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Fiestas

Contenido disponible: Texto GEA 2000  |  Última actualización realizada el 12/05/2009

(Folc.) Las fiestas populares aragonesas tienen una serie de elementos comunes con las demás españolas, esencialmente el carácter religioso, de celebración de los días de los patronos, tanto con festejos sacros como profanos, vísperas y novenas, gozos Buscar voz..., procesiones y sermones, misa mayor cantada o, como atribuían los de pueblos vecinos a los de La Almolda, «misa de tres en ringla, fumarraca en el altar y gritos en la pulpitera». Una especial significación tienen las rogativas principalmente para la petición de agua o preservación de los campos de pedrisco o de plagas, con más frecuencia que las de protección de las caballerías o el ganado.

Otro de los elementos básicos es la holganza y las comidas extraordinarias, tanto en la del mediodía como en las meriendas o alifaras y en la preparación de pastas o dulces, roscones, mantecados augaperros u otros para obsequiar a forasteros e invitados. La adecuación de determinados manjares o dulces a fiestas concretas varía según los pueblos, como las culecas con huevos para pascua, las cajicas de Tauste para la Virgen de Sancho Abarca, los empanadones de Sariñena para San Antolín, etc. El pollo o el cordero son los ejes de la comida más solemne, por lo general.

Entre los aspectos imprescindibles en la fiesta está el vestirse con los trajes Buscar voz... más nuevos o el hacerlos con tal motivo, pudiéndose decir lo mismo de los adornos de toda clase y del calzado; una prenda de especial interés es el bancal de iglesia o los delantales de respeto, en las mujeres.

Como es lógico, cualquiera de las actividades citadas va acompañada de la oportunidad para la comunicación social, lúdica o de simple relación, como el baile Buscar voz..., el canto Buscar voz..., las rondas Buscar voz..., así como el pretexto u ocasión para reuniones de las familias, amigos e incluso conocidos, siendo normal que la visita anual al pueblo de los ausentes se haga con motivo de la fiesta mayor, entregando presentes o regalos los que llegan y usando los obsequios quienes reciben, como motivo de ostentación. En la fiesta hay una parte estructural que es la participación de todos como protagonistas y otra añadida que es la espectacular, en la que unos realizan sus habilidades y otros asisten como espectadores; así lo hallamos en el dance Buscar voz..., que suele tener como espectadores a todo el pueblo, como en un rito, aunque se repitan las mudanzas y los dichos todos los años igual. En este último aspecto hay que incluir los espectáculos taurinos, los deportivos como «la bola» o «la barra» Buscar voz..., los desfiles y cabalgatas, los fuegos de artificio, «árboles» o «carretillas», y más limitadamente las representaciones de carácter teatral.

Entre los perdidos motivos de jolgorio estaban la construcción de fuentes que manaban continuamente vino de diversas clases, tal como conocemos de las fiestas de coronación real en la Aljafería o en las afueras de Cariñena al paso de la comitiva de Felipe II cuando viajó a Zaragoza para jurar los Fueros.

Variaciones en las fiestas existen entre la «mayor» y las de menor categoría (por ejemplo, en Bujaraloz las de San Agustín o las de la Virgen de las Nieves) o entre las que comprenden a la totalidad de las ciudades o pueblos o bien a un barrio o una calle. El carácter agrícola de Aragón se deja notar en las fiestas estacionales, que además han sido institucionalizadas por el cristianismo adaptando viejas celebraciones paganas: así las de Navidad y fin y comienzo de año, o «año nuevo»; las de carnaval Buscar voz..., las de primavera enlazadas con Semana Santa y Pascua; las de otoño o las consiguientes a la recolección, como acción de gracias por las cosechas y posibilidad de disponer de dinero para las celebraciones. Nada tiene de extraño que la mayor parte de las fiestas aragonesas se realicen entre mediados de agosto y fines de septiembre. Tales fiestas se integran en un calendario agrícola y, en su caso, pastoril, y algunas cobran un especial sentido; así San Antón como patrón de los animales, la Candelaria y la transición del invierno al verano, Santa Águeda y las fiestas de mujeres, el Domingo de Ramos y la bendición de olivos o palmas que alcanzarán valor de protección contra las tormentas u otros males, la invención de la Santa Cruz y los sembrados en el Somontano, los Mayos y su erección en las plazas, las celebraciones de Todos los Santos y Difuntos, etc.

