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Ejército

Contenido disponible: Texto GEA 2000  |  Última actualización realizada el 24/11/2009

Historia Medieval. Su característica principal es la carencia de una organización permanente y de una unidad sometida a una misma jerarquía militar; así, únicamente se recluta y forma el ejército cuando la guerra lo hace necesario; y, a pesar de que el rey es el jefe supremo de todo el ejército, éste no depende directamente de él en su totalidad, pues existen también milicias señoriales y concejiles, que actúan en ocasiones por iniciativa propia, como cuando un noble, Blasco de Alagón Buscar voz..., y un concejo, el de Teruel, inician la reconquista de Valencia. Los caballeros de estas milicias concejiles recibieron una serie de privilegios que, en parte, los equipararon a los de linaje, a cambio de mantener «caballo y armas».

El llamamiento para acudir a la guerra lo hace el rey, en la Baja Edad Media a través de las Cortes Buscar voz... normalmente. A su frente se solía situar el monarca, aunque a veces delegaba en un noble; pero, aparte del mando supremo ejercido por el rey, la jerarquía militar no existe en el ejército medieval y sólo en la Baja Edad Media somienza a aparecer.

El ejército recibía diversos nombres, según los casos y su composición, y, así, se llamó: apellido Buscar voz..., cabalgada Buscar voz..., fonsado Buscar voz..., hueste Buscar voz..., etc. La organización militar aragonesa existente hasta el siglo XI, que era muy primitiva, tuvo que transformarse para adaptarse a la guerra de movimiento y largas distancias necesaria para la reconquista. Con ello la caballería Buscar voz... se convirtió en el arma fundamental durante toda la Edad Media.

Las obligaciones militares eran muy reducidas en principio, pues sólo se debía permanecer tres días en armas y a costa propia, y el rey, para ampliarlas, tuvo que contratarlas concediendo honores Buscar voz..., con lo que se extendían a un servicio de tres meses; como esto aún resultaba insuficiente, se recurre al sistema de las caballerías de honor; dicho servicio se pagaba en dinero -500 sueldos-, para lo que el rey otorgaba determinadas rentas o ingresos; quien las recibía debía mantener sobre las armas un cierto número de hombres para servir al rey.

Con el aumento de la circulación monetaria se fue extendiendo el uso de pagar las tropas y, en ocasiones, se contratan mercenarios (el caso más destacado fueron las compañías de Bertrán Duguesclin Buscar voz...), y extranjeros; así vemos un importante número de franceses del Mediodía acompañando ya a Alfonso I Buscar voz... en sus empresas reconquistadoras; igualmente los monarcas presionaron a las Cortes para obtener subsidios con que movilizar el ejército cuando era necesario.

A pesar de los numerosos conflictos bélicos, la técnica militar en el Aragón medieval, y en toda España, evolucionó con muchos años de retraso respecto a Europa, que iba hacia el ejército profesional. Sólo muy avanzado el siglo XIV la caballería se arma «a la francesa» -una especie de caballería pesada en la que caballo y caballero iban fuertemente protegidos-, pero hasta la reforma militar de los Reyes Católicos la monarquía no se puso a nivel europeo, si bien en Aragón las características fundamentales del ejército medieval perviven en la Edad Moderna.

Historia Moderna: Desde los Reyes Católicos y a lo largo de los siglos XVI y XVII, las milicias aragonesas se limitaron a experimentar una lenta evolución en su estructura, en la que los modos de carácter medieval seguirían siendo usuales. Tal evolución quedaba enmarcada por las mismas circunstancias del mundo moderno, dentro de las cuales se hallaba inmerso el reino de Aragón, como Estado partícipe de la monarquía austracista. Ello nos lleva a considerar un importante aspecto: Aragón, tanto institucionalmente como en sus condiciones socio-económicas, se mostrará, durante los siglos XVI y XVII, como un reino independiente dentro de la monarquía, unido a ésta por unos lazos fundamentalmente dinásticos, traducidos políticamente en una relación contractual; los fueros eran los depositarios de tal situación. Como consecuencia de ello, la normativa de tales milicias quedaba determinada por el dictamen de los propios fueros y no por la dinámica y organización del ejército castellano, reorganizado a partir de los primeros Austrias, y, en general, de la monarquía, a no ser en lo referente a aquellas estructuras de organización propias del campo de la milicia (ordenanzas de buena milicia).

