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Agricultura

Contenido disponible: Texto GEA 2000  |  Última actualización realizada el 06/05/2009

(Del lat. agricultura, de ager, agri, «campo», y cultura, «cultivo»). Labranza, labor o cultivo de la tierra. Arte de cultivar, beneficiar y hacer productiva la tierra en cuanto en ella se desarrollan y crecen los vegetales. La agricultura Buscar voz... es una de las primeras y primordiales actividades del hombre, y la única acaso verdaderamente esencial para la vida. Desde el punto de vista del análisis económico, la agricultura es un subsector del sector agrario; los otros dos subsectores son la ganadería Buscar voz... y el forestal Buscar voz....

En Aragón la actividad agrícola ha ocupado un lugar preferente y en algunos momentos alcanzó realidades muy positivas, a juzgar por lo que Ignacio de Asso Buscar voz... expone en su Historia económica de Aragón (1798), cuando comenta «la progresión de los cultivos de cereales tanto en extensión de las tierras dedicadas a ellos como en la cuantía de las cosechas recogidas», y cuando elogia: «las grandes plantaciones de viñas que se han hecho en tierras de Calatayud, los prados reducidos a tierras regables de labor, así en esta vega como en la de Daroca, el desquexo de eriales en los partidos de Huesca y Barbastro, y su reducción a tierras de labor permanente y fructuosas, el beneficio del riego que algunas porciones de terrenos han recibido del Canal Imperial de Aragón Buscar voz..., aunque muy distante por ahora de lo que parece corresponder a la grandeza de la obra, son otras tantas muestras de los adelantos de nuestra agricultura».

La actividad económica del siglo XIX se despliega en Aragón con marcado signo agrícola, debido fundamentalmente a la roturación y colonización de nuevas tierras, a la expansión del viñedo y el cereal y a la introducción de nuevos cultivos, como por ejemplo, la remolacha, si bien cada uno de estos cambios tuvieron causas diferentes; así, las roturaciones estuvieron ligadas al proceso de desamortización eclesiástica y civil, la invasión de la filoxera Buscar voz... en los viñedos franceses determinó la plantación de grandes masas de vides en Aragón y Rioja, y la pérdida de Cuba obligó a implantar la remolacha Buscar voz....

El siglo XX se inicia con la tendencia a incrementar los regadíos, como instrumento más adecuado para aumentar la productividad de las tierras; en consecuencia, se aprueba el dia 7-I-1915 la Ley de Riegos del Alto Aragón Buscar voz... todavía sin terminar, pese a que el plazo de ejecución estaba previsto en 25 años. Posteriormente, en los años sesenta se avanza en la transformación de los riegos de Bardenas Buscar voz... y Monegros Buscar voz... hasta llegar, en 1986 con el primer gobierno socialista de la Autonomía, a definir las futuras Estrategias para el desarrollo de los regadíos de Aragón (ver regadíos Buscar voz...) que pretendía incrementar la superficie regada en 421.630 has., duplicando las 411.900 has. existentes en ese momento. Más recientemente, el Plan Hidrológico de la Cuenca del Ebro Buscar voz... revisaría a la baja las aspiraciones del gobierno autonómico.

Las constantes geográficas que definen Aragón condicionan la actividad agrícola y una muestra panorámica de estas variaciones se recoge en los cuadros y mapas adjuntos.

Las zonas de Aragón más deprimidas coinciden con aquellas en las que la actividad agrícola tiene menos oportunidades, en razón de la escasez de recursos o de las limitaciones geográficas, y se corresponden con las comarcas de montaña, donde la relación secano/regadío es alta, como, por ejemplo, Sobrarbe, Ribagorza, el Prepirineo de la provincia de Zaragoza, Daroca, Serranía de Montalbán, Maestrazgo, etc. En definitiva, relacionando los conceptos de agricultura y territorio podemos sintetizar el mundo rural aragonés (eminentemente agrícola) en tres tipologías de espacios:

• Zonas de alto potencial medioambiental y turístico, que coinciden prácticamente con las montañas y donde la agricultura es marginal, es subsidiaria de la ganadería, y su futuro está más en función de la protección del medio ambiente que de parámetros de rentabilidad económica.

