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Corporativismo

Contenido disponible: Texto GEA 2000

Durante el primer tercio del presente siglo, la idea corporativa adquirió una considerable vigencia en Europa. La conciencia de la crisis del parlamentarismo liberal estimuló a teóricos y políticos hacia nuevas concepciones de la representación, de entre las cuales el corporativismo aparecía como la más completa alternativa al modelo político establecido.

En España, la idea corporativa fue defendida principalmente por los grupos conservadores del catolicismo social. Entre esos grupos destacaron los católicos sociales que impulsaron la revista La Paz Social (con aragoneses como S. Aznar, I. Jiménez, S. Minguijón y J. Latre), la Asociación catolica de prpagandistas, el Partido Social Popular y, en Zaragoza, la Acción Social Católica Buscar voz.... Su fórmula oficial consistía en la «sindicación profesional libre dentro de la corporación obligatoria». La sociedad era contemplada como un todo orgánico en la que sus funciones correspondían a distintos grupos sociales y en la que las jerarquías y el equilibrio sociales se mantenían por la coacción estatal. Se permitía en la base una cierta libertad sindical cuyos diversos elementos se unían en la cima mediante una suma de empresas, que formaban la corporación y que se hallaban subordinadas al poder político del Estado.

Todo ello tuvo oportunidad de institucionalizarse con la Organización Corporativa Nacional, creada por E. Aunós desde el Ministerio de Trabajo de la Dictadura de Primo de Rivera, en 1926. Siguiendo las orientaciones de la escuela de La Tour du Pin y de la legislación fascista italiana, la Organización Corporativa se basaba en los comités paritarios, formados por igual número de patronos y obreros y presididos por funcionarios del gobierno; ejercían una acción social (establecimiento de contratos colectivos o «bases de trabajo») y otra arbitral o judicial (resolución de reclamaciones o conflictos). Esos comités se integraban después, por ramas de producción, en las corporaciones, que dependían jerárquicamente del Ministerio de Trabajo.

Los comités paritarios funcionaron regularmente en Aragón durante tres años. Aunque los de ámbito rural tuvieron una vida lánguida, los industriales y comerciales, sobre todo en Zaragoza, conocieron una mayor actividad. El de Artes Gráficas, por ejemplo, que presidía M. Sancho Izquierdo, estableció su propia bolsa de trabajo y consiguió una semana anual de vacaciones retribuidas.

La proclamación de la II República, en 1931, desmanteló la Organización Corporativa, al mismo tiempo que agudizó los conflictos sociales y laborales. Los partidos contrarrevolucionarios hicieron del corporativismo una meta que conseguir, y la encíclica Quadragessimo Anno, de Pío XI, les proporcionó una eficaz legitimidad ideológica. Pero la intensidad de la lucha política republicana favoreció una extrema radicalización de sus posturas, que ya no habrían de limitarse a la organización laboral, sino que incluiría también un nuevo Estado antiparlamentario, antidemocrático y con una fuerte limitación de los derechos individuales. Así la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), de Gil-Robles, propugnó un Estado autoritario que en el orden económico lograse la desaparición de la lucha de clases (por el sometimiento coactivo del proletariado) y que en el orden social lograse la desaparición de los sindicatos «revolucionarios» (mediante su integración obligatoria en una corporación subordinada al poder político). El modelo elegido seguía siendo el fascista italiano, al que se le añadían rasgos del alemán de Hitler, el austríaco de Dollfuss y el portugués de Salazar.

El inicio de la guerra civil, en julio de 1936, confirió a la idea corporativa un nuevo sesgo.

La relativa heterogeneidad ideológica del bando «nacional» motivó que los católicos sociales y cedistas intentasen introducir el corporativismo en la inmediata estructuración del nuevo Estado. Por ejemplo, M. Sancho Izquierdo, L. Prieto Castro y A. Muñoz Casayús, publicaron, en la Editorial Imperio de Zaragoza y en 1936, el libro Corporativismo, que tuvo un cierto éxito. La obra propagaba las excelencias de la idea corporativa, divulgaba su plasmación en la Italia, Alemania y Portugal de la época y defendía su idoneidad para el Estado totalitario que se estaba iniciando en nuestro país. Sin embargo, la promulgación del Fuero del Trabajo, en 1938, estableció la vía nacional-sindicalista, con una organización rígidamente subordinada al Estado desde las propias bases locales, que se completaba con la divinización del poder estatal y una intensa demagogia obrerista. A partir de entonces, y por un corto período de tiempo, el corporativismo quedó limitado a ser un mero ingrediente ideológico sin conexión alguna con la realidad sindical.

 

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