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Guerra de Secesión catalana (1640-1652)

Contenido disponible: Texto GEA 2000  |  Última actualización realizada el 10/06/2011

(Hist. Mod.) La situación crítica por la que iba caminando la monarquía hispánica a través del siglo XVII alcanzaría su clímax el año 1640. En guerra abierta con Francia desde 1635, serían los reinos peninsulares (Cataluña y Portugal) los que en 1640 se levantarán contra la corona, como consecuencia de la gravísima crisis económica, político y social de una monarquía que, debatiéndose por evitar su desmembramiento interno, aún pugnaba por mantener el Imperio heredado. Daba así comienzo la guerra de Secesión catalana, que la Francia de Richelieu, de forma premeditada, aprovechaba para prestar su interesado apoyo a los catalanes, invadiendo de este modo el suelo peninsular.

Con ello la guerra iba a situarse en las fronteras del reino de Aragón. En estas circunstancias, tres son los motivos por los que los aragoneses se verían involucrados en el conflicto:
a) la falta de capacidad de decisión de un reino que, subordinado a los intereses de la corona y deprimido en su propia personalidad histórica, se hallaba imposibilitado de hacer frente a los intereses de la corte de Madrid;
b) la pronta participación francesa en favor de los catalanes, que una vez más creaban trastornos belicistas en el reino;
y c) lo que en esta ocasión se ponía en juego era la propia defensa del reino, frente a las agresiones de franceses y catalanes que iban a invadir y devastar sus zonas fronterizas, ocasionando serios daños económicos, materiales y humanos.

Estos factores, por otra parte, quedaban íntimamente condicionados por la situación estratégica de Aragón. Ciertamente el carácter geopolítico del reino era determinante en los planes de los Austrias Buscar voz..., como país que colindaba en una de sus fronteras con el habitual enemigo de la monarquía, Francia; mientras que, por otra parte, el conflicto catalán, cuyo origen se encontraba en la disconformidad entre el Principado catalán y la corona, sería utilizado prontamente con objetivos mucho más amplios, enclavados dentro del marco de la denominada guerra de los Treinta Años y concretados en la guerra franco-española abierta desde el año 1635, pero diplomática y encubierta desde años atrás, en la que se había puesto en juego, definitivamente, la hegemonía de una de las dos potencias.

El reino de Aragón sirvió en esta guerra con los elementos humanos y materiales que le fue posible, en función de los servicios demandados por el monarca, las posibilidades del país y las imperiosas necesidades que en determinados momentos se presentaron. Consideremos, sin embargo, la grave crisis que ya arrastraba el reino y que se había incrementado considerablemente con la política de la «Unión de Armas» y las Cortes de Barbastro de 1626, en las que había quedado acordado un servicio de 144.000 libras jaquesas anuales, por un período de quince años así como que el desgaste sucesivo del reino durante el transcurso de las hostilidades hizo que las posibilidades continuaran disminuyendo paulatinamente. Cabe considerar, por otra parte, que el apoyo de los aragoneses a la corona aumentaba o disminuía de acuerdo con la evolución del conflicto bélico, ya que para este tipo de servicios el reino valoraba, por fuero, el que los soldados ofrecidos no salieran del reino, o al menos contribuyeran directamente a la defensa del mismo. Durante el período de tiempo que comprendieron las hostilidades, y de forma global, son tres las fases que podríamos considerar:

A) Tras el Corpus de Sangre (7-VI-1640) y el asesinato del virrey Santa Coloma, muy pronto darían comienzo las hostilidades. Mientras tanto, habían comenzado las negociaciones entre el Principado y Francia, cuyos objetivos se resumían en contratos políticos comunes que justificaban la entrada francesa en el conflicto en apoyo de los catalanes. La corte de Madrid, por su parte, se movía para tratar de impedir la ratificación de pactos de los diputados catalanes con el país vecino, para ello se pidió ayuda a los catalanes residentes en la Corte, así como a valencianos y mallorquines.