De este modo, la idea de servicio militar aragonés podremos considerarlo en una doble vertiente: servicios prestados a la monarquía; servicios propios, para la seguridad interna del reino.

En cuanto al primero de los apartados, quedan comprendidos los servicios que se ofrecían al rey ante las demandas de este último. Igualmente se pueden incluir en este apartado aquellas milicias que en ocasiones algunos nobles, con intereses concretos, muy probablemente, pudieran ofrecer a su rey. Todo ello, sin embargo, eran servicios eventuales ofrecidos en situaciones muy específicas. Excepción de tal estado de cosas serían las fuerzas existentes en la Aljafería y el Pirineo, debidas, fundamentalmente, a la reforma militar de Felipe I de Aragón Buscar voz... (II de Castilla), cuyos intereses atendían a un plan estratégico de la monarquía y no del reino.

En lo que concierne al segundo apartado, se incluyen aquellas mínimas fuerzas que el reino mantenía, de forma variable, dependientes del estado interno en que se encontrara el país, para protegerse de la delincuencia y contra el bandolerismo Buscar voz..., como eran aquellos contingentes que, en ocasiones, levantó el reino para perseguir a los bandoleros, o la Guarda del Reino Buscar voz..., endeble milicia que tenía entre otras misiones fundamentales la defensa del comercio. Todo ello quedaba complementado con las juntas y partidas que hubieran de crear los concejos y comunidades, cuando las medidas existentes fueran insuficientes para la defensa de dichos lugares.

Planteada así la situación, no podemos hablar de la existencia de un ejército aragonés, sino más bien de un servicio militar que eventualmente se organizaba con la finalidad de cumplir con las demandas e intereses de la corona, o bien de la movilización del reino ante un evidente peligro de invasión, dada su situación estratégica dentro del contexto geopolítico de la monarquía. Será desde este punto de vista desde el que estudiemos la idea de ejército.

Dichos servicios se otorgaban, generalmente, por resoluciones en Cortes en las que se especificaban las cláusulas bajo las cuales habrían de realizarse las levas de hombres; sin embargo, durante los tiempos a que nos estamos refiriendo, no fue raro el que se convocaran juntas, o incluso que el rey por carta demandara servicios al reino, municipios y particulares para la obtención de contingentes armados. Así pues, la estructura moderna del ejército castellano y en general de la monarquía austracista muy poco tenía que ver con los servicios aragoneses, a no ser en lo referente a aquellas estructuras de organización habituales en el campo de la milicia.

Las cláusulas resueltas en Cortes y juntas, en muchos casos eran acordes a unos principios comunes, emanados del carácter foral de los mismos; a este respecto se pueden destacar los siguientes:

A) Los capitanes y demás oficiales mayores y menores debían ser naturales del reino; con los soldados ocurría lo mismo, y sólo en su defecto, por falta de ellos, se podría recurrir a gentes de otros reinos de la monarquía, debiendo, por lo general, ser o haber sido habitadores del reino durante algún tiempo, o que ya con anterioridad hubieran servido.

B) El sistema habitual de la recluta de los soldados era el de levas. La gente levantada percibiría una paga estipulada previamente, y serviría durante un tiempo limitado, a partir del cual los soldados podrían regresar a los lugares de procedencia.

C) El servicio militar, según los fueros, había de ser «voluntario»; sin embargo, el inconveniente que esto suponía para reunir los hombres necesarios, ya que el localismo y el apoyo en los fueros existentes eran en todo momento una dificultad para la obtención de los hombres necesarios, llevó a que se arbitrasen otros tipos de recluta para obtenerlos.

