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Juegos populares

Contenido disponible: Texto GEA 2000  |  Última actualización realizada el 17/12/2008

(Folc.) Hay una serie de formas lúdicas tradicionales que han sido muy populares en Aragón y que en la actualidad, por diversas razones, se encuentran en regresión o en el olvido. El éxodo y la transformación sociológica de los ambientes rurales son razones poderosas para que esto haya ocurrido.

Hacer una clasificación de nuestros juegos populares, en tanto que actividades tradicionales no resulta fácil, pues la etnología lúdica se encuentra frecuentemente en el origen de los oficios y en actividades más elevadas, rituales o naturales. Por otra parte, tienen distinto contenido según las edades, sexos, generaciones, ambientes, tiempos y espacios. Podríamos clasificarlos en rituales y no rituales; de azar y de destreza corporal o manual. Si los clasificamos por su agonística, estas distinciones se entremezclan constantemente: un juego manual u oral puede o no ser ritual, puede ser juego de destreza, de azar o adivinatorio. Pero todas estas clasificaciones resultan incompletas si tratamos de analizar el valor agonal en las pruebas de mozos, donde la agonística entre los concursantes, en función de la «apuesta» sin olvidar la presencia de las mozas, mairalesas o «reinas» sube de tono, sobre todo si la prueba es de rivalidad local.

Por otra parte, como quiera que la actividad lúdica aragonesa ha sido tratada casi siempre dentro del costumbrismo, como un número más de la «fiesta», es interesante analizar someramente la relación juego-fiesta.

Por fiesta entendemos la concurrencia en el tiempo y en el espacio de una voluntad lúdica colectiva, con participación de todos o casi todos los miembros de la comunidad. El germen de la «fiesta aragonesa» está en motivaciones míticas, religiosas o nacionales, que nuestros pueblos poseen con fuerza de siglos. Por regla general, tras la recolección solemnizan las fiestas patronales, «Mayor» y «Pequeña», ofreciendo en sus programas actos profanos de contenido lúdico, que ponen de relieve la conexión de nuestra cultura arcaica con el juego: vaquillas, toros ensogados o de fuego, dances Buscar voz..., partidos de pilota, concursos de fuerza, polleradas, pruebas de habilidad y destreza, piculinadas para muchachos, cucañas infantiles y el tradicional «campeonato de guiñote», entre otros.

Entre los ritos lúdicos no deben omitirse los «dichos» de danzantes, las «burlas», ni determinado género de «mascaradas». Y de carácter amedrentador, las «máscaras fustigadoras», el «cipotegato» de Tarazona, y la «tarasca» de Alcalá de la Selva, entre otros. Las mismas comparsas de «gigantes y cabezudos» son para los niños un juego festivo. Y los mismos dances son formas lúdicas patentes, y los pilarsos o espadetes de algunos dances, con rito de ascensión, de torre humana.

No podemos tampoco aislar, en medio de la fiesta, la diversión-juego de los ritos gastronómicos de las romerías, con sus pujas y competencias, al estilo de Samper de Calanda; ni el tono competitivo que se respira en los releos altoaragoneses.

Las fiestas de mujeres, para Santa Águeda, Carnavales y San Juan según las zonas no dejan de ser un rito-juego. Y aquellos mozos altoaragoneses de la «Casa del gasto Buscar voz...», hoy agrupados en «peñas», son el soporte en las fiestas de recepción de las mairalesas «juegos florales» que hacen del mozo aragonés un nuevo «amador de la gentileza» y símbolo de aquel espíritu lúdico-caballeresco.

Hay muchas manifestaciones, festivas o de ocio, de toda índole, en que el mozo aragonés pasa inconscientemente de la risa al juego: las mismas «cencerradas» a los viudos (llamadas también bramas, esquiladas o esquillotadas, según las zonas) son voces jocosas que nacen del juego de la broma, como las chanzas al solterón (el tión del Somontano y el conco de La Litera), personaje que motiva el chiste, el dicho y la broma, como una necesidad de distensión que aparece asimismo en la refielta (Ejea) o la rufierta (Remolinos), que es como se llama a la reunión de mozos ociosos.

La diversión y el ruido es algo consustancial en la fiesta aragonesa. La destreza de los mozos para bandear las campanas, competencia muy extendida por todo el Somontano oscense, o el mismo tintirinulo de Remolinos, que es el toque de campanas, que hacen los mozos la víspera de la fiesta, e incluso los «relinchos», gritos agudos que lanzan los mozos de Albarracín durante la ronda, tienen contenido agonístico.

• Ritos lúdicos en el Alto Aragón: En la Navidad, nuestros pueblos del Pirineo conservan desde tiempo inmemorial un rito doméstico de carácter sagrado: el culto al tizón de Navidad. En este ambiente familiar se prodigan los juegos orales, como las adivinanzas Buscar voz..., los enigmas, los juegos de cartas, de envite y prenda, las rimas y todos los juegos de palabras. Algunos juegos de danza Buscar voz... van acompañados de cantos Buscar voz....

En la noche de San Silvestre, los mozos y mozas esperaban la entrada del Año Nuevo jugando «a sacar almas y vírgenes», juego con matiz lúdico-religioso de azar, emparejando las papeletas de dos pucheros. El perdedor pagaba el vino, y se rezaba a continuación una parte del rosario a San Silvestre y otra a las almas del purgatorio, antes de las doce campanadas. En Ribagorza lo llaman «sacar damas y caballeros». El azar empareja a mozos y mozas, que quedan casados en broma hasta el día de Reyes. Era costumbre hacer un pasacalles, cantando y bailando jotas alusivas al enlace: «Casadica jovencica, / ama bien a tu marido, / que si no le amas bien, / de Dios te vendrá el castigo». En Gistaín y Bielsa, las mujeres daban mucha importancia a este juego, pues, según la creencia popular, servía para adivinar el futuro marido. En el Somontano el juego emparejaba a los mozos, viudos y tiones con las mozas y viudas, y en algunas casas añadían nombres grotescos y de animales para que fueran más graciosas las parejas.

En las fiestas de Año Nuevo y Reyes, la costumbre antiquísima de recoger la primera agua que caiga después de las doce, como el encender hogueras, tiene en todo el Pirineo un carácter de tradición lúdica, relacionada con el culto al fuego de los países germánicos en el solsticio de invierno.

