Estás en: Página de voz
  • Aumentar tamaño letra
  • Reducir tamaño letra
  • Imprimir página
  • Guardar voz
  • Añade a tu blog
  • Buscar noticias
  • Buscar en RedAragon

Cocina y alimentación

Contenido disponible: Texto GEA 2000  |  Última actualización realizada el 15/04/2009

Las razones históricas y sociológicas que permiten la identificación de los «modos de comer» tienen mucho que ver con la economía, el aprovechamiento de los productos de cada zona y la elevación de la comida a rito. En este sentido es importante analizar la indudable frugalidad o sobriedad del aragonés (o de cualquier otro pueblo pobre de la España continental), que no se debe a causas de carácter moral o «racial», sino sencillamente a pobreza de medios; la demostración de esto es que cuando la fiesta produzca el «exceso» que es su principal característica, las comidas serán exageradas tanto en calidad como en cantidad, pero sobre todo en este último aspecto; el refrán «la del pobre, antes reventar que sobre» será una buena expresión del hecho, al que habría que añadir el que refleja una triste realidad: «a lo que cuesta dinero, se le pasa el dedo», recogido en Bujaraloz Buscar voz.... El carácter ritual queda patente en la elaboración de pastas, tortas o roscones para las fiestas Buscar voz..., no tanto para consumo propio y de familiares y ausentes, sino para obsequio a forasteros y hasta desconocidos; es sumamente expresivo el caso de algún pueblo del Somontano de Huesca en que los vecinos hacen dulces de su propia harina y con objeto de que nadie se quede sin poderlos hacer, a los indigentes se les deja «espigar» en los campos ajenos, para que puedan cumplir con el rito, que no es de caridad, puesto que no se practica para que puedan comer durante el año, sino para que puedan cumplir con un uso establecido.

Parece evidente que cada comarca aragonesa establecerá una gradación de consumo de productos según que sean de las propias tierras, de la localidad o contorno o bien de importación. De esta forma se ordenará el consumo para todo un ciclo agrícola o ganadero, previendo el pan que debe «masarse» semanal o quincenalmente, para que la harina dure hasta la cosecha siguiente, el aprovechamiento de las patatas (y antes de su difusión, de los nabos), legumbres y hortalizas y frutas y productos derivados de los animales del corral. La administración del cerdo, suministrador de grasas, obligará a una tasación de consumo del «pernil» y las «magras», del «gordo» y la manteca, y de su importancia para la economía doméstica será muestra el carácter ritual de la matacía, con «presentes» que no significan un dispendio, porque en reciprocidad se recibirán los donativos de los demás vecinos cuando llegue el turno. Excepcionalmente se incorporarán las proteínas animales procedentes de pollos, gallinas, conejos y palomas a la alimentación diaria, en la que la carne servirá para dar sabor a otros productos, convirtiendo el acto de «matar un pollo» en signo de celebración de acontecimiento importante y lo propio el sacrificio de un cordero. El único producto consumido generosamente serán los huevos por razones económicas, puesto que su conservación es difícil y el deterioro inmediato; en el dance de Bujaraloz, cuando el rabadán desea venturas a las mujeres que den vituallas para los danzantes, una de ellas es que cuando se «pone una tueca» salgan pollas, es decir, gallinas ponedoras que solamente se sacrificarán cuando dejen de poner, cubriendo hipócritamente esta circunstancia con lo de «gallina vieja hace buen caldo» y convirtiendo en excepcional su aprovechamiento («caldo de parida» o «de predicador»).

Salvo en las localidades montañosas, no había leche; a lo más de oveja o cabra. Se desayunaban judías recalentadas, blancas o royas, hechas la noche anterior, o patatas cocidas, las tocineras; también farinetas, migas y sardinas rancias. Al mediodía se tomaba cocido, «sota, caballo y rey», compuesto de sopa, garbanzos y retajos de carne. No se gastaba postre, sustituido en el regadío por la ensalada. Para cenar se comía verdura, fritada, patatas con abadejo, huevos... Los días de repicar gordo se mataban pollos o conejos y alguna vez corderos.

