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Doceañistas

Contenido disponible: Texto GEA 2000  |  Última actualización realizada el 20/10/2009

(Hist. Contemp.) La Constitución de 1812 Buscar voz..., pese a su derogación, dejó una estela ideológica que caló especialmente en el ejército —oficiales prisioneros en Francia durante la guerra de la Independencia Buscar voz...— y también en la clase urbana combatiente en los Sitios Buscar voz..., inquietada por la confusión institucional y «gobierno pernicioso» de la monarquía fernandina al comienzo de 1820, imaginando al monarca secuestrado entre cortesanos siniestros. Sólo cabía una salida: restaurar la Constitución de 1812. El general Riego Buscar voz... había dado el primer paso.

Ante el peligro que entrañaba el cambio de régimen, el conglomerado constitucionalista aragonés empezó a conspirar en el invierno de 1820 para proclamar la Constitución de 1812, evocando en su lenguaje político a Lanuza Buscar voz..., los Fueros Buscar voz... y hasta a Antonio Pérez Buscar voz.... El estímulo inmediato fue el anuncio de la llegada a Zaragoza como nuevo capitán general Buscar voz... de Aragón del duro conde de Castejón para ahogar el proceso constitucionalista. Pensar que el marqués de Lazán Buscar voz..., ex diputado de Cádiz Buscar voz..., constitucionalista moderado (lo que pronto se llamaría «doceañista») pudiera abandonar la Capitanía General de Aragón, aceleró el desenlace de la conspiración, integrada por el cúmulo de adhesiones personales conseguidas durante su largo mandato.

José Zamoray, líder natural del barrio de San Pablo, empleado del Canal Imperial Buscar voz..., formidable guerrillero urbano durante los Sitios, agrupó a los constitucionalistas militares y civiles mediante reuniones secretas en su propia casa, consiguiendo la ayuda de Martín de Garay Buscar voz..., ex ministro de Hacienda, desterrado en La Almunia Buscar voz..., antiguo secretario de la Junta Suprema Central Buscar voz... y, en cierto modo, creador de las Cortes de Cádiz. Zamoray también consiguió la participación de la guarnición con objeto de conseguir sin sangre la instauración del régimen constitucional, cuidando él y sus partidarios del orden público y dejando a las tropas en los cuarteles.

El lluvioso 5-III-1820, con las tropas formadas en el Coso y en la actual plaza de España, a las 12, el marqués de Lazán y los conjurados proclamaron la Constitución, se retiró la lápida dedicada a San Fernando y colocó otra dedicada a la Constitución, con acta firmada por los comprometidos —el teniente general Amat, el general Torres, autoridades y regidores—, considerándose proclamada por el pueblo y la guarnición.

La diferencia radical entre los levantamientos de Cabezas de San Juan y La Coruña con el de Zaragoza, está en que éste fue civil, con la intervención de los veteranos combatientes de los Sitios como protagonistas fundamentales. Las parroquias de Zaragoza eligieron una Junta Suprema de Aragón: presidente, el marqués de Lazán; vocales: Martín de Garay, consejero de Estado; J. A. Marco, canónigo; H. Ximénez, comisario-ordenador; A. Caminero, coronel de ingenieros; R. M. Feliú, peruano, ex diputado, desterrado en Monzón; secretario, M. M. Alzáibar; y suplentes V. Torres-Solano, M. Villava y R. Crespo. La Junta residía en la casa de su presidente, poco después en la del conde de Sástago.

La Junta empezó aceleradamente a aplicar la Constitución y la legislación emanada de la Cortes de Cádiz, con el juramento de aquélla por todos, incluso por la Iglesia Buscar voz...; envío inmediato de delegados a todo Aragón para ser igualmente jurada -Teruel, Borja y Tarazona fueron las primeras-; una primera medida: la supresión de la Inquisición Buscar voz..., cuya cárcel, donde sólo había un preso, fue asaltada por el pueblo; vuelta a la estructura judicial constitucional -juzgados de primera instancia- y reposición de los ayuntamientos anteriores a 1814, nombrado vicesecretario de la Junta Pantaleón Espín, cura guerrillero Buscar voz... de las tierras del Bajo Aragón. En el municipio zaragozano subsistiría Mariano Saldaña, superviviente de todos los cambios políticos.

El poder de la Junta fue casi total (exceptuando el ámbito militar), haciéndose cargo de la tesorería real y abonando —medida muy popular— los atrasos en las pagas de los funcionarios, y teniendo su propia guardia personal, convertida por Zamoray en las llamadas Compañías Cívicas Constitucionales para proteger el orden público sin la necesidad del ejército; sus capitanes fueron labradores y comerciantes: Mariano Salas, Francisco Muñoz, Luis Lapuente, Juan Ballesteros, Francisco Melchor Ortiz. Guardia ajena a lo que sería después Milicia Nacional Buscar voz..., desaparecerá con la Junta, cuando venga la Diputación Provincial, pero su organización quedará subyacente durante todo el período constitucional, y en los momentos de crisis resurgirá imponiendo el orden nocturno, especialmente en la ciudad. La Junta desafió a Madrid nombrando jefe político -gobernador civil- al coronel de ingenieros Luis Veyan, americano de nacimiento y altoaragonés de origen, con lo que se inicia la ruptura entre los constitucionales, polarizándolos en «doceañistas» y «exaltados», y creando también jefes políticos bajo su mando en Cinco Villas, Alcañiz, Huesca, Daroca, Calatayud, Boltaña, Tarazona, Borja, Albarracín, Benabarre y Teruel, dividiendo así el territorio aragonés, aunque provisionalmente, para proyectar en todo su ámbito la jurisdicción constitucional.