Durante el Carnaval Buscar voz... hay un elemento representativo del espíritu de la abundancia, que solía ser algún animal preferido: el ciervo, el oso, el lobo, etc., con atributos de dios, y con ritos lúdicos de sacrificio. Supervivencias de este rito han sido las cacerías del oso en los valles pirenaicos. Más reciente, lo más generalizado es que el juguete sea un monigote del tamaño de un hombre, que se destruye el último día de la fiesta. Actualmente, en Gistaín y San Juan de Plan, lo pasean por todo el pueblo montado en un burro para destrozarlo a palos al final de la fiesta. En Baraguás, el martes de carnaval, el muñeco «Peirote» era quemado en la plaza. En Bielsa, las trangas y el montato, ademas de su simbología fertilizante juegan amedrentando a la chiquillería. En el desaparecido carnaval de Jánovas, los tres personajes tradicionales, «carnaval», «pastor» y «pareja de viejos», también perseguían con sus varas a los muchachos.

Pero el aspecto lúdico más interesante de este carnaval era el «juego de las estopadas», que consistía en que los hombres trataban de quemar con fibras encendidas a las mozas por debajo de las faldas; en cambio, las mujeres sólo querían socarrar el pelo de los mozos.

Durante la Cuaresma, también detectamos formas lúdicas en la fiesta de «los crespillos», que tiene lugar el «Domingo de Piñata» (primer domingo de Cuaresma), en que las mozas invitan a los mozos del pueblo con los postres elaborados la víspera, en los que cada una quiere lucir su arte de repostería, en tono competitivo. Antiguamente en Bielsa, en esta época, cuando no podían bailar los mozos, para divertirse jugaban «al cazolet», que consistía en pasarse, a buen ritmo, formando corro, los trozos de cazuelas rotas; quien se dejaba caer alguno pagaba prenda. Estos juegos, objetivamente considerados, son de por sí insignificantes en el concepto actual de ocio, pero en aquel nivel de vida, el crespillo más sabroso o el trozo de cazoleta tenían tono lúdico-agonal, porque «algo estaba en juego».

Y siguiendo el calendario altoaragonés, hay una supervivencia ancestral de la renovación y purificación del fuego en la época del solsticio de verano, en la foguera o fallaral de la noche de San Juan, que los mozos chistavinos perpetúan en la «carrera de las teas encendidas», con meta en San Juan de Plan.

• Juegos infantiles: Los hay de tipo atlético, donde no faltan las carreras, saltos y lanzamientos, como más propios de los mozetes. Entre las mozetas, los de ritmo, canto y corro.

Entre los juegos de «correr y prender», el «marro» aragonés tiene dos acepciones: una, de agarrar o amarrar, y la otra, de regate o finta. La plaza es el escenario habitual para el «marro y rescatáu», como se conoce en zona muy amplia; los belsetanos lo llaman desembarro y los grausinos pilláu, con una variante ribagorzana de à furtá ropa, juego que empareja a los dos bandos por su condición atlética, similar al «pañuelo» sobrarbense, un juego de relevos y velocidad pura. En el argot infantil, «carne» significa la presa que se hace en los contrarios, cuando se juega en dos campos, separados por una simple raya. Este sencillo juego data de la Edad Media. En el siglo XVII lo describen así: «El marro un juego parecido al que llaman de Moros y Cristianos, en que puestos dos bandos de una parte y otra encontrados, dexando suficiente campo en medio, salen de uno y otro a coger, o tocar al contrario; y el arte consiste en huir cuerpo el uno al otro, para que no lo cojan, o toquen, retirándose a su bando, porque si lo tocan queda prisionero, por lo que le dieron este nombre».

En los juegos «de persecución», que ponen a prueba la resistencia del mozé, se corre por todo el pueblo. En Jaca se jugaba a «tres navíos van por el mar», bando que corría perseguido por «otros tres en su busca van» quienes, al distinguir a uno de los primeros gritaban «tierra a la vista» y el nombre. En Graus llamaban «de los cananeos» a un juego similar, que en área muy extensa se conocía por «ladrones contra ministros».

Los llamados «de marro-pelota» eran pruebas de velocidad, reflejos y precisión en los lanzamientos. En Marracos le llaman «sangre» y se juega con una pelota, que hay que introducir en una de las «siete casetas» hechas con tierra y, al lograrlo, dispararla contra otro de los jugadores. En Albalate del Arzobispo hay un juego similar, que llaman «San Juan», salvo que allí se hacen tres bujeros en el suelo. En Ribagorza, se llama «al fondoné de las perras» con las suertes de ficá (meter) la pelota y recogerla rápidamente para trucá (pegar) al jugador más cercano, que queda eliminado.

Entre los juegos «de correr y tocar», para formar «cadena», recordamos los siguientes: banda (Alcalá de la Selva), chaqueda (Calanda), gabia (Almudévar), isaguera (La Fresneda), jabeda (Bajo Aragón), mirabá (Huesca), nego (Torres del Obispo), panto (Sos del Rey Católico), paráu y disparáu (Campo de Cariñena) y pataquina (La Puebla de Roda).

No hace muchos años, los niños más pequeños también formaban una «cadena», simulando encerrar a los transeúntes, mientras cantaban: «A tapar la calle / que no pase naide, / sólo mis agüelos / comiendo buñuelos, / sólo mis tías / comiendo rosquillas, / alupé, alupé, / sentadito me quedé».

Entre los juegos «de salto», de la modalidad aragonesa «burro y acocha» («el caballo fuerte y pídola»), que se corresponden con el llamado «caballetes» en Castilla y con el caval Bernat en Cataluña, las acciones y formulillas son muy similares de una zona a otra. La pregunta más generalizada, del último saltador a los que la «paraban», era: «Churro, media manga o manga entera» (muñeca, codo u hombro). Sin embargo, el nombre del juego varía de una localidad a otra: «borriquillo falso» (Huesca), «burro falso» (La Litera), cabalt fort (Alta Ribagorza), caballet (Valderrobres), «caballetes» (Zaragoza), cancamullos (Estadilla), «cascabel» (bajo valle de Mezquín), achurro (Sobrarbe), «sardina monta encima» (Graus), «sota, caballo y rey» (Híjar) y tuturumbé (valle de Benasque).