D) Fue, en todo momento, grande y persistente el hincapié del reino en defender y afirmar que los servicios de hombres y movilizaciones del reino habían de realizarse para la defensa del reino y no con otros fines.

Al margen de estas características habituales en la mentalidad foral aragonesa, la falta de un ejército más permanente hacía que los aragoneses hubieran de organizar dispositivos defensivos, juntas y coligaciones en los lugares de las fronteras donde éstas eran agredidas, siendo defendidas por los propios lugares interesados. Por otro lado, las características expuestas hay que considerarlas desde un punto de vista teórico, pues la práctica, en ocasiones, demostró otras realidades.

Según el estado de la cuestión se pueden considerar tres períodos, a través de los cuales se puede observar cierta evolución en las manifestaciones del servicio militar aragonés.

Un primer período lo podemos delimitar entre las Cortes de Tarazona de 1495 y las de Barbastro de 1626. Período escasamente estudiado, del que, sin embargo, se conocen algunos servicios realizados, si bien fueron muy inferiores a los que durante el siglo XVII se efectuarían. Así en las Cortes de Tarazona de 1495, Fernando II Buscar voz... de Aragón solicitaba un servicio de doscientos hombres de armas y trescientos jinetes por el plazo de tres años, motivado ello por la quema de Nápoles provocada por Carlos VIII de Francia. Establecidos los requisitos, las fuerzas del reino partieron rumbo a Cataluña, con destino al Rosellón (que acababa de ser recuperado para el principado de Cataluña) a defender su territorio. Siete años más tarde, en las Cortes de Zaragoza de 1502, al igual que en el año 1495, el monarca demandaba un servicio similar al anterior: «Los doscientos hombres eran hombres de armas con sus pajes, caballos encubertados y lanzas largas y todas armas blancas, según pertenecen a hombres de armas. Dábaseles los primeros seis meses trescientos sueldos cada mes a cada uno y de allí a adelante doscientos cinquenta. Los trescientos habían de ser jinetes armados con corazas, capacetes, baveras, armaduras de brazos, cuxotes y faldas. Dábaseles a cada uno los primeros seis meses ciento y cinquenta sueldos al mes y de allí a adelante ciento veinte y cinco». Al igual que en la ocasión anterior, la motivación se encontraba en las campañas de Italia. Sabemos también que en las Cortes Generales de la Corona, reunidas en Monzón el año 1512, las correspondientes al reino de Aragón también recibieron la petición de Fernando II de un nuevo servicio militar en los mismos puntos que los anteriores, esta vez con destino a la campaña de Navarra, por tiempo de dos años, ocho meses y cuatro días si el rey lo demandaba. «Hízose este servicio con grandes salvedades y capitulación sobre la paga y cómo habían de ir armados, y que ellos y los capitanes fuesen aragoneses o que a lo menos un año antes hubiesen tenido su domicilio en Aragón».

Ya con Carlos I Buscar voz..., como señala el cronista Sayas Buscar voz..., en el año 1521 la ciudad de Zaragoza recibía una carta del emperador y, con el apoyo del resto del reino, levantaba un tercio de mil hombres, que, situado en las Cinco Villas, cubría la frontera con Navarra, ante la agresión francesa por este reino; iban gobernados por Miguel Cerdán, señor de Sobradiel, jurado en cap. Durante el resto del siglo, el Pirineo recibiría agresiones del país vecino, habiendo de ser repelidas por los mismos lugares próximos a la frontera. Nobles y concejos próximos a la misma desempeñarían igualmente una importante misión. Del mismo modo, diferentes títulos del reino, no bien estudiados hasta el momento, siguiendo la tradición medieval, y muy probablemente con específicos intereses, sirvieron al rey; tal es el caso del conde de Ribagorza, que con cincuenta lanzas «y otras personas de su Casa» partía hacia Navarra el mismo año de 1521.

