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Crespo, Rafael José de

Contenido disponible: Texto GEA 2000

(Alfajarín, Z., 1800 - id., 1858). Fue oidor de la Audiencia de Aragón y miembro del Consejo de Fernando VII, condición que exhibe en todos sus libros y, por lo que dice en la dedicatoria a las Poesías epigramatarias, «he pasado lo mejor de mi vida enseñando más de una ciencia en la Real Universidad Literaria de Zaragoza, aunque sin nombre entre los literatos». No era muy dilatada, sin embargo, aquella vida cuando publica en 1827, y en las prensas de Francisco Magallón, zaragozano, las citadas Poesías epigramatarias, que dedicó, con grandes elogios, a su coterráneo y ministro Francisco Tadeo Calomarde. Si la dedicatoria evoca los nombres de los Argensola, Martín Miguel Navarro y, sobre todo, Marcial, a título de antecedente de su poesía reflexiva aragonesa, el prólogo A quien leyere (pp. 7-52) es una larga y documentada historia del epigrama desde la antigüedad hasta sus días, con especiales elogios a Tomás de Iriarte. Los 341 epigramas que siguen son traducciones y recreaciones de todas las literaturas y un pequeño número de obras propias, todos entre los mejores de aquel género dieciochesco y dignos de mejor memoria. El citado prefacio cita también la obra novelesca que habría de publicar a partir del año de 1829 en la imprenta zaragozana de Polo y Monge: Don Papis de Bobadilla o sea defensa del cristianismo y crítica de la seudociencia, cuyos seis volúmenes se vendieron por suscripción. Trátase de una explícita imitación cervantina, condicionada, tanto como por el Quijote, como por el Fray Gerundio del P. Isla. Don Papis, barón de Aguas Turbias, habitante de Chismípolis, en la isla Cucurbitaria, es un pisaverde obsesionado por sus lecturas de los «filósofos» enciclopedistas, que sale a recorrer el mundo en defensa de sus ideas, acompañado por una suerte de escudero, don Crispín de los Turuleques, que es su primo don Arias y que cumple en esta obra los papeles cervantinos de Sancho y Sansón Carrasco. Las dos partes en que, al modo quijotesco, se divide el libro incluyen numerosas «aventuras» que siempre se saldan con la burla del caballero a manos de frailes y curas de aldea, junto con otras (su prisión por los bandidos que manda Gil de la Hez, las peregrinas historias de sus hermanas Carmen y Dolores, su relación amorosa con Cloé) de mayor brío narrativo. Tras ser juzgado en Papiburgo y declarado «loco propincuo a furia y en peligro inminente de rabia», don Papis huye a isla del Ojo para hacer vida de buen salvaje, pero no consigue sino estar a punto de ser devorado por los indígenas. Allí encuentra a su hermana Dolores, prisionera de su enamorado, el berberisco Gazul, y por piedad de éste son devueltos ambos a su casa. En ella Papis abjura de sus errores, se convierte en Filoteo y dedica el resto de su vida a la apología del cristianismo.

El mayor mérito literario de Don Papis de Bobadilla estriba, más que en la imaginación de episodios, en su riquísimo lenguaje, trasunto de lecturas del Siglo de Oro español (al que el interesante prólogo de la novela rinde tributo presentando y haciendo hablar los fantasmas de Luis Vives, Cervantes y Quevedo). La obstinada actitud antienciclopedista de su autor, motivo central de la obra, se encuentra en estrecha relación con la defensa del cristianismo, tanto cuanto de la idea de la monarquía fernandina; no se le escapa a Crespo que todos sus enemigos ideológicos han muerto: los conoce sorprendentemente bien e incluso ha de combatir con el estusiasmo estético que le suscitan («Voltaire, con ser impío en carnes vivas, es gran poeta y escritor de buen gusto»; Rousseau, «ése no sé qué por no sé quién, va lejos en la elocuencia varonil, nerviosa, patética y didáctica»; y Diderot, «¡ah buen Diderot!, a vueltas de sus pliegues y tortuosidades sofísticas, no carece ni de timbres ni de glorias»). Por lo mismo, la discusión de don Papis con el librero Cayo Tascón le sirve para argumentar la superioridad de la literatura de inspiración religiosa con Fray Luis de León, pero también con Milton, Klopstock, Racine y hasta Chateaubriand.

La última obra de Crespo fue una larga y aburrida Vida de Nuestro Señor Jesucristo puesta en texto y orden cronológico, traducida al castellano y explayada con notas, según los santos Padres y escritores célebres (Valencia, 1840), pieza, como las anteriores, de singular erudición. A esta etapa valenciana corresponde tambien una Poética (impresa por Benito Monfort en 1839) en dos cantos y en tercetos encadenados de pulquérrima factura: es muy clasicista y reconoce el magisterio de «Meléndez el de alas sonorosas / y Moratín el ingenioso en sales», más Iriarte. Al período zaragozano corresponden, sin embargo, unas precoces Fábulas morales y literarias (1820), algunas de las cuales (La academia de los gatos, El convite de los ratones, Los quesos) tienen gracia y todas buen estilo.

 

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