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Juntas y Hermandades

Contenido disponible: Texto GEA 2000

(Hist. Med.) La asociación entre personas ligadas por un juramento de fraternidad y ayuda mutua se manifiesta en Aragón a través de las Juntas y Hermandades, aquéllas con un carácter más permanente y éstas con jurisdicción propia dentro de su transitoriedad, pero ambas creadas en circunstancias muy concretas y con una vigencia condicionada a las motivaciones que obligaron a su formación.

Los precedentes de estas instituciones hay que buscarlos al menos en el siglo XII con la aparición de las primeras agrupaciones religiosas o profesionales. En los fueros concedidos a algunas ciudades -como en el caso de Teruel- aparece una normativa de regulación de las milicias concejiles armadas que debían colaborar en la reconquista del territorio pero que a su vez actuarían contra los malhechores. Sin embargo, es en el siglo xiii cuando Juntas y Hermandades se constituyen para la defensa de intereses comunes y del cuerpo social frente a la ineficacia de los poderes públicos, la corrupción de la justicia y las agresiones exteriores.

Zurita Buscar voz... registra en sus Anales la formación de la primera Hermandad propiamente dicha, en el año 1226, basada en la confederación que hicieron entre sí las ciudades de Zaragoza, Jaca y Huesca durante la turbulenta minoría de Jaime I, la que obligó a los procuradores de las tres localidades a reunirse en Jaca para defenderse contra ladrones y homicidas que amenazaban la paz del territorio. Sin embargo, en esta ocasión, el recelo del rey le llevó a ordenar la disolución de dicha Hermandad un año después, tras manifestar abiertamente su reprobación a los municipios coaligados en tal hermanamiento. En realidad, los prejuicios en torno a dicha coalición de ciudades estaban justificados por la sospecha de que la Hermandad establecida favorecía al infante don Fernando en su oposición al nuevo monarca, aunque al no probarse dichos términos con suficiente testimonio el rey se vio obligado posteriormente a corregir su actitud reconociendo finalmente y confirmando los privilegios de las ciudades enumeradas.

De nuevo en 1260 se constituyó otra Hermandad, con Zaragoza a la cabeza, que contaba asimismo con los procuradores de varias ciudades y villas del reino: Huesca, Jaca, Barbastro, Calatayud, Teruel, Daroca y Tarazona. En esta ocasión Jaime I accedió gustosamente a la aprobación de los estatutos de formación de la Hermandad, que tendría por finalidad primordial el librar al territorio aragonés de malhechores en general. Los lugares hermanados debían contribuir a los gastos derivados del sostenimiento de la Hermandad proporcionalmente a su importancia. Se organizaron milicias concejiles para perseguir a los delincuentes y, anualmente -en el mes de mayo-, dos síndicos de cada una de las ciudades y villas confederadas se debían reunir en Zaragoza para tratar los asuntos concernientes a la susodicha Hermandad.

Por otro lado los concejos de la montaña se reunieron también en Aínsa para constituir una Hermandad en Sobrarbe -desde Naval hasta Bielsa-, prohibiéndose cobijar a las gentes que anduvieran con armas por la montaña en actitud violenta y oponiéndose a los frecuentes desafíos entre miembros de familias poderosas, que alteraban la paz y el orden. No obstante, esta Hermandad sería suprimida en las Cortes de Ejea de 1265, si bien por estos mismos años la monarquía se interesó por la organización de Juntas permanentes en el reino para mantener la justicia y la convivencia pacífica en los términos municipales y zonas de influencia de Zaragoza, Huesca, Teruel, Jaca y Tarazona; se dio origen a la formación de circunscripciones fijas en la administración territorial de Aragón. Al frente de cada circunscripción figuraría en adelante un oficial denominado «sobrejuntero» al que las Cortes del año 1300 le conferirían las atribuciones jurisdiccionales pertinentes. A finales del siglo XIII se establecerían asimismo otras alianzas con carácter de Hermandad, aunque de menor importancia que las anteriores y con una vigencia efímera: como por ejemplo la formada por Ejea y Tauste en 1292.

