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Juguetes populares

Contenido disponible: Texto GEA 2000  |  Última actualización realizada el 04/08/2009

(Folc.) En el Aragón tradicional, los juegos Buscar voz... y juguetes han sido agentes socializadores de gran importancia. En su aspecto etnográfico, son muy interesantes todos los juguetes fabricados por el propio niño Buscar voz... con barro, plantas o cualquier material que tiene a mano.

A lo largo de la historia del hombre, todos los juguetes han marcado la diferencia sexual, obligando a niñas y niños a asumir roles sociales basados en estereotipos culturales sobre lo masculino y lo femenino. Uno de los orígenes, y de los fines, del juguete infantil es el adiestramiento para la vida adulta, para lo que el juguete resulta ser a veces, miniaturización de objetos que usan los adultos.

Dentro de los juguetes permanentes de la civilización pirenaica, son interesantes todos los instrumentos para producir ruido y notas musicales.

El «esclacidor» o detonador de saúco: Es un juguete muy antiguo, que se corresponde con el tirabolas castellano, el petador catalán o el canonnière francés. Se fabricaba con un delgado tronco de la rama del saúco Buscar voz... de 20/25 cm. de largo, al que se le sacaba la médula, dejándolo hueco, para que en su interior tuviera cabida un palo, que hacia de émbolo. En uno de los extremos del canuto de saúco se colocaba una bala de cáñamo y por el otro extremo se introducía, merced al émbolo, otra bala de cáñamo húmedo, masticada y endurecida previamente, produciendo, por compresión de aire, un esclatido (estallido) al salir disparada una de ellas.

En el Alto Aragón, este juguete tiene distintos nombres, en función del material empleado en su fabricación o del escllafit (detonación) que produce. Se emplean formas lexicales, de raíz gascona, en la parte occidental: en Ansó, Echo, Embún, Sallent, Lanuza, Biescas, Torla y Broto, lo llaman el sabuquero; en Echo y Siresa también lo llaman el sabuqués, y en Panticosa es el sauqué o sabuqué. En la parte oriental, en las dos márgenes del Ésera, desde Seira hasta Benasque, se llama esclafidó; en Graus y área extensa de Ribagorza es el escllafidó, y en El Grado, escllafíu. Los niños ribagorzanos, ponderando la calidad de su juguete, dicen: «Isto escllafidó chete mol lluen les bales» (Este tirador de saúco arroja muy lejos las balas). Sin embargo, emplean la forma gascona sauquero para designar la rama de saúco, con la que van a fabricar su juguete, que llaman escllafidó porque produce escllafits (detonaciones). Su argot infantil lo matiza bien: «Dan ista rama de sauquero me faré escllafidós» (Con esta rama de saúco me haré detonadores); y cuando el juguete les funciona, comentan gozosos: «Isto escllafidó fa ben forts els escllafits» (Este detonador da muy fuertes los estallidos).

En la capital oscense se le llamaba la clagidera, o «detonador de saúco» simplemente. En la provincia de Zaragoza, conviven las formas esclacidor, «taco de sauce» y «trabuco». En Borja es la clajidera. En el Bajo Aragón, además de las formas zaragozanas, hay localidades, como Samper de Calanda, que le llaman sauquero (de saúco).

En los núcleos urbanos, el niño fabrica su «tronador de papel», que confecciona de manera que, al soltar de pronto los pliegues, produzcan una pequeña detonación.

Juguetes musicales: Desde los tiempos más remotos y en todas partes del globo, los instrumentos músicos Buscar voz... actuales pueden ser referidos a toscas y primitivas formas lúdicas.