De las fiestas se avisa a los vecinos por medio de las campanas, que tienen papel civil y religioso con sus repiques. La organización de los festejos normales, de fecha fija, con carácter religioso, corresponde normalmente a cofradías o congregaciones, algunas tan famosas y antiguas como la de Santa Orosia, de Jaca. Desde la Edad Media los gremios y corporaciones organizaron sus propias fiestas, reguladas minuciosamente en sus ordenaciones, y son muy frecuentes las peculiares como las de rosarieros en diversos pueblos del Bajo Aragón o las de carácter funerario.

Desde muy antiguo un elemento de la fiesta es el adorno de fachadas mediante la colgadura y la luminaria; los balcones y ventanas se adornaban según las posibilidades y gusto de los habitantes de las casas, desde las humildes sábanas a los mantones o tapices, así como los faroles de muy diversas clases.

Generales en todo Aragón son las hogueras Buscar voz..., encendidas en la noche de vísperas de los patronos, con organización previa de la búsqueda de la madera, sea bajando los leños desde las montañas vecinas o simplemente por recogida entre los vecinos; una vez encendidas las hogueras sirven de centro de reunión así como de bailes en círculo a su alrededor o de saltos sobre ellas, así como el asar determinados comestibles en el calibo. No conoce más ritos concretos del paso sobre el fuego, pero sí cantos o bailes específicos de las hogueras como el rodat del Bajo Aragón.

El mismo carácter religioso tienen las romerías, dirigidas a ermitas Buscar voz..., a veces muy alejadas, siempre con un propósito inicial de culto a una Virgen o santo, pero dedicando la mayor parte del tiempo a comidas o bailes e incluso a la comunicación entre los presentes a la ida y al regreso; entre las más famosas podemos citar el Quililay de Tarazona, o la de Capella, o la de la Virgen de Herrera, siendo usual que a una ermita situada en lo alto de una montaña concurran en fechas distintas los habitantes de los pueblos que desde ella se divisan, independientemente del término municipal en el que se asiente.

Las fiestas a través de la historia: Como documentación de las fiestas celebradas en siglos pasados, conocemos muchas «relaciones de fiestas»; las más antiguas son sobre todo las organizadas por las ciudades con motivo de la visita de personas reales. Así, el arquero Enrique Cock Buscar voz... escribió de las que distintos pueblos dedicaron a Felipe II, en 1585, de cuya relación resulta que una de las mayores diversiones del pueblo era admirar el desfile de los coches, cabalgaduras y altos personajes que iban como séquito del rey; en Zaragoza advierte que las casas estaban adornadas con «paños de seda y tapicerías» y que había diversos cadalsos en el Coso con músicos que tañían constantemente; y durante la noche luminarias de leña y pez en las calles y velas o hachas encendidas («de cera, otros de sebo»); desfiles de escuadrones de jinetes con antorchas y vestidos lujosos; y también «se soltaron dos toros con fuego puesto en los cuernos, los cuales hacían a la gente tener algún miedo y volver muchos a sus casas» con regocijo de los demás; justas de cañas a caballo, en la ribera del Ebro, así como el asalto a un castillo, con lucha de moros y cristianos. Claro que los festejos esenciales fueron los religiosos, con solemnísima procesión y visitas a monasterios. Y anotemos que Cock citó entre los actos la ejecución de dos penas de horca en las personas de dos desdichados, cuyas fechorías no menciona.

De las fiestas de coronación Buscar voz..., dejando las de Fernando de Antequera Buscar voz..., que se celebraron en la Aljafería Buscar voz... y donde se sabe que participaron en una cabalgata los grupos y alegorías de la procesión del Corpus de Valencia (aparte de las justas y las consabidas fuentes de vino), conocemos muy bien las que solemnizaron la jura de Carlos IV Buscar voz...; los regidores, al levantar pendones en Zaragoza por el nuevo rey, llevaban en sus zapatos, con gran admiración del pueblo, hebillas de plata con las menciones «Viva Carlos IV» y «Proclamado en Zaragoza año 89»; y se acuñó una medalla de proclamación, que se arrojó al pueblo. Escribió el relato de estos festejos Faustino Casamayor Buscar voz....

