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Costumbrismo (artículo de costumbres)

Contenido disponible: Texto GEA 2000  |  Última actualización realizada el 20/12/2010

(Lit.) La forma específica del costumbrismo literario es el artículo de costumbres, y, más estrictamente, la producción romántica Buscar voz... y realista. En conjunto, las muestras aragonesas no difieren del modelo nacional creado por Estébanez, Mesonero y Larra. Estimulado por obras europeas, a su vez de raíces españolas, el costumbrismo surge y configura sus rasgos en las publicaciones periódicas del final de la Década Ominosa, tiene su apogeo hacia mediados de siglo y comienza a decrecer tras la revolución de 1868 Buscar voz..., según se modifican la realidad social en que nace o las formas literarias con que ésta es abordada.

Ante los usos sociales coetáneos que describe, con una anécdota mínima, en prosa o en verso, el autor del artículo de costumbres se presenta como protagonista o testigo adoptando una supuesta actitud objetiva -ya desmentida por el frecuente pseudónimo- que tiene sus umbrales en la sátira reformista dieciochesca y la observación científica del estudio folclórico. Con todo ello, se busca una pintura fidedigna de las escenas y tipos representativos de la comunidad, que contrarreste los lugares comunes creados -sobre todo por viajeros y románticos- fuera de ella y del paso del tiempo. El género resulta ser un testimonio narcisista definidor de la mesocracia que lo produce, ya que muestra tanto el deseo de inmovilizar su situación de protagonismo como la necesidad, para lograrlo, de seguir el proceso de industrialización que conlleva la desaparición del vivir tradicional.

En Aragón, los antecedentes inmediatos del costumbrismo van apareciendo en publicaciones como el Diario de Zaragoza Buscar voz... y el Semanario de Zaragoza Buscar voz..., que a partir de 1798 ofrecen frecuentes ejemplos de un precostumbrismo, más satírico-moral que descriptivo, centrado en tipos (el currutaco, el inoportuno, el viajero, etc.) y en aspectos sociales (la ambición, el lujo, la estupidez, etc.) generales o de actualidad nacional. Desde su nombre, el Diario Político de Zaragoza Buscar voz... anuncia la línea dominante en trabajos como el titulable «Sueño de un arbitrista» (1820) o «Máscaras» (1821), excelente avanzadilla del género, donde un repertorio de tipos condensa las expectativas políticas del momento. Ya en los años 30, las páginas del Diario de Zaragoza, muestran la transición al costumbrismo en artículos del tipo de «¡Cómo ha de ser!» (1831), «Carácter de los aduladores» (1832) y «Pérdida» (1834), además de la constante aparición de títulos tomados de periódicos de otras partes, entre los que destacan por su casi simultánea publicación y su temática carlista, dos de Larra: «Nadie pase sin hablar al portero o los viajeros en Vitoria» (24-X-1833) y «¿Qué hace en Portugal Su Majestad?» (23-IX-1834).

La consolidación del costumbrismo aragonés se opera en la primera mitad de los 40. En agosto de 1839, Miguel Agustín Príncipe Buscar voz... publica «Aragón y los aragoneses» en el Semanario Pintoresco Español (Madrid, 1836-1857), donde un año después comienza Vicente de la Fuente Buscar voz... sus múltiples colaboraciones y escribe un título en la misma línea, «Usos y trajes nacionales: los aragoneses», al que acompañarán los de tradiciones (Daroca), costumbres rurales (cencerradas, vaquillas, zahoríes, rondas, saludadores) y otros, ya no alusivos a Aragón, como los de ambiente estudiantil. En Zaragoza, la revista romántica La Aurora Buscar voz... (1839-41) da cabida en sus páginas, casi desde su aparición, a numerosos artículos del género: «Fines y principios de año», «La Casamuda», «Mi cumpleaños», «El usurero», «Las fiestas de pueblo» y otros, firmados principalmente por Mariano Gil y Alcaide, Juan Miguel Burriel y Juan Guillén Buzarán. Por los mismos años, en el Eco de Aragón Buscar voz..., diario progresista de Braulio Foz Buscar voz..., menudean los artículos que siguen de cerca la orientación crítica de Modesto Lafuente, como «Por extraordinario» (1841), aunque no faltan los que se atienen a la pintura del ambiente urbano; así «Costumbres zaragozanas: El Paseo».