En Aragón, entre los instrumentos musicales idiófonos, fabricados por el niño, las pulgaretas; tienen este nombre, además de castañuelas folclóricas, unas pequeñas tablillas de boj, trabajadas a navaja por los mocetes altoaragoneses, que se ataban al pulgar y percutían con el índice, tratando de imitar a nuestros joteros. Otro juguete idiófono es el llamado pitos, fabricado con media cáscara de nuez y un hilo transversal, que sujeta un palito, el cual, al caer repiqueteado por los dedos sobre la nuez, produce estos sonidos: «Rec-rec, carrascleta, rec-requetrec». En Huesca, Alquézar y parte del Somontano, se conoce por la carragleta, voz onomatopéyica del repique producido. En la sierra de Loarre es la carracleta, diminutivo de otro juguete, la carracla, que tiene distinto carácter ritual. Los jacetanos lo llaman simplemente «pulgaretas de nuez», por el material empleado en su fabricación. Los chesos, del tallo de cardencha Buscar voz..., con tres púas y un travesaño, hacen el trico-traco o trucader, juguete llamado trícoli-traco en otras zonas.

En área muy extensa, las carracas o carraclas han sido el juguete preferido del Jueves y Viernes Santo, con sentido religioso, reminiscencia de su significado mágico-religioso entre las culturas clásicas. En Magallón, llaman carra a un juguete de rueda dentada, movido por una manivela, que en su rotación pinza varias láminas de madera flexible, produciendo chasquidos.

El ronueco era un típico juguete del Somontano oscense, de fabricación tan sencilla como ingeniosa: consistía en un canuto de caña con un extremo tapado con pergamino o un naipe, por cuyo centro perforado se hacían pasar dos cabos de cerda de cola caballar, sujetos a la punta de un palo, que servía de mango. Al rodar el canuto, por el roce del pelo en el palo, se producía un sonido ronco o «run-rún», origen del vocablo onomatopéyico.

Los fuencalderenses, con la caña seca del cardo, hacían «tocadores» en forma de Y con los que conseguían sonidos como de matraca.

En el Bajo Aragón siguen siendo tradicionales los juguetes membráfonos, tambores y bombos, furiosa y rítmicamente redoblados por la chiquillería, durante la Semana Santa de Alcañiz, Híjar y Calanda.

Los juguetes aerófonos se fabrican con la corteza de algunos árboles, sobre todo en la primavera, cuando se despega bien del tallo. Si esta operación se hace difícil, los niños recurren a formulillas ludo-rituales, muy abundantes en la civilización pirenaica y mediterránea, que según Pitré, evocan prácticas mágicas ancestrales, como éstas: en el Pirineo occidental, «Chulubita, malabita, ¡sácate! Si no quieres, ¡estáte!»; en el Pirineo central, «Rama, rameta, ¡rómpete! Si no, ¡quédate!»; en el Pirineo oriental, «Sácate, cabirol, que mañana hará sol».

Los chistabinos hacen un silbato de álamo, que llaman chuflé (de chuflare, «silbar»). Las flautas de caña es lo más generalizado: chuflete, en Huesca y Alto Aragón occidental; chuflet o chuflety, en La Litera y parte oriental; y chuflaina en Zaragoza. En otras zonas les llaman dulzainas. En el valle de Benasque llaman siulet al silbato hecho con una rama de mimbre, juguete con el que imitan al gorjeo de los pájaros. En Puebla de Roda llaman, precisamente por esta relación ludosemántica, piulet (de piulá[r], «gorjear») al silbato que hacen los niños. Esta misma relación prevalece en algunas localidades del Pirineo francés, donde piulet es el silbato artesanal infantil y sifflet es el silbato metálico. En la zona oriental, le llaman xiulet. Sin embargo, el fapiol de Bonansa, aunque de rama de mimbre, saca un sonido similar al flabiol de Andorra, pito sin embocadura que da un sonido más sordo que el piulá ribagorzano.

Otras veces, el ingenio infantil hace reclamos con huesos de albaricoque, como el recllam de los misaches grausinos, que produce silbidos agudos. Esta escala musical también la consiguen los mocés de Berdún con los chifletes de pizarra.

Está muy generalizado en todo Aragón hacer vibradores de piel de abozo o de hoja de amapola. Pardo Asso llama chufleta a la hoja de lirio, porque aspirando con ella en la boca, se produce un sonido como de flauta.

