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Cristianismo, orígenes del

Contenido disponible: Texto GEA 2000  |  Última actualización realizada el 02/09/2010

Prescindiendo de toda valoración personal, el cristianismo, desde el punto de vista historiográfico, ha de ser tratado en la Antigüedad como una más de las religiones orientales que florecieron en el Imperio romano: como tal fue visto por los habitantes de la cuenca mediterránea en los tres primeros siglos de la Era. El cristianismo estuvo influido, en numerosos aspectos, por otras religiones contemporáneas, por cuyos mismos ámbitos se extendió viniendo a llenar en los hombres necesidades semejantes a las que cubrían otros cultos salvíficos.

Sólo se entenderá cabalmente el primer cristianismo si se tiene en cuenta que posee elementos comunes con otras religiones anteriores Buscar voz..., como las celebraciones del solsticio de invierno a modo de natividades, la presencia de signos astrales en el natalicio divino, la ofrenda de oro, incienso y mirra o, en otro campo, el banquete místico (eucaristía), las modalidades de la Virgen como madre y madre dolorosa (Isis nutricia, Isis llorando a Osiris muerto), la simbología de la luna y la serpiente, las devociones de estirpe oriental por los guerreros celestes matadores del demonio (San Jorge, San Miguel como sustitutivos de Horus), la identificación del Cristo con el «Dios invicto» (el Sol), etc.

Los paralelos culturales y litúrgicos (mucho más que los teológicos y doctrinales) son muy numerosos, pues. De manera que, desde el punto de vista cultural, el cristianismo primitivo -independientemente de su sustantiva trascendencia para cada creyente- ha de ser estudiado en un contexto muy preciso, puesto que fuera de éste es imposible comprenderlo bien en los instantes de su primera expansión, desde un punto de vista puramente histórico.

Una tendencia diferencial se acusó pronto en la nueva religión: que se delineó enseguida como exclusivista y excluyente, autodeclarada incompatible con las restantes, por su neto y decidido monoteísmo. Asimismo, desde muy temprano se dotó de una organización formal en asambleas (eso es lo que significa el griego ekklesía) jerarquizadas, mucho más estructurada que en las restantes religiones orientales. Dos factores importantes han de tenerse, también, presentes: que los primeros núcleos de expansión cristiana de importancia fueron las comunidades judías, sobre todo en asentamientos urbanos y en medios en que predominaba el griego sobre el latín. Todo ello no favoreció en mucho la expansión del cristianismo por Hispania. Y, si bien es cierto que éste penetró en la Península gracias, sobre todo, a la pertenencia de ésta al área política y cultural del Imperio, no será correcto, por lo dicho, establecer una relación directa de causa a efecto entre romanización y cristianización.

Prescindiendo del núcleo inicial judaico, la mayor parte de los fieles de los primeros siglos procedían de religiones paganas helenísticas, en sus diferentes variantes. Y el cristianismo -como muchas otras religiones de todo tiempo y él mismo siglos después- se adaptó a determinadas formas dominantes de la religiosidad externa, tanto por razones de mímesis y de proselitismo, cuanto por directo influjo de sus propios primeros neófitos de extracción pagana, que llegaban a una religión sin un dogma canonizado ni una liturgia estricta ni con larga tradición.

Además de la existencia de comunidades judías, de zonas de urbanismo desarrollado, de grecofonía y otros factores, debe considerarse también el papel jugado por los soldados de las legiones romanas Buscar voz... que, habiendo vivido muchos de ellos en el Oriente imperial, se asentaron más tarde, como colonos o formando parte de las tropas de guarnición, en ciertos puntos urbanos de Occidente.

Si seguimos de cerca los datos documentales comprobables llegados hasta nosotros, resulta que, en Hispania, el cristianismo es de implantación bastante tardía (entendiendo aquí por implantación un arraigo suficientemente importante como para que el fenómeno cristiano se convirtiese en una realidad social cultural o política de relevancia). No existe en los tres primeros siglos de la Era, una sola noticia escrita que dé cuenta indiscutible de actividades apostólicas en la península ibérica. No obstante, hay razones de peso para que los especialistas se inclinen a aceptar la venida de San Pablo, si bien coinciden todos en que su presencia no tuvo grandes efectos de orden eclesial. En cambio, los investigadores se muestran muy reacios en aceptar la predicación de los llamados Varones Apostólicos (que la tradición tardía sitúa en el sur hispano) y, más aún, frente a la de Santiago Buscar voz..., tan vinculada después a Zaragoza Buscar voz....

