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Filosofía moral musulmana

Contenido disponible: Texto GEA 2000  |  Última actualización realizada el 15/03/2011

Una de las características de la filosofía surgida en la Frontera Superior Buscar voz..., la que luego será la Corona de Aragón Buscar voz..., es su interés por la moral y la ética (v. Pensamiento musulmán). En efecto, se pueden señalar tres posturas significativas al respecto. Una es la expresada a través de sentencias, aforismos y ejemplos, representada por los judíos Buscar voz... Ibn Gabirol Buscar voz... (h. 1070-1141) y Mosé Sefardí o Pedro Alfonso Buscar voz... (h. 1062, después de 1121). Otra es la que construye un sistema filosófico coherente y científico de la moral, como es el caso de Ibn Gabirol e Ibn Paqûda Buscar voz... (h. 1080). Y finalmente, dentro de éste último grupo, pero con características propias, la del musulmán zaragozano Avempace Buscar voz... (h. 1070-1138).

Respecto a la primera postura, hay que señalar, dentro de Ibn Gabirol una obra, Selección de perlas, compuesta en árabe en Zaragoza (trad. G. Maeso, Barcelona, 1977). Se trata de una colección de 652 sentencias práctico morales, divididas en 64 capítulos, de profundo sabor oriental, bíblico, islámico y griego. Como una de las fuentes de este libro en Oriente se suele señalar una compilación de sentencias de Hunayn ibn Ishâq (809-873) extraídas de los más diversos orígenes y puestas en árabe en la llamada «Casa de la Sabiduría» de Bagdad. Esta colección corrió por todo el mundo musulmán hasta llegar a Al-Andalus Buscar voz..., donde fue perfectamente conocida. Y, dentro de Al-Andalus, también es un precedente de la Selección de perlas, la obra del cordobés Ibn Hazm (990-1063), Los caracteres y la conducta, también compuesta de una serie de sentencias de sabor oriental. El libro Selección de perlas se abre con un primer capítulo dedicado a la sabiduría, muy influido por el estoicismo griego, igual que su predecesor Ibn Hazm. El resto de la obra está puesto en boca de un sabio que habla unas veces en solitario y otras dialogando con sus alumnos.

La otra obra de moral sentenciaria es la de Mosé Sefardí que, al convertirse al cristianismo, adoptó el nombre de Pedro Alfonso. Su título es Disciplina clericalis (trad. M. J. Lacarra, Z., 1980). La obra está compuesta en forma de diálogo, como la de Ibn Gabirol, Selección de perlas, sólo que los protagonistas varían a lo largo del libro: unas veces es el maestro y el discípulo; otras, un padre y su hijo. Por otro lado, Pedro Alfonso se propone enseñar, utilizando multitud de cuentos y anécdotas tomadas probablemente de las mismas fuentes que Ibn Gabirol e Ibn Paqûda.

Mayor importancia para la filosofía moral es la segunda postura señalada arriba y que está representada por Ibn Gabirol también y por Ibn Paqûda. Es en esta dirección donde el pensamiento que se ofrece en la Frontera Superior es totalmente nuevo en el judaísmo Buscar voz..., marcándose así una nueva dirección en la especulación ética.

En efecto, la ética del pueblo judío la constituía solamente hasta el momento un conjunto de normas, leyes y preceptos, sin ninguna estructuración conceptual, ni esquema filosófico, basados exclusivamente en los mandatos emanados del mismo Dios y plasmados, sobre todo, en el Pentateuco y en una serie de proverbios y reglas de conducta que luego cristalizaron en los libros sapienciales de la Biblia y en el Talmud. Buena prueba de ello eran los 613 preceptos de la Ley, los cuales sistematizó por primera vez Sa’adia Gaón (882-942), pero que puso en verso de una manera más clara precisamente Ibn Gabirol en su obra en verso escrita en Zaragoza, Azharot. El primer intento de sistematización fue llevado a cabo en el s. IX-X por el mismo Sa´adia Gaón, en su obra Libro de las creencias y de los dogmas, en que insinuó, de pasada y muy brevemente, la posibilidad de deducir algunas de las virtudes y vicios de los tres impulsos del alma humana, a saber, de la atracción, repulsión y discernimiento.

Pero es en Zaragoza, en el s. XI, cuando la situación cambia por completo, concretamente con Ibn Gabirol, primero, y con Ibn Paqûda, después.