Otras relaciones se imprimieron de fiestas de Alcañiz, Barbastro (donde se habla de los «regocijos»), Calatayud, Huesca, Jaca, Sos, Sádaba y Uncastillo, entre otras ciudades. Queremos resumir las de Tauste de 1789, donde se acuñaron medallitas en plata y bronce y en el folleto impreso se disculpaba la villa por haber celebrado las fiestas con retraso, «por la escasez de granos que comprehendió a todo el reino», al tiempo que recordaba su fidelidad a Felipe V, que le concedió pudiese poner en su escudo la flor de lis. Consistieron los festejos en la restauración y adorno de las casas consistoriales -se colocaron poesías alusivas al acto, e hizo lo mismo el cabildo eclesiástico- y construcción de arcos triunfales por donde tenía que desfilar la cabalgata de proclamación; una orquesta tocó «conciertos y sonatas», mientras se servía a los invitados «un refresco abundante»; por la noche se iluminaron las calles y plazas e interpretaron sus músicas la capilla del Pilar, la orquesta del regimiento de África, los timbales y clarines del Infante y una música del país, cerrándose todo con «ruedas, carretillas y cohetes voladores»; intervino otro día «la quadrilla de baylarines vestida con uniformidad de máscara y a lo majo» al compás de la música del país, con «evoluciones, equilibrios y posturas», que no sabemos si se pueden relacionar con el dance. En los desfiles intervinieron los batidores, clarineros, la música de dulzainas y tamboril, los bailarines y un carro de triunfo, el «jardín de la reina», con alegorías y adornos, sobre el que iban sus autores, menestrales modestos, que disparaban salvas con tacos que eran servilletas y toallas; además músicas y una mojiganga, más la boda aldeana a la que acompañaba una música compuesta de «guitarras, castañetones, sonajas, panderos, tiples, tabletillas y gaita», cerrando el cortejo la caballería. Por la noche otro desfile, con antorchas, llevaba el carro triunfal del rey, que se llamó «carro marino», «acaso el mejor que se vio en el reyno» -como escribió el autor del folleto-, y hubo un nuevo obsequio a los invitados, de «sorbetes, vinos generosos y bizcochos». Otro día se hizo el simulacro de la siembra de trigo y los inevitables novillos, y toro embolado, cuya carne, después de ser muerto, se repartió entre los pobres. Finalmente se invitó a todos los forasteros en la plaza, en la que se tendieron manteles, con carnero asado, jamones, pan y vino que llegaron sobre tres caballerías siendo interesante anotar que a pesar de que los de Tauste no habían sido bien tratados en fiestas de pueblos vecinos «olvidaron el agravio..., les previnieron hospedaje, les salieron a esperar, no les permitieron gastar cosa alguna, les hicieron tablado para ver las funciones públicas» y hasta les dieron víveres para el regreso y les acompañaron durante un trecho. En Ejea, en 1790, tuvieron lugar fiestas de coronación real. Adornáronse las fachadas con espejos, cornucopias, arañas, alfombras y tapices; fue abundante el refresco, aunque aquí se citan los «dulces secos», y se alabaron los fuegos pagados por la Mesta de Ganaderos «especiales voladores, las carretillas de cuerda y el exquisito árbol»; hubo tedéum, contradanza en la plaza, carro triunfal de los reyes, mojiganga y comparsa de jinetes e infantes vestidos a la turca, sin olvidar la boda aldeana, un carro representando «la fragua de Vulcano» y habilidades de jinetes con las suertes de «estafermo y anillos», es decir, volteando muñecos y ensartando las lanzas en anillas, y el consabido toro embolado «con ovillos de mixtos encendidos»; finalmente una pantomima con panderillos y un desfile de carros, cada uno representando una profesión: sastres, cardadores y zapateros.

En Tarazona y en el mismo 1790, en el desfile cada oficio se vistió de modo distinto; los zapateros de turcos, los sogueros y alpargateros de húngaros, los tejedores de miqueletes y los pelaires con un rey turco, escoltados por dos osos imitados y la broma de dos amas de cría con sendos muñecos a sus pechos que los lanzaban al publico y los recogían por medio de cuerdas, aparte de otros personajes de la mojiganga Buscar voz....