La tradición popular:
Sin entrar en valoraciones subjetivas, metodológicamente hay que separar los datos que proceden de la tradición y aquellos otros comprobables mediante recursos documentales contemporáneos de los hechos. La tradición se forma por muy diversos modos; así, por transmisión oral, cuyo origen cronológico es muy difícilmente discernible; o bien se basa en documentos escritos extintos que no han llegado hasta nosotros, pero cuya existencia nos consta. Tanto las devociones a Santiago como a la Virgen del Pilar Buscar voz... y a algunos de los primeros santos cristianos del actual territorio aragonés (San Lamberto Buscar voz..., los padres de San Lorenzo Buscar voz..., etc.), pertenecen a la primera clase de tradiciones y, en consecuencia, no pueden ser objeto de estudio en el mismo plano que los hechos documentados directamente.

Respecto de Santiago el Mayor, no existe mención suya ninguna documental en Hispania antes de la época visigoda Buscar voz... (siglo VII). Tampoco -lo que aún es más notable- hay culto atestiguado al apóstol durante la época romana, siendo así que un culto apostólico parece que habría de ser difícil de desarraigar. La primera mención de su culto se deduce de una inscripción visigoda de Mérida, que alude a reliquias suyas en esa ciudad. (Luego, según arriesgada hipótesis de Pérez de Urbel, las reliquias habrían sido llevadas a Compostela para librarlas de una profanación islámica.)

Resulta, pues, para un historiador de oficio enteramente imposible aseverar la certeza ni del culto ni de la presencia de Santiago no ya en la joven Caesaraugusta Buscar voz... (que tendría en torno a los sesenta años de existencia), sino en Hispania toda.

Prácticamente los mismo debe decirse de la tradición pilarista, tan arraigada en Aragón posteriormente. No tenemos siquiera certeza de que el templo de la primera iglesia cesaraugustana tuviera advocación mariana. Es de opinión favorable J. Arce, quien piensa en otras sedes episcopales primitivas hispanas de las que consta haber dedicado sus templos a Santa María, o bien a Santa María y Santa María en Jerusalén. Puede oponerse a ello que esos casos parecen referidos a iglesias asiento de sedes metropolitanas. E, incluso -como postula García Iglesias-, que son mayores las posibilidades de que la iglesia principal cesaraugustana estuviera dedicada a Vicente. Pero ningún estudioso -ni éstos citados- defienden otra cosa que meras posibilidades, en todo caso incomprobables de modo fehaciente. Las noticias directas acerca del culto a Santa María en la ciudad son de época musulmana -y a cargo de un mozárabe Buscar voz... que viaja desde Barcelona, en el siglo IX-; y la advocación del Pilar, nominalmente, no se registra hasta tiempos del gótico. Por otro lado, la onomástica femenina aragonesa no registra abundancia de mujeres bautizadas con ese nombre hasta los últimos tiempos de la Edad Moderna.

Quede, pues, como conclusión sobre estos aspectos, la de la falta de elementos directos de información. Hasta ahora, nada puede hacer un historiador riguroso que no sea comprobar tal cosa y plantear las escasas posibilidades que se deducen siempre de un argumento e silentio (esto es, obtenido de deducciones que se derivan de la ausencia de algo), nunca definitivo, por propia naturaleza. En correspondencia, todo aserto en sentido contrario habrá de ser tenido, científicamente, por vano. Una última posibilidad es la de las comprobaciones arqueológicas. Se han hecho, en numerosas ocasiones, investigaciones sobre el subsuelo de la basílica pilarista. Es tradición que la imagen (gótica, por cierto) se sustenta sobre una columna que no ha cambiado nunca de lugar. Nos consta directamente la existencia de un templo románico en ese emplazamiento, y es fácil que el documentado en el siglo IX fuese el mismo en torno al cual los mozárabes de Saraqusta desarrollasen su vida creyente, continuación, a su vez, del más antiguo que pudo servir de sede al Concilio de Zaragoza Buscar voz... del 380 -pero que, como se ha dicho, pudo estar consagrado a Vicente Buscar voz..., al que crónicas de época goda llaman «patrono» de Zaragoza-. Cuando, en el primer tercio del siglo XX, se hicieron transformaciones para la consolidación del templo, edificado sobre las movedizas terrazas aluviales del Ebro, parece que se efectuaron hallazgos en el subsuelo de la cripta -se ha dicho que un mosaico-, que no fueron estudiados ni dados a la luz, seguramente por un concepto muy estrecho de la piedad. Con ellos se cerró -al menos hasta el momento- una atractiva e importante posibilidad de averiguación científica, que no sabemos cuándo se volverá a presentar.

