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Libertos

Contenido disponible: Texto GEA 2000  |  Última actualización realizada el 29/05/2009

(Hist. Ant.) Denominación dada en el mundo romano a los esclavos Buscar voz... a quienes se concedía la libertad. Esta operación podía ser realizada de diferentes formas, entre las que las más habituales eran: por disposición testamentaria, por declaración ante un magistrado Buscar voz..., y por acreditación oral o escrita ante testigos. En algunas ocasiones la manumisión se realizaba bajo determinadas condiciones, como el pago de una cantidad de dinero.

En los primeros tiempos de la historia romana el liberto (libertus, libertinus) no era absolutamente libre y, a pesar de que teóricamente fue ganando el status equivalente al de las personas de esa condición (ingenui), nunca se desprendió de la mácula que su antigua condición de esclavo (servus) conllevaba, por lo que, de hecho, sufrió una serie de limitaciones a la hora de contraer matrimonio con personas de status superiores (equites y senadores especialmente) o de ser admitido en éstos (Sociedad romana Buscar voz...).

Al ser manumitido, el liberto permanecía en la clientela Buscar voz... de su antiguo amo, cuya condición (por ejemplo, la ciudadanía romana Buscar voz...) y nombre (praenomen y nomen) adquiría. Del mismo modo, le ligaban a él determinados derechos y obligaciones y su antiguo amo se convertía en su patrono (patronus).

El número de libertos empezó a engrosarse a partir de fines del s. III a.C. paralelamente, como es lógico, al auge del empleo de mano de obra esclava, y siguió aumentando en la siguiente centuria, al compás de la expansión romana, a pesar de que la manumisión estaba gravada con un impuesto del 5% del precio de compra del ex-esclavo liberado.

Su situación social era, en general, humilde. Inicialmente quedaban vinculados económicamente a su patrono, para quien solían trabajar en el ámbito comercial, artesanal o doméstico especialmente. Eran numerosos en las ciudades (ya que en el campo las manumisiones eran mucho menos frecuentes) y, sobre todo, en los medios artesanales y comerciales. Sin embargo, cuando las manumisiones empezaron a hacerse masivas a partir del s. II y especialmente en el I a.C., los libertos pasaron a formar parte de las masas proletarizadas que en las grandes ciudades, y, sobre todo en Roma, debieron ser alimentadas por el Estado o por las grandes personalidades, que así se granjeaban simpatías políticas, a base de repartos en especie o en dinero (congiaria).

Las razones de las manumisiones eran muy variadas: desde quienes, llevados por criterios puramente económicos, como Catón Buscar voz..., se desembarazaban de sus esclavos inservibles por enfermedad o vejez concediéndoles la libertad (o, más frecuentemente, vendiéndolos), hasta quienes lo hacían para emplearlos en actividades comerciales o artesanales en las que su status de libertad les daba mayor libertad de acción; otros se labraban así inmensas clientelas políticas (Sila contaba en la suya con más de 10.000 libertos), y no faltaban quienes lo hacían por afecto o agradecimiento por los servicios prestados.

Esta situación llevó a que se tomaran medidas restrictivas de la manumisión (como, por ejemplo, en época de Augusto Buscar voz...), si bien éstas fueron generalmente incumplidas. Precisamente a comienzos del Imperio (siglos I y II d.C.) los libertos adquirieron un mayor peso en la sociedad, dentro de la cual algunos, excepcionalmente, alcanzaron una situación económica privilegiada, llegando a amasar enormes fortunas, sobre todo mediante actividades comerciales o usurarias. (Esta figura del «nuevo rico» de origen humilde o servil fue recreada por el escritor Petronio, en su obra El Satiricón, en la persona del rico liberto Trimalción, ridiculizándola, como se refleja en su epitafio que terminaba: «Piadoso, valiente y fiel, partió de poco; dejó treinta millones de sestercios y jamás siguió las lecciones de un filósofo. ¡Adiós!».) Esta minoría de libertos acomodados, a quienes se les cerraba el acceso a estamentos superiores por su origen, encontró una forma de promoción en el colegio de los seviros augustales, asociación urbana de culto al Augusto, constituida a comienzos del Imperio mayoritariamente por libertos.

Otro caso excepcional lo formaban los libertos del emperador, que, con sus esclavos, constituían la familia Caesaris y que durante el reinado de los primeros Julioclaudios (como Claudio) llegaron a tener en sus manos un inmenso poder político, a pesar de lo cual no lograron despojarse de la lacra social que era su origen servil.

Con la crisis del siglo III, que afectó profundamente a los medios urbanos y comerciales los libertos quedaron subsumidos en la progresiva polarización social que, en el Bajo Imperio, dio lugar a la constitución de dos grandes grupos sociales, honestiores y humiliores (casi traducible por «ricos» y «pobres»), dentro de los cuales las diferencias jurídicas jugaban un papel menos importante, al mismo tiempo que el número de esclavos, y por lo tanto de libertos, disminuía intensamente.

En lo que a la actual región aragonesa se refiere, a pesar de que debieron de existir en número no pequeño, conservamos muy pocos testimonios de libertos, y ello exclusivamente en inscripciones epigráficas. Así ocurre en Torremocha del Campo Buscar voz... (del Convento jurídico Buscar voz...), donde un tal Diógenes dedica un epitafio a su patrono; o en Bardena Buscar voz..., donde los dedicantes son varios libertos. Otros epígrafes funerarios se conocen en Calatayud Buscar voz..., donde reposaba un Aquensis, natural de la antigua Aquae Bilbilitanorum Buscar voz... (Alhama de Aragón), denominado Samius, o en Celsa Buscar voz... (Velilla de Ebro), donde un liberto llamado Cladus lo dedica a Bucca, su compañera (contubernalis). Podrían ser también libertos algunos de los individuos portadores de nombres griegos, que eran bastante frecuentes en los medios serviles (y por lo tanto entre los ex esclavos, ya que éstos conservaban, al adoptar los primeros nombres de sus patronos, su antiguo nombre de esclavo: así sabemos que L[ucius] Cornelius Samius había de ser liberto de un individuo llamado L[ucius] Cornelius...). Generalmente a estos elementos onomásticos se añadía tras el gentilicio o nomen (en este caso Cornelius) la referencia a su condición de liberto con la inicial L(ibertus) más el primer nombre del amo, abreviado.

 

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