Los elementos básicos de una alimentación pobre en proteínas y en grasas y apoyada en energéticos como el azúcar, aunque sea a través del vino, se fundarán en los sacralizados por el cristianismo, pan, vino, aceite y sal. El exceso de la fiesta podrá trasladarse al alboroque de ratificación de un trato, la aldehala o «lifara» que conocemos por documentos medievales y que se convertirá en sinónimo de merienda copiosa, quizá derivada de «alfarah», alegría en árabe, o de «aljifara», impuesto.

Los platos tópicos (bacalao al ajoarriero, pollo a la chilindrón, huevos al salmorejo, etc.) no son antiguos en sus formas culinarias actuales y, en cualquier caso, por su costo y pesadez, corresponden a una cocina festiva y excepcional. Las informaciones con que contamos o corresponden a libros como el de Ruperto de Nola o Maese Rubert o a recetarios romanos, árabes o de conventos que difícilmente pueden servir para conocer las raíces de la cocina popular aragonesa del siglo XVIII, si tomamos este siglo como el punto de arranque del costumbrismo que ha llegado hasta nuestros días. No obstante, hay raíces históricas que podrán tenerse en cuenta, como las comidas moriscas con productos como la calabaza (dulces, empanadones, etc.), la berenjena y otras legumbres, así como dulces de harina, huevos, azúcar y elementos aromáticos como el anís, y datos que se refieren a Aragón en el libro «de Coch» de R. de Nola, como el «moraduj» o las numerosas menciones al «buen queso de Aragón» a veces individualizado en el de Tronchón. Que el problema no es fácil se deduce de la comparación de lo que suponemos cocina morisca con los antiguos recetarios hispano-árabes publicados por Ambrosio Huici. Quizá sea muy útil analizar la cocina de los grupos de moriscos Buscar voz... y judíos Buscar voz... expulsados de España que han conservado memoria de sus antiguas costumbres, aunque resulte peligroso al no poder separar lo que llevaron consigo de sus lugares de origen y lo que han incorporado de sus destinos. Si se tiene en cuenta que la mayor parte de los «platos típicos» españoles, paella incluida, son de muy reciente implantación, se caerá en la cuenta de que, desde el punto de vista etnográfico, lo fundamental es analizar los modos de alimentación, tanto respecto de los productos consumidos, cuanto en relación con su producción, forma de cocinarlos y consecuencias bromatológicas, para lo que el refranero puede proporcionar ideas sobre lo que el pueblo piensa de su propio comer: «la carne hace carne y el vino sangre», «con pan y vino se anda el camino», «sopas pocas, garbanzos cuatro, carne y tocino, valiente plato», como se pide que sea un téorico cocido suculento en Bujaraloz. Los testimonios literarios, sobre todo de los siglos XVI y XVII, pueden dar importante información, después que los alimentos procedentes de América se impusieron entre nosotros, sobre todo la patata y el tomate. También importará el estudio de la producción de alimentos a partir del Neolítico, con estudio a través del análisis polínico de los vegetales de consumo, y mediante el estudio de los restos animales, el de los criados en corral, rebaños en el monte y, como complemento muy importante, la caza. A los productos de general consumo habrá que añadir los peculiares de localidades concretas, como las ranas, por las balsas, y el «fardacho» o lagarto, en los Monegros. En esta comarca se ha recogido una receta que podría ser prehistórica, que es el «conejo enterrado», con el animal frotado con manteca y ajo, envuelto en papel de estraza y depositado en el suelo, en un hoyo, bajo un palmo de tierra, sobre el que se hace fuego para que se ase lentamente, o el «cordero a la teja» que conocimos en Valdealgorfa Buscar voz..., asando su carne dispuesta sobre una teja árabe inclinada, bajo la cual se colocan brasas, recogiendo el jugo que se desliza, para rociarla luego.