Entre los saltos de «pídola», conocidos por «salto y paso» y «saltacabrilla», son interesantes las formulillas previas al salto, como una oscense que decía: «La cabeza corcho y el culo estopa». Durante los saltos, imitando siempre lo que hace la «madre» (director del juego), se daban palmadetas en el culo de quien la «paraba»; otras veces, eran piqueos o repiqueos, un taconazo o dos. El juego que en área muy extensa llaman «recorrecalles» tiene otros nombres: «pagar y palmarilla» (Benasque), píndola (Bielsa), sinada (Boráu) y «salto de pilonets» en Cretas, por citar algunos.

De los saltos recitando un verso, el más popular es el conocido por «a la una anda la mula», que en Moyuela dicen andabalamula y en Valpalmas, saltoidile, porque en cada salto había que decir la estrofa correspondiente. En área muy extensa, el salto siete da el nombre al juego: carapuchete (Huesca y Zaragoza), capuchete (Ribagorza), carrapuchote (bajo valle de Mezquín), y en otras localidades, capirucete, capicete y capucete. Por regla general, el juego consta de doce saltos, que la imaginación infantil se encarga de aumentar, como en el carapuchete oscense, que se decía así: «A la una anda la mula. / A las dos, el reloj. / A las tres, San Andrés. / A las cuatro, brinco, salto y hago la cruz de mayo. / A las cinco, mayor brinco. / A las seis, el que la para es un güey. / A las siete, brinco y dejo mi carapuchete. / A las ocho, lo recojo. / A las nueve, el que la para es un nene. / A las diez, otra vez. / A las once, llaman al conde con capanillas de bronce. / A las doce, le responden. / A las trece, el río crece. / A las catorce, el diablo t’estoce».

El juego del «escondite», universalmente conocido, tiene un léxico muy rico, con formulillas variadas de una zona a otra, en el ritual del bombé, y una etnofilología rica, que denuncia las actitudes del niño escondido y el nombre del juego, que resumimos en el cuadro 1.

Bajo el epígrafe «juego de los conejicos», otra modalidad del «escondite», se recitan formulillas y diálogos entre la «madre» y los otros niños, mientras dan palmaditas al niño, que la «paga», «para», «queda» o «posa», cuatro formas en el argot infantil aragonés. En algunos pueblos de la Jacetania cantaban: «Al mango la jada, / que viene cansada / de trabajar, / pegar sin hablar, / pegar sin reír, / un perizquito en el culo / y correr a jopar». En Cretas, los sagals dicen: «Aseitera, binagrera, tres corrals, binagrals, pegar...». En Calaceite le llaman curta d’amagá; en el Somontano oscense «conejicos a’sconder»; y «al mango la jada» en la mayor parte del Alto Aragón.

Los juegos «de habilidad», resumimos los de canicas en los cuadros 2 y 3.

En el valle de Bielsa, «chugar a las caramboletas» era tirar a lo alto o hacer rodar cinco discos de piedra, del tamaño de las actuales monedas de cien pesetas, similar al juego que los benasqueses llaman «de las caramboliques», que son cinco discos de pizarra que lanzan al aire, con más o menos índice de dificultad, mientras cantan: «Carambolica y una; carambolica y dos...».

Estos primitivos juegos con cantillos dieron paso a los realizados con monedas de cobre: «juego de quicar» (Zaragoza), «la perreta» (Ribagorza y La Litera), «el perro» (Estadilla y Fonz), «el chapete» (Fraga) y «el goset» (Maella). Consistían en meter la moneda en un círculo, o tocar a otra moneda colocada en el suelo a cierta distancia.

Son también de habilidad, todos los juegos «de cascos», huesecillos de los albaricoques.

Además de lo expresado en el cuadro 4, del juego de la peonza es interesante, todo el proceso artesanal: clases de madera, tamaños, técnica callejera para colocar y quitar los pirulos, protección del juguete con tachuelas, decoración. En cuanto a los cordeles y zurriagas, son interesantes las técnicas de enrollar, la posición del cordel entre los dedos, las modalidades de lanzamiento y los malabares, como levantar la peonza al aire para recogerla en la palma de la mano, donde sigue bailando, y si tiene fuerza puede aún pasarse a otro compañero.

El juego de las tabas, como diversión infantil, ha sido muy popular. Las niñas lo juegan con cuatro tabas pintadas y una tiradera (pelota, canica u otra taba), y las suertes más generalizadas son: «tripas», «hoyicos», «lisos» y «carneros», acompañadas de formulillas o cantinelas. De siempre, entre los niños, ha tenido otro carácter, como lo denuncian las suertes o lados de la taba. Emplean una sola taba (güesé en Graus, tabica en Zaragoza y Huesca, y oset en la zona mas oriental del Bajo Aragón), que tiran al aire, para saber el «premio» o el «castigo». En Aragón, los lados de la taba castellana se llaman como indica el cuadro 5.

Los atributos de «rey» y «verdugo», variaban de un pueblo a otro. Son curiosas algunas formas de castigo. En Alcalá de la Selva, llaman «empanadilla» al golpe o correazo que se da en la palma de la mano del que ha hecho una mala jugada; «bayonetazo» si es en las nalgas; «pulpo» si se pega al perdedor en la punta de los dedos unidos; y «cerilla» si se pega en la punta de un solo dedo.

En algunos pueblos del Alto Aragón llaman indistintamente «juego de la taba» o «juego de los dados» cuando es de azar, aunque lo jueguen los muchachos: perolo en La Litera, dau en la Baja Ribagorza y dat en Fraga.

• Piculinadas infantiles: En Aragón, piculinada (¿del latín periculum, «peligro»?) es la habilidad, destreza y volatinería que, como diversión infantil, tiene carácter agonístico, individual o colectivo. Para los altoaragoneses, pinganetero (de pinganetas, «en difícil equilibrio», «en cuclillas»), es el niño que se divierte con peligro de lesión, y cuya actitud lúdica la enmarcamos en la misma esfera agonal. El léxico aragonés matiza muy bien estas competencias infantiles, que resumimos en el cuadro 6.

