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Maleficio

Contenido disponible: Texto GEA 2000

(Folc.) Se relaciona con ritos prenatalicios en función de la esterilidad o con la madre gestante, el nacimiento, los ritos de transición y la protección contra el mal de ojo o frente a los espíritus malignos; también con la enfermedad y la medicina popular y en general con las supersticiones acerca de influencias nefastas ejercidas sobre seres débiles, niños, mujeres, pero también animales domésticos, cosechas; la defensa se realiza de forma inconcreta, pero también respecto del diablo con pactos, contra los ladrones o robos o frente al mal que entra por las puertas o ventanas o por la chimenea, contra las brujas; otras fórmulas pueden dirigirse a anular juramentos y evitar el perjurio, para huir de la mala suerte y acallar las peticiones de los muertos.

En general, Aragón no posee creencias extendidas sobre maleficios diabólicos y en la literatura infantil o popular el diablo es engañado por las gentes sencillas, o los somardas, como vemos en los casos del herrero de Sanfelices, o el de Calcena, o en la doncella que le pidió el pozo de los Bañales. Las brujas o duendes y otros seres maléficos intervienen más en acciones que afectan a problemas religiosos que formando un substrato de creencias básicas populares, como sucede en otras regiones; incluso la picaresca especula con aquelarres como el de Trasmoz, en realidad añagaza de monederos falsos para alejar curiosos, si creemos a Zurita, o aparecidos y fantasmas que a veces encubren a rondadores que quieren garantizarse tranquilidad para «festejar».

Cuando el diablo aparece nombrado como constructor de edificios antiguos o puentes, no se asocia con maleficios contra los que haya que prevenirse. En cambio sí hallaremos muchos ritos de protección de las cosechas futuras contra plagas, tormentas o «pedregadas»; en el Somontano de Alquézar, se enterraban palitos en forma de cruz, para prevenir cualquier mal, y durante la recolección, quien hallaba una de ellas suspendía el trabajo y empezaba una oración que continuaban todos.

Muy interesantes son los ritos de expulsión de los demonios realizados por intercesiones diversas como los de Santa Orosia, en Jaca, o bien por el Cristo de Calatorao; a Santa Orosia se le invoca en Gistaín contra el mal de brujería, y en Baraguás para curar a los «espirituados» o posesos. En general, y tal como ocurre en otros lugares no aragoneses, los epilépticos llevan ataduras en los dedos y las rompen en sus espasmos, lo cual es buena señal, pues si los demonios saliesen por la boca, los ojos o los oídos, el enfermo podía quedar mudo, ciego o sordo. En Yebra de Basa, y en Jaca, la procesión, con presencia de los endemoniados bajo las andas, o al pie de un balconcillo en el que exponían las reliquias de la santa, se celebraba aún no hace muchos años.

Contra el pedrisco, algunos pueblos del Alto Aragón encendían hogueras en las cumbres vecinas, el día de la Santa Cruz, poniendo cruces en el centro de ellas, que iban a buscar a Tolosa, explicándose esto porque Tolosa era tierra de aquelarres y allí iban las brujas del Pirineo. Las ramas de olivo bendecidas el Domingo de Ramos se enterraban el día de Jueves Santo, en los sementeros, teniendo lugar el mismo rito ya citado cuando las encontraban los segadores o vendimiadores. Los amuletos esenciales contra el mal de ojo de los recién nacidos, cuando los llevan a bautizar, para prevenir el aojamiento, fueron las patas de tejón y también las «higas» de tradición romana, algunas en azabache compostelano. En Sierra Guara se tomaban «midas» blancas y rojas del santuario de San Cosme, en el mes de septiembre, y se ataban en la mano derecha, junto a la muñeca, con lo que se ahuyentaba todo mal, con tal de rezar a los santos médicos la siguiente cuarteta: «San Cosme y San Damián, / que bajo una peña están, / con medico o sin medico, / si enfermas te curarán».

En Ribagorza, en el monte Turbón, hay numerosas leyendas de brujas con un pretil rocoso, «el frontón», una fuente y un covacha que relacionan con ellas; las cabras de Vilas del Turbón silban cuando se forja un pedrisco en aquellas cumbres; el peligro se combate disparando tiros con balas de cera bendita, tocando las campanas, sacando la Vera Cruz a la puerta de la iglesia, poniendo ramos benditos en los campos y en los tejados; en Saravillo, mosén Bruno Fierro, «esconjuraba» las tormentas con un crucifijo y lo propio sucedía en Graus, poniéndose en lo más alto de la torre el santocristo que dejó San Vicente Ferrer, tras su visita de 1415. Del Arco recogió, sin decirnos dónde, que las pedregadas que proceden de las brujas dejan un pelo en cada piedra, pero no si las provocan los brujos.

En los casos en que se entierran ramos benditos para proteger los campos hay que tener cuidado que no sean de roble o nogal, pues éstos son árboles queridos por las brujas; en cambio son contrarios los de olivo o laurel, benditos; en Ribagorza, el ramo que fue enterrado, al ser recuperado, tras el padrenuestro y el trago de los labradores, el dueño lo lleva a su casa y lo pone en el tejado para protegerse de los espíritus malignos. Los maleficios de los muertos de desgracia se conjuran poniendo una piedra en el mismo lugar donde ocurrió, al tiempo que se reza una oración.