Nos sirven poco las menciones que en los contratos señalan las aldehalas a pagar, pues no se refieren a comidas comunes. Sí en cambio las producciones alabadas por textos literarios o coplas, como la lista que Pedro Saputo Buscar voz... enunció ante el rey, o los higos de Maella encomiados por una jota del primer tercio del siglo pasado antes de que cobraran fama los de Fraga, o la relación de obsequios que los pueblos entregaban a la comitiva del rey en los viajes para jurar las leyes del Reino, que en Cariñena, en tiempos de Carlos II Buscar voz..., fueron doce carneros, setenta y dos capones, veinticuatro perniles, cuarenta cajas de jalea y dulces, y seis cargas de vino, que pueden ponerse como paradigma de lo que se pensaba que era propio de señores y de grandes ocasiones.

Con la progresiva implantación de rutas comerciales y desarrollo del comercio fueron alcanzando importancia productos exteriores de fácil conservación; así, al congrio salado que figura en los documentos medievales insistentemente, sobre todo para época de «vigilia», se añadieron el «abadejo» y las «sardinas de cubo»; el azúcar de caña y morena hasta la pérdida de Cuba y de remolacha y blanqueada después; la sal de Remolinos o la de salinas marinas más tarde; el chocolate, el queso, el arroz a veces comprado en sacos en los arrozales del delta del Ebro para todo el año, etc.

Un aspecto importante de la alimentación es el lugar y la forma de hacerlo y la implantación de la etiqueta, cosa de días señalados.

La comida solía hacerse al amor de la lumbre en las patriarcales cadieras, donde se reunían amos, criados y jornaleros. La espera se entretenía tostando rebanadas de pan que se frotaban con ajo y untaban en aceite, o se mojaban en vino, azucarándolas. En la recolección se comía fuerte. Los segadores con costa desayunaban un panete de mostillo y una copa de anís; almorzaban sopas de ajo con huevo y albóndigas o carne de oveja, para comer, un cazolón de judías garbanceras y guisado de carne, que se volvían a dar de cena; el vino no se tasaba.

El comer en la cocina, informalmente, puede haberse derivado de las prácticas romanas, como todavía se llama merienda a la de los niños de hacia las cuatro de la tarde, como la «merenda» que se daba a los siervos romanos a esa hora. El retorzar la comida que «se lleva al campo» por mujeres y niños es sabia medida que acude a primar el esfuerzo de labores extraordinarias, como la siega.

Respecto de las normas gastronómicas hay que subrayar que las mujeres, a quienes correspondía en exclusiva la cocina doméstica, han creado una serie de sabias normas para alcanzar calidades especiales con productos elementales y poco selectos, como puede ocurrir con las simples «sopas escaldadas» o con los variados guisos de patatas, aparte de la preparación de adobos y conservas de cuanto pueda guardarse en orzas y ollas, colgarlo en la falsa o ponerlo a secar en cañizos, preparar los embutidos o las «bolas» o «fardeles» con una enorme variedad de «recetas» que dicen mucho de la fantasía de estas administradoras de la frugalidad forzada de los aragoneses.

Pero hoy la comodidad y las trabas administrativas están dejando la matacía y la fiesta del mondongo en vías de desaparición. Como los chillidos del cerdo arrastrado por el gancho antes de ser troceado en perniles, blancos, costillares y lomos; la limpieza en el corral de los morcales, envoltura de embutidos; los jamones que esperaban prensa, sal, pimentón y oreo; la cena de hígado con ajos, riñones, lechecillas y orejas, rebozadas, fritas y con azúcar.

Tampoco se masa en casa, que los hornos de cocer pan están apagados, ni se preparan las tortas que se subastaban el día de la Virgen o se repartían a los fieles en la misa mayor. Cada vez se come menos pan, que la media regional de consumo por habitante y año no llega a los ochenta kilos. En tanto la ciudad sigue condenada a un pan jauto y unitario, panaderos artesanos de Ayerbe, Borja, Ejea, Calamocha, Ipiés, Ansó y otros puntos siguen preparando las aceitosas cañadas, los moños, roscas, amaceraos y panes de cinta y de pastor. No faltan las casas donde el cabeza de familia sigue trazando una cruz con la punta del cuchillo antes de entregar el pan en la mesa, o riñe al mocé que lo tira al suelo o lo deja boca abajo, «porque sufre Dios».