• Juegos en pandilla: Entre los de fuerza, el llamado «arrancacebollas»: varios muchachos, cogidos fuertemente por la cintura, se oponen a otro, «el arrancador», que intenta separar del grupo, sin empujones ni golpes, solamente tirando con fuerza de ambas manos del primer muchacho de la fila. Ya en el siglo XVI se practicó en Aragón uno similar, entre dos muchachos, llamado «arráncate cebollino», que en Castilla llamaban «arráncate nabo». Jugaban dos muchachos, uno tendido en el suelo, mientras el otro cogiéndole las manos, intentaba levantarlo, manteniendo este diálogo: «Arráncate, cebollino. -No puedo, pollino. -Arráncate, cepa. -No puedo de seca».

Los porches de nuestras plazas aragonesas han sido el escenario de muchos juegos «de reflejos y lucha», como el tan conocido de «las cuatro esquinas», que para los misaches (muchachos) grausinos, distribuidos en dos grupos, adquiría el tono de batalla campal a la voz de «a la una, a las dos y a las tres, el que pille en mi pilar, mío es», pues los que no tenían pilá luchaban por conseguirlo. En la Ribagorza oriental, jugaban «al guardián de la buena col», similar al que los grausinos llamaban «la buena miel», juegos de origen catalán que los tarrasenses llaman tronxo (tallo de hortaliza).

Otro juego infantil, el más divulgado tal vez, es «la gallinica ciega», maravillosamente plasmado por Francisco de Goya. En Aragón tiene distintos nombres: «el pañolico prieto» en Longares; en algunas partes del Alto Aragón, según las zonas, le llaman catorba, y en Alcalá de la Selva y sierra de Gúdar es el juego de «la cluca» (de clueca). En Echo, llaman gabisot a un juego parecido.

Entre los juegos de «adivina quién te dio», el llamado «abejón» o «moscardón» tiene en Aragón un léxico muy rico, que denuncia las actitudes lúdicas de los participantes: En Benasque, bobón (de bobón, «mochuelo», o porque el que pega, «se hace el bobo» para despistar a los otros, en los valles de Echo, Ansó y Tena, tabán, «tábano», por el zumbido que imitan los niños); en Ribagorza, tabá; en La Puebla de Roda y margen del Isábena, bombolón («abejorro»); en la Ribagorza Baja y Somontano oscense, bomboló; en otras zonas, moscallón (más que por el zumbido es por el sentido figurado de «moscardón», persona impertinente, que molesta con «pesadez» y «picardía»); era juego de chicos y gente moza, practicado en la época fría; y el tono agonal lúdico varía en función de la edad, número y posición de los jugadores, y el lugar.

Muy generalizados en todo Aragón, los juegos «de zapotear» con la correa, bufanda enrollada o alpargata de cáñamo, como aquel que decía: «La colica l’abadejo, aquí me l’alcontro, aquí me la dejo.» En Huesca, se llamaba el juego «l’apargata». En Alquézar llamaban zipoteros a los muchachos que daban güenos zapotazos en el culo. Por lo general, son juegos «de corro», con los jugadores sentados, y el que la «para», cuando busca en un lado la alpargata, recibe el castigo de los del lado opuesto. Otras veces, se inicia el juego de persecución con un diálogo entre el director y el niño a quien ha tocado levantarse, como este altoaragonés: «-¿Y la sal? -En el pozal. --¿Y el aceite? -En el puchero. -Corre, corre, que te doy en el culero».

En Ejea de los Caballeros, los muchachos juegan al zibili-zera, que consiste en que uno de ellos, con los ojos vendados y una correa en la mano, procura dar correazos a los otros, orientándose por el grito de zibili-zera que dan los perseguidos.

• Juegos de mozetas: Entre los juegos permanentes, las niñas aragonesas han jugado siempre «a comidetas» y a «mamás», con sus «muñecos», cuyo léxico variado resumimos en el cuadro 7.

Juego propio de niñas es el «infernáculo», que consiste en hacer recorrer una tejela (piedra plana) por un número determinado de cuadros, pintados en el suelo, cuyo recorrido ha de hacerse «a la pata coja», con apoyo de los dos pies en los «descansos». En La Puebla de Roda, se llama plan («llano») un juego similar, porque ha de ser llano el terreno de juego para que pueda empujarse bien el tejo con el pie. Las niñas oscenses lo llaman «descanso» por la «parada» o apoyo de las dos piernas en los cuadros establecidos. En el bajo valle de Mezquín se llama «cabezón»; y sambor en Rubielos.

Un juego de habilidad era el llamado de los «alfilericos», que consistía en desplazar con la uña del dedo pulgar, el alfiler propio para formar una cruz con el de la compañera. En algunas zonas lo llaman uñate (de «uña»), y en otras, crucillo (de «cruz»). En el bajo valle de Mezquín, «puntica», punticap («puntacabeza») o capipunta («cabeza-punta»), léxico que denuncia las suertes del juego.

Muy generalizados también entre las niñas están los juegos de hilos o bramantes; y los de reflejos, como el conocido por «tres en raya» o «tres en barra», que es propio de ambos sexos: desembarro (Huesca); tresimbarro (La Litera) y riola (Ejea de los Caballeros).

Otros juegos tienen como base la mímica, debiendo adivinarse objetos o actividades que correspondan a los gestos hechos. En otros, hay que adivinar, con formulillas cantadas: «Recotín, recotán, / de la bera-bera-ban, / del palacio a la cocina, / ¿cuántos dedos tienes encima?», versión aragonesa de la que, en el siglo XVII, Alfonso de Ledesma, en Juegos de noches buenas a lo divino, llama «de cotín, de codón», porque se da en la espalda del que la «para», una vez con la mano y otra con el codo («de codón» o «recotán»: «de codo»).

Son interesantes todos los juegos «de corro» y «comba», por la expresión oral, con estribillos y cantos comunes a todas las regiones. Y todos los que podemos catalogar como «escénicos», en la plaza del pueblo, con coplas «de arrancaderas» en la ribera del Aragón, o «de espigadoras» en otras zonas, similares a un juego de Albalate del Arzobispo, llamado «las oliveras», en su origen cantos de recolección, adaptados al repertorio infantil, con reminiscencias clásicas de las Eleusinas griegas o las Cerealia romanas. En Aragón, se llama «la geringosa» (de «jerigonza») un canto de niñas, adaptado del baile popular del siglo XVI, con carácter infantil en el Alto Aragón, y de mozos y mozas en el Bajo Aragón.