• Zonas de secano no competitivo, o de «secanos críticos», ocupan la mayor parte del territorio aragonés y su rentabilidad está muy condicionada por los factores climáticos. Para mejorar su rentabilidad será necesario utilizar criterios medioambientales en la línea que proponen las políticas de Desarrollo Rural Comunitarias. Para ello habrá que reducir costes, abonos, pesticidas... y devolver a su estado natural aquellas tierras que nunca debieron roturarse. Se trata de recuperar el equilibrio entre las prácticas agrícolas, ganaderas y selvícolas tradicionales que facilitan la conservación de la biodiversidad. Con toda seguridad, estas prácticas agrarias, más respetuosas con el medio ambiente y no por ello menos rentables económicamente, serán las que canalizarán en el futuro las ayudas comunitarias a través de las políticas de agricultura y medioambiente, compatibles con los compromisos del G.A.T.T. y las nuevas orientaciones de las políticas agrícolas comunitarias.

• Zonas de regadío intensivo, se extienden a lo largo de los grandes ríos y regadíos tradicionales o nuevos, generalmente por debajo de los 400 e incluso 500 metros de altitud. Encierran un alto grado de versatilidad para adaptarse a diferentes situaciones del mercado. No obstante, también se deberán aplicar medidas agroambientales y, sobre todo, incrementar el valor añadido en las explotaciones para lo cual sería interesante impulsar actividades relacionadas con la agroindustria o agroalimentación.

Desde el punto de vista de la utilización posible de las tierras tiene importancia conocer la relación de las tierras de secano con las de regadío dentro del total de tierras cultivadas. En Aragón, sólo el 22% de las tierras de cultivo son de regadío. Por provincias, Teruel presenta las peores condiciones pues sólo el 7´7% de las tierras de cultivo se hallan favorecidas por el regadío. Huesca es la provincia que presenta mejor relación secano-regadío con el 36´3% de las tierras transformadas y, en una posición casi intermedia, con el 23% tenemos a la provincia de Zaragoza.

La proporción de la superficie regada refleja la versatilidad de las tierras; es decir, la capacidad para garantizar producciones y, simultáneamente, ir adaptando los cultivos a las cambiantes demandas del mercado. Algo que dificilmente se puede hacer en el secano. En los mapas adjuntos se refleja la localización de los cultivos de regadío y las zonas donde la rentabilidad (medida en términos de margen bruto) es mayor. Lógicamente, existe una relación directa entre el regadío y la productividad y versatilidad de las tierras.

La dedicación de las tierras labradas a los diferentes cultivos permite presentar una panorámica de la estructura productiva agrícola y sus posibles limitaciones según la capacidad de las tierras para adaptarse a nuevos cultivos: las tierras regadas son las que más facilidad tienen para acoplarse a las necesidades de la coyuntura, otras tierras, como, por ejemplo, las dedicadas a cultivos leñosos, o el secano en general, tienen poca aptitud para el cambio.

De los grandes grupos de cultivos, los cereales ocupan el primer lugar, tanto por el número de hectáreas dedicadas a ellos como por las producciones obtenidas, siendo los más significativos la cebada, el trigo y el maíz. Tras los cereales, aparecen pero a gran distancia, las frutas y plantas forrajeras. Entre unos y otros representan más del 89% de las tierras de cultivo.

Las leguminosas tienen escasa importancia, pues el total de hectáreas dedicadas a estos cultivos representa el 3´7% del conjunto de tierras de cultivo. Las hectáreas dedicadas a las hortalizas alcanzan las 260 has. en secano y las 10.408 en regadío. En este grupo sobresalen por su importancia el tomate y el pimiento, especialmente en la provincia de Zaragoza, aunque se trata de cultivos influenciados por los vaivenes del mercado y son origen de conflictos entre los agricultores y las fábricas conserveras, principales demandantes. La cebolla también tiene una relativa importancia, con unas 3.000 a 3.400 has. dedicadas a este cultivo, y también es cultivo conflictivo sometido a la coyuntura del mercado exterior.

Los frutales tienen ocupadas 70.279 has. en secano y 42.642 has. en regadío. Las superficies forrajeras, otro de los cultivos dominantes en la región, ocupan 37.200 has. en secano y más de 83.000 en regadío. Finalmente, las superficies dedicadas al viñedo superan las 44.500 has. en secano y apenas 4.400 en regadío. Finalmente, el olivo supera las 50.000 has. en secano y otras 9.000 en regadío.

La actividad agrícola determina la formación de la renta que junto con la de los subsectores ganadero y forestal constituyen la renta agraria, cuyo proceso de formación es el siguiente: Producción total Reempleo=Producción final. Producción final Gastos fuera del sector= Valor añadido bruto a precios del mercado; si a esta magnitud se le añaden las subvenciones= V.A.B. al coste de los factores, a la que restándole las amortizaciones se obtiene la renta agraria.

El producto final agrario en 1997, según datos del Anuario estadístico de la producción agraria de 1998, expresado en millones de pesetas, se recoge en cuadro adjunto. En él puede observarse la importancia que tiene cada subsector dentro de la Producción final agraria.

