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Crítica de arte

Contenido disponible: Texto GEA 2000  |  Última actualización realizada el 13/07/2009

Antes de valorar el profundo desarrollo de la crítica de arte en nuestro entorno es necesario atender a una serie de conceptos generales imprescindibles para descubrir los profundos cambios que ha sufrido esta disciplina en épocas recientes. Se abandona, en principio, la actitud que han presentado los críticos tradicionales que, más que explicar al público fenómenos artísticos se mostraban inclinados a marcar lo que es «de buen gusto» y a separarlo de lo que, en su opinión, no lo es. El abandono de la crítica estrictamente valorativa trae consigo otros compromisos teóricos avalados por comentarios multifactoriales que atiendan a los niveles de lectura, a veces bien dispares, dentro de las obras de arte. La idea fundamental reside en que existe una relación entre el método con el que uno se dirige a la pieza, sea desde donde fuere (críticos, historiadores), el concepto que se tiene de arte en cada momento (teóricos) y la práctica real que hacen del arte los artistas. Siempre se produce un nexo entre un modo de teoría y un modo de realización. Croce señala que «la verdadera interpretación histórica y la verdadera crítica estética coinciden en lo fundamental», y a esta opinión se atiene gran parte de los estudiosos actuales.

Es cierto que las funciones de los profesionales son diferentes. Un crítico visita exposiciones para luego comentarlas en los medios, realiza presentaciones en catálogos, coordina o hace de comisario o curator en muestras -una diferencia cualitativa actual entre quien organiza y quien lanza un mensaje teórico concreto- y actúa en los jurados, por señalar algunas de las actividades más cotidianas en esta profesión.

En su libro Historia del Arte y lucha de clases, Nicos Hadjinicolaou relaciona las distintas posibilidades en cuanto a los estudios artísticos. Mantiene que «hay que insistir en que la crítica, que se ocupa del arte contemporáneo y se dirige, pues, a los artistas vivos, está impregnada quiera o no de parcialidad; digamos que lo que caracteriza a la buena crítica de arte es que está consciente de que es parcial». Por este hecho conserva un aspecto propagandístico inmediato. Es menester hacer votos para que la historia, crítica y creación las practiquen las mismas personas. Por supuesto que conviene ser conscientes de la diferencia entre los dos géneros, algo así como un literato que escribe teatro y poesía, o los casos en los que un artista se dedica a la crítica simultáneamente (y viceversa).

De cualquier forma tampoco hay que caer en la tentación de sublimar la crítica. Tom Wolfe en La palabra pintada ataca las propuestas extremas con la acidez que lo caracteriza: «las exposiciones que yo conocía de joven consistían en una serie de cuadros en los cuales había abajo un cartelito pequeño que citaba el nombre del autor, el título y, en todo caso, una pequeña indicación técnica. Espero que, si seguimos así, veremos exposiciones que consistirán en tremendos cuadros con críticas ampliadas, junto a los cuales se colocará una pequeña fotografía para que se sepa a qué se refiere la crítica». Todas estas aseveraciones deben alertarnos sobre el papel real de la crítica de arte: en su medida justa; pero sin olvidar el protagonismo que le corresponde, ya lejos de las funciones, cada vez más caducas, meramente valorativas.

A este respecto, Fernando Alvira, presidente de la Asociación Aragonesa de Críticos de Arte en 2000, escribía que «la realización plástica entre nosotros ha vivido en los ochenta y vive en los noventa momentos de innegable intensidad. Los aragoneses han influido en el desarrollo de las artes de modo significativo, aunque, para lograrlo, han debido marchar de su país en demasiadas ocasiones. El testimonio de su trabajo está constituido, en primer lugar, por las obras que han producido y que ocupan lugares destacados en museos y colecciones públicas y privadas; pero no es menos importante la labor fedataria y de investigación de los comentaristas y críticos de arte que apoyan el camino de los realizadores plásticos y hacen de puente entre su trabajo y el interés de los aficionados». Aquí se resume el sentir de buena parte de los críticos que en el período de tiempo que nos ocupa han profesionalizado su cometido y lo orientan hacia límites mucho más abiertos que el simple ejercicio de comentar una muestra en un medio de comunicación. El compromiso con todos los sectores del arte y, muy especialmente, con el público como receptor último de los acontecimientos artísticos cimenta una de las orientaciones fundamentales en este momento. Quizás pudiéramos establecer un segundo pilar en torno a las nuevas dimensiones estéticas que se investigan desde este campo con sus propias fuentes y su propio aparato metodológico.

La crítica de arte aragonesa tiene diferentes períodos muy bien perfilados. Dentro del siglo XX hay una primera etapa que llega hasta 1936, año de inicio de la guerra civil española. El escritor y futuro galerista Tomás Seral y Casas Buscar voz... destaca por su defensa de toda innovación artística, mientras que los Hermanos Albareda Buscar voz..., José y Joaquín, publican sus críticas en el diario zaragozano El Noticiero Buscar voz..., adoptando una actitud tan conservadora que imposibilita el entendimiento de las nuevas tendencias artísticas. En medio quedan Narciso Hidalgo y el pintor Francisco de Cidón Navarro Buscar voz..., que firma como Zeuxis, distinguiéndose ambos por su actitud respetuosa e independiente.

