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Literatura popular

Contenido disponible: Texto GEA 2000

No es fácil definir la literatura popular si se parte de la idea de que la creación literaria es fundamentalmente erudita e individual, aunque la idea de que el pueblo incorpora las creaciones ajenas haciéndolas intemporales y anónimas y simplificándolas hasta darles un aspecto peculiar, añadiéndoles espontaneidad e ingenuidad, podría hacer bueno el sentido que F. Yndurain le da: «la que vive en la tradición oral de un pueblo, sin autor conocido y sometida a las modificaciones que el medio de difusión y permanencia supone», que otorga un papel especial a la tradición oral y perpetuación de los modelos; Menéndez Pidal habló de la «literatura de carácter tradicional». Para esta calificación convencional de popular no es fundamental la lengua en que se hayan escrito originalmente o se hayan conservado los textos, sino que lo esencial es que el pueblo reciba e incorpore a su fondo cultural propio, a través de los más diversos modos y medios, las citadas invenciones. La respuesta «esto es de aquí y muy antiguo, mis abuelos ya lo conocían», que con frecuencia se escucha al encuestar sobre el origen y la edad de un elemento cultural, sirve para mostrar hasta qué punto puede resultar más definitoria la integración por un proceso desconocido de aculturación que el lugar de procedencia y la fecha de importación, aunque en la investigación estos elementos sean indispensables para seriar los hechos, incluirlos en un esquema histórico, conocer las influencias, comunicaciones y contaminaciones y, en suma, convertir el dato objetivo en parte de un sistema.

Con carácter general hay que aceptar que el pueblo no es inventor, colectivamente, sino difusor de lo que toma prestado para convertirlo en propio. Cuando Susín de Sariñena o Juaner de Pallaruelo de Monegros inventaban o redactaban los «dichos» o romances del dance de dichas localidades, renovándolos anualmente, estaban actuando como creadores individuales y, en la medida de sus fuerzas y formación, eruditos; el que reflejen lo que las gentes entre las que viven, piensan o exigen de ellos, no es diferente a lo que un escritor puede tomar de los ambientes sobre los que desea escribir o reflejar en su obra. Eusebio Blasco, en su prólogo a Paella aragonesa de Sixto Celorrio, dice, entre otras cosas atinadas, lo siguiente: «Lo que más me ha chocao a mí es lo bien que hace usté las canciones pa cantalas a la guitarra. En eso, que no se cansen ni se den tozoladas los otros, que paice que ha nacido usté cantando. ¡Rediez, qué cancioncicas! ¡Si se me figura que hi vuelto a cuando era estudiante y salía de ronda! Aquello que dice usté de: -Catorce novios lo menos / t´hi conocido, Dolores; / el que se case con tú / trabajadica te coge-, lo hi oído yo hace dos veranos en las calles de San Sebastián y decían unos pijaitos: ¡Qué cosas dice el pueblo! ¡Qué ha de decir el pueblo!; ¡en seguida se van a discurrir canciones así los que están labrando o plantando lechugas! A usté le pasa lo que a mí, que a lo mejor hago unas coplas y luego me las hallo en las colecciones de cantos populares. El pueblo es muy bruto el pobrecico porque no le enseñan nada y no ha hecho nunca cantares que tengan fundamento, eso se lo digo yo a usté y que no se le olvide este recadico. Lo que hay es que cuatro o cinco charradores se cogen lo que les da la gana, que lo oyen por ahí, y dicen que el pueblo es poeta. Créame usté a mí, los poetas somos nosotros y por lo mesmo lo que decimos nosotros se pega al oído y pasa por ser del común de la gente». Salvando alguna exageración, lo que Eusebio Blasco, autor de arreglos de cuentos populares recogidos directamente -aunque no dijo nunca de dónde- y de coplas que alguna vez fueron adaptaciones, manifiesta burla burlando en el anterior párrafo es correcto, sobre todo si nos referimos a la colectividad como tal y no a algunos individuos que poseen inspiración y fantasía aunque no instrucción literaria. Claro está que aquí habría que subrayar la importancia que puede tener la forma sobre el fondo, que el pueblo es capaz de desarrollar en narraciones, cuentos y, sobre todo, en frases breves, refranes, modismos y en lo que, quizá con poca precisión, se llama «sabiduría popular».

