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Fruticultura

Contenido disponible: Texto GEA 2000

El cultivo de las especies frutales de hueso y pepita en Aragón se fundamenta en bases firmes. Son numerosos y antiguos los testimonios escritos sobre los frutos de sus vegas, en los que se alude unánimemente a la calidad de los mismos. De estos testimonios, el del poeta bilbilitano Marco Valerio Marcial en el siglo I de nuestra era es, sin duda, el más elocuente en relación con la antigüedad de la fruticultura aragonesa. A causa principalmente de la pluviometría que alcanza niveles muy bajos de precipitación media anual, el cultivo frutal de Aragón se concentra necesariamente en los regadíos, si bien se ve afectado por otros factores limitantes y, con carácter general, por la alcalinidad de los suelos.

Las principales zonas frutícolas aragonesas son las siguientes:

—el río Ebro, que al atravesar la provincia de Zaragoza de oeste a este hace posible una serie de regadíos, prácticamente ininterrumpida, por medio de canales derivados de presas y ocasionalmente de elevaciones. Son factores desfavorables a la fruticultura en esta zona el clima netamente continental, con oscilaciones térmicas muy acusadas, y los fuertes vientos dominantes del noroeste o sureste a que se ve sometida como consecuencia de la altura de los sistemas montañosos que la rodean;

—los ríos Jalón y Jiloca, que cuentan con la más larga tradición de cultivo frutal y dan lugar a regadíos estrechos bordeados de montañas. Únicamente el valle del Jalón se ensancha a partir de La Almunia de Doña Godina, hasta su desembocadura en el Ebro. Las heladas primaverales, muy frecuentes en esta zona, constituyen el principal obstáculo de su fruticultura;

—los ríos Guadalope, Martín y Matarraña, que atraviesan el Bajo Aragón y dan origen a regadíos que cuentan asimismo con tradición frutícola. Existe también, cerca de Alcañiz, la zona de regadío de Valmuel, en la que la fruticultura es cultivo preferente;

—los nuevos regadíos que se extienden, en dirección oeste-este, al norte del río Ebro, abastecidos por aguas almacenadas en pantanos que distribuyen los canales de Bardenas, Monegros y Aragón y Cataluña, dando nombre a las zonas que riegan. Abarcan diferentes tipos de suelos, que a veces llegan a ser factor limitante para el establecimiento de plantaciones frutales por su salinidad o escasa profundidad.

La distribución de las diferentes especies frutales de hueso y pepita en los regadíos aragoneses, se ve naturalmente influenciada por las características de las áreas regadas, que imponen limitaciones al desarrollo de unas u otras, y sus propias exigencias de adaptación. En términos generales, las especies de pepita se encuentran localizadas preferentemente en zonas de mayor altitud, mientras las de hueso se concentran en niveles más bajos. En la actualidad, tanto las variedades como los patrones de las distintas especies se encuentran en permanente revisión, como resultado de la afluencia de nuevas selecciones de procedencia extranjera. Normalmente, las variedades cultivadas de antiguo, que casi nunca eran autóctonas (con excepción de las de melocotonero del tipo de carne dura), se han sustituido por otras más productivas. Del mismo modo, los patrones procedentes de semillas o sierpes utilizados tradicionalmente, vienen siendo desplazados por otros propagados vegetativamente. Esta evolución afecta al conjunto de variedades y patrones, aunque en distinto grado según especies (albaricoquero, cerezo Buscar voz..., ciruelo Buscar voz..., manzano Buscar voz..., melocotonero Buscar voz... y peral Buscar voz...).

Por su antigüedad la fruticultura aragonesa se ha venido practicando bajo la concepción clásica de este cultivo. Los árboles frutales, injertados sobre patrones francos muy vigorosos y formados sobre tallo alto, alcanzaban gran desarrollo y se plantaban muy distanciados o en las márgenes, para hacer posible la asociación, bajo su vuelo, de cultivos herbáceos anuales. Este tipo de fruticultura requería escasas inversiones iniciales, largos períodos de espera hasta alcanzar la fase productiva de los árboles y elevados gastos de poda y recolección, que necesariamente habían de efectuarse con auxilio de escaleras. De otra parte, la calidad de las cosechas de estas plantaciones se veía afectada por la vecería y las dificultades que la altura de los árboles planteaba a la aplicación de tratamientos fitosanitarios y al aclareo de frutos.

Desde hace algún tiempo, sin embargo, la evolución de la fruticultura aragonesa hacia nuevas variedades y patrones se hace extensiva al planteamiento de las plantaciones. La adopción de sistemas intensivos basados en la plantación sobre patrones poco vigorosos a distancias reducidas y la poda de los árboles en formas bajas, se viene imponiendo. Por otro lado, la generalización de los sistemas intensivos, sobre todo en las zonas que cuentan con más vieja tradición frutícola, es lenta tanto por encontrarse prácticamente plantadas en su totalidad de acuerdo con los viejos usos, cuanto por cierta resistencia a la innovación de algunos fruticultores.

Cuantitativamente, la producción de frutos de hueso y pepita en Aragón alcanza considerable importancia, destacando en su conjunto la relativa a determinadas especies. Las manzanas y melocotoneros constituyen los dos apartados más importantes de la cosecha aragonesa de frutas, seguidas de peras y cerezas. Las producciones de albaricoques y sobre todo de ciruelas tienen, por el contrario, escasa importancia.

 

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