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Bruxa

Contenido disponible: Texto GEA 2000

(Mit.) En aragonés, bruja. La bruja puebla con su reiterada presencia el legendario popular aragonés. En el antiguo Aragón existieron mujeres perseguidas y condenadas como brujas por los Tribunales de la Inquisición: Domencha a Coxa, Margálida Escuder, Gracia la Nadala, La Narbona, Juana Bardaxí, Benedeta la Piquera. La mayoría de las veces las gentes las consideraban, más que brujas malvadas, saludadoras y parteras, conocedoras de las propiedades medicinales de plantas y animales, a las que acudir para obtener un remedio a una enfermedad propia o del ganado, y de las que recibir consejo o ayuda.

Según los documentos de la Inquisición, las brujas comparten una serie de características comunes como son el uso de ungüentos, fórmulas o conjuros mágicos para poder volar; las relaciones con el diablo bajo la forma de macho cabrío; el conocimiento o posesión de O Libré —así llamado en Aragón el Libro de San Cipriano; las reuniones con otras brujas en las eras del Boc o Buco. En el inconsciente colectivo las gentes han ido creando sus propias imágenes sobre las brujas, tal vez la más extendida su relación con las tormentas, las adversidades climáticas y el universo mágico de la niebla. Se desplazan envueltas en Bulturnos y Aires Cornutos, dirigen el aciago caminar de los rayos y se abren a todo tipo de tormentas. El temor a las tormentas acompañadas de fuerzas malignas hizo proliferar en el antiguo Aragón amuletos protectores, además de la acción sagrada del mosén en el «enconxuradero». Se colocaban «espantabruxas» en las chimeneas y puertas, cruces en la ceniza, bendiciones en la brasa, tenazas en forma de cruz.

Las brujas pueden convertirse en animales a voluntad, especialmente en gatos negros, cabras y liebres. En algunos lugares del Sobrarbe se cree que las brujas se transforman en buitres o cuervos; en otros sitios, las han visto convertidas en águilas o en serpientes aladas.

El maleficio no sólo se dirigía contra los animales domésticos, sino también contra las personas y, en especial, contra los niños. Se dice que el momento en el que uno se encuentra más desprotegido contra el poder diabólico de la bruja es en el nacimiento y los primeros días de vida. Para ejecutar sus maldiciones, las brujas colocaban hechizos en las habitaciones o entre las ropas del niño. Estos hechizos los hacían con el pelo, las uñas o los dientes de leche del bebé. Para protegerlos, los padres no podían tirar el primer pelo cortado, ni los dientes, ni las uñas.

Las brujas moribundas sólo podían transmitir sus poderes a los niños y niñas pequeños, dándoles la mano justo antes de expirar. A muchas de ellas las engañaban poniéndoles en las manos patas de cabra o cerdo.

Otra desgracia que las brujas podían proporcionar con sus conjuros y hechizos era, por ejemplo, el «encortamiento» o «encortadura», que impedía a los recién casados hacer vida conyugal. También provocaban todo tipo de enfermedades y calamidades, o embrujaban las casas, y los objetos se movían solos, se oían ruidos extraños por la noche.

Las brujas volaban de muchas maneras, además de poder viajar en «bulturnos» o sobre las nieblas espesas. A veces montaban sobre sarmientos o haces de ramas, otras transformadas en animales o sencillamente salían disparadas chimenea arriba. Volando se dirigían a sus lugares de reunión, llamados en aragonés «lannas», prados o eras del buco o del boc. Éstos son algunos de los lugares aragoneses donde las brujas celebraban sus reuniones o «chuntas»: Puntón de Asba en la Sierra de Guara, varios lugares del Turbón, la Madaleta, Cotiella, las peñas del salto del Roldán, las cuevas de Chaves y Solencio en Bastarás, el Cabezo de las brujas y el Prado de Bielsa en Aínsa, la Caseta d’as Bruxas en Biescas y en Labuerda, el Castillo de Boltaña, el Castillo de Pegar en Alins, el Balcón de las Bruxas en Tamarite, la Peña de las Bruxas en Plan, la misma plaza de Ansó, el cementerio de Laspuña, y otros muchos lugares recogidos por toda la geografía aragonesa.

En sus reuniones, las brujas tocaban panderos y panderetas. Las danzas más antiguas contaban con la presencia de otros instrumentos musicales como los salterios, flautas y gaitas. Las formas más comunes de bailar eran la rueda o ronda, espalda contra espalda, y la serpiente, siguiendo a un guía.

Para obligar a la bruja a reparar la desgracia se acudía a una persona de las consideradas «almas blancas».

 

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