La población activa en la agricultura ha descendido de manera continua y permanente en las tres provincias (voz actividad, tasa de Buscar voz...). No obstante, interesa resaltar que el principal problema de la población activa agraria es su elevado grado de envejecimiento, lo cual, independientemente de la política agraria comunitaria que tiende a favorecer el descenso de los ocupados en el sector, generará un descenso del número de agricultores en los próximos años, por la vía de la jubilación. Esta disminución generará una concentración de las explotaciones en menos manos, lo cual puede ser positivo en cuanto a viabilidad de dichas explotaciones, pero también se puede dar un aspecto negativo en cuanto muchas de ellas se abandonarán dejando de cultivarse.

El grado de mecanización es elevado en las provincias de Huesca y Zaragoza, especialmente en las comarcas llanas (Somontano, Hoya de Huesca, Ejea, Ribera del Ebro, etc.).

En resumen, la agricultura de Aragón no presenta ninguna característica especial que la diferencie del resto de la España del interior. Es de carácter extensivo, incluso en los regadíos, utilizados fundamentalmente para asegurar determinadas cosechas ante una climatología adversa que, por desgracia, se presenta con más frecuencia de la deseada. Los cereales, especialmente el maíz, y la alfalfa, tienen una participación importante en los regadíos, si bien sería interesante diversificar los cultivos de regadío.

• Bibliog.: Alfonso, Jesús; Cendoya, Juan Manuel y Cobo, Carlos: Posibilidades y Soluciones en el desarrollo actual de la Economía Aragonesa; Caja de Ahorros de la Inmaculada, Zaragoza, 1968. Biescas, José Antonio: Introducción a la economía de la región aragonesa; Alcrudo Editor, Zaragoza, 1977. Semanario de Economía Agraria: «Aspectos de economía agraria aragonesa»; Zaragoza, 1977. D.G.A.: Macromagnitudes del sector agrario y Anuario estadístico, ambos de 1999. Consejo Social y Económico de Aragón (CESA): Informe Socioeconómico de Aragón, 1999.

• Med.: economía agropecuaria Buscar voz....

• Hist. Mod.: Desde fines del siglo XV hasta bien entrado el siglo XIX permanecen inmutables las estructuras de la tierra heredadas de la Edad Media. Los grandes terratenientes continúan siendo la nobleza y el clero: prelados, cabildos, monasterios, abadías y órdenes militares. Todos ellos detentan además, bajo distintas formas, la propiedad de los hombres que en sus respectivos señoríos, distribuidos por toda la geografía aragonesa, trabajan sus tierras.

A gran distancia de estos grandes terratenientes se encontraban los propietarios del tercer estamento. Entre ellos existían grandes diferencias, que iban desde el rico labrador (con grandes extensiones de terreno, varios pares de mulos, criados, pastores, etc.) hasta el pequeño campesino sin medios propios para explotar su corto y pobre terruño.

Finalmente, existía un número de aragoneses considerablemente elevado, hombres libres y de condición servil, que carecían de tierras y se veían obligados a trabajar las de terceros como jornaleros, renteros o vasallos. Las diferencias entre ellos eran a todas luces evidentes. El primero era un trabajador eventual contratado en las épocas de mayor agobio agrícola. En el segundo caso eran arrendadas las tierras y el rentero, a cambio de su explotación, debía pagar un canon en dinero o en especie y observar, además, una serie de condiciones estipuladas en el contrato. Finalmente, los vasallos debían trabajar las tierras bajo una serie de condiciones jurídicas y económicas impuestas por el señor. No eran dueños ni de las tierras ni de sus personas.

Las inmediatas y trascendentales preguntas que sugiere la realidad expuesta ¿qué cantidad de tierras detentaba la nobleza y el alto clero?; ¿qué porcentaje representaba en relación con el total?; ¿cuántos eran los aragoneses propietarios y cuántos los jornaleros, renteros y vasallos? no tienen hoy en día ninguna respuesta, y, lo que es más grave, sólo con grandes esfuerzos se podrá llegar a valoraciones que merezcan crédito.

