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Gil, Juan

Contenido disponible: Texto GEA 2000

(Olvés, Z., h. 1500-1555). Llamado comúnmente «el Doctor Egidio» por la latinización de su apellido. Teólogo erasmista y gran predicador, largos años magistral de Sevilla, acusado finalmente de protestante procesado dos veces por la Inquisición. Boehmer, don Marcelino, Hazañas y La Rúa, y tras ellos todos le hacen nacer en Olvera (Cádiz), pero nació en Olvés (Z.), según consta en varios documentos: A.H.N., Inq. Lib. 323, f. 131; Sim. Est. 137.3, etc. En muchos se dice sólo que es «de tierra de Calatayud».

Ingresó en la progresista Universidad de Alcalá en 1525, donde tuvo por condiscípulos -entre otros también famosos como Juan de Ávila, Loyola, Diego Laínez, Pedro Guerrero- a sus dos compañeros de desgracia: el doctor Constantino y el humanista Francisco Vargas. Debió de ir estimulado por el aragonés Mateo Pascual. Se graduó de bachiller en 1527. Enseñó primero en Sigüenza, pero el maestro Pedro Alexandro, colega complutense y antecesor en la magistralía, hizo que le fuera dada ésta, ya en 1533. El arzobispo Manrique, a la vez Gran Inquisidor, y erasmista, contaba con alumnos de Alcalá para su tarea moderadamente reformadora.

Quizá no pase de fábula propagandística la historia de que cambió radicalmente de modo de pensar al entrar en contacto con un gentilhombre andaluz no muy ilustrado pero ya adicto al «luteranismo», don Rodrigo de Valer, como se cuenta en las Artes de la Inquisición. En pocos años alcanzó enorme fama de predicador, que movió a Carlos V a proponerlo para la sede de Tortosa en 1549. Su acusación parece procedió del escritor sevillano Pero Mexía, al igual que la del Dr. Constantino, un tímido erasmista irresoluto, calificado por González de Montes (pseudónimo que acaso haya que identificar, según Gordon Kinder, con Casiodoro de Reina) como «hombre que ridículamente se irrogaba el título de filósofo sin ciencia ninguna útil» y por Cipriano de Valera -ambos por sevillanos lo conocieron bien, antes de huir en 1555 a Ginebra- como «hombre muy supersticioso y todo papístico, que... persiguió muy mucho al buen doctor Egidio». La Inquisición entresacó unas cuantas docenas de proposiciones atribuidas a él en sus sermones, al mismo tiempo que, como evidencian cartas entre la Suprema, Carlos V (entonces en Bruselas) y el nuevo Inquisidor Valdés, arzobispo de Sevilla, quedaba en suspenso la publicación de su preconización para Tortosa.

Su proceso produjo gran conmoción popular, pero fue tratado muy benignamente. Recluido primero en el monasterio trinitario, al amparo de fray Juan Beltrán, aragonés de Monzón, quien lo defendía, sus doctrinas fueron calificadas desfavorablemente en una junta especial de Valladolid, y especialmente atacadas por el dominico Domingo de Soto. El 21-VIII-1552 abjuró de diez proposiciones, se retractó de ocho y dio mejor sentido a otras siete.

Aunque el proceso se ha perdido, se conservan la sentencia final y este texto de abjuración en la Biblioteca Colombina de Sevilla. Básicamente sus doctrinas son un cierto erasmismo avanzado, como ha demostrado Bataillon, más ciertos ribetes de calvinismo, nunca de «luteranismo», término confuso usado por la Inquisición con más miedo que ignorancia. Biblismo frente a la corruptela escolástica; justificación por la fe, que estimula a la caridad y es garantía de esperanza por acción directa del Espíritu; ineficacia de mortificaciones y prácticas devotas, de oraciones a los santos, de seudopiadosas supersticiones populares.

Condenado tan sólo (poco después le hubiera costado la vida) a un año de prisión en el castillo inquisitorial de Triana, se quejó de su insalubridad y siguió recluido en la cartuja de Jerez, reintegrado luego a su canonjía, pero con prohibición de predicar, hasta su muerte, acaecida en noviembre de 1555.

No parece que publicara nada en vida, por más que resulte extraño, pero en las Artes se dice que dejó manuscritos (que se han debido de perder), comentarios en castellano sobre el Génesis, los Salmos, el Cantar (mucho antes de fray Luis de León), y a la Epístola a los Colosenses. Contrastaría con la enorme actividad editorial de su compañero Constantino. Cuando por nuevas acusaciones de Mexía y de los jesuitas cayó éste en la cárcel de la Inquisición, se revisó el proceso de Juan Gil en 1559. El 15 de abril pidió el cabildo destruir su sepulcro, de epitafio laudatorio. Muerto aquél en la cárcel, los huesos de ambos, y los de Vargas, con «estatuas de los dos primeros en sendos púlpitos y la del tercero en una cátedra», salieron en la procesión del auto de fe de 20-XII-1560, y fueron quemados públicamente.

Hoy se está seguro de que la Inquisición no tenía razón para castigarlos como herejes, por lo que igualmente se excede, como siempre, don Marcelino; tampoco la tienen quienes desde el ala opuesta tienen al Doctor Egidio como padre del protestantismo sevillano, sean protestantes o el mismo inquisidor Valdés, quien escribía al papa en septiembre del 1558 sobre los muchos «apasionados y aficionados y secuaces del Doctor Egidio, de quien les quedó el lenguaje de sus errores y falsa doctrina». Despojado de la leyenda, sin embargo, Aragón debe estar orgulloso de haber recuperado para la nómina de sus hijos ilustres a este famoso heterodoxo, no hereje formal, del XVI, lamentando solamente que sus obras hayan desaparecido.

• Bibliog.: González de Montes, R.: Artes de la Inquisición española (ed. lat., Heidelberg, 1567); trad. de Usoz, Madrid, 1851. Valera, C. de: Los dos tratados del papa de la misa; Londres, 1588. Shaeer, E. H.: Beitrage zar Geschichte des spanischen Protestantismus und der Inquisition im sechzerten Jahrhundert; Gutersloh, 1902. Menéndez Pelayo, M.: Hist. de los heterodoxos españoles; ed. B.A.C., Madrid, 1957. Lea, H. Ch.: A History of the Inquisition in Spain; New York, vol. III, 1922. Bataillon, M.: Erasmo y España; México, 1966. Beltrán De Heredia, V.: Domingo de Soto; Salamanca, 1961. Huerga, A.: Predicadores, alumbrados e inquisidores en el siglo XVI; Madrid, 1971.

 

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