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Buñuel Portolés, Luis

Contenido disponible: Texto GEA 2000  |  Última actualización realizada el 20/04/2011

(Calanda Buscar voz..., 22-II-1900 – México D.F., 29-VII-1983). Realizador cinematográfico. Primogénito del matrimonio formado por don Leonardo Buñuel González y doña María Portolés Cerezuela. El padre de Luis Buñuel marchó a Cuba muy joven, como soldado, participando en la guerra hispano-norteamericana y dedicándose a los negocios de ferretería, con los que logró una considerable fortuna. En 1899 regresa a España, se establece en Calanda y contrae matrimonio. En Calanda nacen sus tres primeros hijos, Luis (1900), María (1901) y Alicia (1902). Tras el nacimiento de la última, el matrimonio se traslada a Zaragoza, donde nacerían Conchita (1904), Leonardo (1907), Margarita (1912) y Alfonso Buscar voz... (1915), el último de los hermanos de Luis.

Su infancia transcurre en Zaragoza; pasa los veranos en Calanda, y posteriormente en San Sebastián, pero acude siempre a su pueblo natal en los días de Semana Santa. Es también en Zaragoza donde Luis Buñuel cursa sus estudios de bachillerato, primeramente en el colegio de los corazonistas, luego en el de El Salvador, de los jesuitas, para concluirlos como alumno libre en el Instituto. Entre sus aficiones principales de aquel entonces figuran la entomología y la música. Hizo estudios de violín y aun pensó en dedicarse profesionalmente a la música, desistiendo de ello ante la oposición de su padre.

En 1917, marcha a Madrid para estudiar la carrera de ingeniero agrónomo. No logra ingresar en la Escuela, y en 1920 se matricula en los cursos del entomólogo Dr. Ignacio Bolívar, para hacerlo luego en la Facultad de Filosofía y Letras, donde se licencia en la rama de Historia en 1924. Pero lo más decisivo de esta época es su estancia en la Residencia de Estudiantes fundada por la Institución Libre de Enseñanza Buscar voz..., donde traba amistad con Federico García Lorca, Pepín Bello Buscar voz..., Salvador Dalí, José María Hinojosa… Conoce a los principales representantes de la luego llamada generación del 27, y al mismo tiempo las tendencias más significativas del arte y el pensamiento de una época particularmente inquieta en todos los sentidos. Inquietud cuyos ecos no tardan en llegar a España: en 1916 hay un brote Dadá en Barcelona; a partir de 1918 se publican en revistas españolas trabajos de Louis Aragon, Breton, Eluard, Desnos, Benjamin Péret y Soupault; en 1922, André Breton da una conferencia en el Ateneo de Barcelona, y en 1925, Louis Aragon da otra en Madrid y en la Residencia de Estudiantes, donde habla explícitamente del surrealismo.

Así pues, cuando Buñuel marcha a París, puede suponérsele un amplio conocimiento de algo que iba a ser fundamental en su pensamiento y en su obra, el surrealismo. Sin embargo, su vocación no parece decidida todavía; según propia confesión, no sabe a qué dedicarse hasta que le encargan la puesta en escena de El Retablo de Maese Pedro, de Manuel de Falla, que se estrena en Amsterdam, bajo su dirección escénica, los días 26 y 27 de abril de 1926. Una película de Fritz Lang, Der müde Tod (titulada en francés Les Trois Lumières, Las Tres Luces), de 1921, le encamina definitivamente hacia el cine. Se matricula en la Academia de Cine de Jean Epstein, estudiando interpretación, pero sus primeros trabajos son como ayudante de dirección —en Mauorat (1926) de Jean Epstein; en La Sirène des Tropiques (1926) de Henri Etièvant y Mario Napals, y en La Chute de la Maison Usher (1927), de Jean Epstein.

De 1928 data su primer proyecto cinematográfico personal, El Mundo por Diez Céntimos (basado en cuentos de Ramón Gómez de la Serna, a quien había conocido y tratado en Madrid). En el mismo año, Buñuel se adhiere al grupo surrealista de París, atraído por su intransigencia moral y artística y por su nueva política social, con las que se siente plenamente identificado. Él aporta al grupo la cinematografía, decidiendo llevar la estética del surrealismo a la pantalla: Un chien andalou (Un perro andaluz, 1928) es, efectivamente, la primera película surrealista. La realizó en colaboración con Salvador Dalí, y el film obtuvo un inesperado éxito de público, suscitando infinidad de comentarios y no pocas imitaciones. Dos años después, en 1930, y con la participación meramente nominal de Dalí, realiza L´Âge d´Or (La Edad de Oro) cuyo estreno provoca un gran escándalo. Los surrealistas lanzan un manifiesto en su defensa, mientras que la extrema derecha lo ataca desde las páginas de Action Française, y sus acólitos casi destruyen la sala de exhibición; las proyecciones siguen, sin embargo, hasta que las prohíbe el jefe de Policía de París, Chiappe.

En el mismo año de 1930 marcha a Hollywood contratado por la Metro Goldwyn Mayer como «observador». Conoce a S.M. Einsenstein y a Charles Chaplin. Rescinde prematuramente su contrato y vuelve a Francia; regresa a España con ocasión de la proclamación de la República Buscar voz..., para volver de nuevo a París. En 1932 se separa del grupo surrealista y trabaja para la Paramount, en la adaptación de películas al español. Luego, en Madrid, sería supervisor de doblaje de la Warner Bross.