La documentación histórica:
Los especialistas actuales, tanto creyentes cuanto no creyentes, tienden a trabajar sobre la base de considerar que, durante el siglo I, resulta difícil aceptar en Hispania la presencia de iglesias o comunidades organizadas, porque en Hispania no había -o las había en grado mínimo- comunidades judías u orientales en general; y, por otro lado, las condiciones no eran propicias, dado -entre otras cosas- el ímpetu con que aquí arraigó el culto al emperador, precisamente por ese tiempo. Las primeras noticias que consienten una sospecha firme de existencia de alguna actividad cristiana organizada en Hispania son muy vagas, y no anteriores al año 180. Y las primeras que permiten hablar incontrovertiblemente de la presencia apreciable de cristianos en la Península no son anteriores a la primera mitad del siglo III (respectivamente, en Ireneo y Tertuliano).

Son ya noticias ciertas y verificables las relativas a las persecuciones decretadas por los emperadores Decio (249-251) y Valeriano (253-260), que se cuentan entre los primeros gobernantes romanos decididos a vencer la reluctancia de los cristianos hacia las formas religiosas del Estado (cifradas, en buena parte, en el culto al numen imperial), y su exclusivismo, que hacía del cristianismo algo enteramente irreductible. A mitad del siglo III se produce un cambio de situación, que muestra los progresos cristianos, puesto que el cristianismo pasa de ser una religión marginal tolerada a convertirse en enemigo (y víctima) de un Estado beligerante. La actitud de resistencia de las iglesias se afianzará enseguida y ello impedirá al cristianismo beneficiarse de la amplia tolerancia romana para con la generalidad de los otros cultos, casi todos más flexibles.

Se cree hoy que hubo iglesias organizadas en la Galia y en el norte de África antes que en Hispania. Y de África es de donde procede la primera mención segura al cristianismo hispano organizado: se trata de una carta de San Cipriano de Cartago Buscar voz..., obispo metropólita del África proconsular (antiguo territorio cartaginés), fechada en 254. Unas iglesias hispanas se habían dirigido a él solicitando opinión acerca de los fieles que convivían con el paganismo y que, mediante un acto formal de acatamiento (o por soborno), habían conseguido la credencial o libelo que acreditaba su respeto al culto imperial («libeláticos»). Esteban, obispo romano, se mostraba tolerante con ellos; pero los fieles hispanos y Cipriano prefirieron la rigidez que acabó deponiendo a los obispos Basílides y Marcial (de León-Astorga y de Mérida, respectivamente; Marcial y sus hijos eran miembros, también, de una especie de cofradía funeraria pagana). Cipriano -cuya autoridad moral es en Hispania más fuerte que la de Esteban- condena sin reparo toda transigencia y menciona la existencia de un «Félix de Caesaraugusta, cultivador de la fe y defensor de la verdad», lo que sirve para establecer con certeza el nombre del primer jefe conocido de una ekklesía en el valle medio del Ebro, acaso el obispo de Zaragoza Buscar voz.... Las siguientes noticias cesaraugustanas se fechan entre 300 y 314, cuando el obispo Valerio Buscar voz... asiste al Concilio de Elbira Buscar voz... (Granada), primero de los documentados en Hispania, y de aire antijudío. En 314, en el Concilio de Arlés (Francia), antidonatista, están el presbítero Clemencio y el exorcista Rufino, ambos cesaraugustanos y representantes posiblemente de su obispo. En 343-344, el obispo Casto Buscar voz... acude al importante Concilio de Sérdica (actual Sofía), junto a una relevante representación hispana encabezada por Oslo de Córdoba (asesor imperial), surgiendo una grave disensión entre las comunidades de Oriente y Occidente.

