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Foz y Burges, Braulio

Contenido disponible: Texto GEA 2000  |  Última actualización realizada el 19/01/2009

(Fórnoles Buscar voz..., T., 1791 - Borja Buscar voz..., Z., 1865). Cursó primeros estudios en Calanda Buscar voz..., y en 1807 aparece matriculado en la Universidad de Huesca Buscar voz.... Allí, como otros muchos compañeros, tomó las armas contra la invasión francesa y, tras distinguirse en la acción de Tamarite, fue preso en el sitio de Lérida y conducido a Francia. Era su primera estancia allí, que parece haber aprovechado -según propio testimonio- para completar estudios y ejercer el profesorado. Acabada la guerra, vuelve a Huesca y entre 1814 y 1816 dicta la cátedra de Latinidad en la agonizante Universidad Sertoriana. Tras una larga residencia en Cantavieja, en 1822 es catedrático de Griego en la de Zaragoza, aunque el final del Trienio Constitucional en 1823 lo lleva de nuevo a Francia, ahora como exiliado por doce años, hasta después de la muerte de Fernando VII. A su regreso, se reintegra a la docencia y en 1838 funda El Eco de Aragón Buscar voz..., periódico liberal Buscar voz..., que redacta casi en exclusiva y que habla elocuentemente de sus convicciones. Ocupa el decanato de la Facultad de Letras zaragozana (antes hubo de obtener el grado, como prescribían los decretos ministeriales que acabaron con la libertad universitaria en que siempre se movió Foz) el año de 1861, dos antes de su jubilación y cuatro antes de su muerte

Su folleto Reflexiones a M. Renan (Barcelona, 1864) incluye una relación de sus obras que ilustra muy bien sobre las dimensiones intelectuales de unos hombres que vivieron el fin del Antiguo Régimen Buscar voz..., enseñaron en una Universidad transicional y contemplaron el reemplazo de las viejas disciplinas clásicas por otras más técnicas, mediando la discusión política y ciudadana. Se trata, en suma, de un curriculum bastante frecuente entre los universitarios de provincias que incluye títulos profesionales (Plan y método para la enseñanza de las letras humanas, 1820; Literatura griega, 1849; Arte latino, 1842), obras de alcance filosófico y jurídico (El verdadero derecho natural, 1832; Derechos del hombre, 1834; Documentos filosófico-religiosos y morales, 1861), esbozos históricos (como el quinto tomo, Del gobierno y fueros de Aragón, 1850, que añadió a la Historia de Aragón de Antonio de Sas, reimpresa por sus cuidados en el taller de Roque Gallifa, con el que siempre trabajó). Su hostilidad a las nuevas corrientes filosóficas, compatible con su peleón liberalismo, es visible en la impugnación a la Vie de Jesus de Ernest Renan que hemos citado más arriba, o la Terre et ciel del teólogo condenado por la Iglesia, Jean Reynaud. A ellas deben añadirse las de una larga lista que el autor da como «impresas y no publicadas»: un Modelo perpetuo de inaugurales. Discurso satírico, donde se burla de estas liturgias académicas; unos Documentos religiosos, morales, históricos y políticos para el último período de la primera enseñanza, etc. Declara haber perdido en su azarosa vida unas Excelencias de lengua española, un Diccionario histórico-crítico español (revolucionario) desde 1808, y traducciones de Demóstenes, Esquines y Anacreonte.

Cinco comedias tenía dispuestas para la imprenta y de ellas conservamos los manuscritos: Quince horas de un liberal de 1823 (en prosa y verso), La palabra de un padre (en prosa) y una trilogía sobre la homeopatía, El homeópata fingido, Los homeópatas de provincias y La derrota de la homeopatía, todas ellas en prosa. Esto, más algunos versos de circunstancias, sería toda la obra de Foz (destinada por sus méritos a un benévolo olvido), si no hubiera publicado en 1844 su Vida de Pedro Saputo, natural de Almudévar, hijo de mujer, ojos de vista clara y padre de la agudeza. Sabia Naturaleza su maestra, impresa por Roque Gallifa. En nuestro siglo ha sido reimpresa en varias ocasiones y es difícil regatearle la condición de la obra de autor aragonés más importante desde Gracián Buscar voz.... Entre las reediciones, nombrar la de 1927 por el S.I.P.A.; en 1959, al cuidado de Francisco Ynduráin, por la Institución «Fernando el Católico»; en 1973, Ed. Laia, de Barcelona, reprodujo la anterior, con un prólogo de Sergio Beser; en 1980, la Nueva Biblioteca de Autores Aragoneses edita el estudio y texto de Ynduráin, muy enmendados, con un texto epilogal de Rafael Gastón Burillo.

Es sabido que el origen de Pedro Saputo se halla en un personaje folclórico, héroe de refranes y anécdotas que se recogen ya a fines del XVI y que Foz pudo oír de viva voz en sus largas estancias oscenses. Pero, evidentemente, para la novela de 1844 eso es solamente un punto de partida. Aunque publicada en plena época romántica, poco de esa escuela tiene el autor que abomina explícitamente del adjetivo «pintoresco» tan usado por aquélla y que -en pleno momento del relato histórico- excluye cualquier datación temporal y aun ambiental de una novela que se pretende intemporal: no sabemos, siquiera, quién es el virrey de Zaragoza (rasgo que apuntaría al XVI o XVII, aunque sea muy poco exacto) al que visita al final, ni el rey que desea verlo en Madrid. Foz había leído muy bien las novelas del Siglo de Oro y, particularmente, a Cervantes: su desenvoltura narrativa, su tono de ironía, sus reflexiones como narrador, se atienen a esa progenie, como su ideología -la idea algo estoica de la vida («siempre llevaba consigo el Manual de Epicteto»), el concepto de Naturaleza como espontaneidad, sus críticas anticlericales y sus rasgos epicúreos- parecen también cervantinos, pero mitigados por el espíritu laico y burgués, socarrón y crítico, de un siglo XVIII que sigue estando presente en su obra, a mediados del XIX.

La Vida de Pedro Saputo se divide en cuatro libros, con cincuenta y cuatro breves capítulos en total. Se narra como la crónica de un personaje ya muy conocido y de ahí que su andadura tenga a veces un aire temático (según las virtudes y habilidades del protagonista) que, sin embargo, se superpone a un relato de viaje -técnica que es la del Quijote, más que la de la novela picaresca-: -viaje que recorre- y aquí la precisión toponímica y descriptiva es extrema- todo el Somontano oscense. Pocas aventuras son estrictamente originales, pero todas deliciosas: la entrada en el convento de monjas disfrazado de mujer (y el enamoramiento de dos novicias) fue utilizada por Sender Buscar voz... en El verdugo afable; el milagro de Alcolea, el cuento de la justicia de Almudévar o el pleito del sol tienen una antigua prosapia, lo mismo que el registro de novias y novios, calcado de otros de la literatura áurea española. El secreto del arte de Foz reside, pues, en la atractiva trabazón del conjunto, que sabe mezclar con rasgos de observación más «novelescos»: la relación con la madre, el amor por Morfina..., que dan a ese personaje, divertido pero algo irreal, una dimensión más humana. Y un secreto no menor es la perfecta adecuación de un lenguaje de resonancias clásicas que sabe salpicar de modismos aragoneses Buscar voz... que convierten la novela en un filón para el lingüista (Sender utilizó en el Réquiem una ringlera de insultos que allí pone en boca de una vieja y que proceden de un paso de la novela de Foz), y otro no menor para quien estudie la imagen que los aragoneses han tenido de sí mismos (abundan, en efecto, las caracterizaciones morales de pueblos concretos).

 

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