En 1932 realiza su tercera película, Tierra sin pan (Las Hurdes), sobre dicha comarca española. La película fue prohibida por el gobierno de la República. A petición de Ricardo Urgoiti, se hace cargo de la producción de la «Filmófono», y es el productor ejecutivo de Don Quintín el amargao (1935) de Luis Marquina, de La hija de Juan Simón (1935) de José Luis Sáenz de Heredia, de ¿Quién me quiere a mí? (1936), también de Sáenz de Heredia, y de ¡Centinela alerta! (1936) de Jean Grémillon. En 1936 estalla la guerra civil Buscar voz... y Luis Buñuel, movilizado, sigue trabajando en el cine, reuniendo y conservando material documental. Enviado a París, donde era embajador de la República Luis Araquistain, supervisa el montaje y escribe con Pierre Unik el comentario de España leal en armas, de J. P. Le Chanois.

En 1938 está otra vez en Hollywood, pero al suspenderse el proyecto de dos películas prorrepublicanas sobre la guerra civil que debía supervisar, se encuentra sin trabajo. Iris Barry lo llama al Museo de Arte Moderno de Nueva York, donde desarrolla una intensa labor, de la cual el realizador español sólo ha querido reconocer como obra personal Triumph of Will (1939), montaje alternado de las películas El triunfo de la Voluntad (1938) de Leni Riefenstal (exaltación del nazismo), y de Bautismo de fuego (1939), de Hans Bertram, sobre la invasión de Polonia. En 1942 se ve obligado a dimitir de su puesto, al hacerse público a través de un libro de Salvador Dalí que Buñuel era el autor de L´Âge d´Or.

Trabaja luego en documentales para el Ejército norteamericano y haciendo doblajes en Hollywood para la Warner Bross durante los años 1944-46, mientras proyecta, sin llevarlas a cabo, diversas películas: The Sewers of Los Angeles, en colaboración con Man Ray, Ilegible, hijo de Flauta, en colaboración con Juan Larrea, y una versión fílmica de La Casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca.

En 1946 marcha a México, donde rueda Gran Casino (Tampico), producida por Oscar Dancigers. Buñuel adquiere la nacionalidad mejicana, y se instala en México con su esposa, Jeanne Rucar, y sus dos hijos, Juan Luis y Rafael. Los comienzos de la «época mexicana» de Luis Buñuel no son brillantes, aunque una serie de trabajos, cuya dignidad moral reivindicaría siempre el realizador, le permiten afrontar el porvenir tras los últimos años angustiosos, en Norteamérica.

En 1950, Los olvidados causa sensación en el Festival de Cannes, donde la película obtiene el Premio a la mejor dirección. La crítica reencuentra en el film al gran autor de la «época surrealista», y Los olvidados conoce un resonante éxito internacional, que no llega, empero, a liberar enteramente a Buñuel de la servidumbre del cine comercial; pero junto a productos de muy modesta estatura artística, va surgiendo en su filmografía una serie de obras del máximo interés, como su adaptación del Robinson Crusoe de Daniel Defoe (1953), Él (1952), Abismos de pasión (1953) —una fascinante versión cinematográfica de la gran novela de Emily Brontë, Cumbres Borrascosas, tan admirada por los surrealistas—, Ensayo de un Crimen (La vida criminal de Archibaldo de la Cruz) (1955), al mismo tiempo que realiza diversas coproducciones con cinematografías europeas.

En los mejores títulos de la época mexicana, Luis Buñuel vuelve a ser el formidable rebelde de la época surrealista, más atemperado en la forma, y con un fuerte ingrediente de crítica social, como si el punto de partida fuera una síntesis de los planteamientos de sus tres primeras películas, reuniendo la rebeldía moral y cultural de Un chien andalou, el espíritu subversivo de L´Âge d´Or y la profunda preocupación social de Las Hurdes, Tierra sin pan.

Lo que podría llamarse, en cierto modo, el «proceso de recuperación» culmina primeramente en Nazarín (1958), film que obtiene, entre otros, el Gran Premio Internacional del Festival de Cannes de 1959, y que señala el comienzo de una serie ininterrumpida de obras maestras cuyos títulos más sobresalientes serán Viridiana (1961), El ángel exterminador (1962) y Simón del Desierto (1965).

Una mención especial merece el caso de Viridiana: Luis Buñuel había regresado anteriormente a España tras su largo exilio, pero siempre privadamente, y sin proyectar ningún trabajo cinematográfico en nuestra patria; pero Viridiana, coproducción hispano-mexicana, se rodó enteramente en España y representó oficialmente a nuestro país en el Festival de Cannes de 1961, donde obtuvo la Gran Palma de Oro. Inmediatamente, el film se convierte en el centro de una resonante polémica internacional: L´Osservatore Romano lo ataca por sacrílego y blasfemo, la censura española lo prohíbe (su proyección en España no sería autorizada hasta 1977), pero la película alcanza un clamoroso éxito mundial. Como consecuencia del escándalo, Luis Buñuel no volvería a rodar en España hasta 1970, fecha de la realización de Tristana.

En 1962 y con Le journal d´une femme de chambre (Diario de una camarera) inicia Buñuel su colaboración con Serge Silberman, productor de la mayor parte de sus ulteriores películas. Se inicia también la «época europea» (o más bien francesa) de su obra, una amplia meditación sobre la vida contemporánea, y una crítica de los falsos valores que la sustentan, y cuyo momento cumbre puede que sea Le charme discret de la bourgeoisie (1972), en que vuelven a aparecer expresamente, reelaborados, nuevamente meditados, los grandes temas de la época surrealista.