Pero sería la ofensiva de paz, llevada fundamentalmente por la intervención de la ciudad de Zaragoza mediante sus jurados, así como por los diputados Buscar voz... y virrey del reino, los que desempeñarían un papel más importante. Las imposibilidades físicas de los aragoneses para implicarse en un conflicto como éste, su papel de murallón entre Castilla y Cataluña, así como la acusada presión fiscal que en los últimos años experimentaba el reino, junto a la misma proximidad francesa a sus fronteras, eran motivos más que suficientes para intentar la paz por todos los medios. En tales circunstancias la ciudad de Zaragoza enviaba a don Antonio Francés, quien, a pesar de las proposiciones hechas como mediador entre catalanes y la corte de Madrid, hubo de retirarse sin éxito, recibiendo incluso la propuesta por parte de los catalanes para que permitiera la entrada del «ejército de Cataluña», con la finalidad de liberarse así ambos del gobierno de Castilla. Ya en 1641, infructuosa fue la embajada del jurado en cap de Zaragoza, Miguel Bautista de Lanuza, así como las gestiones del mismo virrey de Aragón, duque de Nochera, cuyas intenciones al respecto le supondrían la falta de confianza del rey y su posterior confinamiento.

B) Tras los sucesivos fracasos de la política de pacificación desarrollados por Aragón, y manifestándose ya ineludible peligro en sus fronteras, el reino iba a verse obligado a organizar una precipitada defensa. En este momento el carácter defensivo adquiere en Aragón una dimensión completa: determinada su postura en favor de Felipe III Buscar voz... (IV de Castilla), y apareciendo el país como puente entre los beligerantes, no sólo habría de soportar a los soldados franco-catalanes en su propio suelo, viéndose obligado a intentar repeler las agresiones de éstos, sino que sufriría, y de hecho ya sufría desde hace algunos años, los males que suponían alojamientos y travesías de amplios contingentes del ejército real en sus tierras y lugares, abusivamente atropellados sus gentes, campos y demás propiedades de los regnícolas.

El año 1641, a instancias del duque de Nochera, aún virrey de Aragón, se convocaban juntas en la ciudad de Zaragoza, en las que se decidía una movilización de 4.800 hombres por un período de seis meses que, a la luz de los acontecimientos, habrían de prorrogarse a lo largo de los tres primeros años de conflicto (1643 inclusive). Tal servicio se levantaría mediante un «repartimiento» general sobre el reino. Mientras esto se acordaba y tras la derrota del ejército «castellano» a las puertas de Barcelona en la batalla de Montjuich (26-I-1641), el mariscal francés La Mothe, en abril, salía de Barcelona para visitar la Conca de Barberá y Lérida y dar las primeras instrucciones de cara a la ofensiva sobre el Campo de Tarragona, así como para cerciorarse de la situación existente en el frente aragonés.

Tras el fracaso ante la ciudad de Tarragona el general francés, ya en el mes de septiembre partía en dirección hacia Lérida, desde donde su caballería realizó correrías por tierras aragonesas. El condado de Ribagorza y, sobre todo, la zona de La Litera fueron los escenarios escogidos para tales actividades. Los invasores penetraron en la villa de Tamarite, donde «vivieron a discreción un par de días», llegando posteriormente a las puertas de Monzón, de donde hubieron de retirarse por reclamarles asuntos bélicos en tierras del Principado.

Si bien en Fraga se iba organizando un fuerte ejercito del monarca español, las levas del reino serían escasas, teniendo que recurrir muchos lugares fronterizos a plantear su propia defensa, al mismo tiempo que se ponía en marcha lo que iba a ser la fuerte emigración de sus gentes a tierras del interior. El año 1642 consiguieron reunirse unos mayores contingentes de gente del reino. Este año pasó con hombres aragoneses Juan Sanz de Latrás Buscar voz..., conde de Atarés, diputado, al socorro de Perpiñán, Tarragona y otras partes. De especial importancia fue la contribución que la ciudad de Zaragoza hizo levantando 1.500 soldados más 400 caballos, y poco después, ante la insuficiencia de los que se estaban levantando en el reino, 1.000 hombres más, dada la nueva invasión francesa sobre el condado de Ribagorza y La Litera y los escarceos desarrollados en la zona del Matarraña.

1642 fue el año más duro y triste que a lo largo de la guerra sufrieran los regnícolas. En la campaña de primavera los franco-catalanes, tras saquear Tamarite y un elevado número de lugares de las riberas del Cinca, se presentaban de nuevo a las puertas de Monzón. Rendida la villa, el asedio del castillo sería duro y sangriento, hasta caer en manos de La Mothe el 10-VI-1642. En julio continuaba la invasión por las desviaciones pirenaicas, y se ocupa Estadilla y Benabarre, así como la práctica totalidad de la cuenca ribagorzana. Antes de la conquista de Monzón se decía que ya habían caído en manos del enemigo más de doscientos lugares, «y casi todos los ha quemado y saqueado». Por último, a primeros de julio se intentaba la conquista de la plaza de Fraga, única población realista en la zona oriental del Cinca.