Otro juguete era el fabricado con la caña de cebada cuando está verde. Los niños, para que no se les rompa el juguete, mientras lo están perfeccionando, recitan formulillas mágicas, como la tan conocida: «Pita, pita, mi cañica, / que tu madre fue a lavar, / y tu padre fue por sal. / Pita, pita: si no pitas, / te cortaré la cabecica». Otras veces, como en Fuencalderas, la caña verde del trigo se aplastaba por un extremo contra la frente, mientras se decía: «Juana la loca, chufla y toca».

Cerbatanas y jeringas: La cerbatana con simples dardos o piedrecillas servía para cazar pájaros, y aún se la ve sirviendo de juguete, para tirar almeces o huesos de azufaifo.

En Aragón, los «críos» cortan los cañutos, de 20/25 cm. de largo, que, limpios y lijados, aplican a sus labios, para despedir soplando los granos de almez almacenados en la boca. Según las zonas, el nombre del fruto es el que se aplica al juego y juguete. En el Alto Aragón, los chesos juegan a tirar gruñuelos; en el valle de Bielsa, cañuto de lirol; en la Hoya de Huesca, tirar litones; en el Prepirineo, alatones o gallatones; en el valle de Boráu, llaman poma al fruto del almez Buscar voz...; en Graus y La Puebla de Roda, le llaman cañuto de lliróns; y llironé en Benabarre. En el Bajo Aragón, los chicos de Aguaviva tiran lladóns; y los sagalets de Lledó también hacen sus canutos para tirar el fruto lledó (almez), que ha dado el nombre a su pueblo.

Otras veces, con una caña de unos 20 cm. de larga, y un palo con fibra de cáñamo en un extremo, se fabricaban las tradicionales jeringuillas de Carnaval. Los mocetes del Somontano preparaban sus charingas, para mojar desde lejos a las caretas y comparsas, mientras les cantaban: «Garrampla, triguero, morros de cordero». Fue diversión sonada, que nos ha dejado este dicho: «Pa’ Santa Aguedeta prepárate a charingueta». Este mismo carácter tiene la ixaringa de los muchachos ribagorzanos y la chiringa de la cachinalla (pandilla de chiquillos) de Biel-Fuencalderas.

Plantas Silvestres y Barro, Juguetes Rústicos: Una planta que se da mucho en Aragón, es la Erodium ciconium, de la familia de las geraniáceas, que los niños llaman «relojes», nombre del juguete, pues arrolla en espiral las aristas del fruto maduro, tropismo natural que es cronometrado durante el juego.

En el Bajo Aragón, los niños juegan con refinallos, manojos confeccionados con los frutos del Stipa pennata. En Samper de Calanda los lanzan impetuosamente al aire con las semillas hacia arriba, para que bajen dando vueltas en espiral; para que la tirada sea buena, han de quedar como plantados. En el bajo valle de Mezquín llaman refinallo a un manojo de hierbas con un terrón de barro a un extremo, que al tirarlo al aire, suele caer de pie; naturalmente, esta diversión infantil dura mientras el tormo terroso está compacto, por lo que en cada tirada apretar el barro constituye todo un rito lúdico.

Muy generalizado en todo Aragón es que la chiquillería tire al pelo o a la ropa de lana semillas de lappa minor, vulgarmente llamadas «cardos» o «cachorros», diversión infantil que llaman encachurrar en La Puebla de Híjar. En el Alto Aragón, este juguete rústico tiene un léxico muy rico: en Escarrilla, Panticosa y Biescas, se llama cachurro; en Echo, garrucho. Son dos formas gasconas, con la acepción del «cardo» en el argot infantil, como juguete para gastar bromas. Sin embargo, en el Prepirineo oscense llaman aliagueta al que molesta por diversión. Y esta relación se daba en el Somontano oscense durante la fiesta del «mayo», cuando los zagales, a la hora del baile, incordiaban a las bailadoras «con rampallos de chordigas, cachorros con punchas, pepinillos pa reventar y lagartos de chena». En La Litera y parte oriental, los mocetes se divertían tirando semillas de la planta Erinacea ougens, conocida por «erizas» en el lenguaje vulgar. En el valle de Broto, los muchachos tiran atizones; en otras zonas se llaman arizones. Y del bearnés brince, la voz aragonesa brinzón designa una planta espinosa con flores amarillas, tan abundante en Nerín, que ha dado el apodo de brizoneros a sus habitantes y motivo de diversión para esos niños.