Al igual que Viridiana, Tristana (1970) —adaptación de una novela de B. Pérez Galdós (como Nazarín)— merece clasificarse en un grupo aparte, el de sus «películas españolas», ya que con Las Hurdes, Tierra sin pan, son las únicas de toda su filmografía rodadas enteramente en nuestro país y expresan el pensamiento de Buñuel sobre nuestra realidad histórica, social, moral, religiosa y cultural. España reconoce, finalmente, de un modo oficial su contribución a la cultura española en el Festival de San Sebastián de 1977, donde se presenta su última película, Cet obscur objet du désir (Ese oscuro objeto del deseo), y se concede al realizador un premio especial por su magisterio cinematográfico.

El festival donostiarra presenta en su sección cultural una retrospectiva bajo el epígrafe de «Cine español de la República» y publica un libro sobre el tema escrito por Manuel Rotellar Buscar voz.... En la citada retrospectiva de cine de la República se exhiben tres películas de las realizadas por Buñuel en «Filmófono»: Don Quintín, el amargao (que lleva la firma nominativa de Luis Marquina), La hija de Juan Simón (firmada por José Luis Sáenz de Heredia) y Centinela, ¡alerta! (que no lleva firma alguna en los títulos de crédito). Según ha apuntado M. Rotellar en diversas publicaciones, estos tres filmes de «Filmófono» fueron realizados por Buñuel, aunque siempre lo ha negado, por razones «de prestigio». Ese oscuro objeto del deseo sería su último film, ya que, tras su rodaje, Buñuel decide retirarse momentáneamente del cine pero, desdichadamente, no volvería a ponerse tras la cámara.

En 1980 volvió a España para participar en el homenaje que la crítica cinematográfica había organizado para testimoniar su reconocimiento a los cineastas exiliados en la capital azteca a causa de la guerra civil y del triunfo del dictador Francisco Franco. Además de Buñuel, acudieron a Madrid el aragonés Julio Alejandro Buscar voz..., importante guionista que colaboraría con Buñuel en diversas películas de su etapa mexicana; Emilio García Riera (autor de una monumental Historia Documental del Cine Mexicano, que contiene una minuciosa relación de la obra de Buñuel en México), y Manuel Rotellar.

En sus últimos años se reconoció la valía del gran realizador en diversos homenajes y se le otorgó la Medalla de Oro de la Ciudad de Zaragoza, así como un reconocimiento de carácter universal en París, donde se celebró una Semana Homenaje con proyección de películas, diversos actos culturales y la participación de los tambores de Calanda, percutiendo ruidosamente por las calles parisienses. A otros niveles, se celebraron en Zaragoza diversos homenajes, tan emotivos, por ejemplo, como el del Instituto «Luis Buñuel», a base de conferencias, mesas redondas y proyección de su filmografía mexicana más notable. También en la Filmoteca de Zaragoza Buscar voz... se programó un ciclo de sus más destacadas películas mexicanas, algunas de ellas inéditas en la capital del Ebro.

En 1982 fue publicado en París (Editions Robert Laffont) Mon Dernier Soupir, las memorias de Buñuel, que se abre con la siguiente declaración preliminar: «Yo no soy hombre de pluma. Tras largas conversaciones, Jean-Claude Carrière, fiel a cuanto yo le conté, me ayudó a escribir este libro». Libro revelador, por otra parte, donde en veintiún capítulos narra los sucesos más importantes de su vida con un vigor y un humor personal, en los que aparecen sus amigos, los hombres que se cruzaron en su vida y sus experiencias en París, Nueva York, Hollywood y España. Libro importante, que aclara muchas lagunas de la biografía del gran calandino, aunque no todas, claro está. El sensacional libro fue editado en España en el mismo año por Plaza y Janés, con inusitado éxito de crítica y venta.

También se publicó en Zaragoza (Ed. Heraldo de Aragón) la Obra Literaria de Luis Buñuel, en un cuidado volumen que recoge escritos del autor de Viridiana, redactados en su época surrealista y que vieron la luz en la Gaceta Literaria que dirigió Ernesto Giménez Caballero. Los textos, están comentados por el profesor de la Universidad de Zaragoza Agustín Sánchez Vidal Buscar voz....

A los ochenta y tres años fallecía en México Luis Buñuel, en la madrugada del día 29 de julio de 1983. Según el parte facultativo, murió a causa de una insuficiencia cardíaca, hepática y renal. Buñuel quiso morir lejos de toda pompa y boato, en concordancia con su forma de pensar y vivir. Teodoro Carsamal, médico personal del cineasta, declaró que su paciente falleció a consecuencia de un paro cardíaco y que estuvo «lúcido y de buen humor hasta el último momento, lo que es extraordinario». Añadió Carsamal que Buñuel había experimentado una cierta mejoría tras recibir un tratamiento especializado, pero que finalmente murió a causa de su edad, «de viejo».

Fiel a su maestro, el marqués de Sade, Buñuel previó la eliminación de cualquier rito mortuorio e hizo lo imposible por evitar ceremonias necrófilas en torno a su tumba, hasta el punto de que sólo contadísimas personas saben dónde se encuentran sus cenizas. Más de una vez expresó su ferviente deseo de quemar todas sus películas para que la humanidad no guardara ningún recuerdo suyo y poder así acogerse al descanso y la dignidad de la nada absoluta.

Las últimas líneas del libro de Buñuel Mi último suspiro se refieren a la muerte, a su muerte: «Una cosa lamento: no saber lo que va a pasar. Abandonar el mundo en pleno movimiento, como en medio de un folletín. Yo creo que esta curiosidad por lo que sucede después de la muerte no existía antaño, o existía menos, en un mundo que no cambiaba apenas. Una confesión: pese a mi odio a la información, me gustaría poder levantarme de entre los muertos cada diez años, llegarme hasta un quiosco y comprar varios periódicos. No pediría más. Con mis periódicos bajo el brazo, pálido, rozando las paredes, regresaría al cementerio y leería los desastres del mundo antes de volverme a dormir, satisfecho, en el refugio tranquilizador de la tumba».