En 380 se celebra el I Concilio de Zaragoza Buscar voz... segundo de los hispánicos, cuyas conclusiones han llegado a nosotros, este sínodo alcanzó relieve, pues fue el primero en que, aun sin mención de nombres, se condenó el priscilianismo, en trance de rápido crecimiento, y que iba a exigir inmediatamente la intervención de las más altas instancias del Estado y la Iglesia. La actuación sinodal fue empleada como argumento por ambos bandos, como se registra en las obras de Prisciliano y del historiador Sulpicio Severo.

En ese tiempo se documenta la iglesia zaragozana, pues el sínodo se celebró «en la sacristía» -in secretario- de un templo. También en el siglo IV nos habla Prudencio Buscar voz... de sancti tumuli en Zaragoza, aludiendo a los lugares en que se daba veneración a las reliquias de los Innumerables Mártires Buscar voz.... Del mismo poeta se ha querido deducir la existencia de un pequeño memorial a San Valero Buscar voz.... Fue muy temprano el culto a las reliquias martiriales zaragozanas, producidas por Decio, Valeriano y Diocleciano. En tiempos godos, el metropólita Eugenio de Toledo Buscar voz..., discípulo de San Braulio Buscar voz... de Zaragoza, habla de una «basílica de los dieciocho mártires» cuya existencia persistió bajo el Islam.

Como se desprende de lo dicho, es de enorme interés la figura de Prudencio, poeta (y no historiador), pero muy próximo, en el tiempo y el espacio, a los hechos sobre los que compone, que vivió en la segunda mitad del siglo IV. De él y de otras fuentes más tardías y secundarias sabemos que, tras el 303, el obispo Valerio Buscar voz... (San Valero) sufrió exilio, y que el diácono Vicente Buscar voz... (el mártir, su arcediano) acabó sufriendo tormento en Valencia. Para algunos, es posible que Vicente fuera martirizado tiempo después que los llamados Innumerables, con lo que éstos podrían corresponder a fecha tan pronta como la de la primera gran persecución (Decio), si bien Engracia Buscar voz... sería una víctima de la de Diocleciano (303). El documento más completo sobre el tema es una Pasión de época goda, anterior a 750 y a veces atribuida a San Braulio; pero, en todo caso, no tiene el valor histórico directo de Prudencio, por ser muy posterior a los sucesos aunque con base, sin duda, en textos muy anteriores. (Persecuciones Buscar voz....)

Arqueológicamente, Zaragoza cuenta con los extraordinarios sarcófagos romanos Buscar voz... del siglo IV, conservados en el templo de Santa Engracia Buscar voz..., objeto de muy diversos estudios, difícilmente destinados a los mártires y prueba de cómo en la primera mitad del trescientos existían cristianos de clase muy acomodada en la ciudad. Es posible que, en época goda -y con origen algo anterior- hubiera pequeños templos zaragozanos dedicados a San Félix (mártir de Gerona) y San Millán (de la Rioja); pero son devociones que los autores tienden a establecer con posterioridad al 550. (Anecdóticamente, apuntemos que, en el siglo VI, se documenta el único hereje antiguo conocido en Zaragoza: su obispo Vicente Buscar voz..., que se hizo arriano para complacer a la corona goda.)