En los primeros años del siglo XIX, como en años anteriores, los organizadores de las fiestas eran los gremios, por convocatoria de la autoridad, y se repetían los arcos, luminarias y adornos, salvas y trabucazos, repiques de campanas, músicas y desfiles; en Zaragoza y en otros sitios eran populares las salidas de las comparsas de gigantes Buscar voz... y cabezudos Buscar voz..., y constante el desfile de la «boda aldeana», que, según la descripción de Ased Villagrasa, de 1810, se iniciaba por una tropa de muchachos repicando sonajas y bailando a compás de una gaita Buscar voz...; seguía por la comparsa de los amigos y parientes de los esposos, a caballo, vestidos a la andaluza, con máscaras y grandes sombreros blancos; uno enarbolaba espada en ademán de custodiar la bandera de la paciencia, y todos ante el novio y la novia, quienes cabalgaban en un mulo y una jumentilla, respectivamente, gesticulando ambos cómicamente; tras ellos, los padres de la novia y, muy astrosos, el cura y el sacristán; cerrando la comitiva, otros dos vestidos de andaluz: y mulos con el ajuar de una casa de aldea custodiados por una muchacha hilando. Todos desempeñaban su papel de forma burlesca provocando las risas de los espectadores.

Una preciosa descripción de fiestas populares de 1828, en Zaragoza, tenemos en el «Manifiesto» que se redactó para perpetuar la visita de Fernando VII y su esposa, en las que no faltó ninguno de los ya reseñados, pero con especiales noticias sobre algunos, como la «mojiganga», determinados fuegos artificiales, las llamadas «rondallas de Zaragoza» y el dance de las Tenerías. La aportación erudita se cifró en numerosos versos y cartelones pintados, éstos como los que nos consta que se trabajaban en el taller de Luzán cuando Goya aprendía en él; arcos triunfales, entre ellos uno muy bello en Santa Engracia; templetes con adornos y poesías alusivas, adornos e iluminaciones de las fachadas, entre ellos los de casa de Villarrubia con piezas de hojalata. Aparte de las fiestas religiosas en La Seo y en el Pilar y de la visita a iglesias y monasterios de los reyes, siempre con gran afluencia de público, hay que citar la actuación de la comparsa de baile de cristianos y turcos presentada por los gremios de blanqueros de pieles, guanteros, pergamineros y curtidores, desfile de carros triunfales con músicos y cantores pagados por los diferentes gremios, árboles y carretillas de fuego y funciones de toros. El dance de las Tenerías, al son de dulzainas, se bailaba con paloteo o espadas y con cascabeles; se recitaban los «dichos» que la mentada relación copia, adaptando a la ocasión los diálogos originales entre pastores, ángel y demonio y cristianos y turcos. Se incluyó en el programa un paseo en barca por el Canal Imperial, la defensa de una tesis de doctor en la Universidad, visitas a centros docentes y hospitalarios y de caridad. Especial interés presenta la «mojiganga», desfile de comparsas que representaban animales cuya voz y ademanes se imitan, marchando a caballo y en dos filas; despeja el recorrido una gran tortuga asistida por dos cabezudos sable en mano y siguen por parejas osos -amarrados con cadenas por otros tantos turcos-, leones, tigres, asnos, gatos, jabalíes, carneros, caballos, monos, avestruces, ranas, unicornios, mochuelos y águilas; dos cómicas viejas con grandes abanicos y extraños visajes, dos amas de cría que dan papilla a sus niños con enormes cucharones, echándolos al aire hasta la altura de los balcones por medio de elásticos; dos criadas hilando, otros tantos matachines astrólogos con compases, barberos con grandes navajas, médicos observando atentamente orinales de vidrio, letrados con grandes libros, cazadores que disparan sus escopetas cargadas con salvado, otras dos personas con grandes jeringas que hacen gestos de vaciar sobre el público, dos figurones de bocas torcidas, un coche desmantelado con dos estudiantes haciendo arrumacos a dos viejas que responden con dengues, y dos bastoneros o volantes flanqueando el carruaje, finalmente cierran la satírica y burlesca comitiva otros dos cabezudos, y en el medio de ella tres capitanes a caballo con trajes antiguos la gobiernan; muchachos con antorchas en número superior a ochenta iluminan el curioso festejo; la organización fue del Ayuntamiento. Funciones de teatro completaron las fiestas.