La jura de la Constitución se efectuó de un modo solemne y oficial el 12-III-1820: tras Te Deum en el Pilar, y partiendo de la Lonja en procesión cívica, es llevada en andas por los labradores una lápida de piedra de Calatorao, con el rótulo de «Plaza de la Constitución» en letras doradas, custodiada por labradores escopeteros, por las calles de Cuchillería y San Gil -hoy Don Jaime- hasta el convento de San Francisco -hoy Diputación Provincial- donde estaba formada toda la guarnición, ante un público fervoroso, y colocada entre salvas de artillería y disparos de los paisanos bajo la lluvia. Campanas al vuelo, luminarias nocturnas, rondas, fuegos artificiales, música... El festejo duró tres días.

Esta lápida («la losa», llamada popularmente) va a ser casi sacralizada, adornada constantemente con luces, tapices, como una capilla, y con guardia permanente de honor. La Plaza de la Constitución será desde entonces el corazón vivo y caliente de la ciudad. Sin embargo, el 14-V un grupo de labradores de las parroquias de San Miguel y del Arrabal (apostólicos Buscar voz...) intentaron destruirla, primer indicio de la resistencia anticonstitucional; de los procesos incoados, en el más inmediato aparecieron como implicados el párroco de San Gil, varios labradores entre los que destacaba Francisco Ortiz, el «Chirotes», de 69 años, y condenado a 8 de trabajos forzados en el Canal Imperial; también se encontró implicado el secretario de la mayordomía del arzobispo -el palacio episcopal casi fue asaltado- y éste hubo de alegar públicamente su inocencia.

El ejército presionó para que Lazán fuese cesado por la Junta de Madrid, que lo sustituyó por el mariscal de campo Miguel de Haro. La reacción fue inmediata en los medios civiles, por los favores que el marqués hizo a los liberales durante la etapa absolutista. Otra vez Zamoray operará con sus antiguos combatientes de los Sitios movilizando a las parroquias, que solicitarán, con la Junta y el ayuntamiento, la reposición del marqués. Entretanto, Haro había llegado a La Muela, y cuando intentó pasar fue a parar al castillo de la Aljafería como huésped privilegiado. En el café de Lagorio, de los «doceañistas», el teniente general Amat leería en voz alta ante el entusiasmo de los contertulios el mensaje de que Lazán continuaría siendo capitán general. Pero Luis Veyan continuaba su obra de socavar y limitar el poder de la Junta de Aragón en favor del gobierno de Madrid, especialmente en las elecciones que se efectuaron, menguando la potencia política doceañista. Veyan, hombre enérgico, junto con el juez de primera instancia Duru, estará atento a romper el equilibrio entre los ya insinuados sectores constitucionales moderados y exaltados, atreviéndose a arrestar a los contertulios de la marquesa de Lazán, denunciados de «infidencia» por un actor. El primero de año de 1821 lo pasaría María Gabriela Palafox de Portocarrero en la cárcel, con una hija de cuatro años y una doncella. El juicio, que se celebró en la Audiencia presidida por Pedro María Ric, y el careo con el actor fueron un acontecimiento social, clamoroso para ella. Declarada inocente, recibirá los aplausos de sus partidarios -la ciudad se encontraba ya dividida en dos áreas políticas-. De día la marquesa era aclamada. De noche sus balcones recibían las rondas de los regimientos de Cantabria y Asturias, con canciones patrióticas, plagadas de Trágalas, que hubieron de oír muchos doceañistas como Miguel Nougués en Borja, Manuel Gómez en Albarracín, Pedro Víu en Belchite, José Miguel Murada en Tarazona, y Joaquín Castillo en Benabarre.

Esta división llegaría a reflejarse en signos exteriores. Al principio del Trienio Constitucional los hombres adornarán sus sombreros con cintas verdes con los lemas: «Constitución y Rey», «Cortes, Rey y Religión». Después, «Cortes y Libertad». Más tarde la generala Lacy y su familia ponen de moda las cintas con el epígrafe «Constitución o Muerte». Otros, en los sombreros llevaban plumas blancas, amarillas y rojas, generalmente los eclesiásticos. Las damas portaban estos colores y lemas en forma de bandas o en el peinado adornando el cabello. Era la guerra ingenua y romántica de las cintas, de la que salen perdiendo los doceañistas, especialmente a partir del general Riego como capitán general de Aragón; pero es entonces también cuando aparecerán en vestidos y sombreros cintas amarillas de filetes rojizos con el siguiente lema: «Constitución, ni más ni menos». El verdadero espíritu doceañista.

 

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