Durante los siglos XVI-XVII no se hizo ningún catastro. Los censos realizados en 1495 y 1650 tampoco responden a la condición jurídica de los aragoneses. Es verdad que no sería difícil averiguar cuáles eran los lugares de señorío laico o eclesiástico en el Aragón de los siglos XVI-XVII. Pero este inventario serviría muy poco a nuestros propósitos de hallar una respuesta lo más exacta posible a las interrogantes arriba planteadas. Sólo una parte de los lugares de señorío, o que aparecen como tales, son en su totalidad (tierras y hombres) propiedad de su titular. El hecho de que una población se diga perteneciente a un determinado señor no quiere decir, ni mucho menos, que todas las tierras sean de su propiedad ni tampoco que todos sus vecinos o habitantes sean vasallos. Así, por ejemplo, La Almunia de Doña Godina se define como encomienda de la Orden y Religión de San Juan de Jerusalén, pero sólo una pequeña parte de su término era de los hospitalarios; Caspe y Chiprana formaban la bailía de Caspe, también de los sanjuanistas, pero únicamente una parte de las tierras de labor eran de la orden: los ejemplos podrían multiplicarse.

Con respecto a los lugares de realengo puede decirse otro tanto. En ellos había tierras pertenecientes a la iglesia y a la nobleza que eran trabajadas por renteros. Existen también propietarios que entregaban sus propiedades a terceras personas para su explotación.

Como puede apreciarse, la cuantificación de la propiedad territorial en Aragón presenta graves problemas y una enorme complejidad que sólo el esfuerzo intelectual y la imaginación del investigador podrán, quizá, vencer.

Por otra parte, si intentamos buscar las condiciones de explotación de las tierras arrendadas, premisa imprescindible para determinar la situación de los renteros y sus posibilidades de mejora de las explotaciones y de los avances de la agricultura, hallamos que la complejidad no es menor. Las rentas variaban de unos lugares a otros e incluso, dentro de un mismo lugar, de unas tierras a otras y de unos productos a otros. Los vasallos, además, debían pagar unos cánones por la utilización de los hornos, molinos, etc., así como por distintos conceptos que atañían directa o indirectamente a la señoría. Todo ello hace imposible reducir a un común denominador la situación económica del vasallo, así como la del rentero.

Sin embargo, aunque por las dificultades expuestas no es factible aún dar respuesta a las interrogantes planteadas anteriormente, se puede afirmar que la nobleza y el clero detentaban una gran parte de las tierras de labor y del territorio aragonés. Asimismo, es posible mantener que una gran parte de aragoneses eran vasallos de señorío laico o eclesiástico y que su situación económica, aunque variaba de unos lugares a otros, en muchas ocasiones no pasaba de niveles de pura subsistencia.

A lo largo del siglo XVI, la superficie agraria, a pesar de las profundas limitaciones impuestas por las estructuras de la propiedad, experimentó profundas transformaciones bajo el impulso de la coyuntura alcista de la centuria. Durante el siglo XVI, el reino aragonés experimentó un fuerte crecimiento demográfico. Los aragoneses llegaron prácticamente a duplicar su número pasando de 200.000 a 400.000. Este crecimiento arrastró consigo un aumento de la demanda de alimento. Cada día era preciso producir más para satisfacer las necesidades de una población en constante aumento. Este ascenso puso a nuestros antepasados en la disyuntiva de emigrar o de intentar obtener de la tierra los recursos que demandaba su multiplicación. Ante tal desafío desecharon la emigración como sistema para dedicarse de lleno a incrementar los recursos de la agricultura. Ahora bien, dadas las limitaciones técnicas de la época y los condicionantes climáticos de Aragón, el incremento de la producción agrícola únicamente podía conseguirse con la puesta en cultivo de nuevas tierras y, en última instancia, mediante la extensión de los regadíos. Ambos medios eran tan viejos como el solar aragonés.

A lo largo de la centuria vemos al aragonés afanosamente metido en la tarea de colonizar nuevas tierras. Las roturaciones se extienden por todas partes. Poco a poco se conquistan terrenos abandonados durante la recesión de los siglos XIV-XV, pasando luego a tierras vírgenes hasta llegar a poner en cultivo tierras marginales, que fue preciso abandonar después de las primeras cosechas.

Las roturaciones no podían extenderse indefinidamente. La calidad de las tierras, la orografía y las limitaciones técnicas ponían antes o después límites al proceso de colonización. Cuando se habían agotado las tierras agrícolamente rentables, el aragonés, que seguía creciendo, debió adoptar decisiones mucho más graves que aquellas que llevaba la simple roturación. En los lugares de secano y en la montaña, los excedentes de población provocaron movimientos migratorios hacia la ciudad o hacia los valles, donde las posibilidades de obtener nuevos recursos eran mayores. En las riberas, el crecimiento de población llevó consigo una ingente tarea de puesta en regadío de nuevas tierras, que fue paralela en unos casos y en otros posterior a la roturación.

El siglo XVII presenta la cara opuesta de lo que había sido el XVI. La actuación progresiva de una serie de factores negativos, expulsión de los moriscos, epidemia, guerra de secesión catalana, etc., determinaron que la superficie agrícola experimentara un fuerte retroceso. Muchas de las tierras roturadas fueron abandonadas. Incluso los regadíos, especialmente los construidos por los moriscos, sufrieron grandes daños, quedando algunos destruidos.

