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Filmotecas aragonesas

Contenido disponible: Texto GEA 2000

Filmoteca o cinemateca equivale a un archivo de cine donde guardar y conservar las películas. Hoy las naciones más cultas tienen esta tarea como un deber cultural. El material de estas películas, el celuloide, es perecedero. De ahí el cuidado para su manipulado y conservación. El cine es un testimonio vivo, tanto para la historia, como para las costumbres, los gestos y los rostros.

En Aragón se han realizado diversas películas que atañen tanto a nuestra Historia como a nuestra etnia y costumbres. Es una obligación preservar estas películas para conocer nuestro pasado, folclore y costumbres. En 1930 se iniciaron los primeros intentos de dotar a Zaragoza de una Cinemateca Municipal, que tuvo ya sus fondos, y se celebraron diversas sesiones de carácter cultural. El creador y director de esta Cinemateca fue un riojano, Bonifacio Fernández Aldana, afincado en nuestra ciudad, que trabajaba en La Voz de Aragón como publicitario. De aquel periódico salieron muchas iniciativas cinematográficas que fueron coronadas por el éxito.

Cierto que la labor cultural de la Cinemateca Municipal se vio truncada por la guerra civil, pero su creación suscitó en Zaragoza entusiasmo sincero, como puede comprobarse en los periódicos de los años treinta. Si nos percatamos de lo que significaba para Zaragoza la creación de una cinemateca, cuando todavía la Cinematêque Française no se había fundado y tan sólo la de Moscú había comenzado el archivado de su cine revolucionario, podemos imaginar la visión de futuro de aquellos hombres que celebraban sesiones en los centros culturales con los primeros fondos del recién creado archivo cinematográfico aragonés. En un homenaje que se le dio a Fernández Aldana en el Hotel Florida de Zaragoza, en septiembre de 1930, se destacaron las dificultades del empeño y los beneficiosos resultados de la experiencia. Si tenemos en cuenta que Fernández Aldana fue también el creador del primer cineclub que existió en Zaragoza, y el iniciador del cine cultural, se justifica el homenaje dado a este benefactor cultural. Se han celebrado, en diversos artículos periodísticos, estos años de compromiso zaragozano con la cultura y el auge del Cine de Avanzada, dado a conocer en los cineclubs de la época.

Se inicia este despertar en mayo del mismo 1930, en una campaña, desplegada desde La Voz de Aragón, que promueve Mariano Joven en pro de la fundación de un Ateneo Popular desde donde se acceda a los libros y se haga una política cultural que saque al ciudadano de su letargo. Contesta entusiásticamente a Joven, adhiriéndose a la propuesta, García Mercadal: «Es necesario luchar tenazmente para que Zaragoza, que en otros sectores de la vida se desarrolla y adquiere preponderancia, se ponga al mismo tono y a la misma altura en lo que a cultura general se refiere. En este respecto, cuyo barómetro está en la venta de libros, nuestra capital ocupa una situación verdaderamente desconsoladora (...), el Ateneo Popular hace muchísima falta y debiera nacer hasta subvencionado por las corporaciones oficiales». No hizo ninguna falta la subvención, pues García Mercadal hizo una generosa donación de libros y tal gesto fue pronto imitado por otros defensores de la cultura. En 1931, proclamada ya la República española, surgieron otros Ateneos populares que dieron al cine la importancia que merecía. La Cinemateca Aragonesa celebraba periódicamente sus sesiones y organizaba otras actividades atendiendo, muchas veces, las peticiones de estos Ateneos. Los fondos de películas no eran muy ricos, pero el cine cultural estaba bien representado. Uno de los programas servidos por Fernández Aldana en enero de 1932 permitió a la Sección de Cine de la Sociedad Protectora de Animales y Plantas la siguiente selección: La flora japonesa; Infancia de los animales; Nidos y pájaros; Animales de los fondos marinos; Las palomas mensajeras; Las abejas; La vida en el campo, Incubadoras artificiales; Fabricación de la crema dental científica.

Bonifacio Fernández Aldana fue un hombre singular. La página semanal que La Voz de Aragón dedicaba al cine, resumía su visión cinematográfica y lo que él sentía por el cine. No era un publicitario al uso, sino un estudioso notable que amaba el cine. En una de sus «Páginas de mis recuerdos», lo evocaba Pablo Cistué de Castro en febrero de 1977, en Heraldo de Aragón: «Pertenecía yo por entonces a la redacción del diario que levantó la liebre [se refiere a La Voz de Aragón y al famoso duende de la calle de Gascón de Gotor]. En mi periódico trabajaba un tal Fernández, agente de publicidad, al que llamábamos -Barullo-, sin que él se molestara lo más mínimo, por los rasgos acusados de su carácter abierto, alegre, despilfarrador y un tanto barullero, que le servía de mucho para sacar anuncios hasta a los prestamistas con barbita en punta. De ahí que sus ingresos por comisiones llegaran a sumar el sueldo de tres redactores, para quienes tenía siempre a mano los paquetes de rubio». Éste era el creador de la Cinemateca Aragonesa, en sus aspectos personales y humanos. Bonifacio Fernández Aldana se trasladó, al filo de la guerra civil, a Madrid, y estuvo como publicitario en los diarios La Voz y El Sol. Fue cronista de guerra durante nuestra contienda, y más tarde se trasladó a México, donde falleció en 1971.

 

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