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Exaltados

Contenido disponible: Texto GEA 2000  |  Última actualización realizada el 08/07/2008

(Hist. Contemp.) Fue corta la luna de miel entre los constitucionalistas que lograron, en 1820, proclamar la Constitución de 1812 Buscar voz... y su jura por Fernando VII Buscar voz.... Los diputados de las Cortes inmediatas eran unánimes en no modificar el texto constitucional, pero, al desarrollarla y, sobre todo, en cuestiones de gobierno, se polarizaron en dos actitudes, moderada y liberal: en doceañistas Buscar voz... y exaltados. Dos hechos agudizaron la divergencia: la disolución del ejército de la Isla (el de Riego Buscar voz..., generador del proceso constitucional) y la prohibición de las sociedades patrióticas, entre otras cuestiones.

El jefe de fila de los exaltados en las Cortes fue un aragonés, turolense, magistrado, hombre magro, alto, frío, de implacable dialéctica, uno de los primeros demócratas románticos: Juan Romero Alpuente, «feamente feo», desaliñado, adornado con unos anteojos de hierro y un bonete anacrónico, soñador jacobino a quien la prensa francesa denominaba «el Marat español». Con vocación de canónigo, se quedó en fiscal de la Audiencia de Valencia. Su recto carácter le hizo enfrentarse con el capitán general de aquel reino: cárcel y traslado a la fiscalía de Granada; nuevo enfrentamiento con su capitán general y el presidente de aquella Audiencia: cárcel otra vez y traslado a Canarias, adonde no llega a ir por iniciarse la guerra de la Independencia, nombrado presidente de la Junta Antifrancesa de Teruel; pero ante el avance napoleónico solicita de la Junta Suprema Central Buscar voz... alguna misión a la que dedicar sus tareas, reincorporándose a Granada como fiscal y para alistar voluntarios. En Sevilla, censurará acremente la política de la Junta Central: cárcel. Durante la ocupación francesa de dicha ciudad servirá a su Administración, pero al mismo tiempo fabricará una red de espionaje a favor de los españoles. Ha de salir huyendo y es ahorcado en efigie. Se refugia en Cádiz, donde será diputado suplente por Aragón, celador del buen comportamiento de los políticos en las Cortes. El nombramiento de Wellington como capitán general de los ejércitos españoles hiere su profundo sentido nacional, sobre todo cuando es a costa de otro aragonés, el general Ballesteros Buscar voz..., a quien le corresponde el mando. Escribe, discute, visita, riñe e incluso pide que el general inglés sea entregado a los franceses. No obstante, las Cortes declaran a aquél Benemérito de la Patria. Llegada la paz, lo pasará mal y sus huesos darán en la cárcel de Murcia, acusado de masón Buscar voz... cuando era un feroz antimasónico. Liberado en 1820, será nombrado jefe político de dicho reino y representará a Aragón en las primeras Cortes del Trienio Constitucional Buscar voz..., como el más puro exaltado.

Romero Alpuente, sugestionado por el romanticismo, el amor a la Humanidad y un profundo respeto a la libertad individual, fue fundador de una sociedad antimasónica -rechazaba su internacionalidad- pero con procedimientos masónicos y liturgia y disciplina esotéricas: la llamada Confederación de Caballeros Comuneros, clandestina y misteriosa, que tuvo miles de adeptos y, por supuesto, en Zaragoza. Estos «hijos de Padilla» -como se llamaban en recuerdo del comunero castellano -tuvieron su «torre» -célula- frente al horno de Santa Cruz, cuya capilla subterránea presidía un retrato de Padilla, asistiendo a las reuniones mujeres, algunas de ellas de la alta aristocracia, que participaban y discutían -no como ocurría en las sociedades patrióticas, de las que eran meras espectadoras- y se adornaban con cintas moradas, el color comunero.

Romero Alpuente era partidario de lo que él llamaba «la revolución perpetua», la defensa de los Derechos locales contra el Estado y el rey, y la exaltación de la libertad individual como el don más precioso de la existencia. Tenían contacto con Riego y oficiales de la guarnición, pero no ocuparon cargos públicos y su labor fue más bien de censores de la vida política, adoctrinamiento y enlace con los comuneros de Madrid y Barcelona. Comuneros importantes fueron el librero Francisco Sánchez, que importaba libros revolucionarios, y el impresor Roque Gallifa Buscar voz..., que imprimió los estatutos de la sociedad y cuantos impresos de propaganda distribuían.

Los exaltados, sin llegar a formar un pre-partido organizado, forman grupos de presión política concretados en las llamadas tertulias o sociedades patrióticas, que en Madrid tienen su sede en cafés, lugares de discusión, debate y presión política cotidiana contra los doceañistas. En Zaragoza, y por imitación en el resto de Aragón, se ubican en locales propios. El primero de ellos estuvo en una casa situada junto a la Audiencia, pasando inadvertida su existencia durante el dominio de la Junta doceañista. El nombramiento de Riego como capitán general de Aragón la potenció sensiblemente y se trasladó al salón de trucos o billares situados junto al Teatro, celebrándose sesiones los lunes, miércoles y viernes; era su presidente Hilario Giménez, la cabeza dirigente, visible e invisible, de los exaltados aragoneses, comisario contador del ejército y miembro de la Junta que provocó el período constitucional del año 1820. Otro miembro importante fue Vicente del Campo, auditor y catedrático.

Riego propulsó la sociedad asistiendo a sus sesiones, trasladándola al paraninfo de la Universidad, convertido en un lugar de encuentro entre jefes y oficiales del Ejército y la clase dirigente liberal zaragozana, con la participación de señoras que se acomodaban en el balconcillo situado a la entrada de aquél. Fue la época más brillante de la sociedad, casi un espectáculo social, que continuó celebrándose tras la marcha de Riego, endureciéndose sus sesiones y teniendo su fuerza y apoyo en la Milicia Nacional.