• Juegos juveniles: Hay una serie de juegos, desaparecidos la mayoría, pastoriles en su origen y encasillados como rusticorum ludi, propios de ambientes rurales, que han sido muy populares en Aragón. Los juegos de «mazo y bola» ya son aludidos en el siglo XIII en el poema anónimo Libro de Apolonio, cuyo autor, a juzgar por algunas formas dialectales, además de erudito parece aragonés, lo que nos hace suponer que este tipo de juegos ya eran conocidos en Aragón por aquella época. A partir del siglo XVI, se popularizan en toda España, para terminar en el XIX como juegos «de habilidad y precisión», propios de muchachos. Los clasificamos en los cuadros 8 y 9.

En otro grupo incluimos los juegos del tejo o tángano, dos formas generalizadas, cuyos nombres aluden a la tiradera (trejo para Pardo Asso) y al objeto (tángano, tángana, y tanga, voces acaso derivadas del lat. tangere, «tocar»), que dan nombre al juego. En Aragón, además, el material de la tiradera enriquece su léxico, según detalla el cuadro 10.

También son juegos «de tirar con piedra» las bochas y la calva, semejantes al tángano. Otro juego «de puntería» es «la rana», que consiste en introducir unas chapas o monedas por la boca abierta de una rana de metal, puesta sobre una mesilla, donde hay también unos agujeros, con distinta puntuación, para que puedan caer allí las que rebotan; se tira desde «unos tres pasos» aproximadamente. En Ejea de los Caballeros, llaman rampéu a un juego similar: hay que introducir las chapas directamente en unos agujeros desde cierta distancia.

• Agonística tradicional del mozo aragonés: Además de los juegos autóctonos, «barra Buscar voz...», «bola Buscar voz...» y polleradas o «calzoncilladas» (carreras pedestres Buscar voz...), han tenido importancia, la «pelota Buscar voz...» y los «bolos Buscar voz...», así como algunas pruebas de fuerza, que trataremos someramente.

Antiguamente, los juertes (forzudos) competían en el levantamiento de pesos, cargándose repletas «talegas» de trigo: «Un cahíz pa los valientes», como se decía en el Somontano. En el valle de Gistáu para remenare (levantar pesos) los mozos tenían que ser muy atorrocáus (fuertes), y muy zereño el atleta chistabino, que destacaba en los concursos de resistencia. En Ribagorza, los grausinos llaman llomudos a estos campeones; y en la Alta Ribagorza, los benasqueses son sereños tanto si destacan en las pruebas de levantamiento como en las de resistencia. En la zona oriental, fort y fortal, como lo designan en Caspe, Alcañiz e Híjar. Otra prueba, menos frecuente, era el levantamiento del yunque, que en algunas zonas llaman inclusar (de inclusa, «yunque»). En Samitier probaban con una campana. Los leñadores altoaragoneses hacen alarde de fuerza y pulso levantando el hacha grande con una mano, a brazo rígido, e incluso tomándola por el extremo del mango, con los dedos solamente.

Otras veces, los mozos lucen su habilidad y fuerza en las pulseadas, ante los mirones por jueces, y la consumición como apuesta. Los «pulsadores» o pulsiadores de la sierra oscense competían en dos modalidades: «a mano» y «a palo». A su vez, la primera modalidad se practicaba de cuatro maneras diferentes: a) sentados, frente a frente; b) de rodillas o con una rodilla en tierra; c) en posición de «tendido prono», pulseando con una mano o con las dos; d) de pie, uno enfrente del otro, y dentro de un círculo de un metro de radio aproximadamente. En cuanto a la segunda modalidad, se agarraba el palo, bien sentados «en escuadra», frente a frente, y el palo paralelo o vertical, bien de pie, agarrando un palo largo, cada uno por un extremo, en actitud de picar. Estos juegos, al igual que los de los pulsolaris vascos, tienen reminiscencias del ciclo pirenaico de los pueblos agricultores y pastores del Neolítico y de la Edad del Bronce.

En cuanto a los concursos de sogatira, todavía figuran en los programas festivos, compitiendo «solteros contra casados», desafíos con distinto tono lúdico-agonal que los del País Vasco.

Un juego de habilidad y fortísimo era el llamado «tiro del mulo»: el mozo, con los pies apoyados contra el quicio de un portal, tomaba los extremos de los tirantes a que iba enganchado un mulo, arreado por otro mozo, para evitar ser arrastrado. La habilidad consistía en tirar oportuna y alternativamente de un tirante y aflojar del otro. Otras veces, en vez de mulo, eran uno o varios mozos los que tiraban de una cuerda atada al centro de un mango de azadón, que sujetaba fuertemente, con apoyo de pies y en posición supina, el oponente de turno.

Otra forma de competir era el arrastre de «galeras» (carros de recolección) y bulquetes (volquetes), más o menos cargados.

En las romerías a los santuarios altoaragoneses, los mozos abanderados hacen alardes de fuerza y pulso, no exentos de fanfarronería, al inclinar su bandiera hasta tocar limpiamente la punta del asta de otra bandera, en la siempre difícil y tradicional «cortesía», saludo que ejecutan tantas veces como enseñas de pueblos hayan acudido. En Sallent y Yebra de Basa, tras la fiesta religiosa las «banderadas» tienen carácter de pura competición, al describir círculos paralelos al suelo, con el damasco desplegado al viento.

Dentro de los ejercicios de lanzamiento, el llamado «tiro de la jada» era un juego de hortelanos, practicado antiguamente en el mismo campo donde se realizaban las faenas diarias. Se tiraba «de sobaquillo», lateral o por entre las piernas, de atrás hacia delante, con un fuerte giro de muñeca.

El tiro del tocho benasqués nos recuerda el temible dardo ibérico, que los pastores lanzaban con fuerza y precisión. El arcipreste de Hita, en sus «cánticos de serrana», alude a la destreza pastoril del lanzamiento de palo, al estilo pirenaico.

La lucha Buscar voz..., como juego tradicional, al estilo de los aluches leoneses, no ha tenido difusión, aun cuando la «luita oscense» ya se menciona en el siglo XIII.

En cuanto a los saltos, la antigua modalidad aragonesa «a pies juntos» puede tener su antecedente en los saltaris de las fiestas éuscaras, con la diferencia técnica de que el vasco ha de caer «en pie», homologando el mejor salto de las diez oportunidades, y para el aragonés puntúa la distancia total de «tres brincos» sucesivos, pudiendo caer «en cocletas» (cuclillas). Por otra parte, antiguamente, los aragoneses empleaban piedras como aduya (ayuda) en el salto, característica similar al que los griegos clásicos llaman halma, que realizaban con la ayuda de halteres (pesas).