El primero de los desastres demográficos aragoneses de esta centuria, la expulsión de los moriscos, se tradujo en el orden económico en una grave regresión del área cultivada. De Aragón salieron 60.000 moriscos. Sus tierras, ubicadas en el mejor terreno agrícola del reino, quedaron incultas. Durante años, al fracasar la repoblación, permanecieron yermas. En los lugares de moriscos, partidas enteras (cuando no todo el término) no eran otra cosa que enormes eriales. Los regadíos sufrieron graves deterioros, quedando algunos de ellos totalmente inutilizados.

Más tarde, cuando apenas se había iniciado la ocupación de las mejores tierras moriscas, las epidemias que a lo largo de la centuria asolaron al reino aragonés, las malas cosechas, las presiones fiscales de la monarquía y especialmente la guerra de Cataluña fenómenos que actuaron en ocasiones simultáneamente hicieron imposible que a lo largo del siglo XVII la superficie agrícola alcanzara la extensión que había tenido a fines del XVI.

Aunque las tierras regadas posibilitaban un abanico de cultivos mucho más rico y variado que los secanos, en la práctica esta diversidad casi no era apreciable. Tanto el secano como el regadío se dedicaban mayoritariamente al cultivo de los cereales, la vid y el olivo, la trilogía mediterránea. La diferencia fundamental estribaba, lógicamente, en la seguridad de las cosechas y en la rentabilidad de las tierras de regadío. Únicamente los huertos presentaban una clara diversidad en sus productos con respecto al resto de las tierras. Este uniformismo de la producción es debido a la acuciante necesidad que tiene el campesino de proveerse de su dieta alimenticia, cifrada fundamentalmente en el pan para su familia, y de cereales para sus animales. Sus escasos recursos económicos y las deficiencias y limitaciones del transporte le obligan a producir aquello que le es más urgente y necesario para su propia subsistencia.

Por otra parte, es preciso tener en cuenta que la mayor parte de los productos que hoy ocupan las feraces huertas aragonesas eran prácticamente desconocidos en estas centurias. ¿Qué podría sembrar hoy el campesino aragonés si no conociera las patatas, la remolacha, el maíz e incluso los tomates y los pimientos? Forzosamente se vería obligado a dedicar sus tierras a los cereales, la vid, el olivo... como hicieron sus antepasados.

El agricultor-campesino aragonés destina sus propiedades fundamentalmente al cereal. El trigo, centeno, cebada y avena se diversifican por toda la geografía aragonesa de acuerdo con la calidad de las tierras. Mientras en los valles y en los secanos de mejor calidad el cereal por excelencia es el trigo, en las tierras de mala calidad, en las serranías de Teruel y Albarracín y en los valles pirenaicos el centeno sustituye en infinidad de bancales y guincharros al trigo, aunque se aprovechan las mejores parcelas para obtener este último cereal. Se daban también en las tierras más pobres y frías, otros cereales de escasísima calidad y rendimiento que hoy en día se han perdido prácticamente en su totalidad. Así, por ejemplo, el mijo, la espelta, ladilla, adazilla, esprilla, etc. Entre las legumbres cultivaba la judía, garbanzo, lenteja, guija, etcétera.

La vid y el olivo se extendía por el territorio aragonés hasta alcanzar los somontanos y zonas totalmente marginales. La vid todavía se mantenía en Jaca en el siglo XVI. En estos siglos eran ya famosos los vinos del campo de Cariñena.

Juntamente con estos productos, es preciso hacer alusión al azafrán Buscar voz..., que se extendía por amplias zonas de Aragón. Otro cultivo que llama poderosamente la atención es el panizo, extendido por las vegas bajas de los ríos. Este panizo fue introducido por los árabes desde las Indias Orientales. Ya en la Edad Media hay documentos que dan cuenta de sus existencias. Era conocido con el nombre de «panizo negro de Rodas». Nada podemos decir de sus rendimientos ni de la acogida que tuvo entre los campesinos, aunque aparece en numerosos dezmarios. El maíz americano, también conocido entre nosotros como panizo, no se divulgaría hasta bien entrado el siglo XVIII, aunque fuera conocido desde el XVII. Otros cultivos de huerta fueron el lino y el cáñamo.

