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Alfares

Contenido disponible: Texto GEA 2000

Se conoce como alfar tanto al obrador (lugar de trabajo del alfarero), como, especialmente, a la localidad o centro que contó o cuenta con algún tipo de producción cerámica.

En cuanto al alfar como lugar de trabajo, lo corriente en cualquier centro es haber contado con más de un obrador: muy a menudo se alcanzaba el elevado número de veinte, treinta o hasta cuarenta de ellos; resultan muy significativos los casos de la ollería de Almonacid de la Sierra (Zaragoza), sobre la cual la documentación de los siglos xvii y xviii muestra que oscilaba entre 15 y 37 obradores, número que se iría reduciendo paulatinamente hasta la escasa media docena del siglo xx y su total extinción actual. A comienzos de este siglo, las localidades de Tobed (h. 1929) y Villafeliche (h. 1914-15) contaban con unos cuarenta obradores, que en el primer caso se han agotado totalmente y en el segundo queda en la actualidad una sola alfarería, como muestra de una parte de su anterior producción.

En general también, los obradores estuvieron reunidos y concentrados en un mismo lugar. De ello se conserva muy a menudo el recuerdo en la forma como se nombra esa zona: así, en Calanda (T.), el último cantarero está situado en la calle «Cantareros»; en Valbona (T.), alfar asimismo extinguido, queda el nombre de la calle «de las Ollerías», indicándonos el lugar donde trabajaron; en Crivillén (T.) y en Abizanda (H.) el terreno y la casa en las que se obró se conoce aún como «la Cazolería» y «Casa Cazolero», respectivamente. Más significativo aún es el caso de Tobed, cuyo volumen productivo está señalado por todo un barrio alfarero, constituido únicamente por los talleres de trabajo y que, situado al otro lado del río Grío, se sigue denominando hoy «los Obradores», aunque éstos se hallen ya abandonados. En otras localidades como Torrijas (T.), Aso Veral o Ejea de los Caballeros (Z.) las alfarerías se ubicaron en lo que se sigue llamando hoy «la Tejería» o «las Tejerías». En Alcañiz (T.) y Calatayud (Z.) se conservan todavía un barrio de «Cantareros» y una calle «de la Cantarería», y asimismo la hubo en Zaragoza capital, en la parroquia de San Pablo, próxima a la «de los Tejares» (actual «de Predicadores»). En distintas zonas oscenses: Sarsamarcuello, Abiego o La Puebla de Castro se mantienen las denominaciones de «Casa Tinajer» o «Tinaller» o «la Tinallería», como recuerdo de esta antigua y extinguida producción.

En este sentido de obrador, cada alfar ha contado y cuenta con una serie de dependencias y lugares de trabajo necesarios. Primeramente, una explanada exterior donde triturar la tierra y hacer el barro, bien en un montón (caso de las cantarerías de mano) o bien en balsas (en general en la cantarería de torno, ollería y cerámica decorada). Con este barro se realizan las piezas a mano o a torno, lo que requiere a su vez un lugar cerrado con luz suficiente para hacer este trabajo y también con amplitud necesaria para el almacenamiento de la obra cruda por cocer y de la producción ya concluida. Estas dependencias se conocian en Sestrica (Z.) como «las cambras», llamándose documentalmente «la botiga» al almacén en el que se reunía la obra lista para la venta directa.

El horno o los hornos son, finalmente, otro elemento esencial, pudiendo contar cada obrador con uno o más hornos, de distintas capacidades, en los que a veces se cocía uno u otro tipo de producción; o bien contaban en otros casos (como Calanda, Tronchón o Gea de Albarracín, en Teruel) con hornos comunales, en los que cocían conjuntamente su obra varios alfareros por lo cual colocaban «marcas» distintas a la de cada uno para distinguirlas con facilidad al descargar el horno.

