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Coníferas, montes de

Contenido disponible: Texto GEA 2000

(Forest.) El bosque, es decir las superficies continuas de arbolado, se evalúan en Aragón, según los inventarios forestales provinciales de 1965 a 1970, en 944.194 Ha., es decir prácticamente el 20 % de la superficie geográfica. Pese a las apariencias, no estamos tan desprovistos de bosques como en general se piensa, aun cuando hay que reconocer que tenemos posibilidades de ampliar las zonas boscosas.

Las coníferas suponen una superficie de 675.322 Ha., es decir casi las tres cuartas partes de los montes arbolados. Por provincias la distribución es, en hectáreas, la que muestra el cuadro adjunto. Este reparto, con predominio de coníferas, es lógico dadas las condiciones climáticas, especialmente lluvias y temperaturas extremas, que no permiten el desarrollo de grandes masas de frondosas, relegadas allí donde estos dos factores y los suelos les son más favorables (chopos Buscar voz..., hayedos Buscar voz..., quejigo, robledales Buscar voz...). Por el contrario las coníferas, con excepción de los abetares, son árboles frugales, en general capaces de soportar condiciones de clima y suelo bastante severas, que se adaptan muy bien a diversos tipos de suelo, y por otro lado tienen una facilidad de regeneración natural (ver pinares) y repoblación Buscar voz... forestal artificial. Sin capacidad de rebrotar de cepa, la suplen con una facilidad de emitir semillas aladas y, con ello, una posibilidad de expansión a distancia. Es más, de algunas especies como el pino halepensis (pinares) parece que la forma natural de regeneración en épocas prehistóricas ha sido el incendio por el rayo: otras, como la sabina se reproducen con mayor facilidad cuando las semillas son ingeridas por el ganado.

Aragón prácticamente desde el final de las glaciaciones ha tenido un clima que, con sus alternativas más o menos periódicas, se ha mantenido sin grandes variaciones. Un mínimo central con pluviometría de 300-350 mm. anuales, y unas zonas periféricas a ambos lados del río Ebro con una pluviometría de gradiente en relación con la altitud, pero bastante menor en las sierras del sur que en el Pirineo. En la distribución anual destaca, especialmente en el sur de la región, un mínimo invernal; en cambio, las lluvias en período vegetativo suponen hasta el 70 % de los totales anuales, permitiendo la existencia de bosque en zonas de pluviometría casi inferior a lo que es normal en otras regiones.

La composición de los suelos es compleja pero sustancialmente el núcleo terciario sobre el que discurren los principales ríos en su curso medio y bajo queda enmarcado por terrenos paleozoicos hacia el sur, y todo ello bordeado por el secundario, que tiene un mayor desarrollo en Teruel.

El conjunto de clima y suelo constituye lo que en términos forestales se llama la estación y explica a grandes rasgos la distribución de los bosques de coníferas. Como se ve, en el conjunto de la región hay un predominio de los bosques de pino silvestre, especie que requiere una altitud superior a 1.200 m., aun cuando baja en las umbrías hasta los 1.000 m. Le siguen en importancia los bosques de pino halepensis, que es el que cubre los montes de altitud entre 0 y 1.000 m. El pino laricio ocupa un lugar intermedio en altitud, pero se mezcla en numerosas ocasiones con los anteriores.

Por provincias, hay un predominio en Huesca y Teruel del pino silvestre, en razón de la mayor altitud media de ambas. El pino halepensis tiene mayor área en Zaragoza, por ser de altitud mucho más baja. El pino laricio abunda más en Teruel, ya que ocupa las grandes superficies de sierras calizas. Es muy significativa la no aparición de bosques de pinaster en Huesca, por falta de suelos eminentemente ácidos en altitudes medias.

