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Defensas del reino

Contenido disponible: Texto GEA 2000

(Historia) Al considerar el dispositivo defensivo del reino de Aragón habremos de contemplarlo en una doble dimensión: la organización fronterizo-defensiva, de un lado, y la defensa interna del mismo, sobre todo en su lucha contra el bandolerismo, por el otro.

Si atendemos a su organización fronterizo-defensiva, el reino quedará encuadrado en dos momentos históricos y de características geopolíticas claramente definidas. Primeramente, el Aragón medieval, como Estado componente de la Corona de Aragón, período en el cual habría de soportar la guerra con Castilla y la de los Trastámaras de ambas coronas después, por cuestiones de carácter fundamentalmente nobiliario. En segundo lugar, y desde finales del siglo XV, con la nueva política surgida de la unión dinástica de los Reyes Católicos, y más propiamente del establecimiento de la casa de Austria en España, los aragoneses se verían sumidos en la política y vaivenes de dicha monarquía; es así como, siendo con frecuencia ajeno a los intereses que se disputaban, el reino habría de organizar precipitadamente su defensa ante las agresiones de unos y otros según los tiempos y circunstancias. La organización defensiva de Aragón corresponderá en líneas generales a dispositivos eventuales que, tras su aprobación en Cortes y en forma precipitada, habían de montarse frente a las invasiones o eminente peligro del enemigo, caracterizándose en todo momento por su desorganización y falta de medios, no tanto por la escasez de recursos como por la falta de interés que tenían los aragoneses en conflictos que con bastante frecuencia ellos no habían provocado.

Durante este largo período (siglos XIII al XVIII) y partiendo de los momentos medievales, cobrará especial relevancia la frontera castellano-aragonesa, que (junto con la de Navarra y el Pirineo), sufre frecuentes incidencias; establecida en el siglo XIII, dos fenómenos la afectarán ya en el XIV; por un lado, la fuerte plaza de Albarracín y el castillo de Ródenas, ambos aragoneses, se alzarán en rebeldía cuando el infante don Fernando, señor de los mismos, se ponga al servicio del rey castellano el año 1336; por otro lado, declarada la guerra denominada «de los dos Pedros» (Pedro IV de Aragón y Pedro I de Castilla), que duraría desde el 1356 hasta el 1369, quedaría notablemente afectada dicha frontera.

Una línea de más de cien castillos resguardaba esta frontera desde el Moncayo hasta Teruel. La finalidad de los castillos consistía tanto en cubrir los caminos y pasos fronterizos, a base de islotes fortificados, como en posibilitar las incursiones y algaradas hacia el país vecino; sin embargo, las consecuencias durante esta guerra serían nefastas (despoblamiento de los pueblos no fortificados, rebeldía e indisciplina de los soldados, depredación de las tierras, etc.), culminando con la pérdida de Tarazona, que más tarde los aragoneses reconquistarían. Ya en el siglo XV y hasta los Reyes Católicos las fronteras sufrirían un especial dinamismo bélico, sobre todo en los reinados de Alfonso V de Aragón, ausente gran parte del tiempo, y Juan Buscar voz... II de Aragón, debido a las luchas sostenidas por el largo pleito de los Trastámaras.

Con Alfonso V (1416-1458) el reino de Aragón hubo de hacer frente en tres de sus fronteras. En el Pirineo siempre habrá de tenerse una postura de vigilancia y defensa frente al vecino francés, ya que en reiteradas ocasiones realizará intentonas, a base de pequeñas algaradas, con la finalidad de saquear la correspondiente zona aragonesa. Es así como en las Cortes de 1442 (Alcañiz-Zaragoza) se adoptarán medidas militares circunstanciales, consistentes en la inversión de cerca de 78.000 sueldos en gentes de armas para la guarda de los puertos. Por la contabilidad aparecida en el archivo de la Diputación de Zaragoza, podemos conocer los puertos que se guardaban en las guerras del siglo XV contra Francia, eran los siguientes: Jaca, Yebra, Basa, Ferrer, Cortillas, Serrablo, Canfranc, Aragüés, Aísa, Borau, Castiello, Bescós, Pardinilla, Cañas, Echo, Ansó, Berdún, Salvatierra, Bailo, Sasal, Senegüé, Acumuer, Araguás del Solano, Grazanuepel, Tiermas, Ruesta, Baraguás, Bandrés, Martillué, Sallent, Panticosa, El Pueyo, Lanuza, Aínsa, Torla, Fanlo, Puértolas, Bielsa, Plan, Gistaín y Benasque.