En general suele llamarse literatura «popular» a la inspirada en el pueblo y sus manifestaciones, bien sea a través de la romántica regionalista del siglo XIX, poco cultivada entre nosotros, aunque es frecuente que deforme la realidad y cree los tópicos, unificando las diversidades y, en Aragón, creando el falso tipo del «baturro» y la forma literaria peyorativa del «chascarrillo». De ese momento -que, por otra parte, es consecuencia del nacimiento del «folclore» como ciencia en el siglo XVIII- son los «tipos», los modos «regionales» en cocina, traje, baile, etc., y el unificar bajo el rótulo de gallego, catalán o aragonés virtudes y defectos que casi nunca coinciden con la realidad. El aragonés tozudo vale tanto como el catalán con «seny» o el gallego visto como mozo de cuerda o sereno a través de los madrileños, cuando no se creen los denuestos de las zonas vecinas, como «valensiá y home de bé, no pot sé» de Cataluña para Valencia, o «valenciano, si no», que hemos oído decir a quienes aseguraban ser capaces de algo difícil y lo subrayan así en vez de decir, como en otros sitios, «¡que me parta un rayo!». Lo grave es que estos tópicos pasaran al dominio popular y entre nosotros darán lugar a coplas, chascarrillos y versitos, casi siempre de autores aragoneses y casi nunca de acuerdo con una realidad muy distinta.

La dificultad está en saber cuándo nos encontramos ante una realidad original y cuándo aceptamos la acomodación tópica de lo baturro que incluye las distintas tierras y muy diferentes gentes que forman Aragón. Los peligros pueden advertirse leyendo cualquier colección de letras de jota, que son el repertorio de las versiones de eruditos -o de señoritos- del pueblo, al que se representa como un conjunto de rústicos, en el mejor caso (es el significado de bato), y de palurdos o necios no pocas veces. Valorar la socarronería del «somarda», la finura de espíritu del labrador tímido y reservado, del pastor con una amplia ciencia experimental sobre la naturaleza y su vida, del artesano de maduras habilidades técnicas y, en general, el concepto de la verdad, el honor, la «palabra dada», la «hombría», del amor a la tierra propia, podría ser el camino para investigar lo que significa «lo aragonés» en cada zona geográfica e histórica. El sentido de amor por lo propio y desprecio de lo ajeno se desarrolla cuando se trata de vecinos: en Sariñena oímos decir «catalán y gurrión, tozolón y al saco», o a una moceta a quien se interrogaba por su futuro: «yo, casáme, aunque sea con un catalán», y numerosas coplas muestran pullas para todos los pueblos próximos: «No compres caballo cheso, / ni te cases en Canfranc, / ni trates con los de Biescas: / mira que te joderán», que se origina en Ansó, mientras en Echo se conocen hasta media docena de respuestas. No es esto original de Aragón, pues coplas idénticas las conocemos en La Alcarria y La Rioja, y lo mismo los apelativos nacidos del sonsonete, Daroca-loca, Barbenuta-puta, etc., siempre con tremenda injusticia y, como decía Correas, «para dar vaya».

