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Haro, Luis Méndez de

Contenido disponible: Texto GEA 2000  |  Última actualización realizada el 18/08/2009

(Valladolid, 1598 - Madrid, 1661). Político privado de Felipe III Buscar voz... de Aragón (IV de Castilla). Don Luis de Haro, como se le conoce habitualmente, procedía de los marqueses del Carpio, de estirpe andaluza. Fue su padre el quinto marqués, Diego de Haro -de quien heredó el título en 1648-, y su madre Francisca de Guzmán, hermana del conde-duque de Olivares. Ya desde joven vivió la vida de la corte. Actuó en la oposición política contra el entonces primer ministro, Olivares, y a la caída de éste, en 1643, pasó don Luis a ocupar el puesto de privado del rey Felipe III de Aragón, lo cual no habría de ser óbice para que a título personal don Luis mantuviera con su tío, desterrado, una afectuosa relación, desarrollando una correspondencia a través de la cual le tenía al corriente de los asuntos políticos y militares que acontecían.

En palabras de Deleito y Piñuela, se puede definir a don Luis como hombre sencillo, laborioso, de buena voluntad, de claras luces, aunque de capacidad no superior a la de su tío. En lo concerniente al campo político, el mismo Deleito señala cómo «la mediocridad de don Luis de Haro fue favorable al papel que le reservó la suerte no de iniciar sino de liquidar toda una política, poniendo término a las guerras interminables que venían desangrando a España, puesto que el cansancio general daba la razón para ello». El mismo reino de Aragón, afectado por tal política puesta en marcha fundamentalmente con el desarrollo de la proyectada Unión de Armas (1626), sería protagonista de primer orden en este estado de cosas.

Con la guerra de Secesión catalana Buscar voz... comenzada (1640-1652) y desde el año 1643, en que cayó Olivares, ocuparía don Luis la privanza por el resto de los años que duraron las hostilidades, y si bien contempla como mayor éxito la conquista de Barcelona por los ejércitos del rey Católico (1652) -que puso punto final a la conflagración- no por ello cesarían las hostilidades franco-españolas, con el constante peligro que éstas suponían para Aragón. Sólo el año 1659, con la paz de los Pirineos se clausuraba la guerra, con la relativa tranquilidad que ello suponía a un reino como el aragonés que, tras las vicisitudes pasadas, se hallaba material, política y moralmente exhausto. Durante los años 1652 y hasta el de 1659 los aragoneses habían continuado sirviendo con dinero y hombres a la monarquía, servicios que, si hasta el momento no han sido bien estudiados, tendrían su fundamento en la defensa del Principado catalán, frente a las sucesivas agresiones francesas y en prevención de ataques contra Aragón, dada la peligrosidad que esta actuación francesa entrañaba para el reino.

 

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