Tras la guerra civil, 1939, los Hermanos Albareda se mantienen como críticos sin alterar su enfoque. No puede hablarse, salvo los Hermanos Albareda, de una crítica especializada. Ejercen la crítica Luis Torres, en el Heraldo de Aragón Buscar voz... y Felipe Bernardos Buscar voz..., en el Amanecer Buscar voz..., como norma dentro de un tono respetuoso, aunque sin una visión clara del arte. Recordando que García Gil también ejerce y que Manuel Rotellar tiene un excepcional criterio, el primer crítico distinto y profesional es Ángel Azpeitia Buscar voz..., el cual comienza en el Heraldo de Aragón desde 1962, y en dicho medio sigue.

Entre finales de los sesenta y durante los setenta la crítica es ejercida, durante períodos muy inestables, por diferentes personas. Aparece el artista interesado por la crítica. Al respecto, es imprescindible citar a Jorge V. Gay Buscar voz... Molins en Aragón-Expres Buscar voz..., Ángel Aransay Buscar voz... con un excepcional criterio en el Amanecer, José Luis Lasala Buscar voz... bajo el pseudónimo de Royo Morer en Andalán Buscar voz..., José Luis Cano Buscar voz... bajo el pseudónimo de A. Gimeno en Andalán, Vicente Villarrocha Buscar voz... bajo el pesudónimo de B. Gimeno en Andalán y Rafael Navarro Garralaga Buscar voz... en Andalán. En El Periódico de Aragón Buscar voz... ejerce la crítica artística Chus Tudelilla. Sin olvidar la importante tarea crítica de Eduardo Bru Celma, Carmen Rábanos Faci, Alberto Sánchez Millán Buscar voz... y Luis J. García Bandrés, este último desde los setenta y a partir de 1992, pintando bajo el pseudónimo de Gonzalo Bujeda; es de cita obligatoria la tarea crítica en Huesca de Félix Ferrer Gimeno Buscar voz... y de Fernando Alvira Banzo a partir de 1976. En fotografía resaltan el ya citado Alberto Sánchez Millán, Mercedes Marina y Alfredo Romero Santamaría Buscar voz....

Dada la creciente profesionalización de su tarea, los críticos aragoneses deciden asociarse en 1986 en torno a la denominada Asociación Aragonesa de Críticos de Arte (AACA). El acto fundacional se celebró en Huesca donde se discutieron y aprobaron los estatutos que actualmente rigen dicha asociación. De ellos se desprenden algunas ideas fundamentales para que entendamos cuáles son las fines y actividades que desde ese momento se desarrollan: defensa de nuestra crítica de arte en la Comunidad Autónoma, promoción de las investigaciones e información artística, fomento del desarrollo y conservación del patrimonio artístico de Aragón (entiéndase que el arte actual también es patrimonio, no conviene utilizar el sentido restringido del término), relacionarse con otras asociaciones con objetivos similares, ejercer cuantas tareas de su competencia le sean encomendadas por las administraciones públicas, organizar actividades y servicios comunes de interés para los asociados (ya sean de carácter profesional, formativo, cultural, asistencial y otros análogos), organizar cursos y seminarios para la formación profesional y continuada de los críticos de arte concesión de premios y ayudas para actuaciones de carácter profesional y cualquier actividad que redunde en beneficio de los intereses profesionales del colectivo.

Por otra parte, la definición del asociado aporta las pistas necesarias para conocer la amplitud de criterios sobre la que se basan los cometidos de los críticos de arte. Pueden pertenecer a la asociación quienes se dediquen de manera activa a desarrollar en Aragón la crítica de arte en los medios de comunicación social, o quienes desarrollen una actividad regular a través de cursos, conferencias, artículos, publicaciones y textos dedicados a la investigación del arte, o quienes desempeñen en instituciones públicas o privadas alguna función profesional de conservación o difusión de la obra artística. Como podrá comprobarse las mencionadas funciones resultan mucho más complejas de las que habitualmente entendemos como prototípicas de la crítica.