La Sociedad Patriótica Buscar voz..., cuyas sesiones eran presididas por un retrato de Fernando VII, tenía su propia bandera y se creía custodia de la pureza constitucional, estando atentísima a los sucesos de Madrid, aplicándolos a Aragón, presionando sobre los ayuntamientos o sobre los jefes políticos para impulsarles a protestar ante el gobierno de Madrid. Riego fundó sociedades patrióticas en Borja, Tarazona, Magallón y Alagón.

Quien dio fuerza y poder a los exaltados aragoneses fue el general Riego, cimentando una línea de talante ideológico progresista, de larga duración en el siglo XIX. Designado capitán general de Aragón para alejarlo de Madrid, completó la obra iniciada por el jefe político Luis Veyán, en cuya residencia venía reuniéndose la junta que inició el levantamiento constitucionalista en Aragón dejando de ser doceañista.

El 2-XII-1820 se tienen noticias en Zaragoza de que Rafael del Riego viene a regir militarmente el reino de Aragón. Inmediatamente, el regimiento de Cantabria, que él había mandado, sale a la calle y desfila jubilosamente ante la lápida dedicada a la Constitución -«la losa»- en la plaza del mismo nombre, organizándose un festejo popular que dura, con baile, casi toda la noche. El Ayuntamiento, en un bando, ordenará el arreglo de las fachadas de las casas, el aseo de las calles y su iluminación nocturna. Se estudia minuciosamente el itinerario y en el paseo de Santa Engracia, en las cercanías de la plaza de la Constitución, se levanta un triple arco de triunfo. Las autoridades lo esperarán en el castillo de la Aljafería y allí, montado en un coche inglés enguirnaldado, entre los aplausos de la multitud -Riego es un mito-, llegará hasta la plaza citada, y ante «la losa» el regidor decano Mariano Saldaña le entregará una espada que los comerciantes españoles residentes en Londres le donan. Por un artilugio situado en el arco de triunfo, una niña vestida de blanco bajará para colocarle una corona de laurel. Arenga de Riego y marcha a la casa del marqués de Ariño, donde se alojará. De allí al Pilar; después a la casa del conde de Aranda, a un banquete que le ofrecen los oficiales de la guarnición de ciento dos cubiertos, acudiendo al café numerosas personalidades; más tarde, al teatro, donde saludará gentilmente, en su palco, a la marquesa de Lazán, recién salida de la cárcel, y en donde es aplaudido calurosamente; con posterioridad, otra vez a la plaza de la Constitución, ante «la losa», hermosamente adornada e iluminada, para pronunciar un nuevo discurso evocando a Lanuza y los Fueros aragoneses. Por último, tertulia en su residencia que se alarga hasta la madrugada.

Era el 8-I-1821. Zaragoza había podido apreciar el dinamismo y vitalidad política del nuevo capitán general, siendo su corto mandato un huracán de actos y discursos públicos, convocatorias populares y maniobras militares. Llama la atención su capacidad de movilización pública, su afán de estar con todos y entre todos -cargará con el ataúd de un miliciano asesinado; asistirá a sesiones de la Sociedad Patriótica de una manera activa, participará en las tertulias del café de Gimeno, y después, mezclado con oficiales y milicianos, cantará canciones patrióticas por el paseo de Santa Engracia; asistirá al teatro asiduamente y en el gran carnaval de aquel año bailará entre mil máscaras hasta el alba- cuidando siempre en sus múltiples arengas de expresar su lealtad a Fernando VII.

De la multitud de actos públicos celebrados conviene destacar dos: el del 5 de marzo de aquel año, conmemorativo del levantamiento constitucional, con un apretado programa que empieza con un Te Deum en el Pilar y acaba con unas maniobras en Torrero, pasando por la colocación de la primera piedra de un obelisco dedicado a la Constitución. El otro es una procesión cívica organizada por la Sociedad Patriótica para exaltar a Fernando VII como rey constitucional, al frente de la cual van Riego y todas las autoridades y personalidades aragonesas cantando a grito pelado, con un estribillo impreso distribuido entre los participantes, y con el retrato del rey al frente. Será la última gran movilización ciudadana de este período. Habrá otra última, de signo fúnebre, que será el entierro del coronel Tabuenca, de un historial heroico en los Sitios de Zaragoza.

En ese verano de 1821 corrían rumores sobre un levantamiento pro-Riego para elevarle a la presidencia de una posible República. Corría dinero y armas entre los peones de la huerta. Manuel Moreda, jefe político -gobernador civil-, inició una investigación que dio como resultado la detención de un burócrata exaltado, Francisco Villamor, al que se encontró dinero, armas y listas, así como la de dos oficiales republicanos franceses en connivencia con aquél. La destitución de Riego fue fulminante, nombrándole gobernador militar de Lérida. Pero su recuerdo perduraría, aunque en aquel momento nadie lo defendió: después, en muchas noches zaragozanas se oirían los vivas a su persona, y en el otoño parte de la Milicia Nacional tomó el Ayuntamiento; uno de los oficiales rajó con la espada el retrato de Fernando VII, pidiendo la dimisión de Moreda, que continuó.

A partir de ese momento, Aragón será acosado por los guerrilleros apostólicos Buscar voz..., que llegarán a las puertas de la capital, entrando en ella el 23-IV-1821. Mil quinientos constitucionalistas lo iban a pasar muy mal; José Zamoray, el doceañista que inició la revolución de 1820, sería cazado en la sacristía del Pilar disfrazado de clérigo.

 

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