Pese a todo ello, en las siguientes Cortes del siglo XVI no se aprecian nuevas demandas de servicios militares por parte de los reyes, aunque sí de tipo económico. Giménez Soler, referente al año 1591, nos da una definición sobre el supuesto ejército aragonés que no deja de ser patética, cuando dice que «el ejército aragonés en 1591 se quiso constituir como al tiempo de la reconquista de Zaragoza, por aluvión de todos los aragoneses útiles para llevar las armas que cada uno pudiera proporcionarle». No obstante, la estructura militar aragonesa se iría haciendo cada vez más compleja cuando, tras las llamadas «alteraciones Buscar voz...» y las Cortes de Tarazona de 1592, se reformaba el carácter militar y defensivo del reino mediante la instalación de una fuerza armada en la Aljafería, con carácter permanente, al igual que la construcción de baluartes defensivos y la reparación de otros (defensas del reino Buscar voz...) en el Pirineo. Dicha organización se completaba con una fuerza militar de 1.000 hombres, que se repartían por las fortalezas citadas. Consta, además, la existencia de un teniente general de artillería en Zaragoza. Con todo ello, no deja de ser significativo que los nuevos contingentes militares estuviesen integrados por hombres no aragoneses, lo que una vez más, y cada vez de forma más clara, nos evidencia el predominio de la monarquía sobre el reino.

Con las Cortes de 1626 entramos en un nuevo período, caracterizado por los fuertes contingentes que el reino va a tener que levantar, tanto para servir a la monarquía como para proveer a su propia defensa. La Corona, exhausta, tendrá que recurrir a la obtención de nuevos ingresos por otros medios de los que habitualmente había empleado; el conde-duque de Olivares pondrá en ejecución su proyecto, denominado de la Unión de Armas, el cual tenía una doble finalidad: por un lado crear una fuerza militar que de algún modo uniera los Estados y territorios de la Corona, mientras que por otro se reforzara la misma mediante nuevas fuentes de ingresos, esencialmente para mantener dichos ejércitos, ante la incapacidad de seguir realizándolo Castilla por sí sola. El reino de Aragón recibiría la parte correspondiente, viéndose así inmerso en una política de servicios que los avatares de la historia prolongarían durante la práctica totalidad del resto del siglo, coincidiendo todo ello con un grave deterioro socio-económico que haría mucho más gravosos los servicios.

Las Cortes de 1626 ya hacían patente tal situación. En consecuencia, con la política de la Unión de Armas, la petición del rey era de 3.333 hombres disponibles para la guerra y el alistamiento de 10.000 más a modo de reservistas, y todo ello por un plazo de 15 años. Si Aragón fuese atacado sería defendido por los mismos reservistas, a los que se agregaría la séptima parte de la reserva general de la monarquía hispánica, concretamente 20.000 infantes y 4.000 caballeros. Si la guerra se diera en otro reino, Aragón tendría que enviar la séptima parte de sus reservistas, multiplicándose ésta según los reinos ayudados. Sin embargo, Felipe III de Aragón Buscar voz... (IV de Castilla) sólo conseguiría el pago de 144.000 libras anuales, durante quince años, equivalente al pago de 2.000 hombres.

Entre las cláusulas acordadas en dichas Cortes, se establecía que mientras durase el servicio el reino quedaría exento de cualquiera otro que se le pudiera pedir. Sin embargo, la evolución de los acontecimientos desbordaría tal cláusula. Teniendo en cuenta que en todo momento se habrá de considerar la diferencia entre los servicios prestados por el reino, cuyo órgano decisorio era la Diputación Buscar voz..., y los servicios prestados por la ciudad de Zaragoza, cuyo órgano decisorio era el concejo de la ciudad, en el año 1630 la ciudad servía con 200 hombres; en las juntas celebradas en 1634 en la ciudad de Zaragoza, se demandaba un servicio cuya efectividad no ha sido estudiada hasta el momento; en 1635, Zaragoza volvía a servir con 300; mayor importancia adquiría el año 1638 cuando, habiendo puesto los franceses sitio a Fuenterrabía, la ciudad de Zaragoza, con el apoyo de las demás universidades del reino, mandaba un tercio de 1.000 hombres para la defensa de Navarra, un año más tarde se pedía un nuevo tercio, esta vez para la defensa del Rosellón; hay incluso indicios de que Zaragoza volvía a servir con 200 hombres más el mismo año de 1640.