Una valoración de la literatura popular residiría en las informaciones que en obras eruditas aparecen sobre la lengua, costumbres, datos concretos, como, por poner un ejemplo señero, en la obra de Luis López Allué o en Braulio Foz. No obstante, con la necesaria crítica habría que recoger más que las coplas de jota, casi siempre postizas, leyendas, cuentos, cantos infantiles de juego, corro, comba, columpio y nanas; las rondas anteriores a la jota; el teatro popular a través de los dances y pastoradas, las anécdotas sean sucedidas o no, las frases ocasionales, dichos, mazadas, vituperios, dicterios, romances, refranes, timos, proverbios, adivinanzas, exclamaciones ocasionales según modas, etc. También los «tipos» aragoneses, aunque sean inventados, para conocer la cualidades que los autores les atribuyen, y naturalmente el habla, residual de la antigua lengua aragonesa o según la acción del castellano sobre ese «aragonés» a que aludía Pedro IV cuando pedía «el llibre que me va emprestar lo rei de França, para ferlo traduir aixi mateix a l´aragonés», en cuyo idioma tenía el libro de Eximenis. De la utilidad de un estudio adecuado de los «tipos» literarios inventados puede dar idea la consideración de mosén Bruno Fierro, que realmente existió y ejerció en Saravillo, aunque cualquier picardía que no tuviese autor caía sobre él, y no estamos seguros de que no sean invenciones las que le atribuye Llampayas en su obra, o el inventado Pedro Saputo, que es citado en muchos pueblos aún como prototipo del «listo» o «sabido» capaz de aprenderlo todo. Pío Baroja, cuando narró su viaje por los Monegros, de Sariñena a Bujaraloz, por motivos electorales, habló de Petiforro, el tartanero de Sariñena, a quien llamó el «cíclope», como de un personaje de leyenda, pero sin exagerar en nada de lo que dice, tan sabroso, como si el personaje hubiera nacido de su imaginación. Lo que ocurre es que resulta tan tópico ajustar lo aragonés a mosén Bruno, Pedro Saputo o Petiforro como escoger como «tipos» Marcial, Fernando el Católico, Gracián, Goya o Ramón y Cajal.

Frente a la ligereza con que, a veces, se emprenden los estudios sobre estos temas, hay trabajos serios, como por ejemplo el de Andrés Cester, María Julia Valdovinos y M. Villanueva, Así se cantó la Jota (Zaragoza, 1983), que es un estudio objetivo, con acompañamiento de las partituras, de la forma de ejecución de las «cantas» por los distintos intérpretes, afirmando «no ser partidarios de clasificación alguna, habida cuenta de que la jota es, y debe ser, dentro de su carácter eminentemente popular, sencilla, natural, espontánea y de una democracia absoluta...», opinión que compartimos en su totalidad.