En los huertos se cultivaba ya gran parte de las hortalizas actuales: acelgas, espinacas, borrajas, habas, lechugas, calabazas, puerros, coles, nabos, cardos, guisantes, ajos, cebollas. Otro tanto ocurre con los árboles frutales. Prácticamente existen los mismos de hoy en día: manzanos, perales, cerezos, melocotoneros, albaricoques, ciruelos, nogueras, higueras, granados, etc., que se distribuyen por el territorio aragonés de acuerdo con sus necesidades climáticas. Sin embargo, el árbol por excelencia del siglo XVI es la morera Buscar voz..., que adquirió una gran extensión.

La producción de frutas y de hortalizas era muy limitada. Sin las técnicas actuales de conservación, con unos transportes tremendamente rudimentarios y con una demanda muy reducida, es fácil explicarse hasta dónde podía llegar la producción hortofrutícola de Aragón. La mayoría de los huertos estaban destinados a satisfacer la demanda familiar de hortalizas. Sus ocasionales excedentes se sacaban al mercado local o comarcal. Únicamente en las ciudades esta producción podía estar encaminada a satisfacer la demanda de un público más o menos numeroso. Otro tanto podía decirse de la fruta, aunque sus posibilidades de comercialización resultaban evidentemente más amplias y, por tanto, favorecían una mayor producción.

Juntamente con las roturaciones y el regadío el campesino aragonés utilizaba, como medio de aumentar la producción, el cultivo promiscuo o «de suelo y vuelo» que consistía en alternar el arbolado o la vid con otros cultivos o plantaciones. Así, junto con los frutales, la vid, el olivo o las moreras, sembraba cereales o plantaba azafrán. El arbolado o la vid podía ocupar las márgenes del campo o disponerse en el interior del mismo, equidistantes unos árboles de otros. Este sistema se practica en Aragón en nuestros días.

De esta forma, el campesino obtenía en una misma parcela, además del cereal preciso para su familia y sus animales domésticos y ganado, el condimento para su comida, el vino que le proporcionaba las calorías negadas por una deficiente alimentación, y otra serie de productos que le aseguraban unos ingresos en dinero con los que hacer frente a sus gastos y tributaciones.

Las tierras recibían tres labores. La primera de ellas se hacía a la salida del invierno y recibía el nombre de huebra. La segunda a fines de la primavera, era el binar. Finalmente en el otoño, a la hora de la siembra, se daba la tercera y última.

El abonado de las parcelas quedaba reducido mayoritariamente a las cenizas procedentes del incendio de los rastrojos. Sólo una mínima parte de las tierras recibían estiércol. Lógicamente, estas tierras pertenecían en su mayoría a los ricos labradores. Las de los pobres se beneficiaban de los excrementos procedentes del pastoreo del ganado ovino. En líneas generales, la mayor parte de las tierras no recibía, por tanto, ningún abono que pudiera recibir el nombre de tal.

Si a este pobre y limitado abonado se suma la escasa profundidad de las labores, se comprenderán perfectamente los largos descansos concedidos a las tierras, sus escasos rendimientos y, sobre todo, el reducido número de hectáreas que permitían una permanente explotaci6n y el fracaso de muchas roturaciones. El sistema de cultivo era el de «año y vez Buscar voz...», pero era muy frecuente que las parcelas se dejasen descansar dos, tres y hasta cuatro años.

El arado utilizado era el romano, tirado generalmente por mulos y en ocasiones por bueyes. Este arado únicamente araña la tierra y debido a la escasa profundidad de las labores, deja a la semilla expuesta a las inclemencias del tiempo.

• Folklore. Los trabajos del campo han conformado, en gran parte, los modos de vida, costumbres y tradiciones de los aragoneses. El predominio de los cultivos de secano y el uso del arado han determinado el nombre de «labrador» para el campesino; el «año y vez», la lucha por el agua y el abono y el trabajo de las tierras en arriendo o «a medias» han informado principios jurídicos y espirituales peculiares. El clima y circunstancias históricas y económicas especiales han determinado aprovechamientos y cultivos; el uso de plantas espontáneas como el esparto, las aromáticas (romero, tomillo, espliego, etc.) han influido en industrias populares (sogas, alpargatas), en la cocina y la cosmética. La agricultura de arado, de azada o azadilla ha separado el trabajo masculino del de la mujer y de los seres débiles.

En el Alto Aragón dominará el cultivo o aprovechamiento de la hierba y los bosques, sobre el escaso de cereales y escasísimo de hortalizas y frutales; los campos labrantíos pueden estar a mucha distancia de los poblados y otorgarán importancia a las bordas Buscar voz.... El centeno sembrado a fines de agosto sirve para pasto de los animales sobre el terreno, que no arrancan la fina hierba («farraya» en Ribagorza) que rebrota en primavera para segarse en verano. La madera se traslada hacia el sur, por los ríos, en navatas, dando ocupación a almadieros y leñadores, éstos numerosos desde la antigüedad como lo desmuestran el Forum ligneum, mansión en la vía romana de Caesaraugusta al Bearne, y el culto a los árboles en esta misma comarca (al que puede aludir Fago, en el valle de Ansó, equivalente a santuario).