Con la muerte de Buñuel los periódicos dedicaron grandes espacios a su figura y a sus más destacadas películas. Heraldo de Aragón publicó dos páginas, con textos de Joaquín Aranda Buscar voz... y Luis Alcoriza; en días sucesivos glosaría algunos momentos de la vida y la obra del gran realizador aragonés, pudiendo destacarse el firmado por José F. Pérez Gállego, en el que evocaba una tarde pasada con Buñuel en Calanda (Teruel). El periódico zaragozano El Día de Aragón publicaría el domingo 31 de julio de 1983 un cuadernillo de ocho páginas con trabajos de Ramón Luis Acuña, Manuel Rotellar, Antonio Bergua y Agustín Sánchez Vidal, destacando rasgos de su estilo, de su vida y peculiaridades de su carácter aragonés. En días sucesivos, la información se completaría con entrevistas a su hermana Conchita Buñuel y otros artículos sobre su obra. En el citado número de El Día de Aragón, Pablo Larrañeta, director del periódico, publicaba un emotivo editorial sobre el gran cineasta, del que transcribimos algunos párrafos: «La vida y la obra de Luis Buñuel, sus grandes películas y sus significativos gestos, tantas veces recordados, se confunden y forman un complejo y enardecido canto a la libertad y un serio alegato contra los amigos de poner esparadrapos en la boca a quienes piensan por su cuenta. Por este mensaje, todavía más que por lo ingente de su obra cinematográfica y literaria, la muerte de Luis Buñuel infunde también en los aragoneses un sentimiento de dolor muy profundo y la satisfacción orgullosa de quienes nos sentirnos unidos a sus trabajos por las mismas raíces». El editorial concluía así: «Desde ayer, Luis Buñuel descansa en completa paz, sin miedo ya a los listillos, a los poderosos, a los terroristas, a los traficantes de pueblos enteros. Fue contemporáneo de espantosos horrores, de honestos intentos, de un tiempo que estableció la crisis como su característica más genuina. Nació a una con el siglo y ha muerto cuando todavía resulta incierto cómo terminará. Pero aportó una obra gigantesca para un solo hombre y estará siempre claro que si las cosas no han ido mejor no habrá sido por su culpa. Luis Buñuel rompió barreras en favor de la libertad y puede descansar en paz».

Un ciclo inteligente del cine de Buñuel —escribió M. Rotellar en un artículo que intentaba resumir el ideario de Buñuel— sería el que reuniera en un solo programa La Edad de Oro, El ángel exterminador y El discreto encanto de la burguesía. Si en la obra toda de Luis Buñuel existe una extraña relación entre motivos y situaciones, amén de signos fetichistas y de locuras surrealistas, en estas tres mencionadas películas hay una presencia de personajes, circunstancias y escenarios ambientales. La Edad de Oro cubre rotunda el ideario buñueliano y es una fuente que nutre su obra venidera, pues se dan aquí cita las sublimaciones eróticas, en todas sus constantes, que cimentaban el surrealismo: onirismo, amour fou, religión y, claro está, automatismo. (...) Hay en el cine de Buñuel una constante temática que le da unidad, carisma. Se ha tejido, en torno a su obra, un misterio que ha devenido en leyenda. El cine es demasiado afín a lo misterioso; sus imágenes parecen brotar de la oscuridad y siempre las tinieblas constituyeron una fuente para el encanto del misterio. En la obra de Buñuel existen muchos misterios. En Un chien andalou, un joven ciclista pedalea montado en una bicicleta por las calles de París; colgado del cuello, como si llevase un amuleto sagrado, advertimos una caja rectangular pintada con rayas sesgadas, blancas y negras. Un hábil fundido nos hace ver que tiene el mismo dibujo que su corbata. Un espectador observador, amigo de los símbolos, acaso viese en ese desdoblamiento de la imagen que la corbata es un fastidioso lastre burgués. Pero Buñuel no ha permitido que se subjetivice sobre los signos que va mostrando en sus filmes. (...) Esas cajas de extraño significado aparecen por doquier, como un alerta y como guía de amuletos o fetiches imposibles o imprecisos. Un alerta de que el humor buñueliano sigue latente, despierto.

La clasificación en diversos apartados de la obra de Buñuel no tiene más que un valor puramente didáctico, pues en su conjunto presenta la más rigurosa unidad, desarrollándose orgánicamente a partir de la época surrealista. Luis Buñuel, en efecto, permanece fiel a lo largo de toda su vida a los presupuestos esenciales del surrealismo, cuya finalidad no es la obra de arte, sino la instauración de una nueva actitud para cambiar al hombre y al mundo, destruyendo la civilización burguesa cuyos pilares, la religión, la familia, el poder establecido en todas sus manifestaciones, las convenciones sociales y las fuerzas represivas, son objeto de una guerra sin cuartel en nombre y en defensa de una auténtica moral de la libertad y del hombre mismo, en tanto que individuo y como ser social.

Muchos años después de su adhesión al surrealismo y de haberse separado del Grupo Surrealista de París, el realizador declararía a Carlos Fuentes que el pensamiento que le seguía guiando a los setenta y cinco años era el mismo que le guiara a los veintisiete: es una idea de Engels según la cual el artista describe las relaciones sociales auténticas con el objeto de destruir las ideas convencionales de esas relaciones, poner en crisis el optimismo del mundo burgués y obligar al público a dudar de la perennidad del orden establecido. Según el propio Buñuel, el sentido último de sus películas es decir una y otra vez, por si alguien lo olvida o cree lo contrario, que no vivimos en el mejor de los mundos.