A lo largo de todo el siglo XIX las fiestas populares aragonesas siguieron una línea regular, tal como describió Cosme Blasco y Val Buscar voz..., con el seudónimo de Crispín Botana; en 1899 para un pueblo imaginario y celebraciones de San Roque, que podrían sintetizarse así: bando convocando a los vecinos para engalanar y poner luminarias en los balcones, «bandeo» de campanas la víspera y salvas con trabucos y carbón en las eras, desfile por las calles del gaitero y su tamborilero y de la banda de música; arcos de ramaje en las calles, tenderetes con golosinas y baratijas en la plaza y función de vísperas en la iglesia; por la noche, hogueras, con leña o sarmientos aportados por los vecinos a razón de una carga por casa, y toro ensogado y con bolas de pez y resina en los cuernos, llamado «toro de ronda o jubillo»; y como remate, baile en la plaza. El día de San Roque, ronda de los mozos con vihuelas, bandurrias y guitarros, cantando albadas y recogiendo tortas en paños o sábanas de las mozas, a las que cortejaban. Luego diana por la banda y las gentes lanzadas a la calle a ver y ser vistas hasta la hora de la misa y la procesión, con danzantes y disparos de trabucos. Comida abundante y desusada, con pollo, cordero o conejo, vino y aguardiente, y a primera hora de la tarde, capea en la plaza mayor, arreglada con carros; bailes y refrescos en las casas. Los consabidos números cómicos de carreras de burros con las albardas sueltas, de entalegados y de pollos, en la que estos animales, entregados como premio, se colgaban de lo alto de un mástil. También, suertes taurinas, en las que un mozo se protegía del novillo metido en una gran tinaja de Muel hundida en el suelo, y otros, haciendo la suerte del roscadero o cuévano, formando una «culebra», cogidos por la cintura, y el primero protegido por el cesto; meriendas campestres, etc.

Muchos festejos especiales podrían citarse, como la «lucha de Navidad» en Ateca, dentro del río Manubles, «máscaras fustigadoras» como el Cipotegato Buscar voz... de Tarazona, la contradanza de Cetina Buscar voz..., las colectas y comidas en común de Gistaín, las hogueras, llamadas «fallas», en San Juan de Plan, las prácticas de la noche de San Juan, etc. Y en la organización las «casas del gasto Buscar voz...» del Alto Aragón, el nombramiento de mayordombres o mairales, las procesiones con altas banderas, etc.

La evolución de las fiestas ha hecho que hayan desparecido buena parte de los festejos vigentes hasta principios de siglo, y que haya cambiado el carácter de otros, con claras influencias y contaminaciones de la vecina Navarra («peñas» de mozos), de Valencia (ofrenda de flores) o de otros lugares, atribuyendo especial importancia a los espectáculos, tanto deportivos como musicales. Entre las actuales, sobresalen las del Pilar en Zaragoza, las de la Vaquilla o del Ángel en Teruel, las de San Lorenzo en Huesca, las manifestaciones de carácter folclórico en Jaca y, con mucho interés popular, las fiestas de los diferentes pueblos, que han conservado no pocas peculiaridades.

• Bibliog.:
Beltrán, A.: «Fiestas aragonesas en 1789 y 1790» y «Algo sobre las fiestas en Aragón»; en De nuestras tierras y nuestras gentes, Zaragoza, III, 1972, p. 212, y IV, 1973, p. 232.
Serrano, A.: «Formas populares de diversión en Zaragoza a principios del siglo XIX»; Etnología y Tradiciones Populares (Congreso de Córdoba), Zaragoza, 1974, p. 471.
Cock, Henrique: Relación del viaje hecho por Felipe II en 1585; Madrid, 1876.
Manifiesto de la M.N.L. y H. Ciudad de Zaragoza... 1828; Zaragoza, 1980, passim.

