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Infancia

Contenido disponible: Texto GEA 2000  |  Última actualización realizada el 23/05/2011

(Folc.) Las costumbres en relación con los niños se inician por los ritos prenatalicios, bien en relación con la esterilidad y su corrección o previsión, bien frente a las maldiciones y el mal de ojo, consistentes en beber en las fuentes o baños en un número preestablecido de veces, apoyando o frotando determinadas partes del cuerpo. Se conocen ideas populares sobre el poder fecundante del aire o de diversos alimentos, así como las influencias sobre el sexo del futuro hijo, el poder de determinados elementos en la concepción y gestación, y «antojos» en relación con deseos no cumplidos; también numerosos ritos religiosos, rezos e invocaciones especiales, el dar vueltas alrededor de una iglesia o ermita, la realización de determinadas ofrendas o sacrificios, o los paseos por determinados lugares; el número tres o el siete influyen, como cabalísticos: así las siete vueltas al Cabezo Cortado, en Zaragoza. Los ritos en relación con la madre gestante, complementarios de los ya dichos, se relacionan con viejos conceptos como el de su impureza o las influencias que pueden ejercer sobre otras personas, o éstas sobre ella; trabajos que no debe realizar (devanar madejas, coser a máquina) o lugares por donde no debe pasar, así como larga lista de alimentos que no puede comer (fresas, porque el hijo tendrá manchas; liebre, por los ojos).

Dejando aparte ahora lo referente a nacimiento Buscar voz..., al aborto, el bautizo Buscar voz... y la cuna Buscar voz..., resultan de interés fundamental los ritos de transición mediante los cuales el niño se incorpora activamente a la sociedad, después de haber ingresado en la Iglesia y en la familia. A los graves problemas de la mortalidad infantil suceden los de alimentación, partiendo siempre de la lactancia de la madre o de nodrizas (si la madre no podía ejercerla); los valles del Pirineo y la sierra de Albarracín proporcionaron muchas nodrizas, que aumentaban con las madres que tenían hijos naturales. Las creencias sobre la leche materna, los medios para aumentarla y los remedios para evitar su retirada son numerosos; para facilitar la «subida» hubo en numerosas localidades «chupatetas», que solían ser «tontos» o deficientes. En los primeros meses, tras el destete, se alimentaban los niños con papillas de harina, se les da a chupar corteza de pan o coscarana especialmente cocida, o bolas de trapo empapadas en agua azucarada durante la dentición o para hacerles callar. La salida del primer diente y el primero caído son fechas significadas; muy pronto la dieta alimenticia es la de los adultos.

La actividad lúdica de los niños coincide con la educativa y se incorporan los juegos Buscar voz... propios de todas las sociedades primitivas, carreras, saltos, lanzamiento (de piedras, a distancia, en altura); también juegos de dedos, manos o puño, como la morra romana; de cordeles, formando figuras; mímica; adivinanzas Buscar voz... con un amplio fenómeno de difusión de la mayor parte de ellas, hasta el punto de que muy pocas se conocen que sean estrictamente aragonesas.

Los juegos con incorporación de utensilios: los bolos Buscar voz..., las birlas, el trompo (galdrufa, en la provincia de Huesca), la pelota -fabricada por los propios niños con estambre, o lana de calcetines viejos, y goma-. Otros en los que intervienen monedas, con frecuencia fuera de uso («cuadernas»), usándolas para puntería, en relación con espacios marcados, o golpeándolas unas con otras para desplazarlas, o bien puestas sobre canutos o latas. También las bolas o «pitos», con reglamentos comunes en toda España y modalidades propias en los nombres de las jugadas, como chibadica (un golpe), pie (mantenerlo a esa distancia tras chocar la bola propia con la de otro jugador), tute (otro golpe) y guá (hacerla entrar en una pequeña cavidad), y en la valoración de los pitos según su materia (de barro, de piedra, de cristal y «de culebricas»): en Sariñena Buscar voz..., dos de barro valían uno de piedra, y dos de éstos uno de cristal (que, por cierto, se obtenía de las botellas de gaseosa, en las que obturaban la salida del gas y el líquido). Otros juegos se valían de estampas y cromos, de cubiertas de cajas de cerillas o de cartas de baraja viejas cortadas en tiras y dobladas sobre sí mismas (patacones).

Los juegos de correr y saltar a veces tenían largas reglamentaciones, como los de persecución («ladrones y ministros»), pero sin peculiaridades aragonesas. Lo propio cabe decir de los juegos de las niñas; puesto que había una radical separación entre los practicados por éstas y por los varones: los principios educativos favorecían esta distinción y evitaban como un extravío los juegos «inadecuados»; los propios niños decían «los chicos con los chicos y las chicas con las chicas». Los juegos femeninos eran de corro, comba, aro y otros semejantes, y la torpeza de los niños, cuando por broma intervenían en ellos, proverbial.