Ese pensamiento se expresa a través de una personalísima escritura cinematográfica que Carlos Fuentes resume diciendo que la mirada cinematográfica de Buñuel parte de la presencia específica de los objetos más banales: Buñuel utiliza comúnmente planos medios y generales estáticos que recogen sin comentarios una proliferación desordenada, amontonada, de objetos. Tan ayuna de relieve como la prosa de Sade, la cámara de Buñuel retrata una vida que fluye con vulgaridad, sin distinción, aunque con autonomía. Entonces interviene una técnica propia y precisa que podría describirse como el florecimiento del telón de fondo: con una velocidad que no posee otro cineasta (y con una tensión súbita también similar a la de Sade) el movimiento inesperado de la cámara primero iguala, en seguida conquista y finalmente supera el ritmo paralelo de la realidad. El acercamiento, el travelling o el corte son convulsivos, precisamente, en función de la neutralidad ambiente. Y el objeto, el rostro, el pie o el gesto, seleccionados entre el abundante y casi inmóvil desorden, adquieren un relieve insoportable, y se revelan en una conexión anteriormente impensable con la totalidad en la que, sin detenerse a celebrar el momento lírico, Buñuel vuelve a sumergirnos de inmediato.

Si antes de su muerte se habían celebrado numerosos homenajes en torno a su persona: desde el multitudinario que le rindieron en el Centro Pompidou y el Centro Cultural de México en París, en noviembre de 1982, hasta el pase íntegro de sus cintas organizado por la Cinemateca Portuguesa, por citar un par de ellos, esta tónica de reconocimientos públicos continuó después de su muerte, y un buen ejemplo lo tuvimos muy a mano en Aragón, donde la Diputación General le organizó un homenaje que si bien revistió aspectos positivos (como llevar sus películas a localidades que difícilmente hubieran accedido a ellas de no ser por esa circunstancia), contó con un presupuesto tan bajo y participaciones tan dispersas y dispares que se agotó en sí mismo y nunca pretendió proyección alguna de futuro.

Sin embargo, algo sustancial cambia con la desaparición de Buñuel, y es el carácter concluso que así adquiere su obra.

No veremos ya, pues, en la pantalla Ilegible, hijo de flauta, el prodigioso guión que escribiera con Juan Larrea; ni La casa de Bernarda Alba, para la que Buñuel planeaba un giro genial, eliminando tantos claveles de sangre y tantas espuelas de luz de luna, para, sin tocar una línea del texto de Lorca, convertir a Bernarda en capitana de un barco ballenero, a sus hijas en marineros y arponeros y, en vez del toro negro que significa la muerte, poner por allí al fondo una ballena negra; o el Quijote protagonizado por niños; o Là-bas, de Huysmans, una de sus novelas predilectas por su exaltación de la Edad Media; tampoco será su cámara la que ponga en pie Vivarium, un libreto escrito en colaboración con Alcoriza sobre los humanos comportándose como insectos, en un tardío homenaje a Fabre; ni su último guión escrito junto con Carrière, que se iba a titular Agón o quizás El canto del cisne, recogiendo en su sentido ambivalente el final de la civilización occidental y el último filme de Luis Buñuel, ya que versaría sobre el terrorismo atómico.

En una entrevista con José de la Colina a la altura de 1979, el realizador de Calanda resumía así sus propósitos: «El tema de Agón o El canto del cisne será el terrorismo, en fin, no sé si será el tema latente o el tema manifiesto, como diría André Breton. Pero el terrorismo atravesará toda la película, por arriba o por abajo. Me apasiona el terrorismo, que es ya una cosa universal y que se practica como un deporte. Se diría que ahora es una tentación que está allí a la mano de cualquiera que sea joven y tenga un poco de ganas de acción: es un dandismo de nuestro tiempo. Yo creo que ya no tiene el sentido moral, el tono desgarrado del terrorismo tradicional, el nihilista o el anarquista. Es una tentación muy estimulada por los medios de información, un modo de hacerse famoso. Cualquiera que sea joven y tenga una pistola o una metralleta se roba un avión en vuelo y pone a temblar a un par de naciones y se conquista la atención del mundo, se convierte en un divo».

En otra entrevista para la publicación especializada americana Cineaste, Jean-Claude Carrière titulaba este último proyecto Una ceremonia suntuosa, explicando las razones de su abandono: «Después de Ese oscuro objeto del deseo trabajamos en otro guión, Une Cérémonie Somptueuse, título tomado de una frase de André Breton sobre el erotismo. No lo terminamos porque Luis se sintió enfermo y dejó de hacer cine».

Con la conciencia de que una obra cerrada necesitaba otro tratamiento (de investigación y de profundización parcelada, en vez de una exaltación genérica), se puede percibir ya otro tipo de acercamiento a Buñuel de corte más selectivo, y ése ha sido el caso de algunos simposios y convocatorias.

Uno de los primeros en apuntar en esta dirección fue el celebrado en el Trinity and All Saint’s College de la localidad inglesa de Leeds, en noviembre de 1983, que reunió a los principales estudiosos de Gran Bretaña, donde Buñuel goza de un prestigio inmenso. Mucho más ambicioso fue el convocado por la Universidad de Yale en abril de este año, al reunir a españoles, mexicanos y estadounidenses en una amplia gama de enfoques metodológicos y testimoniales.

Una síntesis de ambas tendencias (la «divulgadora-exaltatoria-espectacular» y la «académica») pudo ya sorprenderse en la entrega especial de la Quarterly Review of Film Studies de la Universidad del Sur de California, dedicada a la memoria de Buñuel y que versa magníficamente sobre el Nuevo Cine Español. De las ciento tres páginas de que consta la revista, sesenta y cuatro están dedicadas a directores aragoneses (Buñuel, Saura Buscar voz..., Borau Buscar voz...), con innegable impacto en los aledaños de Hollywood.

