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Dote

Contenido disponible: Texto GEA 2000

(Derecho). En Derecho Romano, es la aportación que hace la mujer al matrimonio para que la administre el marido y con sus frutos atienda a las cargas familiares. En Aragón, originariamente, la dote era aportada por el marido como una donación que hace a la esposa. Pero sin duda había también constituciones de dote por la esposa al modo romano, y, finalmente, como las observancias consideran al marido administrador de los bienes de su esposa disponiendo de los frutos de éstos para atender a las cargas familiares se entiende que todos los bienes uxorios están equiparados a la dote, y que, por tanto, a cambio de estar sometidos a la gestión del esposo, gozan de los privilegios dotales que aseguran su integridad y restitución. En el Derecho tradicional de las observancias, y hasta época reciente, la mujer no tiene en absoluto el gobierno de sus propios bienes: «en Aragón no hay parafernales», se dice.

La dote, como aportación de la mujer donada por sus padres con ocasión de matrimonio, debió de coexistir con las arras Buscar voz... o dote del marido desde la primera época del Derecho aragonés: inicialmente es de pensar que esta dote donada por los padres a la mujer consistía sólo en el equipo: objetos de uso personal y doméstico; luego, se dotaría a la hija en un inmueble. De la época primitiva conservó esta dote constituida por los padres un nombre específico: axovar o aixobar, palabra que significa ajuar. Acaso por influencia romana, a la dote constituida por los padres, cuando es inmobiliaria, se le impuso, en los textos tradicionales, una relativa inalienabilidad, que la Compilación extiende a los bienes muebles -pues la idea de restringir al fundo dotal la prohibición de enajenar obedece a la vieja consideración de las cosas muebles como cosas viles-, disponiendo que «la dote asignada a la mujer por sus ascendientes no podrá ser enajenada, mientras el matrimonio no tenga descendencia, sin el asentimiento de los padres de la mujer o del que de ellos viviere o, en su defecto, de la Junta de Parientes, y siempre con obligación de invertir el precio en otros bienes determinados, que gozarán de igual condición jurídica» (art. 31-1). El precepto no sería aplicable a la dote consistente en dinero, pero sí a cualquier otra regularmente constituida, incluso constante matrimonio. Habiendo descendencia cesa toda limitación, que, de acuerdo con el Derecho histórico -la Compilación no permite resolver el problema por sí misma-, no renace si la descendencia fallece.

El asentimiento parental a la venta de la dote se requiere igualmente para la permuta. En cuanto a la constitución de garantías sólo parecen permitidas las en favor propio es decir, cuando se presten en el desarrollo de un negocio que proporcione un precio que reinvertir, o bien él mismo suponga, económicamente, una reinversión.

Según el art. 31-2, «la renuncia de la mujer a la dote o la firma de dote, o las garantías de las mismas, así como la enajenación de tales aportaciones, necesitarán, en todo caso, el asentimiento de las personas mencionadas en el párrafo anterior». Al no distinguir el precepto, alcanza incluso a la dote constituida por la propia mujer, si bien no era ése su sentido tradicional. Por enajenación debe entenderse cualquier negocio que pueda conducir a la privación de la propiedad.

El embargo de la dote por deudas de los cónyuges parece quedar aquí impedido por la norma del art. 31-2 si los legitimados para ello no han asentido al negocio que dio origen a la correspondiente deuda.

La dote, tanto la de origen romano -constituida por los parientes de la mujer o por extraños en atención a ésta- como la de tipo «germánico» -aportación o promesa del marido en favor de la mujer-, tienen en común el ser históricamente institutos que acuerdan un papel específico a la mujer. En consecuencia, bien puede pensarse que la dote entraña discriminación para ésta, por más que sea concebida en su beneficio y protección y, por tanto, no podían quedar inalterados los preceptos correspondientes de la Compilación del Derecho civil de Aragón. Por otra parte, y aun siendo institución hoy casi en desuso, tampoco parecía oportuno suprimirla, ya que no se ve razón para privar a los aragoneses que lo deseen -la dote no es obligatoria- de la posibilidad de utilizar unos cauces jurídicos que los Fueros y Observancias desarrollaron con tanto cuidado; una vez, eso sí, que se eviten los aspectos discriminatorios. Éste ha sido el criterio de la Ley aragonesa de 16 de mayo de 1985, que se ha limitado a «bilateralizar» la dote, es decir, a admitirla en favor tanto del marido como de la mujer. Así, por ejemplo, donde el texto decía que «el marido puede otorgar dote o firma de dote a su mujer», dice ahora: «cada cónyuge puede otorgar dote o firma de dote al otro». Es interesante recordar que en el anteproyecto del Seminario de la Comisión Compiladora (1961) se preveía la constitución de dote o firma de dote por cualquiera de los cónyuges en favor del otro, de lo que -suprimido en Madrid- quedó huella en el artículo 129. Probablemente atendió el Seminario a que en las capitulaciones tradicionales pirenaicas se pacta para los hermanos del heredero, varones o hembras indistintamente, que sean «dotados al haber y poder de la casa» (vid. art. 109 de la Compilación). La dote constituida en favor del marido entronca bien, como se ve, con la tradición jurídica aragonesa.

 

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