El juguete esencial era la muñeca, hasta muy recientemente fabricada por las madres, sobre todo en los medios rurales. Lo propio sucedía con juguetes como el caballo, suplido por un palo para cabalgar sobre él, o la espada, así como los carros. Más complicados, pero también de fabricación casera, los destinados a hacer ruido, desde el sonajero (el crepiteculus romano) hasta los tambores y las flautas de caña. Dentro de estas fases de juego hay que introducir la imitación de las actividades de los adultos para irse ensayando en ellas, y, como consecuencia, la utilización como juguetes de instrumentos en miniatura (jadicos, carros) o de objetos de tamaño reducido (paneticos cuando se masa, vestidos o calzados).

Las vestiduras, hasta no hace mucho, eran una reducción de las de los adultos, salvo para los recién nacidos (a los que se fajaba de forma muy apretada) y un corto período tras la época, en que se «acortaban». Las habitaciones las compartían normalmente con las personas mayores, incluso la cama, con los padres y, desde luego, con los hermanos, por razones de tipo económico. Se cuidaba especialmente la protección contra el mal de ojo y determinados espíritus, con amuletos o bien medallas y objetos de devoción. La vida social reúne a los niños con los mayores en la mesa, al mediodía; no para el almuerzo ni la merienda y menos para la cena; en cualquier caso, los niños permanecen en silencio cuando comparten la mesa con los adultos; por broma o porque fortalece la sangre se deja beber vino, moderadamente, y se toman grasas para criar buena carne.

Determinados actos públicos tienen especial significación para los niños: esencialmente los religiosos, en la iglesia o fuera, en procesiones, la enseñanza del catecismo, la participación como escolanos o monaguillos; pero también en fiestas civiles como las de Inocentes, cuestaciones o peticiones de aguinaldo («cabo de año») y en cualquier festejo, del que formaban coro espontáneo y bullicioso; en Bujaraloz Buscar voz..., tras la bendición nupcial, gritaban a la puerta de la iglesia; «¡Ya es suya!», y en Sariñena iban a pie «a esperar a los músicos», hasta la estación, distante tres kilómetros, aunque ellos llegaban al pueblo en el coche de Juanillo y, desde luego, sin tocar.

La educación fuera de la escuela quedaba confiada a las madres y sobre todo a los abuelos, tanto a través de cuentos Buscar voz... y consejas Buscar voz..., como en el aprendizaje de las más variadas actividades; era tarea normal el ir a comprar, el apacentar el ganado, el llevar la comida al campo al padre y cualquiera otra complementaria agrícola o pastoril. En la educación intervenían el castigo físico, las amenazas y el miedo, tanto por la creencia en seres sobrenaturales y misteriosos, como en aparecidos, el diablo, etc. El párroco en la doctrina y el maestro en la escuela completaban la instrucción, sin grandes peculiaridades en lo aragonés.

En general los hijos solían ser numerosos y ello suponía un beneficio en brazos para «la casa»; con frecuencia deben recibir un oficio, pues no hay sitio para todos en las menguadas economías domésticas; aprenden a cazar, a coger pájaros o sus nidos, y en las comunidades pastoriles inician muy pronto su trabajo con zagales. Desde muy temprana edad son femateros y «dan gavillas» cuando se siega, mientras las niñas hacen de «espigadoras» para recoger las que quedan abandonadas; recoger hierba para los conejos u otros animales se les confía también a veces El montar en el trillo era una de sus diversiones, y una obligación el llevar el botijo durante las tareas veraniegas. Pocas veces se dirigían a ellos los festejos tradicionales; ello ocurría con los gigantes Buscar voz... y cabezudos Buscar voz..., especialmente en Zaragoza, o con las figuras burlescas del dance Buscar voz..., incluso el mismo diablo, que es zaherido por ellos, con especial significación en la «máscara» de Ateca que asalta un montículo, protegido con su «tapadera» o rodela de las piedras que le arrojan los muchachos.

Independientemente de las generalidades que preceden expondremos algunos casos concretos de distintos pueblos aragoneses. Así el juego de saltacabrilla, en el que al saltar sobre el niño que «paga» los demás dicen alguna palabra, hacen alguna habilidad o someten a un castigo a quien los soporta; en Herrera de los Navarros se llama este juego el carapuchete, y se canta: «A la una, arranca el macho y la mula; a las dos, tira una coz; a las tres, los tres brincos de San Andrés; a las cuatro, brinco y salto; a las cinco, el mayor brinco; a las seis, las orejicas del rey; a las siete, planto mi carapuchete; a las ocho, cojo mi corcho; a las nueve, coge la bota y bebe; a las diez, empinaremos otra vez; a las once, las campanitas de bronce; a las doce, mediodía, ¡a comer!», y toda la fila que salta debe hacer lo que el primero, que es quien canta lo que antecede y finge hacer lo que dice.