La Mostra de Venecia dedicó la retrospectiva de su edición de 1984 a Luis Buñuel, editando un nutrido catálogo en el que colaboraban especialistas de varias nacionalidades. Al igual que se hiciera en el Centro Pompidou de París, el British Film Institute de Londres, la Cinemateca Portuguesa de Lisboa o la Filmoteca Suiza de Lausanne, se pasaron en Venecia todas las películas de Buñuel, lo que tardó bastante en hacer la Filmoteca Nacional de España en Madrid. Hablando de televisiones, la Española programó todas sus películas mexicanas en excelentes copias, proporcionando así a mucha gente que no las había visto la oportunidad de acercarse a un Buñuel poco divulgado. Hasta ahí lo positivo. Lo negativo salta a la vista: quienes se acercaron hasta el ciclo mexicano del cineasta atraídos por su legendario prestigio, pero con pocas horas de vuelo en el trato con sus cintas, tuvieron que salir necesariamente escaldados ante unos productos que no le hacían justicia más que situados en su contexto. Aunque luego T.V.E. proyectase casi bajo mano Un perro andaluz, Los ambiciosos, Así es la aurora, La muerte en este jardín, Las Hurdes y Belle de jour, y ya hubiera ofrecido Tristana y Viridiana, es inaceptable que no se programaran los títulos restantes, más maduros y asequibles y que sí se emitieron en Francia, en Inglaterra, en México, en Alemania e Italia, por ejemplo.

Como suele suceder en estos casos, la B.B.C. se llevó la palma, programando las diez mejores películas de Buñuel, para luego ir ampliando el repertorio en los canales privados. De los varios reportajes televisivos sobre Buñuel, ninguno puede compararse ni de lejos con The life and times of don Luis Buñuel, que le dedicó Arena, el 11 de febrero de 1984.

Televisión Española fue incapaz de producir algo medianamente presentable y estimulante sobre Buñuel. En un primer momento tuvo que echar mano para salir del paso del reportaje mexicano El vuelo de la imaginación, filmado cuando todavía vivía Buñuel, con motivo de su ochenta aniversario. Posteriormente, Rafael Cortés dirigió un filme que fue presentado en la Mostra de Venecia entre el desinterés general y pasado tiempo después por T.V.E. En 1986, Domènec Font incluyó una entrega sobre Buñuel en su serial La memoria fértil, también plagado de tópicos.

Constituyó una valiosa aportación, por el contrario, la publicación de un extracto del original inacabado que preparaba Max Aub sobre el cineasta calandino, bajo el título de Conversaciones con Buñuel (Aguilar, Madrid, 1984). Aunque por el camino se han perdido muchos de los matices y recovecos del original, se trata de transcripciones de cintas magnetofónicas, con lo cual aparece don Luis en su salsa (maneras y expresiones idiomáticas que le eran peculiares, complicidades varias que sólo la experiencia y la lengua compartidas proporcionan).

Además de tres extensas conversaciones con el realizador aragonés, se recogen entrevistas con los Buñuel (María, Alicia, Leonardo, Conchita y Juan Luis), Masoliver, Miguel Zapater, Repollés, Pablo Cistué de Castro, los Mantecón, Concha Méndez, la señora de Jiménez Fraud, José Gaos, Rafael Martínez Nadal, Francisco García Lorca, Sainz de la Calzada, Rafael Alberti, María Teresa León, Santiago Ontañón, Jeanne Rucar, el vizconde de Noailles, Manuel Angelés Ortiz, Joaquín Peinado, Louis Aragon, Gustavo Pittaluga, Óscar Dancigers, Eduardo Ducay, Juan Larrea, Emmanuel Robles, Julio Alejandro, Arturo Ripstein, Federico Amérigo, Rodolfo Usigli, Carlos Velo, Ricardo Muñoz Suay, Gustavo Alatriste, Fernando Rey, el padre Arteta, mosén Vicente Allánegui, José Berzosa, Pierre Prévert, Pierre Abraham, Ado Kyrou y los Dalí. Un ambicioso fresco de época que nos consuela un tanto de la pérdida que supuso la interrupción de su pulimentación y acabado por la muerte de Max Aub, quien planeaba construir con estos materiales una novela sobre el ambiente surrealista y la generación del 27 (algo así como la recreación de la atmósfera que rodeaba en su narración Josep Torres Campanals tomando como punto de referencia, en aquella ocasión, a Picasso en vez de Buñuel).

La Obra Literaria de Buñuel, al cuidado de Agustín Sánchez Vidal (publicada en 1982 en las Ediciones de Heraldo de Aragón y presentada en París en el homenaje organizado por el Centro Pompidou) fue traducida al italiano por Marsilio Editori de Venecia, y presentada en el transcurso de la Mostra de 1984. El propio Agustín Sánchez Vidal volvió a la carga en ese año con la publicación de Luis Buñuel. Obra cinematográfica (Madrid, ediciones JC) y Vida y opiniones de Luis Buñuel (Instituto de Estudios Turolenses, 1986), presentada en Calanda en el pórtico de su Semana Santa dentro de la colección Cartillas Turolenses Buscar voz....

Pedro Christian García Buñuel publicó Recordando a Luis Buñuel (Diputación Provincial y Ayuntamiento de Zaragoza, 1985), libro con el que pretende aproximar a Luis Buñuel a los que no lo conocen.