Hay una serie de piculinadas de mozos, que tienen su origen en los «bolatines y bolteadores» del siglo XVI, donde se prodigan otro tipo de saltos: «salto de sillas», «salto del canasto», «salto del palo» y «salto del caballo», por citar algunos.

De juegos hípicos populares, las «carreras de burros», con albarda o sin ella, con el mozo montado de cara o de espaldas, han sido muy celebradas en todo Aragón. De carácter ritual e influencia levantina, son las que se celebran en el Bajo Aragón. Las llamadas «carreras de cintas», muy generalizadas en el Somontano oscense, aumentan el tono agonal del mozo, al estar en juego la cinta que bordó su moza. Un juego de destreza era «correr gallos» a caballo, similar al llamado «correr gansos», con la diferencia de que al gallo, colgado de una cuerda, se le ha de cortar la cabeza con la espada, corriendo al trote, mientras que al ganso hay que arrancarle la cabeza con la mano, corriendo al galope. Antiguamente se llamaba «gatada» o «correr gatos», cuando el jinete intentaba apuñalar a un gato colgado por los pies. En Sobrarbe y Ribagorza, durante el siglo XVI se dieron algunas «gatadas» entre caballeros nobles.

• Juegos de azar y de envite: El juego de dados, introducido en Aragón por los romanos, fue la diversión de todas las clases sociales. En la Edad Media fue muy popular, y concretamente, en Aragón, trasgitar («juego de trasgitar»): se refiere a los juegos de manos o juegos de prestidigitadores del siglo XIII, cuyos jugadores eran verdaderos artistas en el juego de dados, magia juglar que necesitó una legislación. Así la Compilación de Huesca (1247), en el libro IX, capítulo 12, trata «De crimini falsi, es assaber: De la culpa de falsedat» y dice textualmente: «Replegando con sus manos, engaynnó los hueillos de los simples testigos segunt d’aqueillos que por art del iuego de trasgitar o por sutil obra de las manos d’aqueill logar enloquescen et escarnescen los hueyllos de los qui goardan, escondiendo el uerdadero instrumento, puso de iuso el falso instrumento que leyessen, e quoal instrumento era semeillable al primero...». En el Fuero de Jaca, recopilación iruñense, la prohibición «de iogar ad datz», tiene penas tan severas, como «cortar la mano derecha a todos los infractores del señorío de Jaca». A partir de 1427, los bandos jacetanos, relativos a juegos, son más suaves. «Oyt que vos fazen asaber, por mandamiento de los justicia et jurados de la ciudat, a todo vezino et habitador de la dita ciudat ni estrangero de cualquiere ley, que non sia ninguno tan vsado que jugare asequo con dados en casa ninguna ni en escondido, en pena de XL sueldos, o si pagar no los pora, XL días en la carcel jazera, enpero si jugar querra que jugue en la plaça o por las carreras publicament». En otras partes, como en la Comunidad de Daroca, los privilegios de los reyes de Aragón, desde 1249, afectan igualmente a los juegos de azar, con una legislación mucho menos dura que la altoaragonesa: «... E nenguno que jugara a dados ni a cruces o a juego nenguno que a dineros secos se faga que peyte XXX solidos, mas a la ballesta que pueda jugar al vino» (Privilegio de Jaime I, en 1256). En las constituciones de 1270, la pena de 30 sueldos la tenía que pagar, tanto el que jugaba a «dineros secos» (juegos de azar), como a la «ballesta» (juego de naipes), aunque justificaran los jugadores que sólo se jugaban la consumición. En Zaragoza, Alfonso III en mayo de 1286, y Jaime II en octubre de 1291, confirmaron esta legislación. En 1444, el juego de dados o de naipes estaba penalizado con 60 sueldos: 20 para la ciudad, 20 para los jurados y 20 para el delator; se permitía sólo el juego «de trenta taulas», llamado «tablas reales», juego de azar y destreza.

A partir del siglo XVI, casi todas las Ordinaciones aragonesas legislan sobre los juegos de azar, en términos similares a la primitiva lex talaria de los romanos.

Las Ordinaciones oscenses, del siglo XVII, son también taxativas: «Que sean inhábiles a los Officios los que tuvieren tablajes públicos de cualquier género de juego dentro de su casa, o en otra cualquiera parte que estuviese a su cuenta. Ni los jornaleros o menestrales, ni los estudiantes, puedan, en días de labor, jugar a naypes ni otros juegos, aún los permitidos; y en los días de fiesta, tanto en el campo del Toro, como en otros lugares públicos, no se pueda jugar hasta que se hayan celebrado los oficios divinos y que todas las misas de la Catedral hayan sido dichas». Estas prohibiciones se pregonaban el primer día de Cuaresma. Los infractores eran multados con el dinero que en juego tuvieren; y los que les acogían en sus casas, tenían de pena, por cada vez, «las mesas, sillas y bancos en que jugaren, quemados públicamente, y de 50 sueldos, aplicables al común de la Ciudad, acusador y Hospital igualmente, y otras penas arbitrarias». Algunos tratados moralizantes de aquel entonces también hacen hincapié sobre los juegos de azar.

Entre los juegos de azar, el llamado de las «chapas» o charpas es típico de Aragón y muy antiguo. Hoy en día en desuso por su sencillez, otrora «chapear» o «chapotear» fue la diversión de mozos y mayores. Como juego de azar simplemente, consiste en tirar dos monedas con sus anversos opuestos, y se ganan si caen y quedan ambas de cara. Como juego de envite, la apuesta varía de una jugada a otra; se decía, por ejemplo, «dos duros a caras», mientras otro jugador contestaba, «échalas a culos». En Biel-Fuencalderas, se cantaba barajo cuando se quería anular la caída de las monedas, y había que cantarlo, levantando el brazo, mientras estaban en el aire, pues si una tocaba tierra la tirada se daba por buena. En La Litera, por analogía con este juego, llamaban «chapa» a la antigua moneda de cobre, de «dos cuartos», con el busto de Fernando VII. Como juego de envite, queda prohibido por provisión de 8-IV-1786. Aun después de la prohibición, se siguió jugando mucho en Aragón, y para eludir la vigilancia, las partidas fuertes se organizaban en los pajares y las cuadras.