En Los españoles pintados por sí mismos (Madrid, 1843-44), colección al estilo de las publicadas en Inglaterra y Francia, y que suponen un hito en el costumbrismo español al consagrar el subgénero de «tipos», colaboran dos aragoneses: José Calvo y Martín Buscar voz... -que, debido a su renombre científico, escribe «El médico»- y Vicente de la Fuente Buscar voz..., de cuya cotización literaria son índice los cinco artículos encargados: «El sacristán», «El estudiante», «El colegial», «La posadera» y «La monja».

Entre 1850 y 1863 se produce una de las floraciones más importantes. En La Templanza de Zaragoza aparece, firmado por ‘Un observador’, «Encuentro y conversación de unos forasteros» (1850), que será tenido como modélico ya en 1856 por ‘El Nuevo Observador’ en «Los forasteros en las fiestas del Pilar» (La Libertad, Zaragoza) a la hora de tratar el tema, luego tópico en el postcostumbrismo. En 1853 nuestras provincias tendrán un digno representante en el Semanario Pintoresco con Julio Álvarez y Adé y su artículo «Los montañeses de Aragón», entre otras contribuciones que llegan hasta 1856. El Turia, de Teruel, ofrece habitualmente ejemplos del género, entre ellos, «Inocentes» (1856), «Usted dispense» (1857) y «Reflexiones sobre máscaras» (1857). En El Saldubense Buscar voz..., a partir de 1857 las descripciones de tipos y escenas son abundantes y de calidad nada desdeñable, como «Sinapismos», de Calixto Bordonada; «La suegra», de Matías Pérez Moreno; «La fiesta de San Juan en la villa de Pina de Ebro», de Julio Álvarez y Adé; «El poeta», de Joaquín Tomeo y Benedicto Buscar voz...; «El jugador de billar», de Mariano Ferraz, y «Origen y vicisitudes de una tertulia de confianza», de Julio Monreal Buscar voz.... El Aragón, en 1863, supone la continuación y culminación de El Saldubense en el desarrollo del costumbrismo, y especialmente el de tipos, llevado a cabo por redactores que ahora recurren sistemáticamente al pseudónimo. También en 1863 lo aragonés tiene eco en revistas de alcance nacional como El Museo Universal, de Madrid, con artículos sobre «Los tambores de Alcañiz» y el ya conocido de las fiestas de Pina.

Durante el Sexenio Revolucionario Buscar voz... se da, simultáneamente, la continuación del costumbrismo en temas cada vez más estereotipados, como «El baile» (El Trovador del Ebro, Zaragoza, 1869), de Lorenzo Pineda, y la acentuación de su vertiente crítica y política, como «Enfermedades de los neo-católicos» (La Revolución Buscar voz..., Zaragoza, 1869), de Facundo Rivas. Al mismo tiempo, Aragón vuelve a estar presente en colecciones de ámbito hispano, por sus autores: Julio Monreal y Ricardo Sepúlveda colaboran en Los españoles de ogaño (Madrid, 1872), Eusebio Blasco Buscar voz... lo hace en Las españolas pintadas por los españoles (Madrid, vol. Il, 1872) y dirige Madrid por dentro y por fuera (1873); y por su temática: en el segundo volumen (1873) de Las mujeres españolas, portuguesas y americanas, Manuel Juan Diana, el vizconde de San Javier y Emilio Castelar firman, respectivamente, los artículos dedicados a «La mujer de Huesca», «La mujer de Teluel» y «La mujer de Zaragoza».

En la Restauración Buscar voz..., hay una década particularmente rica en costumbrismo, al menos atendiendo a la cantidad. En El Turolense Buscar voz... destacan artículos como «Un tipo especial» (1877) y «Preludios de Carnaval» (1878). Asimismo, varias de las «Crónicas aragonesas» de Mariano de Cavia Buscar voz..., la «Relación de viaje», de Eusebio Blasco o «En un baile», de Pablo Ordás y Sabau, pueden representar lo publicado en La Revista de Aragón Buscar voz... (1878-80). «Las coquetas» (1881) es una de las colaboraciones de Joaquín Guimbao en La Provincia Buscar voz..., de Teruel. De lo aparecido en la Revista del Turia, valga por ejemplo «La chismografía» (1883), de Eusebio Mullerat. Por estos años (¿1881?, Barcelona), otra de las colecciones de tipos derivadas de la de 1843-44, Las mujeres españolas, americanas y lusitanas pintadas por sí mismas, incluye «La aragonesa», de Rosa Martínez de Lacosta, además de dos artículos de Concepción Gimeno de Flaquer Buscar voz... no centrados en Aragón, caso que se repite con Ricardo Sepúlveda en la serie gemela dedicada a Los hombres...