En Francia aparecieron sendos libros de Raymond Lefrève (Luis Buñuel, Edilio, París, 1984) y de Marcel Oms (Don Luis Buñuel, Les Éditions du Cerf, París, 1985), con propósitos bien diversos. Si Lefrève no indica ninguno explícito y se limita a pasar revista a la filmografía buñuelesca por orden cronológico, el de Oms, ya desde el título y el prefacio de Jean-Claude Carrière, toma partido por la españolidad de don Luis: «Desearía proponer aquí —dice Oms en su prólogo— una aproximación que privilegie, pensando en el lector francés, la profunda hispanidad de Buñuel y su progresiva hegemonía en la dicotomía cultural de un hombre cuyo desarraigo y exilio han constituido el remate y confirmación de las opciones de su juventud». Y afirma: «Se verá que las cosas son a la vez más simples que lo que se ha pretendido y más complejas en su realización en un plano personal. Al publicar (con la complicidad de Jean-Claude Carrière) un año antes de su muerte sus recuerdos —y no su autobiografía— y al autorizar la publicación de su Obra literaria, Luis Buñuel ha aceptado que se acabe con su mito y ha contribuido así a precisar, no sin humor, su propio itinerario».

En el capítulo de las entrevistas con Luis Buñuel, hay que mencionar la llevada a cabo por José de la Colina y Tomás Pérez Turrent, Luis Buñuel: prohibido asomarse al interior (editada en México en 1986 y en España en 1993 con el título Buñuel por Buñuel). Otros testimonios personales han venido a aportar luz sobre la compleja personalidad buñueliana; el de su viuda, Jeanne Rucar, Memorias de una mujer sin piano (transcritas por Marisol Marín del Campo, 1991), y el del antiguo amigo personal José Rubia Barcia, Con Luis Buñuel en Hollywood y después (1992). Igual sucede con la edición francesa de la correspondencia entre el realizador y el vizconde de Noailles (productor de La edad de oro, 1930) por parte del Centre Georges Pompidou, que en 1993 daba a conocer además la versión restaurada del film. No han faltado las aproximaciones divulgativas, como las de Carlos Barbáchano (Luis Buñuel, 1986) y Michael Schwarze (Luis Buñuel, 1988), ni las biográficas (siempre insuficientes y reductoras, como la de John Baxter, Luis Buñuel. Una biografía, 1996), ni las monografías analíticas, entre las que sobresalen, en España, El ojo tachado. Lectura de Un chien andalou de Luis Buñuel (1986) de Jenaro Talens y Luis Buñuel, de la literatura al arte. Una poética del objeto (1993) de Antonio Monegal, y en el anglosajón The Discret Art of Luis Buñuel: A reading of His Films (1992) de Gwyne Edwards y The Films of Luis Buñuel (1995) de Peter Evans. Por su parte, Agustín Sánchez Vidal ha ampliado su bibliografía sobre el director aragonés con los textos Buñuel, Lorca, Dalí el enigma sin fin (1988), Buñuel (1991) y El mundo de Buñuel (1993).

Por lo que respecta a la difusión de textos inéditos (al menos en castellano), el Instituto de Estudios Turolenses inició en 1990, con la publicación de Lá-bas, la colección «Luis Buñuel», que editaría a continuación los guiones Goya y La duquesa de Alba (1992), Johnny cogió su fusil (1993) y Agón (1995), además de los ensayos de Víctor Fuentes, Buñuel en México (1993) y de Manuel López Villegas, Sade y Buñuel. Un guión inédito del director turolense, La novia de medianoche, escrito en 1945 junto a José Rubia Barcia fue rodado por Antonio Simón en 1997 contando como protagonista a un actor fetiche de Buñuel, Paco Rabal. Finalmente, Buñuel también ha sido el protagonista de algunas exposiciones, como la del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofia (¿Buñuel? La mirada del siglo) en 1996, la del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (El mundo secreto de Buñuel) en 1997 y las cinco ediciones (1989-1993) dedicadas a Buñuel y el Surrealismo Buscar voz... por parte del Museo Provincial de Teruel (Jornadas en torno a Luis Buñuel).

El año Buñuel Buscar voz...: La conmemoración del centenario de su nacimiento, el 22 de febrero de 2000, ha multiplicado los homenajes, las publicaciones y todo tipo de acontecimientos culturales en torno a su figura, al tiempo que ha hecho posible la proyección de su filmografía.

La revista Turia Buscar voz... se adelantó a las celebraciones dedicando su número 50 (octubre, 1999) al cineasta aragonés; en él se ofrecen trabajos de Borau, Román Gubern, Carlos Saura, Agustín Sánchez Vidal, Gonzalo Suárez; se recuperan declaraciones de Fernando Rey y Catherine Deneuve, y se reproduce el texto que, a modo de necrológica, le escribiera Cabrera Infante. Libros Clan publicó sus Cuentos de Cine, en edición de Rafael Utrera, 1998, y José Luis Cano Buscar voz..., la biografía Buñuel y don Luis (Xordica, 1999). Al cuidado de Manuel López Villegas, la editorial Páginas de espuma, con la colaboración del Instituto de Estudios Turolenses y de la Comisión del Centenario de Luis Buñuel, ha publicado Escritos de Luis Buñuel; una recopilación de sus textos que amplía notablemente las clásicas de Kyrou, Aranda o Sánchez Vidal. En ese mismo año, el I.V.A.M. organizó la exposición Tierra sin pan, mientras que en Calanda se presentó Buñuel en tres dimensiones, y en Huesca, Buñuel, el ojo de la libertad.

Los actos conmemorativos se prolongarán durante todo el año 2000, y tienen por escenario aquellos países ligados más estrechamente al cineasta: España, Francia, México y EE.UU.