Otra acción lúdica aragonesa es estopear, que significa tirarse uno a otro la caña del cáñamo, después de separadas sus fibras. En otras zonas, mientras se faracha (trabaja) el cáñamo, la chiquillería juguetea tirándose unos a otros estopa encendida. En Biel, estopiar es perseguir a los niños con estopa encendida.

Los muchachos de Remolinos juegan a tirar güetes, nombre vulgar de los tallos de la Typha angustifolia, planta perenne, parecida al esparto Buscar voz..., o albardín Buscar voz.... Los tallos de la Typha, calentados convenientemente, producen estallidos al golpearlos contra la pared.

En los núcleos urbanos el mocico testero aragonés acude al güetero para proveerse de güetes (cohetes voladores), borrachuelos (cohetes saltarines) y garbancicos (petardos). Son tradicionales los petardos sencillos, adheridos a una tira de cartón, que se encienden por frotación en superficies ásperas, y el uno enciende al otro, apagándose algunas veces la tira, que hay que encender de nuevo. En Huesca se les conoce por «mixtos de cazoleta» porque antiguamente, una vez encendidos, se metían en una cazuela para conseguir detonaciones más fuertes. En área muy extensa, pedorretas, por el ruido y frecuencia. En Alcañiz les llaman martinicas a estos codetes infantiles. Para los literanos, cubet es como se conoce todo tipo de cohete; y en el Bajo Aragón, coet es como le llaman los chics (muchachos) de Aguaviva.

Otras veces, con simple barro también consiguen detonaciones. El juego llamado «tapaconde» consistía en formar una especie de torta delgada de lodo y arrojarla con fuerza sobre el suelo, para que, en virtud del aire comprimido, se abriera con detonación. En La Litera lo llaman cachola, porque modelan una especie de cacholeta (cazoleta) de arcilla para reventarla con detonación. En Alforque, llaman «cacholos de barro» al mismo juego. En los pueblos de las sierras de Gratal y Loarre, «los mesaches bardean pa juar a tapa-conde» (preparan el barro para jugar). Y los niños del Somontano hacen basetas (balsetas), aprovechando el agua de lluvia, para después poder jugar con el barro «a cazoleta». Y cuando han construido el juguete de barro, para que detone bien, acuden a formulillas como ésta: «Cazoleta o cazolón, contra el suelo y coscorrón».

Otro juguete más peligroso, propio de muchachos, era el «bote de carburo», que salía lanzado al aire por explosión.

Juguetes sencillos: Es interesante la fabricación del pelotón con vejigas de animales. Antiguamente, en la época de la matacía Buscar voz..., los altoaragoneses guardaban la vejiga del cerdo, que, una vez limpia de grasa y lavada, la colgaban inflada, durante unos días, en la «falsa»; cuando la utilizaban definitivamente para fabricar el juguete, la volvían a mojar y suavizar con grasa, para, seguidamente, hincharla con la boca o con una paja, sin distenderla mucho, atando la boquilla con un ligallo. Para que tuviera más consistencia, la forraban y devanaban con un ovillo de lino, dándole forma esférica. En el Bajo Aragón, a la vejiga recubierta de paño la llaman «perro», que los niños lanzan al estilo del actual vóleibol.

Está muy generalizado en todo Aragón, el juego de «las carpetas», que los niños hacen con cartas de la baraja, doblando las cuatro puntas del naipe Buscar voz.... Según la calidad del naipe, la «carpeta» tiene distinto valor. Así, en Almudévar, «cartera» es la «carpeta» fabricada con naipe duro; le llaman «cartera de media caca», si el naipe es de mala calidad. En la cuenca del Isábena (H.) y en Sarrión (T.), juegan al frondis con carpetas o chapas hechas de naipes. En el Bajo Aragón, las llaman «carpeta» y «carpetón», y según el material del naipe, «carpeta de güeso» la que tiene el filo dorado y «carpeta de cartón» la de naipe barato. En Aguaviva llaman «petaca» la cartera que se hacen los niños para guardar sus carpetas.