A partir de 1885, las muestras costumbristas se prodigan en la prensa aragonesa, si bien no abundan las innovaciones. De ese mismo año son «Juan Metal» (El Ferro-Carril, Teruel), de Martín Piñango, y «La aguinaldomanía», de ‘Juvenil’, firmante asiduo de La Crónica, de Huesca, donde en 1886 sobresalen Manuel M.ª Guerra («Los atolondrados»), Roberto Bueno («Comparaciones», sobre el miriñaque) y, más adelante, las múltiples colaboraciones de ‘Gimoy’. Hacia 1887, La Antorcha, de Teruel, ofrece artículos como «Lo que da el tiempo», sobre costumbres de fin de año. Cuando la literatura aragonesa ya hace tiempo que ha adquirido un talante decididamente regionalista, aún se pueden destacar trabajos que, en lo formal, podrían considerarse costumbristas como «La corrida de pollos» (El Ateneo, Teruel, 1894), de Angel Alcalde; «Esos tipos», sobre los conservadores (El Republicano, Zaragoza, 1895), de Félix Acero «La escardadora» (Heraldo de Teruel, 1896) que firma ‘Andrés El Tornero’, «Noche de almas» (1896), a cargo de ‘Zebedeo’ en el carlista El Tesón, de Zaragoza; o «La mujer aragonesa» (1897), colaboración muy desdibujada de Concepción Gimeno de Flaquer en la Miscelánea Turolense Buscar voz.... Al contemplar esta literatura no hay que olvidar que el lector aragonés tenía acceso al costumbrismo nacional mediante suscripción a periódicos de gran difusión o a través de reproducciones en la prensa local, lo que, al leer la producción autóctona, le permitía adoptar una perspectiva casi desconocida para el lector de la Corte y equiparable a la que se precisa para explicar el papel de lo aragonés en el contexto español. Es relevante, además, que el costumbrismo aragonés producido fuera de nuestras fronteras, y especialmente el que gira en torno al Semanario Pintoresco, revela su dependencia de Mesonero, mientras que lo publicado aquí evidencia líneas como la crítica, en gran medida procedente de Larra y Modesto Lafuente, cuando podría esperarse que, por ser periférico, se entroncase con Estébanez. Finalmente, la temática aragonesa es accidental. Sólo se puede hablar de lo aragonés como elemento significativo cuando, en el último tercio del XIX, prospera el concepto de «región», y entonces no siempre se está en la órbita del costumbrismo. Es el caso del estudio folclórico, del puro ejercicio periodístico o de aspectos y pasajes descriptivos en cualquier obra (donde se acuñan tópicos a partir de temas no habituales en el costumbrismo), que llegan hasta nuestros días y difícilmente pueden desempeñar una función como la supuesta para la producción que nace en el romanticismo.

El costumbrismo en la novela:

En un sentido estricto, designa la historia de la literatura española con este nombre las obras surgidas, en el s. XIX, a partir de las Escenas andaluzas, de Estébanez Calderón, y del Panorama matritense, de Mesonero Romanos, descriptivas de usos, tipos y ambientes que, por considerarse en trance de desaparición, se pintan con un máximo alarde de detalles, en un intento de fijar sus rasgos más característicos, singulares o pintorescos, bajo el prisma de la nostalgia, el conservadurismo y la autocomplacencia. Este costumbrismo decimonónico sería llevado a la novela por Fernán Caballero y, posteriormente, por una serie de autores hasta culminar en la novela regionalista de Pereda, modelo de los López Allué Buscar voz... y Blas Ubide Buscar voz... aragoneses. El costumbrismo, apoyándose en la experiencia inmediata del ambiente, conducirá al realismo en la novela, y derivará también hacia la literatura regionalista -y en el caso aragonés, al baturrismo-, favoreciendo el desarrollo literario de los valores populares, que dará lugar a la nueva ciencia del folclore Buscar voz....