Mientras tanto, la frontera castellano-aragonesa continuaba soportando el largo pleito de los Trastámaras, que en esta ocasión daba lugar a la guerra «de los dos Juanes» (Juan II de Castilla y Juan de Navarra). Por tal motivo Alfonso V proponía Cortes en Zaragoza, las cuales servirían ciertos contingentes para prevenir los ataques e invasiones fronterizas, ante el descuido en que estas fronteras se tenían. Sin embargo, las urgentes demandas de Juan eran contestadas a base de lentos socorros, llenos de disputas, constante ésta en los servicios en los que el reino apenas se sentía protagonista.

— Iba ya debilitándose la confrontación castellano-aragonesa cuando el año 1450 estallaba la guerra en Navarra entre beamonteses (Carlos de Viana) y agramonteses (Juan de Navarra), la cual llevaba las turbaciones a la frontera aragonesa, muy particularmente a la zona de las Cinco Villas y a la Canal de Berdún; la misma ciudad de Zaragoza hubo de contribuir con servicios extraordinarios, movilizando una compañía capitaneada por Jimeno Gordo. Pero pronto se aliará el príncipe Carlos de Viana con Castilla, en contra de su padre Juan de Navarra, lo que avivará de nuevo las discordias en la frontera castellano-aragonesa. Las correrías castellanas por tierras de Daroca y Calatayud pusieron de manifiesto, una vez más, la debilidad de dicha frontera. Las Cortes de Zaragoza (1451-1453) tuvieron entre otros fines predominantes la defensa y prevención de esta frontera. Entre las medidas de mayor interés defensivo se halla la organización, en 1451 de las hermandades de los lugares de la derecha del Ebro, que se acercaban doce leguas a la frontera castellana. Llegados al año 1454, se restablecía la paz con Castilla.

El reinado de Juan II (1458-1479) no iba a ser por ello más halagüeño en cuestiones de paz. En su reinado el reino de Aragón vería agredidas todas sus fronteras, a lo que habría que añadir el agravante que, desde ya hacía tiempo, suponían las luchas nobiliarias y sociales internas, que llegaron a situar en grave estado al país. El año 1462 estallaba la guerra de Secesión catalana. Este mismo año los catalanes ofrecían el trono a Enrique IV de Castilla; el rey castellano aceptaba, enviando tropas a Cataluña a levantar el sitio puesto por Juan a Barcelona, mientras otras tropas invadían Aragón, tanto por el norte (zona de Veruela) como por el sur (conquistas de Aliaga, Alcañiz y Castellote). A tal desbarajuste habría que añadir, entre otras, las rebeliones de Jaime de Aragón, hijo de Alonso de Aragón, en el territorio de Albarracín, y de Juan de Híjar, señor de Belchite, también en el sur, partidarios ambos de la causa catalana que había surgido en Aragón. Esto posibilitó el paso de tropas castellanas por el sur de Aragón.

Por lo general, el reino trató de mantener sus propias fronteras guarnecidas, más por su propia defensa que por interés en la causa de Juan II. Así sabemos que el dispositivo militar del año 1463 era el siguiente: en el norte Gaspar de Espés tenía a su cargo las gentes del condado de Ribagorza mientras que Juan Froncillón hacía lo propio con la tierra de Jaca; al este, Juan de Olzina, señor de Huesca, Juan de Embún y Juan González defendían Albalate; Hugo de Urriés cubría Fraga, y Juan de Cuéllar, Caspe; en el sur, Montalbán quedaba en manos de Pedro Gilabert y Teruel en las de Juan Fernández de Heredia, señor de Mora; por lo que al oeste se refiere, Calatayud estaba encomendada a Martín de Lanuza, baile general de Aragón, Tarazona se hallaba defendida por Martín Torrellas y Gurrea, y Borja por Juan López de Gurrea, gobernador de Aragón. Con el arbitraje francés de este mismo año, Enrique IV se retiraba de Cataluña, aunque la guerra continuaría varios años más, lo cual supuso no pocos trastornos en la frontera catalano-aragonesa.

