No logró la beatificación de Simó. Tampoco hay constancia, al menos no queda ningun ejemplar, de un Exercicio de consideración y meditación para los siete días de la semana, por la mañana y por la tarde, que bajo el pseudónimo de Juan Bautista Catalá habría publicado Molinos en Valencia en 1662, como en su Bibliotheca Hispana Nova dice Nicolás Antonio, quien lo conoció y trató en Roma. Hubo de ser un texto en la vieja línea de «meditaciones» tan del gusto jesuítico, quizá para uso de las «Escuelas».

Molinos «llega a obediencia» de la de Roma en 1675, la cual empieza a decaer desde entonces, fuera por resistencia a las nuevas ideas de nuestro aragonés, ajenas a las de la «Escuela», fuera por excesivo protagonismo personal o por descuidar sus deberes. Es lo que parece indicar otro oscuro texto de Nicolás Antonio. Las andanzas de Molinos son difíciles de documentar con exactitud. Menéndez Pelayo Buscar voz... y muchos más, especialmente el jesuita Paul Dudon, dieron excesivo crédito a una Vida de Molinos manuscrita, guardada en el archivo de la embajada de España en Roma, editada por Justo Fernández ahora y estudiada en sus límites por Tellechea y Nicolini. Su autor ha sido identificado como el sacerdote español D. Alonso de San Juan, anciano miembro de la «Escuela» de Roma y acérrimo enemigo de Molinos. De ella proceden las maledicencias y calumnias sobre su actitud y vida, plagiadas ya, al menos, desde la inédita Historia de los quietistas del monje jerónimo Francisco A. Montalvo, del XVIII.

Sea cual fuere la acción de Molinos en la «Escuela», no hacía de ésta, como dice el P. Montalbán en su Historia de la Iglesia Católica, «centro de su propaganda espiritual». El mismo 1675 publica dos libros: el Breve tratado de la comunión cotidiana, en la línea de la defensa jesuítica de la misma práctica (Cristóbal de Madrid, Luis de la Puente, Baltasar Gracián Buscar voz...) y la de otras órdenes, y la famosa Guía espiritual que desembaraza al alma y la conduce por el interior camino para alcanzar la perfecta contemplación y el rico tesoro de la interior paz: bello título barroco. Editor de ambas obras fue, en Roma, Miguel Hércules. El primero es de total ortodoxia, y ninguna sospecha levantó de momento el segundo, que, irónicamente, salía precedido de numerosas aprobaciones de ilustres personalidades, en su mayoría calificadores de la Inquisición Buscar voz... romana o de la española, y que nada extraño olfatearon en sus doctrinas, que elogian sin tasa. Molinos es por entonces y unos años más el clérigo más buscado de Roma, no sólo por su maestría en la dirección de almas, sino por contarse entre éstas y sus amigos frailes, obispos, cardenales, y aun el propio papa, Inocencio XI. Durante diez años Roma parece centrarse en él, quien tiene enorme ascendiente en todos los medios romanos, siempre tan politizados.

El librito viene precedido de un «A quien leyere» de gran sentido común, que comienza así: «No hay cosa más difícil en el mundo que agradar a todos, ni más fácil y usada que censurar los libros que salen a la luz pública. Al común riesgo de entrambos daños salen sujetas todas las obras que se publican, sin excepción de ninguna, aunque amparadas de la mayor protección. ¿Qué será de este pequeño librito sin patrocinio, cuyo manjar, por místico y mal guisado, lleva consigo la común censura y el desabrimiento? Si no lo entiendes, lector amigo, no por eso lo censures». Siguen cuatro advertencias, sobre la diferencia entre meditación y contemplación, distinguiendo ésta en infusa o pasiva y adquirida o activa: el asunto del libro va a ser «desarraigar la rebeldía de nuestra propia voluntad para alcanzar la interior paz». La obra misma consta de tres partes o libros. El I trata de «las tinieblas, sequedades y tentaciones..., y del recogimiento interior», culminando en el bellísimo cap. 17, «del silencio interno y místico». El II, «del padre espiritual y su obediencia, del celo indiscreto y de las penitencias interiores y exteriores». El III, «de los espirituales martirios con que Dios purga a las almas..., de la resignación perfecta, humildad interna, divina sabiduría, verdadera aniquilación e interior paz».