Si es relativamente escaso el número de datos para el estudio del cristianismo en Zaragoza, aún lo resulta más para el resto de la zona. Nada hay, en la antigua literatura, que concierna a la actual Teruel, dada la escasa importancia de sus núcleos urbanos en la época. Por otro lado, la estructura eclesial primitiva procede de Oriente y se implanta muy lentamente en Hispania: en realidad, no conocemos con certeza ningún obispo propiamente metropolitano antes de mitad del siglo v, cuando -volatilizada la autoridad imperial- la Iglesia se constituyó en aglutinante organizado de la sociedad hispanorromana, tras las invasiones Buscar voz.... No obstante, en Huesca (Osca Buscar voz...) hay algunos datos, aunque no anteriores al siglo VI, cuando, en 589 (III Concilio de Toledo, conversión de la monarquía arriana al catolicismo), consta la existencia de sede episcopal. Salaria Buscar voz... o Fibularia Buscar voz... aparece mencionada antes, en el Concilio de Elvira Buscar voz..., y Prudencio menciona el martirio de San Lorenzo Buscar voz... seguramente a mediados del s. III (258), lo que prueba el arraigo del cristianismo para antes de ese momento. (De Lorenzo hablan más tarde San Ambrosio y San Agustín. En el conjunto de relatos que le conciernen, son seguramente espúreos los referidos a sus padres.) De Osca parece que procedían Vicente el mártir, y su familia. (Es sabido que aquél presidió el diaconado zaragozano. Puede leerse sobre él el Peristophanon de Prudencio himno V, versos 30 y siguientes.)

En el ámbito rural, excavaciones de este siglo han detectado la existencia de comunidades de algún fuste en Monte Cillas Buscar voz... (Coscojuela de Fantoba Buscar voz...), seguramente de fines del s. IV o del V. Se documentan allí, entre otras cosas, dos presbíteros casados, a los que se inhumó cubriendo sus tumbas con bellísimas laudas en mosaico polícromo, con epígrafes de dedicación por sus respectivas viudas (una de las cuales, Viventius, ha sido interpretada como varón en algunos estudios). Del conjunto arqueológico de Coscojuela, a juicio de los epigrafistas, pueden asimismo tenerse por cristianas al menos otras dos inscripciones.

Es, también, notable el conjunto que forman los restos de una villa rústica, llamada de Fortunatus Buscar voz..., en el término municipal de Fraga Buscar voz..., junto a las orillas del Cinca, que pervivió desde época tardorromana hasta los tiempos godos. Se aprecia en ella una planta de templo de pequeñas dimensiones, de traza rectangular, que tiene la cabecera absidiada y semicircular por el interior, conteniendo enterramientos en su única nave, y con estancias laterales comunicadas. Según la interpretación de Palol, especialista en arte paleocristiano y visigodo, habría que ver en este templito una disposición de carácter cruciforme, con la cruz inscrita en el rectángulo de la nave, perdurando hasta tiempos de los visigodos, época a partir de la cual serían abandonadas las instalaciones.

Es -dada la escasez de testimonios- notable, también, el edificio cuyos restos se conservan en el término de Sádaba Buscar voz..., con el nombre significativo de «la Sinoga» o «la Sinagoga», que García y Bellido caracterizó como mausoleo cristiano de la primera mitad del siglo IV (fecha con anterioridad a la cual es, naturalmente, imposible encontrar edificaciones confesamente cristianas antes del llamado «Edicto de Milán» o de tolerancia emitido por el Imperio en el 313).

Pieza excepcional es el sarcófago de Castiliscar Buscar voz..., romano-cristiano y conservado en la iglesia parroquial de este pueblo cincovillés que para algunos fue hallado en término de Sos (Sofuentes Buscar voz...), actualmente empleado como altar. Está hecho en taller itálico, como los zaragozanos, y trabajado con arte excelente lo que sigue mostrando cómo al menos parte de los miembros de las primeras comunidades cristianas de la zona se hallaban entre las clases más acomodadas. Su decoración, seguida, es neotestamentaria, con milagros de Jesús (panes y peces, Lázaro, Caná, hemorroísa, etc.), Los estudiosos (Schlunk, Sotomayor, Mostalac) lo tienen como ejemplar relevante, y lo datan, asimismo, a mitad del siglo IV.

Como se ve, es esta fecha la que concentra la inmensa mayoría de los primeros testimonios literarios, epigráficos y arqueológicos de que disponemos para el cristianismo local en sus orígenes. Ello no debe interpretarse como señal concluyente de que, con anterioridad, no existiesen cristianos; ya hemos visto que no era así. Primero, porque determinados testimonios aislados postulan lo contrario; segundo, porque con anterioridad al 313 era enormemente difícil que las devociones cristianas se manifestaran regularmente al exterior. Incluso cabe señalar que, dada la rápida proliferación de testimonios visibles en época constantiniana, el cristianismo tenía ya, desde la apoca de las persecuciones (mediados del siglo III) bastante pujanza en toda la cuenca media del Ebro, si bien es arriesgado afirmar lo mismo para tiempos anteriores.