En los tiempos a los que nos estamos refiriendo, la frontera navarra continuaba siendo centro de discordias, pues eran constantes las bandas armadas que, penetrando en el reino de Aragón, cometían todo tipo de robos y rapiñas. Tal situación se consumará cuando, el año 1460, Gastón de Foix reciba ayuda francesa y marcha hacia Aragón en guerra declarada. Sólo el 20-V-1471, en Olite, Juan II de Aragón llegaba a un acuerdo con Gastón de Foix y Leonor, quienes quedaban como lugartenientes y gobernadores generales perpetuos de Navarra, mientras viviera el rey.

Paralelamente a estas eventualidades, el Pirineo seguía siendo fuente de inseguridades. Por ejemplo, el año 1468, aragoneses apostados en Canfranc vigilaban los movimientos del conde de Armagnac, preparado para invadir el reino. Era la misma guerra de Secesión catalana la que estaba originando estas dificultades en la frontera pirenaica. Existieron incluso intentos de poner a Jaca, en 1472, en manos de gentes de Gascuña; por otra parte armas francesas intentaron invadir el reino por el valle de Arán en julio de este mismo año, lo que hizo necesario reunir gentes para frustrar el intento.

Por lo que se refiere a las maltrechas fronteras con Castilla aún habrían de recibir este año de 1472 el impacto de las correrías de los hermanos Alonso y Juan Enrique de Arellano, quienes atacarían zonas de la Comunidad de Calatayud. Fecha clave de este mismo año era el 16 de octubre, en que quedaba aprobada la capitulación de Pedralbes, señalándose con ello el fin de la ya larga guerra de Secesión catalana, sin embargo ello no traería la paz a la Corona de Aragón. Muy pocos meses después, Juan II, ávido de reivindicar el Rosellón y la Cerdaña, iniciaba las hostilidades contra Luis XI, lo que daría lugar a la contraofensiva francesa por Navarra y el Rosellón, estratégicos pasos de penetración hacia la península. En abril de 1473, Juan II se encontraba sitiado en Perpiñán, lo que llevó a convocar «hueste cavalcada por todo el Reyno»; de esta forma Fernando entraría en Perpiñán el 28-VI-1473. Pronto los franceses reanudarían las hostilidades contra Perpiñán, mientras que contingentes franceses de Vasconia y Gascuña penetraban en Aragón por los valles de Benasque y Arán; como ya era costumbre, los diputados del reino no manifestaron demasiado interés en proveer la defensa del Pirineo, confiada al capitán de las montañas Domingo Román, lo que induciría a Alonso de Aragón, conde de Ribagorza, a pedir ayuda a los del país. Tras una cortísima pausa, los franceses reanudaban en 1474 las hostilidades, obligando al reino a nuevas movilizaciones. En 1476 la marcha francesa sobre Navarra llevaba, de nuevo, a movilizar al reino y a preparar las defensas de esta frontera. Por otra parte, en otoño de este mismo año, la relativa tranquilidad por la que atravesaba Aragón era turbada por las incursiones del conde de Pallars por tierras de la Litera; así Machicot saqueaba impunemente Tamarite y el reino, sin recursos militares -situación bastante habitual-, tuvo que dejar la defensa en manos de los lugares circunvecinos. Por fin, el año 1478 se firmaba la paz con Luis XI de Francia, y un año más tarde moría el rey Juan.

