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Madera, artesanía de la

Contenido disponible: Texto GEA 2000

Escasos son los vestigios supervivientes hoy de una amplísima cultura artesanal basada en la madera como materia prima. Salvo casos muy aislados, puede asegurarse que la artesanía de la madera ha perdido toda connotación popular -cosa que aún no sucede del todo, por ejemplo, con la cerámica- para refugiarse en recreaciones u obras de esmerada ebanistería con destino, preferentemente, a inmuebles de segunda residencia. A ello han contribuido, esencialmente, cuatro factores: uno, la práctica desaparición del pastoreo; otro, la profunda transformación de los sistemas de explotación agrícola; un tercero gira en torno al irreversible ocaso de las industrias caseras; y un cuarto lo constituye la creciente estandarización del mobiliario.

En efecto, la vertiginosa decadencia de la cabaña regional, unido al creciente hábito de la estabulación, han ido haciendo perder protagonismo social a la figura del pastor y a todo el enorme bagaje cultural por él poseído. Esta cultura pastoril encontraba un fuerte punto de apoyo en la madera. Con madera se hacían los collares de esquilas y esquilones (que se hervían, para ablandarlos, en vísperas de la subida a los puertos pirenaicos y se reparaban o se hacían de nuevo durante el largo invierno). De madera se construía, asimismo, todo el riquísimo y hermoso utillaje destinado a la fabricación de mantequilla, queso y requesón: la forrata o ferrata (vaso colector del ordeño), la «banca de mulir» (parecido al anterior), la «escudilla» (cuencos para salar la mantequilla, Bielsa), los coladores, las batideras y, en fin, los trabajados moldes para hacer quesos o «queseras» (pacientemente labrados en madera dura, con un acanalado inferior para escurrir el suero que en algunos casos (Pirineo, sierra de Cucalón, etc., alcanzaban categoría de auténtica filigrana). También la madera prestaba estimables servicios a la indumentaria pastoril toda vez que, hasta la década de los 40, casi todos los pastores aragoneses calzaban zuecos (soques, en la zona oriental oscense) labrados en madera de pino o nogal. Sin embargo, los acabados artesanales pastoriles que más han durado en el tiempo han sido tres: las cucharas de palo (labradas en boj o bucho), las banquetas de fogón (valles de Echo, Ansó, Tena, etc.) y los bastones o gayatas, primorosamente labrados en recias ramas de boj y de los que se conservan hermosos ejemplares de Benedé de Larrés (H.), en el Museo del Serrablo.

La mecanización del campo ha supuesto, asimismo, la rápida desaparición de un complejo y muy variado utillaje tradicional. Hasta pasado el primer tercio del presente siglo, en casi todos los pueblos de Aragón existían artesanos de la madera dedicados a la fabricación de arados (idéntico al romano), trillos de pedernal, yugos, carretas, mangos para todo tipo de herramientas, arneses, «sillas de novia» (existen algunos ejemplares muy curiosos y bellos en el Museo de Artes Populares del Serrablo), etc. Estas variantes artesanales pueden darse por prácticamente desaparecidas.

Ha sido, sin embargo, la decadencia de la casa taller tradicional la que ha venido a dar al traste con un amplio panel de industrias domésticas. Historia perdida son ya las ruecas y telares de mano de casi todos los pueblos pirenaicos. Nada queda tampoco del variado menaje de cocina construido en madera: el vasar (armario platero), el mortero (almiret), los saleros (salinero o saliner, según zonas), los fuelles o manchetas, las herradas chesas o ansotanas (aguaderas troncocónicas bellamente amordazadas por brillantes duelas metálicas), los botijos de madera del Pirineo (canadas y barrales), las artesas («arcas de masar», «vacías», «masaderos»), los cedazos o cernederas para la harina, las escudellas de lleute (recipientes para guardar la levadura, en Ribagorza), los tiricalius (Ribagorza) o tirabrases (Plan) para extender el fuego dentro del horno, las garranchas o punchos para colgar el pan o las salazones, las saladeras (artesillas en tronco vaciado), los roscaderos (Ansó), buchas (Echo) o ruscadors (Gistaín), para pasar la colada... y un largo etc. prácticamente innumerable.

La estandarización del mobiliario ha contribuido, por último, a la desaparición de una riquísima producción de fabricados en madera. Los bancos de fogón o cadieras -de una o varias hojas, según el poder económico de la casa-, son ya piezas de museo o artículo de anticuario. Las camas de pajiza, los catres o los lechos de cuerda (Ansó) son ya un lejano recuerdo. Arcas, lácenas, almarios, cunas (bres, en Ribagorza) se conservan aún en algunas casas solariegas o de segunda residencia, pero todo ello ha perdido ya su primitivo destino.

Así las cosas, la artesanía de la madera se reduce ahora a algunos pequeños talleres de sillería (Urrea de Gaén, Jaca), veteranos establecimientos de tonelería (Pirineo, Campo de Cariñena) y algunas asoleradas ebanisterías (sobre todo, en el norte de Huesca) dedicadas principalmente a la fabricación de viguería, barandas, escaleras, puertas y ventanas en casas de segunda residencia que intentan imitar el estilo de construcción tradicional, o la taracea (incrustación de maderas de distintos colores) en la localidad turolense de Sarrión.

Diremos, por último, que poquísimo es lo que queda de la fabricación artesanal de instrumentos musicales de madera, variante que es tratada específicamente en la voz organología popular.

 

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