En la zona central y meridional de Aragón hallamos bosques en la sierra de Albarracín, con explotaciones de resina; contrastan los secanos, muy áridos, con cultivos de vid, olivo y cereales (como en la Meseta central, donde originan los mismos usos y creencias), con las fertilísimas huertas («cerraos», cuando se rodean de muro de adobe) en los valles y en torno a los pueblos importantes de mudéjares y moriscos a quienes se atribuyen los hábiles riegos y la colonización de tierras de secano como el azud de Caspe con rueda elevadora de agua y presas de derivación para redes de acequias; para muchos, estas obras hidráulicas serían de creación romana, como se comprueba en el norte de África y en las huertas de Valencia y Murcia, y estaría en relación con las «centuriaciones» y establecimiento de colonos. La unidad agrícola en el Aragón medio es la torre, muy enlazada con la «villa rústica» romana y con las colonizaciones de monjes, tras la Reconquista, como la bien conocida en Rueda de los cistercienses. El torrero ha de garantizarse el agua, y el abono a través del estiércol, amontonado en estercoleros junto a la casa y recogido en caminos y en las ciudades por el fematero (inseparable de la agricultura de huerta de base morisca).

El cambio de zonas agrícolas se determina no sólo por la diferenciación de cultivos, sino por la de aperos, no siempre provocada por la distinta calidad de las tierras, sino por fenómenos de aculturación; así, hallamos arados o yugos de tipo navarro y origen vasco en el norte, con arado dental, y en cambio uno mixto de éste y el cuadrangular en la comarca de Jaca y Sabiñánigo que baja hasta Sariñena; y más al sur el normal arado cama de tipo romano y el yugo cornal.

Los cambios son menores en los refranes Buscar voz... agrícolas y en los modos de trabajo comunes a toda la España seca. Son interesantes las cuadrillas de segadores trashumantes, numerosas en el Somontano de Huesca y en Teruel; aquí se hacen dirigir por el que llaman «rey», que concierta el trabajo y salario, marca los desplazamientos, casi siempre con rutas tradicionales, da la señal para empezar las oraciones y las comidas, etc. En el trabajo, la cuadrilla se divide en dos grupos, el de la derecha capitaneado por el «rey» y el de la izquierda, por el «conde»; Arnaudas ha recogido algunos cantos de segadores turolenses. En Alquézar las cuadrillas se ajustaban «a jornal y comida pagada» con horario de 3 de la mañana a 7 de la tarde, y frecuentes y abundantes comidas negociadas por el jefe de cada grupo, trabajaban con itinerarios tradicionales iniciados a fines de junio en Barbastro y los Monegros, y en julio y agosto en la Montaña, casi siempre a destajo; a fines de temporada y regreso al pueblo se celebraba una comida común. El segador ha dado inspiración a cantas de jota y creaciones literarias.

Otro trabajo característico es el de la era, normalmente en las afueras del pueblo y abierta, y cubierta sólo en Gistaín o Benasque. La era es lugar de reunión de la familia en trabajo común para el allanamiento de la tierra con el rodillo y el trabajo con el trillo de pedernales: se originan curiosos talleres al aire libre de aprovechamiento del sílex, y entretenimiento para los niños, que dan vueltas sobre el trillo y la parva arrastrados por una caballería; en el folklore aparecen cantos y cuentos de era. En Gistaín se malla, golpeando las espigas sobre un banco, como en otras zonas pirenaicas; y en algún sitio se tritura la parva con animales solos, el trillo de ruedas metálicas se introduce en el primer cuarto del siglo. Se avienta con palas y horcas y a veces se usan porgaderos. El cereal se guarda en los graneros, recogido para el traslado en talegas, y la paja en pajeras, a cubierto o apilada y protegida al aire libre.

Cultivos especiales son el del lino en Ariza, o el azafrán Buscar voz... en la comarca de Gallocanta, éste con peculiar terminología y trabajos: la floración máxima se llama florana; debrín el arranque de estigmas, puesto que éstos son los brines, los pétalos son la farfolla y los estambres se llaman llengüetas o lenguazas; la base de la flor, mango; la hoja, cerca. Se piensa que de la comarca de la laguna de Gallocanta se difundió el cultivo a la Mancha; en 1940 se pagaba a cien pesetas la libra. Los trabajos del azafrán daban lugar a veladas con cantos, ritos y juegos comunes, esencialmente de mujeres.