Ha desaparecido casi por completo la elaboración del vino por los productores. Ya no se echan a la cuba jamones, u ovejas limpias y evisceradas, que mejoraban los caldos, ni se ponen botellas en el tejado para que los caldos se beneficien de los cambios lunares, y tampoco se llena un tonelico el día que nace el hijo para darle el testavín en su boda.

Asimismo ha pasado a ser referencia histórico-gastronómica el mostillo. El «duro» se hacía curiosamente sin mosto de vino, hirviendo en agua harina con ralladuras de limón y nueces picadas, formando paneticos en el molde de las tazas mostilleras. El blando se conseguía cociendo el mosto a fuego lento y sometiéndole a una segunda cocción con trozos de melón, calabaza, peras, higos y corteza de naranja. Los montisonenses ya no saben lo que son las «tartaletas a la Monzón», que describiera Dionisio Pérez: cogullas sobre rebanadas de pan que filtran y empapan el jugo de los pajaricos.

Las anguilas de río, que se hacen en salsa, con tomate, mejorando las judías bachocas o con huevo duro como en Gallur, son plato llamado a desaparecer. Al igual que las ranas de balsa, rebozadas y fritas o al ajillo. El mismo camino llevan los espárragos montañeses, colas de cordera cocidas, rebozadas con harina, fritas y acompañadas de una salsa de pimientos y tomates.

Fue el poncho una bebida montañesa, tradicional en Navidad, que se obtenía macerando vino tinto con higos, orejones, membrillo, manzanas, canela, azúcar y nuez moscada. Se sigue preparando la ratafía o retacía: una de las maneras de hacerla es echando un kilo de guindas a un litro de anís, con un cuarto de kilo de azúcar, un palico de canela y un clavel rojo para aromarla.

Se continúan empleando las aucillas, o queseras troncocónicas, para elaborar en las fiestas de San Antonio el queso de Tronchón, de leche de oveja mezclada a veces con la de cabra, que también preparan otras localidades del Maestrazgo turolense. El queso de Ansó lo hizo por última vez, en el valle de Zuriza en 1975 el pastor Jorge Puyó.

Últimamente se advierte un renacimiento gastronómico. Los restaurantes incluyen en sus cartas platos de la tierra, y muchos jefes de cocina han vuelto a la clásica, buscando y experimentando viejas recetas y ayudando a salvar una auténtica riqueza popular. Bien defendida, con los condicionamientos de tiempo, lugar y posibilidades, en numerosos hogares aragoneses, que no olvidan los antiguos, propios y conocidos platos.

Y entre ellos, la ensalada aragonesa, que lleva lechuga, tomate, cebolla, olivas negrales y, a lo sumo pimiento verde crudo, jamón y huevo duro. Ha de aliñarse salada, bien aceitada y mal avinagrada. Era frecuente echar el «unto» en vasos y beberlo de postre. A falta de lechuga se cortaba escarola, marvallas, fusillos, berros o cardillos.

En comida de fiestas sigue saliendo la «sopa roya», que tomó nombre del chorizo, la «sopa de presa», o «caldo de parida», es puchero de enfermo, con mucha grasa. Las sopas de ajo son habituales, especialmente en Teruel, donde echan al perolico pan, ajos, huevos, salsa de tomate y pimentón dulce. La sopa monegrina de pastor queda seca tras hervir en agua los ajos, el tocino de jamón y el pan fritos en sartén con aceite o manteca. Hacen en la zona de la Huecha unas sopas dulces con pan, piñones, almendras, huevos, azúcar y aceite.

Cada provincia aragonesa tiene su fórmula para las migas. El pan cortado muy menudo, que basta mojar con agua media hora antes, se hace en sartén con un refrito de tocino de jamón, chorizo, cebolla y ajos. La uva negra garnacha es un complemento adecuado. En Salillas de Jalón mezclan las migas con patatas cocidas; en otros puntos con huevos fritos y aun con chocolate.