La situación de la monarquía, que estaba en guerra abierta con Francia desde el año 1635, se iba haciendo más agobiante, llegando a su momento decisivo cuando el año 1640 eran los reinos peninsulares (Cataluña y Portugal) los que se rebelaban contra la Corona. Daba así comienzo la guerra de Secesión catalana (1640-1652). Ello iba a obligar al reino de Aragón no sólo a servir con importantes efectivos a la monarquía, sino que habría de prevenir su propia defensa. En situación tan agobiante, en la que el reino se vería invadido en diversas ocasiones, los aragoneses recurrirían a diferentes sistemas para defenderse: al mismo tiempo que el reino debía cumplir con diferentes levas, ofrecidas a la monarquía, por otro la imperiosidad de determinados momentos durante la guerra hizo que los socorros, tanto de los lugares y ciudades más importantes del reino como de los lugares próximos a la frontera, fueran constantes, mientras en estas últimas se formaban juntas y coligaciones de las zonas más afectadas para defenderse. En conjunto, los elementos humanos y materiales fueron cuantiosos. Para cumplir con los servicios al monarca y levantar la gente para defender las fronteras, se empleó principalmente el sistema de levas por «repartimiento», es decir, a base de distribuir el número de soldados de que se componía un servicio entre los lugares del reino, según les correspondiera (habían de dar un soldado por cada cierto número de fuegos Buscar voz...). Algo parecido se realizaba para reunir el dinero necesario para las pagas, para lo cual se recurría al dinero de las Generalidades Buscar voz..., y el resto necesario para cubrir las cantidades estipuladas se intentaba reunir mediante el reparto de sisas Buscar voz... sobre el reino, sin olvidar en última instancia, los donativos que nobles, lugares y otros particulares efectuaban.

En otras ocasiones, cuando por «repartimiento», y dado el carácter de servicio voluntario, no se reunían los hombres necesarios, se enarbolaba bandera, nombrando capitanes, alistándose la gente a cambio de pagas o prerrogativas; las ciudades más importantes, para el levantamiento de los hombres que les tocaban y otros socorros, emplearon con frecuencia este sistema; otras veces los mismos capitanes reclutaban a la gente. Para la recluta de gentes, ante el sitio de Fuenterrabía de 1638, los jurados de la ciudad de Zaragoza, a fines de agosto, ordenaron pregonar la donación de cartillas de maestro en los oficios, a su vuelta, a aquellos mancebos que se enrolasen en el ejército; con ello se pretendía la inscripción de voluntarios. Las recompensas otorgadas por el rey y la ciudad de Zaragoza a los que volvieron de la campaña fueron numerosas y variadas. En el fondo de todo ello estaba el escaso interés que, por lo general, sentía el aragonés de embarcarse en campañas bélicas. Ya en el reinado de Carlos II Buscar voz..., y ante la agresiva actitud de Luis XlV de Francia, el reino, exhausto y sumamente deprimido, se vería de nuevo requerido, tanto por la corona como por las llamadas de ayuda del principado de Cataluña, para que contribuyera a sofocar las constantes agresiones francesas en tierras catalanas. Si nos detenemos una vez más en la situación estratégica del reino, comprenderemos cómo tal situación generaba nuevas tensiones, tanto en el Pirineo como en la frontera catalano-aragonesa, sin contar con el incremento de tropas de la monarquía que, una vez más, atravesaban el reino rumbo a los lugares de conflicto. Numerosos fueron los contingentes que durante estos tiempos hubo de levantar el país, unos para su defensa y otros para servir en el principado, todos ellos muy escasamente estudiados hasta el presente. Sin embargo, sí que se puede señalar cómo en las Cortes de 1677-1678, entre otras resoluciones se ofrecían dos tercios de 750 hombres cada uno, por un período máximo de veinte años, de cuya paga se encargarían las Generalidades, a cuyo fin se elevaban los derechos del General, del mismo modo que se llevaban a efecto sensibles reducciones en los rendimientos de los censales, así como otra serie de medidas económicas sobre el reino, afirmando que todo ello se servía «en consideración de quan invadida está la dilatada Monarquía de V. Magestad de las armas enemigas y singularmente con frequente hostilidad en el Principado de Cataluña y condado de Rosellón y Cerdaña, aumentando a sus fuerças los deseos, y cumpliendo con la natural satisfacción»; sin embargo, la triste situación en que se hallaba el reino continuaría exteriorizándose cuando el 17-III-1684 se convocaban Cortes en Zaragoza, las cuales se prolongarían hasta 1686 (19 de marzo), en las que se acordaba que «en consideración de que por la calamidad de los tiempos y falta de comercio» se veía el reino incapacitado para servir según lo dispuesto en las pasadas Cortes, por no alcanzar las cantidades necesarias para el pago de los dos tercios conforme a las medidas dispuestas en dichas Cortes, quedaba reducido el servicio a un tercio de 700 hombres. Y aun esta medida no sería efectiva, pues en la campaña de 1694, Aragón sólo participaba con un máximo de 600 hombres, de los que 300 eran levantados por la ciudad de Zaragoza, evidenciándose, así, una vez más, el grado de postración en que se hallaba el reino.