No debe hacerse caso alguno de una serie de hipótesis que han proliferado en la historiografía aragonesa desde el siglo XVII, más o menos. Entre ellas destacarían, como más infundadas y fabulosas, la de la conversión de los dieciocho mártires zaragozanos (cifra elevadísima de por sí, proporcionalmente), en «innumerables»; y la pertinaz atribución de innúmeras iglesias zaragozanas a la época de Constantino, a causa de la mala interpretación de numerosos crismones Buscar voz... románicos (como los que aún se conservan en El Pilar o en San Gil), identificados apresuradamente con el «lábaro» que soñó el emperador en las vísperas de la batalla de Puente Milvio que le dio el poder sobre la totalidad del Imperio.

Por último, señalar que, entre los historiadores españoles de hoy ha tomado mucho cuerpo la tesis de la procedencia africana (y no itálica) del cristianismo en Hispania, lo que puede deducirse de diferentes averiguaciones, tales como la presencia de numerosos militares de esa procedencia, y de fe cristiana, entre las guarniciones peninsulares (y, sobre todo, en la legión VII, que dio nombre a la actual León, a la que pertenecía el seguramente hispano Marcelo -centurión martirizado en Tánger, como Emeterio y Celedonio, los santos calagurritanos- y que fue trasladada desde África a León-Astorga, cuya iglesia ya hemos visto que apeló a Cartago con preferencia a Roma); o de la existencia de iglesias dirigidas por presbíteros (citadas en el Concilio de Elbira), hecho típicamente africano, así como de influencias litúrgicas conservadas en los rituales mozárabes, y de circunstancias como que se diga de los mártires Cucufate (Barcelona) y Félix (Gerona) que eran mercaderes africanos.

Así, por la vía militar y por los grandes ramales de comunicación, parece que penetró la nueva religión desde la tierra hoy tunecina, dispersándose hacia las zonas urbanas de la mano de comerciantes y soldados, con focos importantes en el sur hispánico y en los puntos de guarnición de la legión VII, tales como la citada León y algunos establecimientos defensivos en el Pirineo, instalados frente a las amenazas septentrionales de los vascones y, más tarde, de otros bárbaros ultrapirenaicos.

No obstante, la historiografía ha vuelto a insistir en el contacto entre Hispania y Roma, en estos primeros siglos, tesis que renace en la pluma competente del P. Sotomayor.

Bibliog.:
Es, naturalmente, inabarcable. Nos ceñiremos a lo más útil o específico de nuestra área.
García Villada, Z.: Historia eclesiástica de España; 3 vols., Madrid, 1929-1932.
García Villoslada, R.: Historia de la Iglesia Católica; vol. II, Madrid, 1963 (para Santiago, pp. 414 y ss., 487 y ss.).
Sotomayor, M.: «La Iglesia en la España romana»; Historia de la Iglesia en España, t. I, dir. R. García Villoslada, Madrid, 1979.
Díaz y Díaz, M. C.: «En torno a los orígenes del cristianismo hispano»; Las raíces de España, Madrid, 1967.
Blázquez, J. M.: «Posible origen africano del Cristianismo español; Archivo Español de Arqueología, Madrid, 1967.
La mejor y más asequible de las últimas síntesis, García Iglesias, L.: «El Cristianismo»; Historia de España. II. Hispania romana, ed. Cátedra, Madrid, 1978.
Para historia local, Fatás, G.: Lo que el mundo antiguo escribió de Caesaraugusta; Zaragoza, 1977.
Arce, J.: Caesaraugusta, ciudad romana; ed. Guara, Zaragoza, 1979, pp. 75 a 95.
García Iglesias, L.: Zaragoza, ciudad visigoda; ed. Guara, Zaragoza, 1979, pp. 63 a 95 y apéndices.

 

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