El rito de las piedras es frecuente; en Gistaín, en una sima de Sobre la Pila, se esconden los «Crabons royos», o demonios; en Longás, el 24 de junio, la ermita de Santo Domingo, en la sierra de su nombre, es escenario de un curioso rito en el que los vecinos, con el Ayuntamiento, en la cueva del santo, rompen un pedazo de peña en trozos pequeños, que se reparten entre los asistentes, sirviéndoles de protección; lo propio ocurre en la ermita de la Magdalena, en Pintano, recogiéndose las piedras por los mozos, también de una cueva. En Layana los pastores arrojan a lo lejos las hachas pulimentadas prehistóricas como elementos de protección. En Bujaraloz las «piedras de rayo», sílex prehistóricos o una punta de flecha, de bronce, sirven como antídoto contra las tormentas y sobre todo contra el rayo después que han penetrado cinco «estados» en el suelo, a razón de uno por año y remontándolos de nuevo en otras tantas anualidades, solidificándose entonces el fluido de los rayos caídos.

Otro maleficio de raíz romana es el de las montañas, como el Aneto supuestamente dedicado al dios Neto de los lusitanos, o de la piedra de La Vispesa, en Binéfar; en el valle de Arán se le atribuyen los vientos y tempestades, como en el Aragón central se dice del Moncayo, donde se hace vivir a la bruja Casca; o en los Monegros, con la cumbre de la Virgen de Herrera.

Tienen valor apotropaico diversos vegetales, como hemos dicho, y las aguas de diversas fuentes, sobre todo las intermitentes, sulfurosas o carbónicas; así, la Mentirosa de Frías de Albarracín, la Fenellosa de Beceite, o la Fuente Gloriosa del valle de Tena, junto a Santa Elena, o la Fuente Santa de Pineta, cerca de Bielsa.

El rito de los bosques tiene una forma muy peculiar en Lobera de Onsella, cerca de Sos, donde hay un robledo con ermita de San Juan Bautista, abriéndose a hachazos tantos robles como enfermos herniados se calcula que acudirán a curarse; la víspera se enciende una hoguera ante el atrio y a la medianoche tras una salve cantada por el párroco, se dirigen en romería con faroles hasta el bosque y se desnuda a los niños, mientras dos mozos mantienen abierta la hendidura del roble, un hombre llamado «el Pedro» lleva el niño y tras santiguarse, en nombre de la Santísima Trinidad, lo entrega a «el Juan», a través de la hendidura, quien lo devuelve, repitiéndose la ceremonia tres veces, diciendo la fórmula: «Tómalo Juan. / Dámelo Pedro. / Herniado te lo doy. / Sano te lo devuelvo»; el poder milagroso se extingue a la salida del sol, se trata sin duda de uno de los mitos de la noche de San Juan, en otros lugares relacionados con el agua y con abluciones purificadoras y antídoto contra numerosos males, fruto de la cristianización de antiguos ritos de primavera.

La protección de la caza contra brujas o espíritus malignos actúa esencialmente sobre el hogar, pues entran por la chimenea, por lo que una tosca figura que se colocaba en el remate de ésta, en el Alto Aragón, se llamaba «espantabrujas». En Ansó se hacían tres cruces con las tenazas sobre la ceniza, diciendo: «Dios nos guarde por esta noche / del fuego y de todo maleficio»; en Gistaín se hacía una cruz con las tenazas, después de apilar el fuego, y con ellas, también en la puerta, las ventanas y el ojo de la cerradura; los mismos ritos tenían lugar en Baraguás y Las Paúles. En todas partes se colocan en los balcones los ramos de olivo bendecidos el domingo de Ramos.

Es importante evitar el maleficio de las comidas; en Ansó, cuando se estrena un horno, se cuece un pan para cada vecino, con objeto de que si hay maleficio se lleve un poco cada uno. Respecto de las tormentas se conjuran en Chía, en el valle de Benasque, con espliego recogido en la madrugada del día de San Juan, bendecido luego y quemado en las casas, como los viejos sahumerios paganos; un ramo de arto florido, el día de San Pedro Mártir, protegía las puertas en Gistaín; el boj espinoso las ventanas de Ansó; en la zona de Jaca y la canal de Berdún se clavan a la puerta de la casa la cabeza y patas de cigüeña, águila o los colmillos del jabalí. Numerosos son los amuletos o talismanes, como los fragmentos de la campana del milagro de Velilla que los mozos arrancaban para prevenirse de los males de la guerra.

En general, en las creencias populares aragonesas el maleficio juega papel importante aunque sean limitadas las atribuciones de su origen al diablo o a fuerzas concretas, en todo caso especificadas en brujas, representadas como mujeres viejas, capaces de transmitir el «mal dau», y casi siempre referidas a tormentas, rayos, pedriscos o plagas del campo o de los animales.

• Bibliog.: Violant y Simorra, Ramón: El Pirineo español; Madrid, 1949, pp. 494 ss. Del Arco, Ricardo: Notas del folklore altoaragonés; Madrid, 1943, p. 464. Beltrán Antonio: «Leyendas sobre brujas y seres fantásticos en Aragón»; De nuestras tierras y nuestras gentes, II, Zaragoza, 1979 p. 202.

 

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