Operaciones singulares son también las de la vendimia, sin peculiaridades notables en Aragón, aunque sí en la elaboración del vino Buscar voz.... Determinados cultivos dependen de modas y valoraciones económicas y sociales e incluso de epidemias o heladas y pedriscos; así, ha caído en desuso el del mijo y en buena parte el del centeno en el Pirineo, el del lino y cáñamo para sacos y sogas en Aínsa, o las periódicas implantaciones y abandono de la vid, el olivo, o la remolacha y las plantas forrajeras. En el Alto Aragón el boj deja de recogerse cuando desaparecen las artes pastoriles y locales de la madera.

Otras veces, la barrera es geográfica: la vid llega hasta Laspuña, el olivo hasta la canal de Berdún, Anzánigo y Fiscal. Como siempre, conocemos mejor lo popular del Alto Aragón que lo del resto de nuestra tierra; así el nomadismo agrícola con estancias en la borda, el rompimiento del suelo y la preparación de faxas con cercos de piedras o zarzas y limpieza por fuego; la fertilización por cremación de glebas en ordigueros (Ansó) o fornigueros (Echo, Panticosa), realizados cubriendo montones de maleza y quemándolos, en verano o primavera; el uso del fiemo («el fiemo y lo rey / de lejos se vey») y del estercolado natural por los rebaños incluso pactando con los pastores trashumantes para redeos, a fines del pasado siglo por peseta y jarro de vino diarios. El valioso estiércol cuenta con aperos especiales de transporte sobre mulos. La hierba se dalla en verano y se almacena, trasladándola con mulos que llegan a cargar hasta ciento cincuenta kilogramos hasta el pallero, utilizando el estiraso en las sendas más empinadas.

Los cereales se siembran en los valles pirenaicos entre septiembre y noviembre, finalizando en este mes todas las labores agrícolas; en marzo se siembra en Gistaín el trigo marzal o tardano. Se marcan surcos para sembrar con el arado (Ribagorza) o con ramitas de boj. Las patatas se plantan de abril a fines de mayo. Se escarda (bribar, en Gistaín) en mayo.

Los ritos y costumbres agrícolas dependen en buena parte de las antiguas fiestas paganas relacionadas con la siembra y la recolección esencialmente, aunque también con la rogativa de agua, la protección contra las tormentas y pedriscos y los maleficios. La mayor parte de las fiestas agrícolas se sitúa entre julio y septiembre, como culminación de la recolección de los cereales (Santiago, Santa Ana, San Roque, Virgen de Agosto, etc.). Ritos generales son la bendición de términos, el enterrar cruces, hechas con ramitas, durante la siembra; los dances con mudanzas de palos en las que se golpea la tierra con el simbólico palo para su fecundación, etc. En la Almolda se bendicen ramos en forma de cruz, en Semana Santa, y se entierran para proteger los campos contra tormentas y pedriscos; en Alquézar, lo mismo, y cuando se encuentran se reza por el amo y sus difuntos y se bebe del porrón, tras el grito del «jefe»: ¡A beber! En Albalate del Arzobispo la plega o llega de aceitunas es origen de cantos y bailes de oliveras, por mujeres en corro, con una de ellas que inicia las estrofas que se corean, dando un chillido al final que deshace la rueda. Son numerosas las romerías y cofradías de labradores, de San Isidro o San Lamberto; así en Tarazona la de este santo, con bandera verde y el ringle. En la comarca de Alquézar hay ritos de encubar y espirallar, perforando las cubas del vino, como final de los ritos de la vendimia.

Muchos productos agrícolas de Aragón han ganado fama, especialmente los de huerta o frutales; así los ponderados por Pedro Saputo ante el rey. Pan de Huesca y de Andorra, nabos de la Montaña y de Mainar, cardo y escarola de Alcañiz, cerezas de Monzón y Torre del Conde, aceitunas de Fornos, uvas de Rafales, granadas de Fraga, higos de Maella, aceituna negra de la Tierra Baja, etc. No se citan los higos de Fraga, el melocotón de Campiel, los melones de Juslibol, ni se hace mención de la borraja y el bisalto, los «abugos», peretas de San Juan, etc., tan característicos hoy. Las coplas de muchas localidades ponderan los productos locales (higos de Velilla, pimentones de Gelsa, melones, pepinos, calabazas y tomates de Villel, etc.).

• Bibliog.: Violant y Simorra, R.: El Pirineo español; Madrid, 1949, pp. 437-484. Caro Baroja, J.: Los pueblos de España: Ensayo de Etnología; Barcelona, 1946, p. 431.

 

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