Con la unión dinástica que supuso el matrimonio de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón el contexto geopolítico y defensivo del reino iba a dar un viraje. Ciertamente el reino, desde este momento y durante el reinado de los Austrias, tuvo una más o menos endeble organización defensiva; sin embargo, la estructura táctica de las defensas nos permite contemplar una finalidad defensiva más propia de la monarquía que del reino en sí. La rivalidad política con Francia hizo que desde este momento el Pirineo pasase a ocupar la cabeza como baluarte defensivo del reino, siendo sus extremos, Rosellón y Navarra, los puntos de máxima tensión, de acuerdo con la misma composición orográfica del terreno. La defensa del Pirineo aragonés se desarrolló de forma directa mediante el manejo de las armas, mientras que era habitual el modo indirecto a través de un sistema de vigilancia, fortificaciones, facerías pastoriles, etc. De este modo, con mayor o menor intensidad, se iría manteniendo a lo largo del tiempo que nos ocupa. En 1512 daba comienzo la guerra de Navarra, lo que obligó a prevenir las defensas del reino al mismo tiempo que contingentes aragoneses acudían a los puertos y montañas del Pirineo para impedir la entrada de enemigos que, con la finalidad de distraer, trataban de penetrar en el reino por diversos sitios. El hecho más destacado fue el desastre sufrido por un contingente francés, en el valle de Broto, mandado por el senescal de Bigorra y Luis de Aste: entraron por la parte de Bujaruelo y siguiendo el río Ara llegaron a Torla, desprovista de defensa, cuyas casas quemaron, y destruyeron mucho; sin embargo, sus habitantes, unidos a contingentes llegados de lugares comarcanos, vencieron a los franceses.

La guerra de Navarra, finalizada el año 1512 con la anexión de este reino (1515), renacería en los primeros años del reinado de Carlos I lo que obligaría a los aragoneses, una vez más, a prevenir su defensa. En estas circunstancias, otro punto importante de penetración por parte de los franceses era el valle de Arán, del que Blasco de Lanuza nos da noticia: poseía cinco castillos y 23 torres, y la principal fuerza era la del castillo de León que tenía 50 soldados. El cronista Diego de Sayas nos relata cómo, en estos tiempos, se verificó la invasión de mayor importancia, acontecido en noviembre de 1524, cuando el senescal de Tolosa entró en el valle de Arán con gran número de tropas; pero la acción de los araneses y los socorros del duque de Cardona, de Benasque y de Barrabés los pusieron en retirada. Fueron diversos los intentos de invasión, pero sólo hasta muy avanzado el reinado de Felipe I (II de Castilla) se organizaría, un sistema defensivo propiamente dicho.

Efectivamente, como consecuencia de los años turbulentos que supusieron para Aragón las llamadas alteraciones, con su punto culminante en el año de 1591, Felipe I iba a reformar el carácter defensivo del reino. Con esta intención, enviaba al virrey de Aragón, duque de Alburquerque, una instrucción dada en Aranjuez el 26-lV-1594. Con ello se pretendía, por un lado, la quietud del reino, mientras que, por otro lado, se trataba de crear una línea de contención frente a los posibles ataques franceses o cualquier tipo de penetración por parte de los mismos. Por todo ello, se mandaba que la casa real de la Aljafería fuera reparada, y que junto a la ciudad de Jaca se construyera un fuerte, otro en Berdún y en las montañas las torres de Santa Elena, Echo, Ansó, La Espelunca y Los Baños, y que, además de esto, se reparasen los castillos de Canfranc, Aínsa y Benasque. La ciudadela de Jaca, como construcción principal, tuvo a Spanoqui como director. A estas defensas pirenaicas se pueden agregar las casonas fortaleza de los lugares de Boltaña, Bielsa y Benasque, algunas de las cuales fueron reparadas igualmente en esta época.

Se disponía, además, que se formase un contingente de mil hombres, que cubrirían los lugares dichos, habiéndose de añadir a ellos el castillo de Castellón, en el valle de Arán. Sin embargo, el hecho de que este dispositivo militar no se formara integrando soldados naturales del reino nos ratifica una vez más los intereses estratégicos de la corona y no los del reino.