Los oscenses llamaban «toreros» a los cromos o anagramas, recortados de las cajas de cerillas, cuyo valor lúdico estaba en función de la categoría de la cajetilla.

Etnofilología aragonesa de un juguete universal: El aro: Como se sabe, ya en la Grecia clásica se practicaba el juego del aro, que llamaban trochus, y que hacían rodar mediante la clavia o gancho. Nace como ejercicio higiénico para los helenos y acaba siendo una diversión infantil universal.

En Aragón, se juega hasta la década de los años 50. Por su valor etnográfico, distinguimos dos tipos de juguetes: el de madera comercializado, que se hacía rodar con un palo torneado, y el metálico artesanal, que se conducía con un gancho de alambre, en forma de U en su extremo. El juego era sencillo: pruebas de habilidad, velocidad y resistencia que no merecen comentario. Sin embargo, es interesante su aspecto filológico, que resumimos en el cuadro 1.

Patines y trineos: Uno de los juguetes preferidos por los muchachos aragoneses, desde 1939 a 1950, fue el llamado «carro de cojinetes», fabricado por ellos mismos. En Huesca, como en otras zonas, con tablas y tres cojinetes de bolas, hacían una plataforma trapezoidal, con dos cojinetes detrás y uno delante, movible con un eje transversal, que era conducido por el que iba sentado delante. Los grausinos llamaban güiti a un patín de cojinetes, que podía transformarse pa’sllisarse por el hielo. En la Baja Ribagorza, llaman esllisador a todo tipo de patín. Para los literanos, slisadera es el patín o carro de cojinetes y eslisadera la pista de juego.

En nuestros valles pirenaicos, los niños se divertían con trineos rudimentarios, que hacían con dos ramas recias, unidas en forma de ángulo y otra transversal, con los que se deslizaban por las pendientes de los prados.

En Aragüés del Puerto, al trineo de juguete le llaman esturro con el que los niños s’esturruzan, es decir, se arrastran unos a otros. En el Prepirineo, estorrozar denota la misma acción lúdica. En el valle de Broto, eslizadores son las tablas con las que, sentados sobre ellas, s’eslizaban (resbalaban) prado abajo, con desgaste de sus pantalones de pana, razón por la que llamaban «rompe-culos» a las pistas. Y este mismo sentido tienen, los eslisadores del valle de Chistau y los eslisadores del valle de Bielsa, como así también se conocen en el Valle del Escá. Todavía recuerdan los ribagorzanos cuando «la mainada chugaba a sllizarse por el prau» con juguetes tan sencillos.

Ritos de ascensión: columpios, zancos y cometas: Como se sabe, el origen del columpio es mitológico: los juegos ícaros o del aiora (columpio) se celebraban con ejercicios de equilibrio, meciéndose los participantes sobre una cuerda atada a dos árboles. Durante mucho tiempo conservó su carácter ludo-ritual, considerando su práctica beneficiosa para la lluvia, fecundidad y renovación de la Naturaleza.

Y en nuestra etnología tradicional, rito asimismo clásico de ascensión es el trepar por el mayo o cucaña que lo simboliza, tan común en nuestros pueblos aragoneses, y quién sabe si su raíz hay que buscarla en el aiora griego o en aquellos juegos similares de la cultura prehispánica de Mesoamérica, que los aztecas llaman «el palo ensebado», «juego de las aspas» y «los voladores». El columpio, concretamente, como costumbre ascensional, sigue siendo tradicional en muchas fiestas de la Ascensión, aunque sea también un rito referido al Carnaval. Algo así detectamos en la literatura costumbrista de Pedro Arnal Cavero Buscar voz..., que hablando de la fiesta del Corpus y las diversiones infantiles de Alquézar, menciona el juego del columpio así: «Después irán a los olmos d’a Calle Nueva, se colgarán en un camal, se bandiarán en ritmo acelerado y canturrearán esto: Tris, tris, trampa, trampa, trampa; chovillo para mi manta...».