En principio, nada en todo él es heterodoxo y mucho menos herético. Se perciben en sus bellísimas páginas bien claros ecos de Santa Teresa y de San Juan, con cuya doctrina tiene enorme semejanza. Si éste es el poeta máximo del máximo misticismo, Molinos, quien escribe «en un estilo devoto, casto y provechoso sin exornación de pulidas frases, sin ostentación de elocuencias ni sutilezas teológicas» como él nos dice, debe contarse como uno de los máximos estilistas en prosa castellana, si no el mayor, de esa misma doctrina y acaso experiencia mística, de la misma naturaleza que la sanjuanina. Si no lo cita en la Guía, se debe a que por entonces mismo era debatido el misticismo de San Juan con vistas a su canonización; pero lo cita continuamente en la Defensa de la contemplación, manuscrito que quedó inédito hasta 1974 y en parte aún lo está.

La crítica de la segunda mitad del siglo XX, que igual que un «nuevo florecer del servetismo Buscar voz...» vive una asombrosa y atinada floración de estudios molinosistas, llega a la conclusión de que los censores de la Guía nada hallaron censurable en ella porque su doctrina es aceptable y recomendable. Lamentablemente dio origen a varias lecturas crípticas; éstas, determinadas circunstancias ambientales, prácticas acaso análogas a las doctrinas laxistas que acababan de ser condenadas, envidias intraclericales, fanatismos histéricos de incontenibles seguidoras, y ciertos factores políticos, se conjuntaron para hacer que un hombre y una doctrina de tan alta y general aceptación vinieran a ser objeto de la persecución inquisitorial más encarnizada. Hoy más que nunca hay que distinguir entre Molinos y el molinosismo, pero también entre la Guía y la aplicación privada que su propio autor parece hacía en dirección individual y en los millares de cartas que escribía.

La oposición fue iniciada por los jesuitas Buscar voz..., cuyo ascetismo riguroso no era ya aceptable a los numerosos monasterios femeninos que espiritualmente dirigían. Molinos sale al paso de inmediato con unas Cartas escritas a un caballero español desengañado, para animarle a tener oración mental, dándole modo para ejercitarla (Roma, 1676). Aunque sin nombrarle, le responde el P. Gottardo Bell´huomo con un largo tratado, Il pregio e il ordine dell´orazioni ordinarie e mistiche, a quien contesta con su citada Defensa, ciertamente escrita antes de 1680. Oliva, general de los jesuitas y hasta ahora su amigo, se cruza con él unas cartas que hacen barruntar la tormenta. El mismo 1680 publica el P. Pablo Segneri, célebre predicador, el primer tratado explícitamente antimolinosista, Concordia fra la fatica e la quiete nell´oracione.

Se suceden varios libros de controversia, unos favorables y otros adversos, sobresaliendo Petrucci entre aquéllos y Bartoli entre éstos; pero se logra que los libros de Bell´huomo y Segneri sean puestos en el Índice a fines del 81. Parece la victoria. Pero van cundiendo los chismes contra Molinos, quien tiene líos con los párrocos y sacristanes por obligarles a tener abiertas sus iglesias fuera de horario para las largas pláticas a señoras, casi siempre principales. Llegan noticias y aparecen cartas que denotan un Molinos cuya práctica de dirección no coincide con su doctrina, ni su aparente humildad y santidad con sospechosos detalles de su secreta conducta. Desde el flanco teórico se ventilaba una interesantísima polémica; desde el práctico, un caso más, acaso el supremo, de recelo clerical ante modos de religiosidad tangentes con matices de alumbradismo.

No se ha subrayado suficientemente a este respecto una coincidencia esencial: en 1679 acababa de condenar Inocencio XI nada menos que 65 proposiciones laxistas, pues compartía las ideas rigoristas del jesuita español Tirso González, a quien en 1687 hizo nombrar general de la Compañía. Ahora bien, tanto ciertas formulaciones teóricas como ciertas consecuencias del mismo ingenuo Molinos, y mucho más de sus discípulos, seguidores y mayoritariamente histéricas dirigidas, parecían implicar la impecabilidad, especialmente sensual, al alcanzar un estado en que «siendo tú de esta manera la nada, sea el Señor el todo en tu alma». Los molinosistas y él mismo pretendían estar guiados como por una luz infalible.