Con todo ello, entrando en el siglo XVII, el reino de Aragón va a sufrir una cada vez más deteriorada situación, tanto en sus aspectos políticos como en los económicos y sociales, coincidente con la grave crisis que experimentaría la monarquía. Todo ello influirá en el descuido defensivo, que llevará al conde de Aranda a manifestar en 1638 al rey el deterioro cada vez más acusado en que se encontraban las fortalezas del reino; refiriéndose concretamente al castillo de Jaca señalaba que: «pues aunque este castillo sin bastimentos y otras cosas que debe tener para lo que se ofreciere, no hago relación de ello por menos a su magestad..., sólo digo que es notable falta el estar los baluartes y cortinas sin cordón ni parapeto, los fosos ciegos, las garitas caídas y todo sin entrada encubierta, incombenientes que se deven mirar con particular atención».

La situación se agravaría cuando el año 1635 rompieran formalmente las hostilidades españoles y franceses, con lo que se recrudecieron los conflictos, principalmente en los dos centros neurálgicos de la frontera pirenaica (Navarra y el Rosellón). Así, el año 1638, Aragón acudía en socorro de la plaza de Fuenterrabía, sitiada por los franceses, por lo que los aragoneses hubieron de precipitar un dispositivo defensivo, una vez más, en su frontera con Navarra, previniendo, asimismo, las posibles distracciones francesas por el Pirineo. Por el otro lado, y tras los conflictos previos existentes en tierras del Rosellón, los franceses apoyaban decisivamente a los catalanes en la guerra de Secesión contra la monarquía de los Austrias; ello creaba un nuevo centro de discordia para el ya debilitado reino aragonés: la frontera catalano-aragonesa.

Aragón, al lado de Felipe III (IV de Castilla), sufrió los males derivados del largo conflicto (1640-1652), tanto en el interior como, sobre todo, en las fronteras con Francia y con Cataluña, que, además, tuvieron que sufrir el impacto e invasiones del enemigo. En el Pirineo la defensa estuvo en manos principalmente de los propios vecinos, que pedían a la Diputación que no los llevasen a la frontera con Cataluña, ante la necesidad de defender los puertos. Ellos mismos hubieron de encargarse de la vigilancia, que habían de compaginar con el trabajo. Sin embargo fue la frontera catalano-aragonesa la que soportó el mayor peso de la guerra, recibiendo los males tanto de las tropas realistas como el de los propios naturales; la requisa de bagajes, los socorros y levas y alojamientos fueron constantes en esta zona, así como el deterioro de los campos, la tala de los árboles y la acusada emigración. En no pocos casos tuvieron los vecinos que formar sus propias coligaciones entre pueblos para organizar la defensa, debiendo estar casi siempre con las armas en las manos.

Las escasas fortificaciones existentes, muy desmanteladas, contaban con el castillo de Monzón como plaza principal. En tres grandes zonas quedaba dividida la frontera: una zona central, cuyas cabeceras eran Fraga y Mequinenza, importantes plazas fuertes y centros de operaciones, que con los Monegros a sus espaldas cubrían cualquier tipo de invasión franco-catalana. El condado de Ribagorza y La Litera, zona más fértil, muy duramente castigada por ambos bandos. Y la zona al sur del Ebro recorrida por afluentes del mismo (Guadalope y Matarraña), zona igualmente deseada por los franco-catalanes y muy explotada y deteriorada por las tropas reales y soldados naturales.

Sin embargo, la auténtica línea de contención se trazaba desde Benasque, acosada desde el valle de Arán, a coger la línea del Cinca (Barbastro, Berbegal, Monzón, Fraga y Mequinenza, junto al Ebro), siguiendo por el curso del Guadalope, con las plazas de Caspe, junto al Ebro y Alcañiz. Aún se podría considerar una línea más retrasada, que desde Aínsa pasaría por Sariñena, llegando hasta Escatrón, en el Ebro.