Sin embargo, el contraataque de las tropas de su católica majestad desde Tarragona hacia el norte les haría desistir. El 7 de octubre, el marqués de Leganés, al mando del ejército que iba desde Fraga, apoyado por las tropas que iban marchando desde Tarragona, era derrotado por La Mothe junto a Lérida. Con todo ello, la situación continuaba siendo grave para Aragón. Los saqueos y desórdenes militares de ambos ejércitos serían constantes, principalmente durante este período. En lo que se refiere a la zona del Matarraña y tierras próximas, las fuentes documentales manifiestan la existencia de una continua tensión en las mismas subrayada por las constantes peticiones de socorro por parte de los lugares de esta frontera, debido a la proximidad de la misma al sitio que el general La Mothe había puesto sobre Tortosa, en la primavera de este año.

Durante 1643, la ciudad de Zaragoza volvía a contribuir con 200 hombres, y más tarde con dos tercios de 500 hombres cada uno en apoyo de Felipe de Silva, general del rey. Así, este año, las renovadas incursiones de los franco-catalanes por toda la frontera aragonesa serían contrarrestadas por el cambio de iniciativa, que traería como fruto la reconquista del castillo de Monzón (3 de diciembre), y más tarde, en mayo de 1644, la conquista de Lérida por el ejército de Felipe III, dirigido por Felipe de Silva.

Este mismo año de 1644, ante el alargamiento de las hostilidades, así como de la finalización del servicio ofrecido en las Cortes de 1626, pedía el monarca a los diputados del reino un nuevo servicio, esta vez de 3.000 hombres, para defensa de la corona y refuerzo del ejército real, de los cuales 400 eran demandados a la ciudad de Zaragoza, los que le tocaban por «repartimiento» de los dichos 3.000. Además, esta ciudad debió de contribuir, aunque no está bien estudiado, con un número indefinido de hombres. Esta gente pasaría al sitio de Lérida, gobernada por José Luis de la Sierra, barón de Letosa y diputado, interviniendo en su conquista definitiva.

C) Con la conquista de Lérida se abría un nuevo período caracterizado por la estabilización del conflicto en tierras del Principado, salvo eventuales incursiones debidas o a la proximidad del conflicto o a la actuación de furtivas bandas armadas, por otra parte continuaría realizándose la ya habitual política de servicios. El año 1645 se continuaba con el mantenimiento de los 3.000 hombres en las fronteras del reino y en el ejército de la monarquía. Con estos hombres se pasó a la defensa de Lérida, sitiada de nuevo por los franceses; iban gobernados por López de Arganza. Ante el nuevo intento de conquistar Lérida en 1646, el diputado Antonio Funes y Villalpando, al mismo tiempo que algunos nobles y caballeros, salió a reclutar hombres por el reino con intención de reunir una vez más los 3.000, de esta manera, y formándose dos tercios, salieron a socorrer Lérida, dirigidos en esta ocasión por Juan Fernández de Heredia, conde de Fuentes y diputado.

Las reiteradas necesidades bélicas, el desgaste creciente del reino a consecuencia de las circunstancias en que se iba desarrollando la guerra, de modo particular a causa de los gravosos alojamientos, los pillajes continuos y el exceso de contribuciones (bagajes de todo tipo, hombres, abastecimientos) al margen del servicio estipulado, llevó al monarca a convocar nuevas Cortes para Zaragoza. En dichas Cortes (1645-1646) se resolvió el pago de un servicio de 2.000 hombres, divididos en dos tercios de diez compañías cada uno; a ello se añadía el pago de 500 hombres a caballo pertenecientes al ejército real, y todo ello por cada año. Caso de que el reino no llegase a completar el número de los 2.000 hombres ofrecidos, lo cubrirían otros soldados de la corona, pagados igualmente por el reino. Tal servicio tendría una duración de cuatro años, si antes no finalizara el conflicto. El dinero necesario para el mantenimiento de este servicio iría a cargo del residuo de las Generalidades si bien ante la imposibilidad de cubrir con ello los gastos habría que recurrir a obtener las cantidades que restasen para completar las sumas necesarias cargándolo mediante «repartimiento» sobre la población del reino. El monarca, por su parte, contribuiría con municiones, armas y pan de munición para los soldados.

Entre otras medidas, frente al abusivo estado bajo el cual se iban realizando los alojamientos, tanto de las tropas del resto de la monarquía como de las levas y reclutas hechas en Aragón, a lo que habría que añadir la constancia y elevado número de los mismos, se iban a imponer serias restricciones, pese a que en muchos de los casos su efectividad quedaría muy reducida o anulada.