Varios cardenales tomaron cartas en el asunto: el primero, Domenico Caracciolo, de Nápoles, denunciando casos de dirigidas de Molinos desde Roma; luego, el informe de Albizzi sobre la avalancha quietista en toda Italia, de la que Molinos venía a ser culminación. Se atisban concomitancias con la vieja tradición subterránea de beguardos germanos, alumbrados castellanos y pelagianos italianos. Pudo mediar también una razón política. El cardenal D´Estrés, embajador de Luis XIV y viejo amigo de Molinos, se le pone en contra ahora por órdenes del rey: atacarle suponía debilitar la causa proaustríaca en el debate sucesorio tanto en Roma como en Francia. Molinos fue apresado por corchetes del Santo Oficio romano el 18-VII-1685. Los detalles de su prisión constan en cartas de D´Estrés a Luis y del embajador español, Bernardo de Quirós, a Carlos II (Roma, Arch. de As. Extranj., 294, f.° 272; Simancas, Estado, 3071).

El eco de la prisión llegó a todos los rincones de Europa con escándalo, pero pronto hicieron leña del árbol caído centenares de antiguos amigos y confidentes. Es lamentable que el proceso fuera, al parecer, quemado durante la ocupación francesa de Roma (1810-14) para evitar que cayera en manos de Napoleón; pero en la Valliceliana de Roma ha quedado un Sumario de 120 folios manuscritos, bien estudiado por Nicolini, que aunque insuficiente orienta sobre aquél y la final condena. Centenares fueron apresados. Se escogieron 75 testigos, de los que 23 declararon oficialmente, sobre todo mujeres de baja categoría, «muchas de ellas más dignas de verse mezcladas con la patología médica que con la mística» (Tellechea). Con todo, hay que creer, como conclusión, que Molinos, más que obcecado o soberbio, aunque quizá mareado por su asombrosa fama, era un ingenuo que aplicaba con ligereza sus doctrinas místicas a gentes ramplonas o a primadonas oportunistas, a quienes les venía bien para calmar sus escrúpulos sexuales. A la hora de la verdad su inmensa mayoría renegó de él.

Se formularon 263 proposiciones basadas en cartas —hoy casi todas desaparecidas— y en denuncias, reducidas luego a 68, pero ninguna procede de la Guía ni de escrito alguno público de Molinos, sino que son, en el equívoco procedimiento tradicional del Vaticano, frases sacadas de su contexto y de escritos de Petrucci y a veces desprovistas de sentido. Molinos se defendió con acierto, pero era aquél un diálogo entre sordos; sus captores decididos a condenarle, insistieron en sus deslices sexuales, algunos de los cuales admitió no sin desdén. El rasgo más aragonés del Molinos muniesino estriba en su actitud el día 17-IX-1687 en Santa María sopra Minerva con motivo de su auto de fe. Pidió una buena comida «en cantidad y calidad», que tomó en la sacristía, y luego durmió una pacífica siesta. La muchedumbre, alentada por la proclamación de una indulgencia de 50 días y 15 cuarentenas, llenaba calles e iglesia y reclamaba su quema. Con una vela en la mano oyó impertérrito la larga lectura de los cargos toda aquella tarde ante 23 cardenales asistentes nada menos.

De rodillas pidió perdón y abjuró, siendo absuelto pero penado a cárcel perpetua, que cumplió santamente. Europa se llenó de caricaturas del clérigo aragonés, caído en el más bajo de los vilipendios, víctima de su ingenuidad y de oscuros manejos. Murió el 28-XII-1696, día de Inocentes, y con él, en descrédito, la mística clásica española y de la Iglesia de Occidente. A Molinos personalmente, ya que no a su doctrina, plenamente revalorizada, se le debe una reparación oficial.

• Bibliogr.:
Ayala, J. M.: Miguel de Molinos. Camino interior del recogimiento. Z., C.A.I. 2000.

 

Monográficos

La Edad Moderna en Aragón. El siglo XVII

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Un siglo de crisis tras el que se extinguirá la independencia y la personalidad política e institucional aragonesa.

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