Ibn Gabirol, en efecto, con su libro La corrección de los caracteres (trad. de J. Lomba, Z., en Prensas de la Universidad de Zaragoza, 1990), compuesto en árabe en Zaragoza, en 1045, tal como dice al comienzo del escrito, lleva a cabo, por primera vez en el mundo judío, un sistema completo de ética, y ello sin partir de la revelación religiosa, construyendo, por el contrario, su pensamiento racionalmente, tomando como punto de partida la física, biología y fisiología del momento y la observación humana. Lo cual no quita que, una vez establecido racionalmente el esquema de las virtudes y los vicios, confirme sus hallazgos científicos con los textos de la Biblia, con lo cual, de paso, demuestra la racionalidad de la Revelación divina.

Ibn Gabirol parte de la idea de que el hombre es un microcosmos, es decir: una reproducción en pequeño del macrocosmos o universo, a la manera como lo plantearon los autores de la Enciclopedia de los Hermanos de la Pureza, lo cual quiere decir que todo cuanto se halla en el universo y en el cosmos, se encuentra también en el hombre, con el añadido de que éste, como microcosmos, constituye la culminación de todo lo creado, el resumen de cuanto existe, desde lo más bajo hasta lo más alto. Como consecuencia de lo dicho, el hombre está compuesto para Ibn Gabirol de los cuatro elementos de que se compone el mundo, a saber: tierra, agua, aire y fuego, y de las cuatro cualidades cósmicas: seco, húmedo caliente y frío, aparte de los cuatro humores fundamentales de la vida propiamente humana: bilis amarilla, bilis negra, sangre y flema. Para extraer Ibn Gabirol de todos estos factores su sistema ético, los analiza de dos maneras. Uno, combinando dichos elementos entre sí, tal como en la Introducción a la obra expone en un cuadro sinóptico. Otro, analizando estos mismos factores estudiando uno por uno los cinco sentidos externos del hombre (vista, oído, tacto, gusto, olfato), asignando a cada uno de ellos sus correspondientes virtudes y vicios. También diseña para ello otro cuadro sinóptico en la misma Introducción. Y todo este material constituye el campo sobre el que la razón y la libertad tienen que trabajar, para aprovechar lo bueno de cada una de las virtudes y aun de los vicios y para rechazar lo malo.

Así, Ibn Gabirol, encabeza su obra con una larga introducción dividiendo el resto el libro en cinco partes, correspondientes a los cinco sentidos externos del cuerpo humano, incluyendo en cada una de ellas cuatro capítulos con los cuatro caracteres, virtudes y vicios innatos correspondientes al sentido de que se trata. En total, por tanto, resultan veinte capítulos que son, ni más ni menos, los veinte caracteres o virtudes-vicios fundamentales del hombre, con los cuales ha de habérselas.

El otro representante de esta sistematización de la ética es Ibn Paqûda en su libro Los deberes de los corazones. En él, a diferencia de Ibn Gabirol, no acude en absoluto a esta tipología fisiologista de la conducta, aunque no parece desconocerla. Sin embargo, ambos coinciden en la manera estrictamente racional de dividir el libro en capítulos, de acuerdo con un principio e idea clave, aunque distinta en cada uno de los dos.

El libro de Ibn Paqûda, es ligeramente posterior a La corrección de los caracteres y a la Selección de perlas. Pudo haber sido escrito hacia 1080, originariamente en árabe. Ibn Paqûda conoció probablemente las dos obras de Ibn Gabirol, pues con cierta frecuencia alude a la base fisiológica de los caracteres, cualidades, virtudes y vicios, sin que ello sea su tema central, como lo es en el caso de Ibn Gabirol. Por otro lado, pudieron haber influido también los libros de Ibn Gabirol en Ibn Paqûda, pues hay a veces coincidencias textuales en lo que a sentencias y anécdotas se refiere.