Cabe considerar otro aspecto planteado en estas Cortes, y que puede plasmar las circunstancias deficientes en que se iban realizando las levas del reino: las frecuentes quejas de muchos lugares de Aragón, por la utilización del censo de 1495 a la hora de realizar el reparto de cargas y tributos, dio lugar a que en dichas Cortes se ordenase la investigación de un nuevo censo que actualizara y adecuase el «repartimiento». El antiguo censo traía consigo un considerable desfase, tanto absoluto como relativo, con respecto a la población real a la que se debían ajustar las contribuciones fiscales (objeto para el que solían realizarse tales censos).

Consecuente con todo lo estipulado en Cortes, continuaba en marcha la política de servicios, a la que habría que añadir las nuevas demandas del rey, tanto al reino como a la ciudad de Zaragoza, para que contribuyeran con los hombres que pudieran, además de los que ya le correspondían por el servicio votado en Cortes. Esto nos manifiesta, por otra parte, el tremendo desgaste del ejército de Felipe III de Aragón en una guerra que ya se iba haciendo desmesuradamente prolongada. De este modo, mientras el reino trataba de reunir los 2.000 hombres que le tocaban, además y por su cuenta Zaragoza intentaba levantar un tercio de 800 hombres, a que se había comprometido, movida por las súplicas del monarca.

En 1648, año en que se verificó el intento conspiratorio del duque de Híjar Buscar voz..., se intentaban mantener los 2.000 hombres correspondientes a dicho año, mientras que Zaragoza levantaba 400 para el socorro de Tortosa, ciudad que había sido sitiada por los franco-catalanes, así como para establecerlo sobre Flix. Al año siguiente se trataba de mantener los soldados del servicio en las fronteras del reino, al igual que en 1650, año en el que Zaragoza contribuía con 600 más. Mínimo sería el servicio del reino durante el año de 1651, sobre todo si consideramos que este año daba término el pago estipulado en las Cortes de 1645-1646, además de haber disminuido considerablemente el peligro enemigo; la ciudad de Zaragoza, una vez más, trataba de reunir un tercio de 600 hombres, atendiendo a las nuevas demandas reales, cuyo fin en esta ocasión era el de mantener las plazas de Fraga y Mequinenza, con el fin de que las fuerzas realistas pudieran iniciar su campaña por tierras catalanas.

Durante el período transcurrido tras las últimas Cortes (1647-1651), los desórdenes fronterizos acaecían, aparte de la situación caótica general, de acuerdo a los focos bélicos existentes en cada momento. Es así como a consecuencia de los reiterados intentos franco-catalanes por conquistar Lérida (1646-1647) a manos de los generales franceses Harcourt y Condé respectivamente, se intensificarían las correrías en las zonas fronterizas próximas a la ciudad; lo mismo ocurrió cuando los acontecimientos se desarrollaron por la Castellanía de Amposta, especialmente durante el sitio y posterior conquista de Tortosa el año de 1648, mandadas las tropas francesas por el mariscal Schomberg.

La frontera pirenaica aragonesa tuvo a lo largo de la guerra, un carácter parcialmente distinto. La guerra, antes y después de la misma, dada la pugna entre Francia y España durante buena parte del siglo XVII, supuso allí un constante estado de vigilancia, mientras que a ambos lados del Pirineo los pillajes y correrías fueron habituales. Más delicada sería la situación del valle de Benasque, con frecuencia agredido por araneses y franceses. En tal situación, no sólo sus pobladores se encontraban incapacitados para realizar cotidianamente sus labores agrícolas y ganaderas para mantenerse en estado de alerta, sino que los mercaderes, aparte de enfrentarse a las serias restricciones fronterizas, se veían frecuentemente sorprendidos por delincuentes y soldados.

No acabarían allí las turbulencias históricas por las que en estos años iba caminando el reino, ya que como colofón de sus esfuerzos, el Aragón extenuado habría de enfrentarse a la epidemia que entre los años de 1647 y 1654 asolaría los reinos de la Corona de Aragón; calificada por Domínguez Ortiz como la mayor catástrofe que se abatiera sobre España durante los tiempos modernos, en Aragón se introduciría el año 1648, rebasando cronológicamente el final de la guerra de Secesión catalana, a lo largo de cuyo espacio se cobraría un elevado número de vidas sobre una población ya de por sí escasa y sumamente deprimida.