Aspectos sociológicos: Abordaremos en este apartado lo referente a los aspectos sociológicos de las fiestas, desde una doble consideración, la de quien actúa como protagonista de las mismas en cumplimiento de un rito que acaba siendo más importante que la significación primitiva del acto, y la versión espectacular que produce actitudes pasivas y de contemplación en una mayoría. Podemos aclarar este concepto con ejemplos bien definidos; el «dance» es un elemento festivo esencialmente religioso, nacido hacia el siglo XVIII, en una época de agudización de las costumbres piadosas, para ensalzar a los patronos y de paso reforzar la línea de condena de moriscos y disidentes de la fe, aunque fuera bajo la forma de «turcos» que enlazaban con la memoria relativamente reciente de los otomanos como peligro para la cristiandad, y los piratas berberiscos, asoladores de las costas; los intérpretes representan una pieza teatral acompañada de bailes de la que forman parte encendidas «loas» de vírgenes o santos, triunfo de los cristianos sobre los «moros» y conversión de éstos, y pugna entre el bien, representado por un ángel que ayuda a los cristianos, y el mal, encarnado en un diablo que ayuda a los turcos y que fracasa con ellos. En la actualidad el dance está siendo resucitado incluso donde había sido olvidado y los intérpretes pueden no ser creyentes o al menos practicantes, lo que no impide que cumplan con su «papel» en la representación, porque asocian el «dance» con las señas de identidad de su pueblo y con una tradición popular propia. Los espectadores que presencian cada año la misma representación se asocian a ella, incluso repitiendo por lo bajo los versos que los danzantes recitan. Es decir, el dance ha perdido su sentido original para convertirse en un modo de expresión de la vida popular de dicho pueblo, ya no se representa a la puerta de la iglesia ante la imagen del patrono (en un tiempo en el interior de ella hasta la prohibición de Carlos III), sino que se ejecuta en un tablado como un espectáculo más, desligado de sus raíces. Otro ejemplo puede ser la jota, como baile o canto, inicialmente modo de diversión, de exhibición de habilidades y de aproximación de sexos, componente esencial de la parte profana de la fiesta, en la que cada bailador atiende a su pareja, sin el menor afán coreográfico, aunque quienes no bailen, por no tener edad para ello o por falta de destreza, observen y celebren o critiquen. Desde que la jota es sustituida por otros bailes (esencialmente el «agarrao» como denominación genérica) deja de ser un modo de entretenimiento (aunque siempre tenga un elemento de exhibición) para convertirse en un espectáculo en el que los ejecutantes, profesionales o aficionados, cumplen con unas normas coreográficas, realizan movimientos comunes, se visten uniformemente y dedican el espectáculo sobre tablados o escenarios a espectadores que lo contemplan como algo fuera de lo usual. Hace medio siglo en muchos pueblos de la provincia de Teruel había baile de jota en las eras, a la salida de la misa de los domingos, cada uno con su traje de fiesta, como un acto en el que todos participaban directamente.

Se comprenderá fácilmente que el elemento esencial de la fiesta sea el tener el ánimo festivo, traducido en holganza en el trabajo habitual, en vestir trajes diferentes de los de diario, en asistir a ceremonias religiosas (misa, procesión, funciones de víspera, etc.), reunirse para comidas extraordinarias y participar en actos de puro entretenimiento, cantos, bailes, fuegos de «fallas» u hogueras, pirotecnia, actividades deportivas y, desde el siglo XVIII, taurómacas, etc. El elemento básico es el exceso como antítesis de la frugalidad y la ordenación de cada día; así, la holganza no querrá decir el descanso, pues el esfuerzo «festivo» puede ser durísimo, como por ejemplo cortar y acarrear troncos para los «mayos», ensogar toros bien sea para llevarlos ante el anda de San Juan en Pina, por los «matutes», o prepararlos para correrlos enmaromados o «de fuego», asistir a rosarios de la aurora como «despertadores», etc. En las comidas no se buscará satisfacer el apetito o agradar al paladar, sino comer o beber mucho. El traje podrá incluso diferenciar el de iglesia del de otras ceremonias e incluso señalar fechas para «estrenar» alguna prenda.

En realidad son muy pocas las fiestas tradicionales que no se apoyan sobre celebraciones de carácter religioso, puesto que incluso los actos rotundamente profanos tienen lugar con motivo de estas conmemoraciones. La ordenación eclesiástica de las festividades con ritmo de cuarentena y el establecimiento de coincidencias con las épocas y lugares de ritos paganos a través de la cristianización se combinan con el señalamiento de puntos básicos estacionales, sea en relación con las operaciones agrícolas, con los trabajos de pastores o con los cambios de clima; piénsese por ejemplo en las fiestas de invierno en la Navidad, en las numerosas de primavera, con la Pascua y la Semana Santa, en las de verano ligadas con la recolección, como la Virgen de Agosto y las innumerables de septiembre, aparte de las dedicadas a los santos a través de sus atributos, como «abogados» frente a todo género de males y perjuicios o receptáculos de toda clase de peticiones, entre nosotros insistentemente de lluvia o de preservación de las cosechas contra tormentas, pedregadas o langosta.