Los deberes de los corazones estructuran la vida ética y moral de la siguiente manera. En primer lugar, insiste en la introducción del libro en la idea de que la verdadera vida religiosa y moral no está en la práctica de los deberes externos que se cumplen con el cuerpo y de los cuales son testigos Dios y los demás hombres, sino en el cumplimiento de los deberes internos o «deberes de los corazones», que sólo Dios y el hombre conocen y que nacen de la más profunda intimidad y libertad del hombre. En ellos reside la auténtica vida espiritual y sin ellos la vida de culto externo de nada vale ante Dios. De esta manera, deduce con un rigor racional asombroso (que demuestra un buen conocimiento de la lógica aristotélica) toda la vida espiritual a partir del primer principio, el de la fe en existencia de un solo Dios, la cual prueba en el capítulo primero (el más filosófico de todos). A continuación, procede a deducir los nueve restantes deberes de los corazones en otros tantos capítulos, los cuales contienen: la necesidad de reflexionar en las criaturas para que nos lleven a Dios, la sumisión a Él, el abandono en sus manos, la pureza de intención de nuestros actos, la humildad, el arrepentimiento, el examen de conciencia (propone treinta maneras de hacerlo), la vida ascética y de privación del mundo y, finalmente el amor a Dios. La obra termina con dos oraciones llenas de intimismo, sentido religioso y poesía. Y todo este esquema racional, como en el caso de Ibn Gabirol, viene confirmado con numerosos textos de la Biblia y del Talmud que demuestran la gran erudición de Ibn Paqûda. Con ello, como en el caso anterior, se demuestra de paso la racionalidad de la Revelación, con lo cual la razón queda puesta en un lugar privilegiado.

El libro de Ibn Paqûda es, por lo demás, un modelo de síntesis de las fuentes ascéticas y místicas musulmanas más variadas y adaptadas a la fe mosaica. Y es tal su talante espiritual que jamás ha tenido contradictores en el mundo judío, pasando las ediciones de la obra el número de doscientas y habiendo sido traducida a todos los idiomas del mundo. La obra sigue siendo hoy de lectura habitual entre los fieles.

Por fin, la tercera postura de filosofía moral es la de Avempace que, en su Régimen del solitario, Carta de la despedida y Tratado de la unión del Intelecto con el Hombre, trata con especial énfasis el tema del fin del hombre y del papel de la ética. Para Avempace el destino último del hombre consiste en la unión mística y especulativa con el Intelecto Agente, que es o la visión filosófica de Dios (que es lo más probable) o un intermediario entre el hombre y Dios. Ahora bien, para llegar a esta cima, son precisos dos caminos. Uno, el entregarse por completo a la ciencia racional. Otra, la vida rectamente llevada a base de una conducta moral irreprochable. Con ambas vías, de lo que se trata es de desasirse poco a poco del mundo material, para llegar a la máxima espiritualización donde se dará la unión mística buscada.

Y, a propósito de la vida moral en Avempace, hay que hacer tres anotaciones. La primera es que, en manos de Avempace, esta ética racional y filosófica, al final, cuando el hombre ha logrado su unión con el Intelecto Agente, ya no sirve para nada, puesto que dicha unión supone un despojarse por completo de cualquier dimensión práxica que tenga contacto alguno con la materia. La segunda anotación es que la vida ética sirve, además de para purificar el alma y ayudar al proceso de espiritualización, para facilitar la convivencia social humana. La tercera es que, en cualquier caso las descripciones que realiza Avempace de lo diversos grados de hombres, según sea el desprendimiento de la vida material, bajo el punto de vista ético, son continuas y constantes. Aquí ya no hay sentencias, ni historias, ni leyendas, como en los autores judíos anteriores. Se trata de una moral inspirada en la ética aristotélica y, por tanto, considerada bajo la óptica puramente racional. De ahí que haya para él, un vulgo vil e innoble que se deja llevar por las pasiones, unos intelectuales que con una vida moral recta, se entregan a la ciencia racional y unos privilegiados que alcanzan, al final, la unión mística apetecida.

Lo que ocurre es que este ideal de unión mística intelectual, que podemos calificar como de «sufismo intelectual» o de amar Dei intellectualis, resulta prácticamente imposible llevarlo a cabo en las circunstancias políticas y sociales en que le tocó vivir a Avempace. De ahí que, pese a reconocer que la esencia del hombre es fundamentalmente social, en determinadas circunstancias extremas en que la comunidad política no sólo no ayuda sino que es un estorbo para realizar el fin último del hombre, hay que aislarse. De ahí el título y el contenido de su obra más conocida, El régimen del solitario. A partir de aquí el sentido de la vida y de la moral radicarán en el yo individual más profundo, incluso, llegado el extremo, por encima de la sociedad. Es lo que hizo luego su sucesor Ibn Tufayl al poner en forma novelada este solitario en su libro El filósofo autodidacto (Ibn Tufayl, El filósofo autodidacto; trad. Emilio Tornero, Madrid, 1995, p. 37).

 

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