Así llegamos al año de 1652, en el que, ante el optimismo producido a consecuencia del nuevo sitio de Barcelona a manos de los ejércitos realistas -con el que los aragoneses juzgaban el posible fin de las hostilidades-, el reino servía con un tercio de 1.000 hombres, de los que 600 eran de la ciudad de Zaragoza. Iban gobernados por Jerónimo Agustín de Villanueva como maestre de campo. Con la conquista de Barcelona por Juan José de Austria finalizaba esta guerra, que tanto a la monarquía como al reino de Aragón y al mismo Principado había supuesto un serio deterioro humano, moral y económico.

Hemos podido observar cómo la guerra de Cataluña supuso la contribución por parte del reino en una serie continuada de servicios. Sin embargo, los datos numéricos sobre los mismos raramente coincidieron con los aportes reales de hombres con que sirvió Aragón durante la contienda; los motivos son diversos pudiendo ser reducidos a dos contenidos generales:

a) A los hombres que iban acudiendo de las universidades para satisfacer lo que les correspondía por «repartimiento» habría que añadir la cantidad de socorros y nuevos contingentes que tuvieron que levantarse, sobre todo en un primer momento para defender la frontera del reino, así como la autodefensa que muchos lugares tuvieron que organizar en las zonas fronterizas, con todo lo que ello suponía en hombres, materiales, dinero, etc. Todo lo cual hace suponer que el número real de hombres que movilizó el reino, de una forma o de otra, sería más elevado que el de los servicios que se han enumerado anteriormente.

b) La defectuosa administración de un reino que no contaba con un auténtico ejército, los localismos existentes y la falta de una estrategia realista ante la situación política y social de muchas universidades, a lo que había que unir el desconocimiento en muchos casos de la población real de los lugares, contribuían poderosamente a que la efectividad de las prestaciones otorgadas por los aragoneses no se acomodaran al número de hombres que correspondía dar por dicho servicio, aún más si cabe si consideramos la falta de carácter y elevado numero de deserciones de los hombres que había conseguido reclutar el reino.

La guerra, en conjunto, tuvo consecuencias desastrosas para el reino de Aragón, y es considerada como uno de los peores males sufridos por los aragoneses a lo largo de la modernidad, pues contribuyó decisivamente a la gran postración del reino durante el siglo XVII. Dormer Buscar voz..., cronista de Aragón, señala que, en el período comprendido entre los años 1640 a 1646, la guerra había costado a los aragoneses 5 millones de libras jaquesas, cifra que en cualquier caso resulta representativa de las calamidades que la misma supuso para Aragón. No sólo hubo de contribuir Aragón con servicios, sino que constantemente tuvo que sufrir las requisas y ceder bagajes de todo tipo para las fuerzas que de una forma u otra componían el ejército del rey Felipe, cubriendo de este modo las necesidades de su intendencia y movimiento mediante carros, mulas para el transporte, abastecimientos de toda índole, etc. Importante quebranto recibiría el reino por la infinidad de alojamientos, tanto de soldados del ejército real como de las propias levas del mismo, las cuales se caracterizaban por su indisciplina (motivada en gran parte por la falta de pagas y desprestigio social en que en ese momento se encontraba la milicia), ocasionando así todo tipo de males entre la población que les había de acoger; a la que además se exigía fuertes contribuciones, que no tenían los habitantes de los lugares obligación de dar, y que excedían de por sí sus exiguas posibilidades. Esta situación se agravaba cuando los alojamientos eran continuos o permanentes. La incomodidad de los regnícolas quedará patente con la matanza de valones, que acaeció en la ciudad de Zaragoza el año 1643.

Las habituales rapiñas, devastación de los campos y la tala de árboles por el paso de las tropas fueron constantes en estos momentos, siendo decisivas en las fronteras invadidas, que quedaron asoladas. Al notable retroceso demográfico de estos años habría que sumar el elevado movimiento migratorio que experimentó el reino, sobre todo a las ciudades y desde los sitios fronterizos. No pocos desarraigados contribuyeron a incrementar las filas, ya nutridas, de vagabundos, vagos y delincuentes que merodeaban por el reino; precisamente la ciudad de Zaragoza se caracterizó por la gran cantidad de gente ociosa que por estos años la habitaba.

Por último, al no poseer Aragón ejército propio y tener que recurrir a constantes reclutas y levas eventuales, así como a la propia defensa en los lugares de frontera, fueron no pocas las manos que dejaron de laborar los campos, contribuyendo todo lo expuesto a deteriorar más la ya decadente infraestructura aragonesa. De este modo, con la guerra de Secesión el reino afianzaba la galopante depresión que ya sufría.

• Bibliog.:
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