Se comen, porque hay muchas y buenas, toda clase de verduras. Los nabos de Mainar, más blancos, dulzones y pequeños que los normales, cocidos o al horno con queso, llevaron nombre, pero su cultivo cedió a otros más rentables. La borraja, una hortaliza suave y agradabilísima, apenas se conoce en el resto de España; Aragón produce las tres cuartas partes de la cosecha nacional. Limpias las borrajas, se hierven en agua salada; un acompañamiento de patatas les va bien; escurrido el caldo, se apañan con aceite crudo. Las hojas más tiernas del cogollo, rebozadas con leche, harina y huevo, fritas y espolvoreadas con azúcar, se convierten en crespillos. Las espinacas, espináis o espinayas, se cuecen con patatas y se fríen con ajos, sirviéndose con unos tostones de pan; también admiten pasas y piñones. Los bisaltos se echan en agua hirviendo y se apañan con un sofrito de cebolla. Una variante de la fritada es la firigolla caspolina, mezcla de tomate, pimiento y berenjena asados que se arreglan con aceite crudo.

Se hace el arroz en los pueblos con los menudillos del conejo o del pollo, que se matan para reforzar el plato, y se adorna con rodajas de huevo duro, caracoles y tiras de pimiento rojo.

Fue famoso el «recao de Binéfar», que describiera el cocinero de la localidad Teodoro Bardají: mezcla judías blancas con patatas y arroz y se sirve caldoso; se le puede adicionar carne, tocino, jamón, algún embutido casero y las patacas o tortetas, una especie de torta ovalada de pan tierno, manteca fresca, chicharrones, canela, pimienta, anís verde y piñones. Los boliches de Embún llevan morro, papada y manos de cerdo, chorizo y hortalizas. En la cocina familiar se hacen las judías cocidas con cebolla, laurel y ajo, y se apañan con aceite y vinagre crudos, o se florean con morcilla, tocino, chorizo y oreja. Para ensuavecer las primeras se añaden borrajas, esquejes o col de hoja. Son frecuentes los potajes de judías o garbanzos con arroz, que de habas ya no se hacen, y los garbanzos de vigilia, con espinacas o bacalao y huevo. Uno de los platos más conocidos y peor imitados de la cocina regional son los huevos al salmorrejo, que se escalfan y llevan cinta de cerdo, longaniza, chorizo y espárragos: en su preparación se emplea vino blanco, caldo de carne, ajo, harina, cebolla y laurel.

El bacalao al ajo arriero era comida tradicional de Nochebuena. Se hace con bacalao migado, aceite, ajos, patatas y cebollas cortadas como para tortilla, y huevos. En Calatayud, según fórmula de Luis Bandrés, era plato de gran aceptación el congrio curado, rebozado y frito, con una salsa de tomates, piñones, ajos, perejil y hierbabuena, y huevos escalfados. Se comen fritos, que los dan los ríos, barbos, madrillas, lucios y percas; los cangrejos con tomate, en tortilla de colas o al vino viejo. Las truchas, antes de agua batida y ahora de piscifactoría, se hacen fritas, solas o con jamón, y en recetas más modernas con mantequilla, limón y alcaparras, o al horno con almendras.

Es el pollo a la chilindrón Buscar voz... una de nuestras recetas más genuinas, obligada en las fiestas laurentinas de Huesca. Los pollos se guisan con jamón magro, cebolla, pimientos colorados y tomates. Se escabechan perdices y conejos y se encebollan codornices. Los tordos van a la cazuela y los gurriones se comen fritos con un polvo de sal. Gallos, conejos y liebres se cuecen en el vino tinto que los maceró. También el conejo se come en fritada con caracoles, o forma parte de la goguera literana, una empanada que lleva longaniza, chorizo y tomate. Necesitan igualmente adobo el jabalí y el sarrio pirenaicos, de los que se obtienen gustosas cecinas. Las de Cantavieja y Mosqueruela son de carne de vaca o toro, y de oveja, salada y seca, el somarro pastoril.