La primera junta directiva de la Asociación Aragonesa de Críticos de Arte estuvo compuesta por Ángel Azpeitia (presidente), Jaime Esaín (vicepresidente), Carmen Rábanos (tesorera), Pablo Rico (vocal), Ricardo Ramón (vocal) y Jaime Ángel (secretario). La relación de miembros se completaba con Miguel Ángel Albareda, Fernando Alvira, Ángel Aransay, Eugenio Estrada, Antonio Fernández Molina, María Teresa Gil, Mercedes Marina, Ricardo Ramón, Alfredo Romero y Pablo Trullén. Desde sus comienzos la asociación va cumpliendo los objetivos prefijados que se plasman en diversas actividades. En 1988 se organiza la muestra «Vanguardia Aragonesa en la década de los setenta» inscrita en el IV congreso nacional de la Asociación Española de Críticos de Arte (AECA). Tras el fallecimiento en 1990 de uno de sus miembros más activos y respetados, Mercedes Marina Buscar voz... -colaboradora de Heraldo de Aragón-, se realizaron diversos homenajes como la edición del «Homenaje a Mercedes Marina» con estudios de distintos asociados o la exposición «Fotografía aragonesa en los ochenta, homenaje a Mercedes Marina» (realizada en el Museo de Zaragoza junto con la Sociedad Fotográfica). Desde 1991 -hasta nuestros días- se convoca el premio A.A.C.A. de artes plásticas para distinguir anualmente los trabajos más destacados en la promoción y difusión de las artes plásticas en Aragón a través de la organización de exposiciones, muestras, exhibiciones y otras actividades similares. Se distinguen la mejor exposición celebrada, la mejor producida en la Comunidad Autónoma, el mejor montaje, la mejor primera individual de un artista, la mejor exposición que haya recorrido al menos tres galerías o salas de exposiciones y la mejor trayectoria de una galería o sala de exposiciones.

También se realizó en Huesca, en 1994, el VII congreso nacional de la A.E.C.A. con el tema «Los ochenta, algo más que una década», este hecho demuestra la especial vinculación y relevancia de la A.A.C.A. dentro de los parámetros nacionales de la crítica de arte, aspecto que se ve realzado si consideramos que un miembro de la Aragonesa, Ángel Azpeitia, fue elegido presidente de la A.E.C.A. y que ésta cuenta y ha contado en su junta directiva con varios integrantes de la A.A.C.A.

Los sucesivos presidentes de A.A.C.A. han sido Jaime Ángel y Fernando Alvira Banzo y completarán la nómina actual de asociados -aparte de los tres presidentes referidos- José Luis Ara (vocal), Ángel Aransay, Pedro Pablo Azpeitia (vicepresidente), Virginia Baig, Jaime Esaín, Pedro Fondevila, Antonio Fortún, María Teresa Gil, Héctor López, María Teresa Luesma, Desirée Orús, Manuel Pérez-Lizano Forns, Carmen Rábanos, Ricardo Ramón, Alfredo Romero (vocal), Pedro Sancristóval, María Jesús Tudelilla, Juan José Vázquez y Vicente Villarrocha (secretario). Si la comparamos con la primera lista tendremos que apreciar el notable incremento numérico que en la actualidad todavía tiene campo suficiente para progresar. También debemos lamentar las ausencias, aparte de la citada Mercedes Marina, de Miguel Ángel Albareda (colaborador de El Noticiero y de Radio Zaragoza, entre otros medios) y de Eugenio Estrada, que además de su faceta artística cultivó una importante labor de investigación didáctica en el Instituto de Ciencias de la Educación. Tampoco aparecen, esta vez -y afortunadamente- por otro tipo de circunstancias Antonio Fernández Molina Buscar voz... -colaborador habitual antes de El Día y ahora de ABC- y Pablo Trullén.

Parece adecuado confeccionar un esquema con los profesionales que actualmente o en un pasado reciente han ocupado los principales medios de comunicación, tanto en nuestro entorno como en otros ámbitos. En Heraldo de Aragón contamos con Ángel Azpeitia, Héctor López, Fernando Alvira (sección de Huesca) y Manuel Pérez-Lizano Forns; en El Periódico de Aragón, María Jesús Tudelilla y anteriormente Isabel Biscarri; en Diario 16 de Aragón, ya desaparecido, Alejandro Rafia y antes Alicia Murría; en El Noticiero, Ángel Aransay; en El Día, Jaime Ángel (que colaboró asimismo en El Punto del Fin de Semana), Desirée Orús (actualmente en Radio Zaragoza), María Teresa Gil y Vicente Villarrocha (también colaborador de El Punto del Fin de Semana); en Amanecer, Jaime Esaín; en la revista Nuevas Formas, Antonio Fortún; en Televisión Española en Aragón, Pedro Fondevila; en la revista Tendencias, de Valencia, María José Magaña, en la revista catalana El Guía, Ricardo Ramón, y en la madrileña Lápiz, Cristina Giménez. Añadiremos el Diario del Alto Aragón, de Huesca, con José Luis Ara y Luis Lles; y el Diario de Teruel con Jerónimo Beltrán, aunque en la zona debe citarse el ilustre precedente del fallecido Ángel Novella. También trabajaron en medios de prensa Alicia Murría y Manuel García Guatas. Los que no se han incluido en ningún medio concreto debemos entender que se inscriben en el resto de las tareas encomendadas, según se han descrito, a los críticos. Aquí entrarían, desde luego, los responsables de los organismos públicos y privados. Del mismo modo, los sí inventariados pueden también realizar -y de hecho lo hacen- otras tareas como escritores de arte u organizadores de actividades artísticas.

Cabe insistir, para terminar, en el deseo de que el esfuerzo común contribuya a responder a los interrogantes que sin duda plantea el arte actual. Historiadores, teóricos, críticos, artistas y el público deben aportar su experiencia y voluntad para un mejor entendimiento entre todos. Ése es, al menos, un deseo que comienza a sonar con fuerza en el mundo de los profesionales del arte.

 

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