El juguete en sí es tan sencillo que no merece comentario. Sin embargo, sí lo merece su filología, que resumimos en el cuadro 2.

Como en otras zonas, los aragoneses también jugaban «a ir con zancos», que hacían con latas de conserva.

De influencia mediterránea, el juego de la cometa se localiza en la parte oriental de Aragón: milorcha le llaman en La Litera (H.) y milocha en Sarrión (T.), voces que significan igualmente la persona alta o de buena planta, conceptos emparentados con esa mitología ascensional. A pesar de lo simple de su estructura, su fabricación tiene unas proporciones precisas: la relación entre alto y ancho del juguete es de siete a cuatro.

Estos tres juguetes quedan inmortalizados en los cuadros de Goya, titulados «La cometa» (1778), «Los zancos» (1778) y «El columpio» (1779), y revelan ese deseo infantil de subir más alto.

Juguetes cinegéticos: hondas, tiradores, cepos y trampas: En nuestra civilización pirenaica, la honda (de funda), además de arma, se utilizaba como juguete pastoril en los concursos de tiraondas, de chesos y ansotanos. Para los ribagorzanos, fonada era disparar piedras con la honda, puntuando la distancia y la precisión; para los literanos, fondada es un buen tiro de honda, y fondazo el impulso del hondero. Se llama fona en Benasque, Campo, Fonz, Peralta de la Sal, Mequinenza y Calaceite; y fone en Fraga y Maella.

Con el mismo fin lúdico, pero de manejo más sencillo, el «tirador» de gomas ha sido un juguete tradicional, tanto en los ambientes rurales como urbanos.

De todos conocida su fabricación, nos limitamos a detallar su léxico aragonés (cuadro 3).

Por su valor etnográfico, son interesantes también todos los artefactos construidos para cazar «pajaricos». Como el cepo, llamado escarpell, que los benasqueses construían con varitas de zarza y una más larga de boj, que servía de muelle, t’agafá (para atrapar con la mano) los pájaros. Es similar al que en Bonansa llaman casá l’escripet (cazar al escripet), o l’ascripet para los araneses.

En cuanto a las trampas, el procedimiento, generalizado en el Alto Aragón, era así: se excavaba un poco en el suelo, sembrándolo de migas de pan o granos de trigo, y sobre este hueco se colocaba una losa, poco estable, sólo sostenida con tres palitos de boj, para que, al caer uno, movido por el pájaro al picar el reclamo, cayera la losa, aprisionándolo. Es lo que se llama en la Alta Ribagorza hacer trampas con carantelles de buixo (palitos de boj). En el Valle de Bielsa, a este mismo procedimiento le llaman de liena (trampa). En el Somontano oscense, los muchachos se divertían haciendo jaulas para «cazar a rolde», que consistía en camuflar una pequeña jaula, ocupada con gurriones de nido, que hacía de reclamo, cerca de las varillas impregnadas de liga. En la Hoya de Huesca, el mismo sistema se llamaba «cazar con besque» (vesque), empleando cardelinas por reclamo. Los muchachos de Alquézar, para cazar perdices «a chuelo», sistema de trampa, habilitaban un cajón con el techo de una madera en balancín, que se abría al pisar, y se cerraba cuando la perdiz u otro animal había caído al fondo. Otras veces, en vez de cajón, hacían un hoyo, cerrado con el balancín.

La lista de juguetes populares aragoneses sería interminable y poco afortunada en un trabajo de conjunto. Además, la mayoría son ya reliquias culturales, que han dado paso a los modernos juguetes sofisticados, verdaderos prodigios de la mecánica, que entretienen al niño a lo sumo unas horas, mucho menos tiempo que los construidos por él mismo, a base de creatividad e imaginación, como hemos visto.

• Bibliog.:
Gracia Vicién, Luis: Juegos tradicionales aragoneses; col. Aragón, Librería General, Zaragoza, 1978.

 

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