El bilbilitano Vicente de la Fuente Buscar voz... sería asiduo colaborador del Semanario Pintoresco de Mesonero, con trabajos de la más diversa índole. En Los aragoneses (1840) intentó reflejar la psicología del pueblo aragonés y en Tradiciones populares de Daroca (1842) recoge un repertorio de las mismas.

Habría de aparecer en 1849 La Gaviota, de Fernán Caballero, para que el costumbrismo español iniciara el camino de la novela. Pero antes estaría para la literatura en Aragón la Vida de Pedro Saputo (1844), de Braulio Foz Buscar voz..., punto de referencia, en nuestra historia literaria, del movimiento regionalista que marcará el quehacer aragonés hasta las primeras décadas del siglo XX. Con la obra de Foz nos encontramos ante la primera muestra de literatura aragonesa en la que se integran cuentos de diversa procedencia, notas de costumbrismo, paisajes, referencias históricas y jurídicas, etc., que la convierten en un caudal riquísimo para el conocimiento y estudio de nuestro folclore. Algunos de los relatos que desfilan por sus páginas los veremos repetirse en cuentistas posteriores.

Romualdo Nogués Buscar voz... sería uno de los primeros y más interesantes recopiladores de cuentos aragoneses Buscar voz... con sus colecciones Cuentos, dichos, anécdotas y modismos aragoneses (1881 y 1885) y Cuentos, tipos y modismos de Aragón (1898). Posteriores serían Agustín Peiró Buscar voz... (‘Antón Pitaco’) con Folletines y cuentos (1891) y Cosme Blasco y Val Buscar voz... (‘Crispín Botana’), con sus tomos La gente de mi tierra (1893-1898) y Las fiestas de mi lugar (1899), cuadros costumbristas. Manuel Polo y Peyrolón Buscar voz... nos daría el primer intento -salvado el caso singular de Braulio Foz- de construir una novela aragonesa, con sus libros de costumbres de la sierra de Albarracín, entre los que destaca Los mayos (1879). Su importancia estriba en la utilización de los elementos folclóricos y dialectales de la sierra turolense. El segundo intento tendría lugar, ya en los principios del nuevo siglo, bajo el auspicio de la Revista de Aragón Buscar voz... (1900-1905), dirigida por Eduardo Ibarra Buscar voz... y Julián Ribera Buscar voz..., y a raíz del éxito de Capuletos y Montescos (1900), de Luis López Allué Buscar voz..., en la que se vio el nacimiento de un género que había tenido en Aragón escasos antecedentes. La publicación de Ibarra se haría eco entusiasta de todo lo que en aquellos años publicaban nuestros escritores, abriendo sus páginas a su constante colaboración: poemas, cuentos, escenas costumbristas, e incluso algunas novelas, en forma seriada.

L. López Allué (Pedro y Juana; Del Oroel al Moncayo; Alma montañesa), Juan Blas y Ubide Buscar voz... (Sarica la borda; El licenciado de Escobar) -los dos escritores más señalados de este período-, José M. Matheu Buscar voz..., Mariano Turmo (Miguelón), Juan Pedro Barcelona Buscar voz..., Mariano Baselga Buscar voz..., Rafael Pamplona Escudero Buscar voz..., Magdalena S. Fuentes Buscar voz..., Leandro Mariscal, Pascual Querol, Gregorio García-Arista Buscar voz..., Sixto Celorrio Buscar voz..., Alberto Casañal Buscar voz..., Eduardo Ruiz de Velasco y el escritor y dibujante Teodoro Gascón Buscar voz..., entre otros, son los nombres que centran todo este movimiento, cuyos frutos mejores estuvieron más en el cuento que en la novela. Fuera del núcleo zaragozano destacarían Manuel Bescós Buscar voz... (‘Silvio Kossti’), con Las tardes del sanatorio (1909), y José Llampayas Buscar voz..., que con su Mosén Bruno Fierro Buscar voz... (1924), cuadros de costumbres del Alto Aragón, marca los últimos resultados de nuestra literatura regionalista, en progresiva extinción hasta la guerra civil Buscar voz....

 

Monográficos

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La burguesía toma el poder en los vaivenes políticos de una época en la que se inicia la industrialización y la lenta transformación agraria.

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