En Aragón la carne por antonomasia es la de lanar, y dentro de ella, el ternasco. Asado al horno, con manteca de cerdo, romero, vino blanco, ajo, aceite de oliva, perejil y «patatas a lo pobre», que aún saben mejor, el lechal llega a las más altas cumbres del gusto delicado y de la suculencia y es, quizás, nuestro primer plato. También se prepara en chilindrón, con arroz y patatas o a la pastora. Las costillas y chuletas, hechas a la brasa de sarmientos, con ajoaceite, «tienen usía».

Ofrece el cordero como delicados complementos, aparte las paticas, que se hacen como los callos, las cabezas. Partidas por la mitad y limpias, se salan, se untan con una picada de aceite y ajo y se asan. No todos saben comerlas con prontitud y aseo, pero aunque haya que perder tiempo y mancharse, los sesos y la carne de la varilla justifican cualquier molestia. Las tripas del animal se enrollan alrededor de un eje, hecho de un trozo de entresijo o un tallo de ajo verde, se cuecen y se fríen para formar las madejas. Variedad montañesa son las chiretas de Bierge, en las que los intestinos llevan la tripa, el pulmón y el corazón del animal, además de arroz y tocino de jamón. O los pilpiligatos de Biescas, que son las tripas, patas y sangre del cordero, con una salsa. Las magras de jamón se comen con tomate, perejil y pan frito o pimiento colorado.

Llevan fama las longanizas de Barbastro y Fuentes de Ebro, de lomo fresco de cerdo, y los fardeles de Daroca y Calatayud, una especie de albóndigas planas hechas con hígado y tocino de cerdo y huevos.

Con la sangre del cerdo se hacen bolas en las matacías, y morcillas de cebolla, o de arroz si se van a conservar más. Los caracoles, ayunados y asustados, se comen a la losa, con ajolio, o con jamón, chorizo y tomate. Después de llover salen en los barbechos las setas de cardo, que están deliciosas revueltas con tocino y huevo. Los rebollones o robellones son unos hongos que se preparan a la plancha. Más fino es el moixardón benasquino, una especie de champiñón de prado. La trufa de Graus aristocratiza el pollo y la trucha.

Fueron las farinetas comida obligada de generaciones de familias aragonesas. Se hacían las «de pobre» con agua, sal y harina de maíz. Con aceite, tocino y tostones de pan mejoraban algo.

Siguen teniendo vigencia los calderetes o calderetas: trozos de conejo y lomo de cerdo rehogados en aceite con chorizo, jamón, pimientos y ajos, y cocidos con patatas y caracoles. También para estómagos heroicos subsisten los ranchos. Que llevan, además, tajos bajos de cordero, alcachofas, coliflor, espárragos, pimientos secos, arroz... Se comen en la sartén campera metiendo la cuchara y dando el paso atrás, hasta la pausa de la rolda con la bota de vino.

Aunque Fraga no exporte ya sus higos, que tuvieron «denominación de origen», la fruta aragonesa es abundante -producimos el quince por ciento de la cosecha nacional- y de gran calidad. Una es base del postre más tradicional: el melocotón en vino. Que debe ser amarillo y bañarse en tinto de grado; entero o troceado, se azucara y se añade un palico de canela; también puede llevar corteza de limón y coñac; frío sabe mejor. Las fresas silvestres del Moncayo y de los valles pirenaicos y las moras de zarza, mejoran con azúcar y vino; aquéllas, también con leche.

En esta tierra somos lambrotos, lamineros. Ya en el hogar de los Reyes Católicos, cuando se alzaban los manteles, aparecían en la mesa «pasteles, hojuelas, cerevías, buñuelos, prestiños con azambuches, diacitrón, rosquillas, tortas reales, mazapanes muy singulares, quesadillas, nuéganos, piñonates y turrones». En las fiestas rurales son insustituibles e inevitables, las magdalenas, melenas o polcas, hechas con huevos, harina, azúcar, anís y aceite o manteca de vaca. A la vez se ofrecen, para «mascar», mantecados, que exigen almendras picadas y frutas de sartén.