La indefensión general que caracterizaba buena parte de las zonas citadas se confirmaría con las sucesivas invasiones que experimentó el reino, tanto por el condado de Ribagorza y La Litera, como por la zona del Matarraña, al sur del Ebro. El año 1652 daba término la guerra de Secesión catalana; sin embargo, las apetencias de Luis XIV darían lugar a que el conflicto franco-español se mantuviera intermitente hasta finales del siglo, y con ello los intentos de invasión continuarían suscitándose; ante lo cual se presentaría siempre el mismo problema: el desmantelamiento y abandono de las fortalezas.

Entre otros intentos esporádicos, se pueden citar los del año 1658, hacia Benasque, o en 1672 por los valles de Echo y Ansó. Las conquistas de Urgell (1691), Gerona (1694), y Barcelona y Vich (1697) hicieron temer a los aragoneses una nueva invasión de su reino, llevándoles una vez más, a proveer su defensa, fundamentalmente por el condado de Ribagorza, zona más accesible. Pese a todas estas calamidades, el deterioro se había hecho más acusado conforme había ido transcurriendo el siglo. El año 1693 se señalaba que «havía de redundar necesariamente en igual perdición del reino de Aragón, y haviendo considerado el contenido de dichas cartas y las malas consecuencias que pueden resultar a este Reino de estos antecedentes, especialmente hallándose el reino de Aragón sin fortalezas ni soldados, ni medios para poderse defender y que necesariamente pende de la conserbación de Cataluña...». Todo ello era un comentario referido a las ayudas que, por carta, demandaban los catalanes, ante su situación frente al francés.

Ya entrado el siglo XViii, Aragón se mostrará incapaz de mantener cualquier postura de fuerza, en la guerra de Sucesión, dado su total grado de indefensión; poco después, tras la abolición de los Fueros, el reino, militar y defensivamente, quedaría inserto en el nuevo orden impuesto por los Borbones.

En lo referente a la defensa interna, la extrema peligrosidad que en Aragón alcanzaron las alteraciones sociales y el bandolerismo Buscar voz..., con sus connotaciones socio-económicas y políticas, llevó a la creación de varios organismos. Así, desde el siglo XIII y hasta 1487 funcionaron las Juntas, que operaban en las sobrecullidas del reino. En 1487 se creaba la Hermandad de Aragón, la cual perviviría hasta las Cortes de Monzón del año 1510, pese a lo cual seguirían subsistiendo hermandades locales. En ocasiones los concejos colaboraban con las autoridades, según la mayor o menor gravedad de la situación en un momento determinado. A veces fue, incluso, necesaria la creación eventual de contingentes militares, que iban tras los bandoleros para eliminarlos. Además, contaba Aragón con la denominada Guarda del Reino, cuya finalidad consistía en el mantenimiento de la seguridad en los caminos (defensa del comercio) y en general de la persecución de los delincuentes. De escasos contingentes, sería variable el número de su composición de un momento a otro.

• Bibliog.: Valenzuela Fuertes, M.ª del Carmen: «La Defensa del Pirineo aragonés durante los Reyes Católicos, Carlos V y Felipe II»; J. Zurita n.° 19-2, Zaragoza, 1966-1967, pp. 265-276. Camón Aznar, J.: «La situación militar en Aragón en el siglo XVII»; J. Zurita, n.° 8-9, pp. 71-143, Zaragoza, 1959. Canellas López, A.: «El Reino de Aragón en el siglo XV (1410-1479)»; H.ª de España (R. Menéndez Pidal), v. XV, pp. 323-594, Madrid, 1964. Solano Camón, E.: El Reino de Aragón en la guerra de Cataluña (1640-1652); tesis de licenciatura, leída en Zaragoza, I9-lX-1979 (inédita). Colás Latorre, G.: «Los valles pirenaicos aragoneses y su colaboración con la Monarquía en defensa de la frontera (1635-1643)»; Argensola, t. XX, n.° 35, Huesca, 1978. Gutiérrez de Velasco, A.: «Las fortalezas aragonesas ante la gran ofensiva castellana en la guerra de los dos Pedros»; J. Zurita, n.° 12-13, Zaragoza, 1961, pp. 7-39.

 

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