Es bastante probable que la composición específica actual de los bosques sea desde hace varios milenios sustancialmente la misma, en primer lugar por no haber tenido cambios sustanciales en el clima y suelo, según ya hemos dicho, y después por la afinidad de algunas especies a los tipos de suelo. Quizás se haya producido alguna sustitución de especies en las zonas donde conviven dos, en razón al poder invasor de alguna de ellas. El pino silvestre y pino halepensis tienen una gran capacidad de expansión y han podido ocupar áreas primitivamente pobladas de pino laricio. También han sustituido a algunas especies de robles o quejigos en zonas degradadas. Pero históricamente no se tiene noticias de ello, ni menos aún de cuál era su composición, hasta la aparición en la botánica sistemática en el siglo xviii, cuando comienzan a citarse por botánicos la composición florística en Aragón.

En los Estatutos de la Ciudad de Zaragoza se refiere, en su edición de 1635, a disposiciones sobre montes en 1467 y habla de la prohibición de escalzar (roturar) o labrar sobre montes sin citar especies. Sólo cuando en alguna disposición se regula el comercio de la madera, como la de 1560, se habla de maderas de «avetes que vinieren del Pirineo por el Ebro» (en armadías). En cambio, al citar la madera ya elaborada que viene de Biel a la ciudad en carros, cita los diversos tipos de tablas, témpanos, cuberos y quayrones, que serían de pino silvestre o haya, aunque no cita la especie.

Es indudable que la acción de un pastoreo intensivo durante muchos siglos, así como la tala, por causas bélicas, en la reconquista, o por necesidad de ampliar cultivos en la Edad Moderna, y especialmente en el siglo xix con la aparición de herramientas de acero, debieron de disminuir considerablemente las superficies boscosas sobre todo en altitudes bajas y medias. Estas roturaciones debieron de ejercerse en mayor medida sobre los montes de frondosas, ya que los suelos eran más fértiles y en ocasiones menos accidentados, especialmente en los sasos y laderas menos pendientes. En altitudes donde el cultivo agrícola no era factible se utilizó el fuego, para ampliar la zona de pastizales, provocando la esterilización del mismo en las zonas calizas que ahora vemos rasas o con grandes calveros.

El actual abandono de las zonas agrícolas de montaña está permitiendo una ampliación de los bosques de coníferas, que han empezado por colonizar los enclaves cultivados en el interior de las masas, y ensanchan las superficies boscosas fuera de sus límites. La repoblación forestal a base de coníferas la han ampliado en más de 200.000 Ha., es decir casi un 30 % de la que había a principios de siglo. Como aparece en el cuadro de distribución, el número de coníferas que componen los montes es más restringido que el de otras naciones europeas, faltando especies como el abeto rojo, alerce, pino strobus, que no han podido trasponer los Pirineos, en las épocas interglaciares. En cambio, se han introducido artificialmente especies o variedades como el pino laricio de Austria, el ciprés de Arizona, para rellenar unas zonas donde las coníferas indígenas no hubieran podido subsistir o lo hubieran hecho en situación precaria.

Dos especies merecen destacarse en Aragón por las circunstancias tan rigurosas en que vegetan. El pino uncinata, que llega hasta los 2.000 metros, tiene su límite meridional en la sierra de Gúdar (T.); y las sabinas Buscar voz..., que ocupan las zonas de suelos más estériles, temperaturas extremas y pluviometría escasa.

Los montes de coníferas juegan en Aragón un papel importante en la producción actual maderera (producción forestal Buscar voz...), ya que proporcionan el 85 % del total de la madera aprovechada. Se estima, sin embargo, que para la región es más importante su carácter protector contra la erosión Buscar voz..., por su localización en las cuencas receptoras de mayor pluviometría, con suelos muy sensibles a los fenómenos de degradación de la vegetación. Hay que considerar su utilización como zonas de recreo, especialmente a medida que se han abierto caminos para su explotación. Son, por otro lado, muy sensibles al fuego (incendios forestales Buscar voz...), por lo que toda prudencia es poca por parte de aquellos que los frecuentan, si no se quiere perder en pocos años una gran riqueza legada por nuestros antepasados.

 

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