Sin poder entrar en todos los aspectos de la literatura popular, hemos de insistir en los problemas que plantea el llamado «chascarrillo baturro», ya que tiene mucha importancia para cualquier tema folclórico aragonés, aun partiendo de que no hay intención despectiva ni de menosprecio en la mayor parte de ellos. El chascarrillo es la simplificación y acortamiento del «cuento baturro», que se basa en el ridículo que se hace correr a un labriego, de pocas luces y mucha tozudería, protagonista de anécdotas la mayor parte de las veces sin más gracia que la deducida de la burla que el «señorito» o el «instruido» puede hacer de la gente sencilla caricaturizada, buscando la risa fácil y, por desgracia, cultivada deliberadamente. La difusión de tales cuentecillos fue, hace años, extensísima a través de periódicos, tacos de calendario, almanaques, envoltorios de caramelos, viñetas con pie en los cuentos de Calleja y, lo que es peor, en colecciones donde con buena fe, pero con peligrosos resultados, escritores aragoneses echaban romericos al fuego de la necedad, todo hay que decir, con tan gran éxito que proliferaron, y repertorios puestos al alcance de todos a precio de algunos céntimos. Sin propósito de agotar la nómina de autores citemos algunos ejemplos que pueden resultar expresivos: Teodoro Iriarte Reinoso, en Zaragoza, sin año de edición, pero con la invocación «Saludo a Franco. Arriba España» que lo fecha, al precio de 60 céntimos, con el siguiente fin: Aragón alegre. Chistes y cuentos. En verso, Juan Pedro Barcelona, con cierta calidad (Zaragoza, 1902) y, sobre todo, Alberto Casañal Shakery, que llegó a ser nombrado hijo adoptivo de Zaragoza y recibir la medalla de oro de la ciudad, regalándole el Ateneo una casa por suscripción popular: su abundantísima obra anduvo entre su indudable ingenio y su facilidad versificadora y el chascarrillo sin paliativos, pero mereció ser prologada por los más importantes escritores aragoneses de su tiempo: Mariano Baselga introdujo sus Cuentos baturros (Zaragoza, segunda edición, 1902) y Francisco Agudo y Luis Royo Villanova le añadieron un «Intermedio» y un «Epílogo», respectivamente; las Baturradas (Zaragoza, 1901) tuvieron prólogo de J. M. Matheu. En sus numerosas obras hay muchas cosas utilizables, pues la recogida de datos fue copiosa: Cantares baturros (1899), Epistolario baturro (1907), Fruslerías (1908), Romances de ciego (1910), Mostilladas (1905), Fruta de Aragón (1918) y numerosas más, cuyos títulos indican claramente los propósitos del autor (Nuevas baturradas, Más baturradas, Una boda entre baturros, Gramática parda, etc.). El chascarrillo del «chufla, chufla», que algunos creyeron realidad y aplicado al tren de Selgua a Barbastro, las coplas de «los de Calatorao» de Gigantes y cabezudos, son del calibre de los de Teodoro Gascón, con hábiles viñetas. Como escribe Luis Horno Liria, «esos tópicos, esos clichés, se escriben con buena intención, con admirado amor, con gratitud, aunque con remedo de algo incopiable. No debemos encresparnos contra ellos. Nada definitivamente deshonroso se dice en el tópico, aun en él peor de los casos. Porque ese rocero aragonés de los chascarrillos que prorrumpe en risotadas, que elogia la burra y se ríe de la suegra y sólo hace norma de su gramática parda, resulta, en fin de cuentas, que siempre sabe morir por su patria, respeta a la mujer y es esclavo de su palabra». Pensamos que, si no hay que encresparse, tampoco vale la pena «reír esas gracias» y, desde luego, es conveniente salir del tópico, del de la baturrada o de cualquier otro, porque encubren la realidad de lo aragonés. Resultaría muy interesante saber si ese tópico nace realmente del pueblo o si, como pensamos, es invención de eruditos que lo menosprecian y que, casi siempre con escasa calidad, hacen una caricatura de los defectos o carencias de la gente sencilla para provocar la risa de los demás. El riesgo es que lo mismo que el alicantino Arniches creó tipos falsos que hablaron en «madrileño» que enseñaron al pueblo de Madrid a hablar como ellos, los autores de cuentos y chascarrillos hayan creado un «baturro» de historieta que acabe siendo copiado, en lenguaje, modos y conductas, por quienes de buena fe lo tomen como paradigma de lo propio.

El caso es que cuentos relativamente antiguos recogidos en Aragón por Espinosa, Larrea Palacín, Alvar y otros, nada tienen que ver con el baturrismo y con la producción de este tipo de principios de siglo, resultando que el verdadero cuento popular es común a amplias áreas de difusión, siendo muy difícil separar unos de otros y valiendo lo que se diga para nuestra tierra para otras a veces muy alejadas de aquí.

Los temas de literatura popular los enunciamos, aunque sin tratarlos a fondo, en Antonio Beltrán, Introducción al folklore aragonés, I, Zaragoza, 1979, pp. 75-260, y en la Facultad de Filosofía y Letras de Zaragoza se están desarrollando investigaciones sobre el tema, aunque en el aspecto de creación literaria erudita mucho más que en la tradición oral; una fuente importante de informaciones podría ser recoger las noticias objetivas que figuran en los libros de viajes o en las obras de ficción, por ejemplo, la descripción de un dance en el Estebanillo González, o la del asalto a un castillo moro en la relación del arquero Cock del séquito de Felipe II, o los obsequios a Carlos II según Fabro de Bremundán.

 

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