• Juegos de naipes: En España, los primeros naipes de que se tiene constancia documental son del año 1380. Así lo atestigua un documento que obra en el Archivo Histórico de Protocolos de la Ciudad Condal, donde se cita la frase «unum ludum de nayps qui sunt quadraquinta cuatuor pecie», que lo mismo se puede referir a dos juegos de Arcanos Mayores del Tarot, que a una baraja a la que probablemente le faltaban cuatro cartas. Sin embargo, ya en 1247, el Código de Huesca recoge la voz barailla con tres acepciones: «riña», «contienda» y «baraja». Los belsetanos y benasqueses todavía siguen llamando barailla o baraixa al juego de naipes; para los fragatinos es la baralla el juego de cartas, y «a la baraja» es como se conoce en todo Aragón.

A partir del siglo XVI, las Ordinaciones aragonesas nos han dejado una curiosa legislación sobre el juego de naipes. Por su parte, los tratados moralistas de la época también dan normativas para los clérigos, autorizándoles sólo los juegos considerados como «exercicio honesto por no jugarse a crédito ni fiado», entre los que se encuentra «la ballesta», juego de naipes mencionado en los Privilegios de Jaime I (1256) y citado en el siglo XVI en el Itinerarium de Pedro Vitales, de visita pastoral por los pueblos altoaragoneses Rodellar y Las Bellostas, el 25-IX-1559. Este juego estuvo muy de moda hasta el siglo XVIII, dejándonos dos voces usadas en el argot de los rufianes y jugadores de ventaja: ballestida (fullería o trampa en el juego de naipes) y ballestón (fullería en grado mayor).

Tenemos noticia de un curioso permiso para fabricar naipes en Teruel, en el año 1682, trabajo interesante publicado en el Boletín de la Diputación Provincial de Teruel (n.° 33, 1974). Son curiosos igualmente los bandos de pueblo prohibiendo el juego de naipes, como el publicado por el alcalde de Albalate del Arzobispo, Antonio Esterquel, en 1804, el famoso «Bando del buen gobierno», donde aparte de muchos avisos, había multa de «cinco riales y tres días de cárcel» por jugar a los naipes, tocadas las diez de la noche.

—Juegos aragoneses y sus características: Hasta el siglo xix, las Ordinaciones aragonesas prohibían los siguientes juegos: «De banca, o faraón, bazeta, carteta, banca fallida, sacanete, parar, treinta y quarenta, cacho, flor, quince, treinta y una embidada». Más recientes, además del guiñote Buscar voz... (el más tradicional), son toda una serie de juegos cuyos nombres y lances se derivan de otros juegos más antiguos. Así «el tresillo», derivado del que llaman «hombre», en el siglo XVIII, ha dado la voz malilla (de «mala» o «malilla», segunda carta del triunfo) a la carta de más valor en el juego de «la chica», comodín o «malilla».

En el Somontano oscense, se jugaba antiguamente a «la chica», juego de envite, entre cuatro, seis y ocho jugadores, en dos bandos; lo típico era jugarse uno o dos jarros de vino. Se daban tres cartas a cada jugador. Se valoraba así:

a) «La chica y dos reyes era la mayor flor del juego»
b) «La chica y dos figuras era flor grande»
c) «La chica y dos de un palo era flor pequeña»
d) «Tres cartas del mismo palo era flor pequeña»

Por lo general, el cinco de oros era la «chica» o comodín. Sin embargo, en la sierra de Gratal y Loarre, llaman manilla a la carta de más valor en el juego de «la chica», que es el siete de espadas, la misma carta que en el juego de «la perejila» llaman «mayor de espadas» (7 de espadas) al tercer lance. En Alquézar, llamaban indistintamente a este juego de envite «la chica» o «el truque» (de trucar, «llamar», «golpear»), con el mismo sentido lúdico que tiene la voz truco en el Somontano, como una suerte en el juego del truque, haciéndose señas los compañeros. En Benasque, truc era el golpe que se daba en la mesa con los nudillos, jugando a cartas. En Bolea, le llamaban truquiflor (de «truque» y «flor») y la carta comodín o manilla era el siete de espadas. En todo Aragón, se decía truquista al que le gustaba jugar al truque aragonés, que difiere del castellano en la elección del comodín, tan distinto de una zona a otra; para nosotros, y para ellos, la malilla es siempre el dos de todos los palos, como así define el Diccionario de Autoridades al rentoi juego del siglo xvi, donde se jugaban las bazas como al llamado «hombre» y se envidaba como al «truque».

En Ejea de los Caballeros, llamaban saláu al juego del truque, porque en el lance, que antiguamente se decía «y juego fuera», los de las Cinco Villas decían «y salgo aura» (sal-au). En Monzón decían machuca (de machucá, «machucar», «machacar»), porque la carta mayor «machacaba la baza», tanto jugando al truque como al tresillo.

No podemos tampoco olvidar el «mus», juego de envite de origen vascón, en que toman parte cuatro compañeros, o tres bajo el nombre de «mohíno»; algunos lances y expresiones de este juego han sido adaptados al argot aragonés. En el Somontano oscense, llaman el ilustráu a la variante llamada «mus ilustrado», donde se utilizan expresiones o señas de inteligencia, que pueden «encajar» en la jugada, razón por la que llaman t’encajo al mus en la provincia de Zaragoza.

En el juego de la manilla, que es como se conoce en el Alto Aragón la «malilla», la voz runflada significa llevar muchos naipes del mismo palo, y está relacionada con la voz runflá del tresillo, que es llevar una serie de naipes de algún valor (as, tres y rey), valoración lúdica utilizada en la bresca (brisca aragonesa) y el «tute», y por analogía, con la voz «triunfada» del guiñote Buscar voz.... La manilla altoaragonesa está basada en la manille que se juega en el sur de Francia, que tiene su antecedente en la comète ancienne, el juego de naipes favorito de Luis XIV. En Sariñena juegan a la «butifarra», modalidad catalana de la manilla: Al dar la última carta del mazo no se vuelve, es decir, no se marca el triunfo; se juega a cien tantos. En el Bajo Aragón, la voz «malilla» tiene en Sarrión dos acepciones: «malilla» para designar el juego, que llaman también «de compañeros», y «al nueve» de la baraja, «malilla» que vale cinco tantos, como se sabe.