En Bujaraloz se juega con cartas hasta que el que saca un naipe «paga» y los demás recitan diversas cantilenas al tiempo que palmotean sobre su espalda o hacen lo que en ella se indica: así «tres, revés; cuatro, sopapo; cinco, pellizco; siete, cachete», conforme va saliendo una de estas cartas; lo divertido de los textos corresponde a las figuras, así: «Sota, cachota, cuando brinca la madre brinca la chota, morros de abellota», o «caballo, medalla, cuántas estrellas hay en el cielo, cuéntalas tú, que yo no las veo»; o «rey, rirón, que se come las sopas en un calderón». En otra versión aún más pintoresca, se canta entre otras cosas: «La reina se ha quitado la toquilla blanca y se ha puesto la negra; y el rey dice, yo, como rey, me limpio el culo con un papel».

En los juegos de dedos, aparte de adivinar los que saca otro al mismo tiempo que se exhiben los propios, está el ponerse quien «paga» con la cabeza sobre el halda de la «madre», poner uno o más dedos sobre la espalda de quien paga, preguntar «¿cuántos dedos hay aquí?», y quedar liberado si acierta, y, si no cantarle con especial tonillo: «Si hubieras dicho... lo hubieras adivinado». En Sariñena un juego como el citado de Bujaraloz otorga al tres la siguiente retahíla: «Tres trilistroque, fue a la venta por figote, el ventero tiene una mula que tira coces, el que quiera miel que vaya a la era, que el burro Pintallo tiene caguera».

De los juegos de correr en dos bandos, uno se llama en Jaca «Tres navíos van por el mar», y salen corriendo tres niños perseguidos por otros tres que dicen «otros tres en su busca van» y al verlos gritan «tierra a la vista» y el nombre del descubierto; los aprisionados pueden ser liberados en formas muy diversas, llamándose en algún sitio «el rescatáu», para lo que basta darles con la mano sin ser aprisionado por quienes vigilan.

En Albalate del Arzobispo y otros sitios se hacían zancos con botes de hojalata sujetos con cuerdas, debiendo realizarse equilibrios acompasados por un canto en el que se recita: «qué bonito es un pie, el otro, la mano, la otra, un codo, el otro, la nariz y el morro»; allí mismo se juega a «San Juan»; hay que colocar una pelota en tres agujeros practicados en el suelo, y al lograrlo disparar contra otro de los jugadores, lo mismo que en «Sangre», de Marracos, salvo que aquí se hacen siete casetas con tierra. En Albalate se combina el salto de «matacabrilla» con el de dedos y mientras se salta se sacan uno, dos o tres dedos para que quien paga trate de adivinarlo y liberarse llamándolo «sota, caballo y rey». De aquí y de muchas partes es el corro con los jugadores vueltos hacia el interior y un pañuelo o una alpargata circulando por la parte exterior, para golpear a quien paga, en el centro, cuando no puede verlo.

En Huesca se hacen cerbatanas, llamadas clagideras, con ramas huecas de sauce para disparar bolitas de cáñamo. En Esplús se juega, por las niñas, a «alfilericos», escondidos en montones de tierra (en Herrera de los Navarros, bajo tejas) y quien los halla los gana. En Calanda se juega a «chaquedo»: dos niños cogen un ceñidor o faja por cada uno de los extremos y corren para encerrar a otro dentro.

En síntesis, la infancia es una etapa en la que la sociedad incorpora a los niños a la vida común mediante un aprendizaje de las actividades de los adultos y un fortalecimiento físico suficiente; en Aragón no se presta atención excesiva a lo que no tenga una repercusión práctica e inmediata y muchas veces se huía de la escuela obligatoria para conseguir que los niños percibiesen jornales cuanto antes. En las creencias y costumbres el folclore infantil no presenta en Aragón demasiadas peculiaridades, y las existentes hasta mitad del siglo han desaparecido prácticamente. Muchas de las costumbres atribuidas a los niños corresponden también a adultos; así la mayor parte de los llamados cuentos infantiles, o las «formulillas», como para hacer que los caracoles saquen sus cuernos al sol, o acertar lo que se ha comido dando capones en la cabeza, o para encontrar algo que se ha perdido, o para adquirirlo («una cosa me he encontrado, / cuatro veces lo diré; / si su dueño no aparece, / con ella me quedaré») o el universal «Santa Rita, Rita, Rita, / lo que se da no se quita» o el no menos generalizado «quien fue a Sevilla / perdió su silla. / Quien fue y volvió / se la quitó». En Aragón, como en todas las tierras donde los niños se incorporan muy pronto a las actividades laborales, los modos especiales de proceder para la edad comprendida entre los 12 y los 18 años son escasos.

• Bibliog.:
Serra Boldú, Valerio: «Folklore infantil»; Folklore y costumbres de España, t. II, Barcelona, 1931, pp. 537.

 

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