Cada obrador solía contar con varios alfareros activos, entre los cuales, además del maestro en el oficio (que regía y dirigía la producción), podía haber oficiales contratados y algún mancebo o aprendiz en proceso de formación. Por otra parte, casi todos los alfares aragoneses, es decir las localidades que contaron con algún tipo de producción cerámica, rigieron su Gremio de Alfareros mediante Ordenanzas, que en lo religioso establecían las festividades en honor de sus patronos (San Hipólito y las Santas Justa y Rufina) y fijaban las fórmulas de enterramiento y misas por los difuntos del oficio; y en lo laboral regulaban la jerarquía (la manera de ir escalando puestos dentro de su escalafón: exámenes, etc.) y el gobierno del gremio. Para esto último se nombraban, entre otros cargos, dos mayordomos que lo rigieran y veedores para vigilar que la obra se ajustase a las formas, medidas y calidad establecidas previamente. Era una forma de mantener un nivel de calidad que protegiese el renombre y prestigio de un alfar, sirviendo también muchas veces el gremio como suministrador de las materias primas más indispensables, especialmente el barniz y los colores.

Aragón ha sido especialmente importante en el terreno de la cerámica: ha tenido un elevado número de alfares o localidades con este tipo de producción, en las que se elaboraron todas sus especialidades más características (azulejería Buscar voz..., cantarería Buscar voz..., cerámica Buscar voz..., cerámica Buscar voz... decorada, ollería Buscar voz...). Centros alfareros aragoneses han sido Abiego, Abizanda, Alagón, Albelda, Alcampel, Alcañiz, Alcorisa, Alfamén, Alhama de Aragón, La Almolda, Almonacid de la Sierra, Alpartir de la Sierra, Aso Veral, Ateca, Ayerbe, Bandaliés, Barbastro, Bárboles, Beceite; quizás Belchite; Belmonte de Calatayud, Benabarre, Biescas, Borja, Bronchales, Cabra de Mora, Cadrete, Calamocha, Calanda, Calatayud, Calcena, Cantavieja, Codos, Crivillén, Cuatro-Corz, Chodes, Daroca, Ejea de los Caballeros, Encinacorba, Foz, Fraga, Fuentes de Ebro, Fuentes de Jiloca, Gea de Albarracín, Gotor, Huesa del Común, Huesca, Illueca, Jaca, Jarque, Lumpiaque, Magallón, Maluenda, María de Huerva; quizás Mazaleón; Montoro, Monzón, Mora de Rubielos, Morata de Jalón, Muel, Naval, Orihuela del Tremedal, La Puebla de Castro, Rafales, Rubielos de Mora, Santa Cruz de Moncayo, Santa Cruz de Grío, Sarsamarcuello, Sestrica, Sos del Rey Católico; quizás Tabuenca; Tamarite de Litera, Terrer, Teruel, Tierga, Tobed, Torrijas, Torrijo de la Cañada, Tórtoles-Tarazona, Trasmoz, Tronchón, Uncastillo, Valbona, Villafeliche, Villanueva de Gállego, Villanueva de Jalón, Villanueva de Jiloca, Villarroya de la Sierra y Zaragoza. La mayor parte de ellos están en la actualidad extinguidos, subsistiendo únicamente como centros de producción tradicional los de Alhama de Aragón, Ateca, Calanda, Fraga, Fuentes de Ebro; escasamente Huesa del Común; Magallón, María de Huerva, Muel, Naval, Teruel y Villafeliche.

Además de esto, en algunas localidades encontramos hoy alfareros y ceramistas «de nueva instalación», que en ocasiones obran partiendo de lo tradicional y que en otros casos hacen un tipo de obra más actual, que de cualquier manera potencia y valoriza a estas localidades. De este tipo hay producción en Alcañiz, Borja, El Burgo de Ebro, Calaceite, Capella, Cariñena, Contamina, Fraga, Muel, Villanueva de Gállego, Zaragoza y Zuera.

• Bibliog.: Álvaro Zamora, María Isabel: Cerámica aragonesa I; col. Aragón, n.° 2, Librería General, Zaragoza, 1976. Id.: Cerámica aragonesa decorada; col. Estudios n.° 2, Libros Pórtico, Zaragoza, 1978. Id.: Alfarería popular aragonesa; col. Estudios, Libros Pórtico, Zaragoza, 1980.

 

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