En la Baja Edad Media los endémicos enfrentamientos nobiliares, las incursiones de tropas extranjeras y mercenarias durante las guerras con Castilla, así como la proliferación del bandolerismo Buscar voz..., alentarían la formación de Hermandades en defensa del territorio fronterizo y del cuerpo social. La monarquía se vería en la necesidad de consentir estas manifestaciones sin los reparos que había interpuesto anteriormente en su creación y sostenimiento.

En el año 1400, reinando Martín el Humano, Zaragoza encabezó de nuevo una Hermandad de varias poblaciones a fin de contrarrestar la violencia provocada por la rivalidad crónica entre la familia de los Urrea y la de los Luna. Hermandad que recobraría todo su vigor y trascendencia en el reinado de Alfonso V por el continuo deterioro del orden que caracterizó el período. De igual forma se hermanaron, en 1455, Calatayud y Daroca, ciudad esta última que ya lo había hecho anteriormente con Molina, a pesar de pertenecer a Castilla. Pero la asociación que mejor conocemos es la de 1451 y cuyos estatutos se aprobaron en las Cortes de Zaragoza; la Hermandad en cuestión agrupaba a varios lugares fronterizos con el reino castellano y situados al sur del Ebro; los capítulos de formación tendían a evitar la presencia de sospechosos y espías, vagabundos y bandoleros, así como a proteger a cuantos particulares, mercaderes u otras gentes atravesaban el territorio pacíficamente.

Con Juan II Buscar voz... la prolongada alteración del reino propiciaría la continuidad de algunas Hermandades preexistentes; y otro tanto sucedería con Fernando II Buscar voz..., bajo cuyo gobierno Zaragoza, por iniciativa de la ciudad de Huesca, encabezó una Hermandad en 1487 con el establecimiento de un presidente y de un juez mayor de la misma, respaldados ambos en la ejecución de su ministerio por un contingente de ciento cincuenta lanzas bajo el mando de tres capitanes dispuestos para cualquier eventualidad. La jurisdicción de dicha Hermandad se hacía extensible a los atentados contra la religión y al falseamiento de documentos o de monedas; pretendía, por otra parte, acelerar los procedimientos judiciales contra los acusados de algún delito, para evitar su huida o la excesiva dilatación de los procesos iniciados contra sus personas. No obstante, la nobleza aragonesa puso todo su empeño en obstaculizar el funcionamiento de la Hermandad y en su desarticulación, al estar especialmente interesada en reclutar a bandidos y mercenarios para sus milicias señoriales Buscar voz...; quebrantó así la ley en muchos casos, al amparo de sus privilegios y libertades.

La Hermandad de 1487 fue desautorizada finalmente en las Cortes de Tarazona de 1495, abriéndose un período de diez años de plazo para el caso de que se pensara reanudarla. Así, en 1506 se restauró dicha coalición, que subsistiría con gran dificultad durante tres años más, antes de que sus componentes fueran acusados de abuso de autoridad, malversación de fondos y excesivo celo en la aplicación de su competencia. Fernando II firmó la cédula de supresión de la Hermandad con expresa voluntad de prohibir tajantemente su reaparición ni siquiera bajo la forma que se daba en el reino de Castilla (la Santa Hermandad castellana), y las Cortes de Monzón de 1510 refrendaron los deseos del rey bajo pretexto de explicitar las diferencias de jurisdicción en la aplicación de la justicia ordinaria como base idónea de convivencia, respeto por las leyes y consolidación del orden establecido.

• Bibliog.: Muñoz Casayús: Las Hermandades en Aragón; Zaragoza, 1927. Álvarez de Morales: Las Hermandades, expresión del movimiento comunitario en España; Valladolid, 1974.

 

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