Los elementos anecdóticos de la fiesta pueden enlazarse bien con orígenes históricos que muchas veces conocemos; suele atribuirse a las costumbres musulmanas el rito de escopeteros, disparo de salvas y, en general, los festejos con pólvora, pero tanto los citados como la pirotecnia en general son de muy antigua introducción en toda España y en Aragón, como ocurre con las hogueras, conocidas con el nombre de «fallas» y enlazadas con misterios de purificación, como pueden advertirse en los «peirotes», de los que se han hecho famosos los de los carnavales de Bielsa o de San Juan de Plan, pero que también existían en el Bajo Aragón, según reza la letra del Bolero de Caspe, que lo llevaron «a caballo de un burro, como un peirote», precisamente desde Castellote.

Dentro de la alteración de lo normal y aparición del exceso puede incluirse los desusados toques de campana, «bandeadas» o volteadas alocadamente, el adornar fachadas y balcones sea con ricas colgaduras, damascos, mantones de manila o simplemente colchas, cuidadas todo el año y expuestas a la intemperie en tales ocasiones, el iluminar las fachadas en tiempos con velas o faroles o el lograr efectos deslumbrantes, como los zaragozanos añadidos de chapas de hojalata para que brillasen al sol. Porque uno de los elementos de este exceso es despertar en los demás admiración -o envidia- con los gastos y exhibiciones propias, convites o majezas y pugnas, dominio de la calle (como en las jotas de ronda), pujas en las subastas, erección de arcos triunfales de follaje o con cartelones pintados, etc., rivalizando particulares, entidades y, en una larga época, gremios y cofradías.

De cómo se aculturan los elementos festivos a tiempos posteriores perdiendo su significación original puede ser ejemplo la participación de gigantes y cabezudos, realmente figuras simbólicas de simbolismo claro (en el siglo XV se hablaba del gigante Goliath y de David), asociados a la procesión del Corpus y luego convertidos en comparsa que ejecuta bailes ante las casas de los concejales, en Zaragoza, o persigue a los muchachos, asociándose con las máscaras fustigadoras y con personajes fantásticos como el «cipotegato» de Tarazona o el «chamarluco» del dance de varios pueblos que maneja una especie de pinzas extensibles, el «cortapichetas».

La jerarquización de patronos ocasiona fiestas mayores y otras secundarias e incluso ordena los diferentes días, no sólo de vísperas y día de la fiesta principal, con un conjunto de tres a cuatro días, sino adjudicando su organización a solteros o casados, al ayuntamiento o a gremios y corporaciones, etc. Aparecen así fiestas de barrios y aun de calles. El cambio de patronos ocurrido en el siglo XVI con la aparición de los grandes cultos nacionales y agudizado con la intensificación de devociones del siglo XVII, eliminará invocaciones y fiestas medievales, que muchas veces se conservarán casi de forma críptica, como el voto de Bujaraloz a San Fabián y San Sebastián, pero en la iglesia de Sena, adonde debían concurrir según las ordenanzas del siglo XVI. Persistieron, no obstante, cultos como el de la Asunción de la Virgen, que fue marcando la ruta conquistadora de Jaime I, o de los santos del día en que se tomó una plaza, o la aparición de ermitas, hospitales y las correspondientes fiestas a Santiago, en el camino francés a Compostela.

Un tema importante es el de los festejos y actividades profanas, desvinculadas de las celebraciones religiosas, como los espectáculos taurinos o deportivos, los bailes e incluso desfiles historicistas o burlescos, cuya coincidencia en fechas con días «de precepto» o de «fiesta de iglesia» se debe a necesitar holganza en el trabajo habitual. Téngase en cuenta que en Aragón, en el siglo XVI, conocemos votos para ensalzar a santos y se prescribe tajantemente el no poder hacer ningún trabajo «servil», incluso llevar las mujeres pesos o bultos sobre la cabeza y albardar o ensillar caballerías los hombres, mientras que los esfuerzos en actividades lúdicas eran admisibles.

• Bibliog.:
Fribourg, J.: Fêtes a Saragosse; París, 1980.
Serrano, E.: Tradiciones festivas zaragozanas; Zaragoza, 1981.
González Marín, L. A. y Martínez Ramírez, I. M.: Historia de la comparsa de gigantes y cabezudos de Zaragoza; Zaragoza, 1985.

 

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