Los bizcochos de Calatayud y de Borja, las frutas de Aragón, las castañas de mazapán de Huesca, los lazos y condes jacetanos y, sobre todo, el guirlache zaragozano, un turrón de azúcar y almendras, son conocidos en toda la geografía del gusto español. Pero cada zona de las tres provincias y aun cada pueblo, tienen su postre, o varios: crespillos de Fiscal y Tramacastilla, roscones de Nonaspe y Bujaraloz, crispells de Fabara, torta de yemas de Leciñena, bollo rápido de Ladruñán, roscos de Sástago, yemas dobles de Sádaba, zocorrones y sequillos de Uncastillo, pasteles del alma de Teruel, tortas de balsa de Caspe, cajicas de Tauste, coc de Fraga, cañas de Fuendejalón, almojábanas de Albarracín, refollaos de Ayerbe, bollos navideños del Maestrazgo, torrijas sopamfobas de Calanda, farinosos de Monzón, almendras de Beceite, millazo de Bielsa, tortas de cañamones de Monreal del Campo, casquetes de Valderrobres, mantequilles de Benasque, tortas de nogallos de Albalate del Arzobispo, los empanadicos y empanadones y las natillas de todas partes, etc.

Nuestra tierra ha acuñado como epíteto despreciativo el de «arguellau» y admirativo el «¡qué gordo estás!», según el universal «dame gordura y te daré hermosura» o el expresivo «más vale burro gordico que sabio tisico», en una apreciación de las grasas humanas que nuestro tiempo, bien alimentado, puede darse el gusto de despreciar dentro de una dietética que muestra los peligros del pan y del azúcar, durante mucho tiempo energético básico de nuestra dieta.

Gastronomía Buscar voz...

• Bibliog.: Beltrán Martínez, Antonio: «La cocina popular aragonesa, avance a su estudio»; número 23 del Boletín municipal de Zaragoza, Zaragoza, 1967. Albiac Blanco, María Dolores, y otros: Los aragoneses; Madrid, 1977. Lasierra Rigal, José Vicente: La cocina aragonesa; Zaragoza, 1978. Beltrán, Antonio y Porquet, José Manuel: Gastronomía aragonesa, Zaragoza, Moncayo, 1994. Vidal, Darío: Cierto sabor, Zaragoza, Ibercaja, 2000.

 

Imágenes de la voz

Menú baturro en La posada...Menú baturro en La posada de las a...

Ternasco asado...Ternasco asado

Magras con tomate...Magras con tomate

Natillas...Natillas

Melocotón con vino...Melocotón con vino

Migas...Migas

Hogar. Dibujo de Alvar...Hogar. Dibujo de Alvar

Horno de pan. Dibujo de A...Horno de pan. Dibujo de Alvar

En la cocina. Dibujo de I...En la cocina. Dibujo de Iñaki

Preparando migas al estil...Preparando migas al estilo Teruel

Perspectiva-corte de una ...Perspectiva-corte de una cocina al...

Utensilios utilizados en ...Utensilios utilizados en la cocina...

Cocina de Gistaín (Huesca...Cocina de Gistaín (Huesca)

Cocina de Jarque (Zaragoz...Cocina de Jarque (Zaragoza)

Cocina de Teruel...Cocina de Teruel

Cociendo la cebolla...Cociendo la cebolla

Cocina aragonesa. Museo e...Cocina aragonesa. Museo etnológico...

Cocina de Mora de Rubielo...Cocina de Mora de Rubielos (Teruel)

Diversos utensilios utili...Diversos utensilios utilizados en ...

Cocina en la casa de Garc...Cocina en la casa de García Herran...

Categorías relacionadas

Categorías y Subcategorías a las que pertenece la voz:

 

© DiCom Medios SL. C/ Hernán Cortés 37, 50005 Zaragoza
Inscrita en el Registro Mercantil de Zaragoza, en inscripción 1ª, Tomo 2563,
Seccion 8, Hoja Z-27296, Folio 130. CIF: B-50849983

Información Legal

NTT