Del antiguo juego revesino (del lat. revertere), muy en boga en el siglo XVIII, y que en el Pirineo francés le llaman le reversis, por influencia altoaragonesa, se han derivado, entre otros, el «ganapierde», como se conoce en todo Aragón, y el «tragacartas» o «tragasopas», nombres utilizados en el Bajo Aragón.

En todo Aragón se ha jugado mucho al llamado «de la carteta», conocido desde el siglo XVII por «banca», «monte» y juego «de parar»; se sacaba una carta para los apostantes y otra para el «banquero», y de ellas ganaba la primera que hacía pareja con las que iban saliendo de la baraja.

El antiguo juego «de la liga» es de los de envite; se juega sólo con las figuras, que se valoran así: as (13 puntos), rey (12), caballo (11) y sota (10). Se dan tres cartas a cada jugador «liguista», y las mejores «ligadas» son: «la flor mayor», reuniendo tres ases, y «la segunda flor» cuando la «ligada» es de as, rey y caballo. La expresión actual «ya está liada», que se emplea sobre todo para la preparación de una partida de cartas, tiene su origen en este juego.

Otro juego, muy practicado en todo Aragón, ha sido el «julepe» de cinco cartas, con descarte. El orden de valores, de mayor a menor, en todos los palos, es así: as, «droga» (una carta blanca designada previamente), tres, rey, caballo, sota, 7, 6, etc.; se juega con baraja de cuarenta cartas, y la «droga» altoaragonesa suele ser el dos de oros. Todos los jugadores podrán hacer un solo descarte por las cartas que crean convenientes, pudiendo pedir cada uno hasta cinco nuevas cartas, lance que se llama «pedir una loca», que serán servidas de las sobrantes, y en caso de no haber suficientes, se recogerán las que hayan sido tiradas por los que no juegan o «pasan», más la carta del triunfo, todas bien barajadas. El que juega tiene que hacer, como mínimo, para no ser julepe, dos bazas. Variantes de este juego son «el tomate» y «el burro», jugados respectivamente con barajas de cuarenta y cuarenta y ocho cartas, y mayor número de jugadores. La acción de jugar «al julepe» llamamos julepear, y como derivados: julepero, el que da muchos «julepes», y julepista el aficionado a este juego; la expresión «dar julepe» es no dejar hacer baza al contrario, significando también «dar una tunda» (hacer sufrir), relacionadas lúdicamente con «dar tute» («tutear», de tundere, «tundir»), que en aragonés quiere decir, además de un lance en el juego del tute, paliza y vapuleo, cuando nos referimos a conceptos ludo-agonales, como en esta locución oscense: «¡Menudo tute t’a pilota!» (¡Qué gran paliza a la pelota!), que, según hablemos en primera persona («nos ne semos dau») o en tercera («lis’emos dau»), puede significar cansancio, fatiga o esfuerzo, en el primer caso, triunfo o derrota, en el segundo.

Igualmente han sido muy practicados en todo Aragón los llamados «siete y medio», «veinte y una» y «treinta y una», entre los juegos «de pedir y plantarse»; y toda una serie de juegos sencillos: «tres y pinta», «el muerto», «el gato», «la raspa», «el raboso», «el rabino» y «l’ascoba», entre otros.

Entre los juegos de «pagar prenda», antiguamente muy populares en las tertulias familiares, el más generalizado es el de «la mona», que tiene varios nombres: «el bobo», «el burro» y «el tonto», con matiz lúdico-infantil por la forma y tono de los «castigos» (el jugador «ha quedado mona», con la carta «tonta» en sus manos). «El narigotazos» era un juego infantil que consistía en recibir el jugador que perdía, tantos golpes en la nariz, con sus naipes, cuantos eran los tantos perdidos.

En Aragón, el juego de «la mona» tiene distintos nombres, que resumimos en el cuadro 11.

El castigo clásico es el de ir sacando todas las cartas de la baraja, de cuarenta o cuarenta y ocho cartas, mientras el que quedó con la «mona» o «tonto» mantiene su mano extendida sobre la mesa al objeto de que los otros jugadores le den una palmadeta a cada acento del refrán de la carta que salga. Para ello se barajan todas las cartas y un jugador cualquiera las va descubriendo, de una en una. En el momento en que se descubre la «mona» cesa el castigo y se da por terminado el juego. En algunas zonas, puede dejar de recibir castigo si acierta el palo del as que ha salido. El refrán de cada carta difiere de una zona a otra (véase cuadro 12).

En Alcañiz, el juego termina al adivinar el as (regimiento) que se pregunta o cuando sale l’orer (as de oros). Al adivinarlo, se mezcla el as adivinado con las demás cartas de la baraja, encima de la mesa, y hasta que la «mona» (el que la para) la encuentra, se le pegan golpes. Al encontrarla debe darle un beso y decir: «Monja, marido y mujer», dejando entonces de pegarle, con lo que termina el juego.

En Aragón, el refranero de este sencillo juego, aun con frases similares, es muy rico por su adaptación dialectal. En los Monegros cuando salen los treses, se dice: «Tres, trilistroque, fue a la venta por figote, el ventero tiene una mula que tira coces, el que quiera miel que vaya a la era, que el burro Pintallo tiene caguera», adaptación del más generalizado, que dice así: «Tres, Chimitroque, Matroque mató a su mujer, tripas de perro le dio pa comer, una, dos y tres». En algunos pueblos del Somontano, para las sotas, se decía: «Sota, marmota, morros de bellota, y el cura, con sotana color de minglana, t’espera en la viña comiendo garnacha», que es otra adaptación del clásico, que dice: «Sota, sotana, color de manzana, si te pica la nuez, con ésta van diez, una, dos y tres». En la parte occidental del Alto Aragón, para los caballos, la cantinela infantil era así: «Caballo, llevas caballero con piquete sin sombrero, con espada de cartón, pon, pon, pon», que es una adaptación del más conocido, que dice así: «Caballo, caballero, con capa y sombrero, cuenta las estrellas que hay en el cielo». (Véase cuadro 13.)

•Bibliog.: Gracia Vicién, Luis: Juegos tradicionales aragoneses; Zaragoza, 1978.

 

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La música tradicional aragonesa

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En Aragón existe gran diversidad de cantos, bailes y dances además del género más famoso: la jota.

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