Aragón inició las celebraciones del Año Buñuel en Calanda, con un acto oficial presidido por el Príncipe Felipe, que inauguró también las instalaciones del Centro Buñuel de Calanda (C.B.C.) y visitó las exposiciones albergadas en él (entre ellas, la muestra de 40 artistas plásticos aragoneses, y la de fotografías de Antonio Gálvez); además descubrió un busto de Buñuel realizado por Iñaki Buscar voz.... La visita concluyó con los sonidos de los tambores y con la interpretación, a cargo de Ángel Petisme Buscar voz..., de la canción Los sueños se revelan. Por la tarde, en el cine Palafox de Zaragoza, se abrió la exposición Una jirafa (sobre la célebre escultura creada por Buñuel y Giacometti) y se estrenó el largometraje A propósito de Buñuel, documental dirigido por Javier Rioyo y José-Luis López Linares, con guión de Agustín Sánchez Vidal; rodado en los escenarios más importantes en la vida de Buñuel y para el que se realizaron más de setenta entrevistas a personas relacionadas con el cineasta. La apertura del Año Buñuel se vio ensombrecida por el atentado terrorista que costó la vida al político vasco Fernando Buesa, lo que motivó la ausencia de las autoridades en determinados actos, así como la suspensión de otros, en señal de duelo. Unos días antes, tuvo lugar en Zaragoza la presentación del disco-libro Buñuel del desierto, de Ángel Petisme, que incluye textos del propio Buñuel, así como las voces de Paco Rabal, Fernando Rey y Ángela Molina.

La Comisión Aragonesa presentó también uno de sus proyectos más ambiciosos, el B.I.R.D.I. (Buñuel Integrated Resources and Digital Information; es decir, Información Digital y Recursos Integrados de Buñuel), un gran ente de información multimedia que permitirá difundir, globalizar y acceder de forma interactiva a toda la información existente sobre el cineasta.

La Semana Buñuel continuó el día 23 en el Teatro del Mercado, en una sesión especial dedicada a los alumnos del I.E.S. «Luis Buñuel» de la capital aragonesa, con la proyección de El discreto encanto de la burguesía, Un perro andaluz y La edad de oro. Por la noche, en el Teatro Principal se estrenó el montaje de Alfonso Plou, para el Teatro del Temple Buñuel, Lorca y Dalí: prohibido asomarse al interior. El 24 tuvo lugar la presentación de la reedición del libro Así sueña el profeta en sus palabras, de Luis García-Abrines Buscar voz..., editado en 1960 por la colección «Orejudín», que dirigía Labordeta. Por la tarde la Turia Camerata ofreció un concierto en el Auditorio.

La Filmoteca de Zaragoza comenzó el 2 de febrero el ciclo de directores que tuvieron alguna relación o influencia en Buñuel, y el 22, el gran ciclo «Don Luis Buñuel», con la proyección de sus películas más importantes.

Durante esa semana, todos los canales españoles de televisión se unieron a las celebraciones con la proyección de películas de Buñuel o documentales en torno a su figura. La Filmoteca Nacional, por su parte, ha organizado la proyección, en el cine Doré de Madrid, de la filmografía completa del realizador aragonés, exhibiendo dos películas semanales, desde febrero hasta diciembre. Mientras, en el Anthology Film Theatre de Nueva York, se proyectaba el día 22 la película Los olvidados.

Madrid acogió la exposición más ambiciosa del Centenario, L.B., el ojo de la libertad, que incluye obra de Miró, Dalí, Arroyo o Gaya, además de cartas de Alberti, Cocteau, Fellini, Paz o Cortázar, y se mostrará más tarde en el Palacio de Sástago de Zaragoza.

Otra gran exposición, la del Instituto Cervantes, titulada Buñuel: 100 años. Es peligroso asomarse al interior, se inauguró en Toulouse para viajar luego a París, Roma, Nueva York, Bremen y Burdeos.

La Residencia de Estudiantes, además de firmar un acuerdo con el M.E.C. y el Instituto de Cinematografía, en virtud del cual parte del Archivo Buñuel será depositado en la Residencia, inició el 23 de febrero un ciclo de conferencias que cuenta con la presencia de Ripstein, Sánchez Vidal o Jean-Claude Carrière. Igualmente, proyecta la celebración de una mesa redonda, con Pepín Bello, Juan-Luis Buñuel, Pedro-Christian García Buñuel y José-Luis Barrios.

• Filmografía.
1928: Un chien andalou (Un perro andaluz).
1930: L´Âge d´Or (La Edad de Oro).
1932: Tierra sin pan (Las Hurdes).
1947: Gran Casino.
1949: El gran calavera.
1950: Los olvidados.
1951: Susana (Demonio y Carne); La hija del engaño (Don Quintín el amargao); Una mujer sin amor (Cuando los hijos nos juzgan).
1952: Subida al cielo; El Bruto.
1953: Las aventuras de Robinson Crusoe; Él; Abismos de pasión.
1954: La ilusión viaja en tranvía; El río y la muerte.
1955: Ensayo de un crimen (La vida criminal de Archibaldo de la Cruz); Cela s´appelle l´aurore (Esto se llama la aurora).
1956: La mort dans ce jardin (La muerte en este jardín).
1958: Nazarín.
1959: La fièvre monte à El Pao (Los ambiciosos).
1960: The Young One (La joven).
1961: Viridiana.
1962: El ángel exterminador.
1963: Le journal d´une femme de chambre (Diario de una camarera).
1965: Simón del desierto.
1966: Belle de jour.
1969: La Voie Lactée (La Vía Láctea).
1970: Tristana.
1972: Le charme discret de la bourgeoisie (El discreto encanto de la burguesía).
1974: Le fantôme de la liberté (El fantasma de la libertad).
1977: Cet obscur objet du désir (Ese oscuro objeto del deseo).

 

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