Llegados al siglo XVIII, entramos en el tercero de los grandes períodos en que hemos dividido inicialmente la evolución del «ejército aragonés», durante la Edad Moderna: con la nueva política centralista de los Borbones, el reino de Aragón quedaría incorporado a la reforma militar que suponía la desaparición del carácter peculiar de los llamados servicios eventuales aragoneses, propios del reino; ahora las nuevas compañías y regimientos serían decretados desde Madrid, siendo parte del nuevo ejército español, que iría formándose a lo largo del XVIII. Como expresión de ello presentamos el siguiente fragmento de una real determinación: «El Rey ha resuelto... que se levanten en esse Reyno seis compañías de Infantería, con el nombre de Voluntarios de Aragón, sobre el Pie que explica el Plan adjunto: Y siendo su Real voluntad que toda la tropa sea de Mozos, naturales del mismo Reyno, que de buena voluntad se presenten a servir en este Cuerpo, y que igualmente sean también Oriundos de él, todo la mayor parte possible de Oficiales; cuya classe quiere S.M. que se componga de Nobles, o Hidalgos, me manda prevenir a V.E. que sin dilación haga circular en todas las Cabezas de Partido esta su Real Determinación, poniendo Carteles y fixando en cada una el número determinado de Reclutas para no embarazarse en el acopio de ellas y tener conocimiento de las que en cada Partido se pueden admitir, presidiendo los de Jaca, Teruel, Benavarre, Albarracín, etc., como País de Montaña cuya gente suele ser la más apta, y exercitada en el uso de las Armas...; assí lo espera S.M. persuadido a que no querrán perder la parte que puedan tomar en la gloria de sus Reales Armas; desde que éstas empiezan sus operaciones Militares» (6-III-1672).

• Bibliog.:
Armillas Vicente, J. A.: El Ejército; Cuadernos de Zaragoza, n.º 30.
Id.: «Levas zaragozanas para la Unión de Armas, 1638»; Estudios, 78, Zaragoza, 1979.
Id.: «Acción militar del Estado aragonés contra Portugal (1475-1477 y 1664-1665)»; Estudios, 79, Zaragoza, 1980.
Camón Aznar, J.: «La situación militar en Aragón en el siglo XVII»; Historia Militar, año XIV, n.° 29, 1970.
También en Cuadernos de Historia J. Zurita, 8-9, Zaragoza, 1959.
Solano Camón, E.: El Reino de Aragón en la guerra de Cataluña (1640-1652); tesis de licenciatura leída en la Facultad de Filosofía y Letras de Zaragoza el 19-IX-1980.
Solano Camón, E.: El Servicio de armas aragonés durante el siglo XVII; Alcorces, n.° 10, Zaragoza, 1979.

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