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Afrancesados

Contenido disponible: Texto GEA 2000  |  Última actualización realizada el 14/11/2008

El término «afrancesado» significó en el siglo XVIII una valoración excesiva por la cultura y formas de vida francesas en detrimento de las españolas. Hasta 1811 no se impone en el lenguaje político, para designar a quienes van más allá de la cultura y sirven de una manera u otra a los franceses que han invadido el territorio nacional. En Aragón su uso fue más tardío, debido singularmente a cómo se vivió el desarrollo de la guerra contra Napoleón Buscar voz..., cuyo tercer ejército, «ejército de Aragón», ocupó de modo oscilante la mayor parte del territorio aragonés dejando a Aragón campo de batalla aislado.

Los afrancesados aragoneses se vieron condicionados por este aislamiento y otros factores: la necesidad de sobrevivir tras el segundo sitio de Zaragoza Buscar voz..., que dejó sin fuerzas materiales y morales al país y sus gentes, sólo con las difíciles salidas del exilio o la guerrilla; la pronta recuperación del tercer ejército francés, que se convirtió rápidamente en una buena máquina de guerra; la decretada por Napoleón dependencia de Aragón respecto de París, quedando al margen de la jusrisdicción de José I Buscar voz..., aunque formalmente «acatándole»; la necesidad militar de los franceses de tener que vivir sobre el país, sin recibir ningún auxilio económico ni de Madrid ni de París, lo que obliga a Suchet a establecer grandes impuestos que en su mayor parte eran consumidos en el propio Aragón: para ello tuvo que remodelar la estructura administrativa borbónica, necesitando empleados competentes, y desarrollar una vida social activa, amable y divertida que contentase a sus oficiales, limase el resentimiento de la nobleza y amortiguase la dureza de los impuestos que habría de pagar la burguesía, que, por otra parte, hacía buenos negocios con los franceses; la rápida e implacable administración militar francesa, que permitió pagar a los empleados públicos y pensiones a las viudas, sin solución de continuidad, lo que era desacostumbrado en el régimen anterior. Por último, buscando la personalidad adecuada que pusiera en orden la Iglesia aragonesa, y en especial la zaragozana, para que aceptase el cambio aunque fuera a regañadientes. La encontró en el obispo auxiliar de Zaragoza, el P. Miguel (Suárez) de Santander Buscar voz....

Este cuadro de razones hizo que muchos aragoneses fueran, sin desearlo, afrancesados; otros, queriéndolo: por oportunismo, por necesidad profesional o de trabajo, por prestigio social, por diversión, por el idealismo de la búsqueda de una monarquía limitada y sin las tachas de la borbónica, por la atracción de la cultura y forma de vida francesas, hasta por el viejo sentimiento jacobino francés.

La contradicción histórica es tremenda: los aragoneses no quisieron saber nada de la Constitución de Bayona, a cuya asamblea sólo asistieron el conde de Fuentes, el duque de Híjar que, por otra parte, ayudó también económicamente en los Sitios y los marqueses de Ariza y Ariño; ni quisieron recibir a ninguno de los enviados para convencer a los aragoneses de acatar el cambio dinástico: los dos Sitios de Zaragoza demostraron la resistencia a ultranza a lo francés. Sin embargo, los aragoneses cooperaron, colaboraron, juraron y se «agabacharon», afrancesándose muchos de ellos, que juraron a José I, como casi toda la administración de la justicia y el funcionariado, tanto local como de la monarquía.

El arquetipo de afrancesado puro fue el conde de Fuentes, grande de España y perteneciente a una familia, la Pignatelli, de santos y disolutos, Armando Pignatelli y Egmont. Su madre era de la alta aristocracia francesa con sangre real. El XVIII conde de Fuentes vivió mucho tiempo en París y fue uno de los principales personajes de la corte imperial. Después del 2 de Mayo de 1808 se convierte en pieza muy importante en el plan estratégico de Napoleón para España. Ya en guerra, es enviado desde Bayona a Zaragoza para tomar el mando de la capitanía general de Aragón, pero el herrero de Valtierra (Navarra) le cortó el camino y fue conducido prisionero a Zaragoza, siendo encarcelado en el castillo de la Aljafería. La pícara duquesa de Abrantes, en sus «Memorias», escribe cómo su marido, el general Junot, se sentía muy preocupado cuando se bombardeaba Zaragoza temiendo por la suerte de su amigo. El mariscal Lannes lo liberó en febrero de 1809, pero murió a los pocos días.

En la estrategia napoleónica figuraba el formar unidades armadas con los vencidos que se dejaban convencer, ofreciéndoles grados y empleos. En Aragón hubo también unidades militares afrancesadas, aunque no con mucho éxito, formadas por grupos antiguerrilleros como el de José Asensio, la Gendarmería aragonesa con uniforme y paga similar a la francesa y los Fusileros de Aragón, que fundó el barón de Andilla, fusionados después con la Gendarmería, y con acuartelamiento en Zaragoza, Huesca, Barbastro, Jaca, Daroca, Calatayud, Teruel y Alcañiz. Eran mal considerados por la población, por creerlos vagos y mala gente.

En Zaragoza se formó una guardia cívica capitaneada por los propios regidores, uniformados con casaca parda, chupa y pantalón blanco, con el carácter de policía urbana. En Teruel también se formó, siendo su comandante el corregidor de la ciudad.

Suchet intervino en la vida académica y cultural de Zaragoza, relacionándose con la Real Academia de Bellas y Nobles Artes de San Luis Buscar voz..., de la que fue presidente y vicepresidente el P. Santander, ingresando como académicos, aparte de tres militares franceses, más de veinte afrancesados que formaban el núcleo más brillante de la administración napoleónica en Zaragoza: Mariano Domínguez, el barón de Andilla, José M.ª Villa y Torres (regente de la Audiencia y encarcelado por Palafox), Mariano Saldaña (hacendado zaragozano que vio su casa expoliada por los franceses pero que luego fue un colaborador importante), y otros.

Los afrancesados contaron con un periódico titulado Gaceta Nacional de Zaragoza, cuyo redactor era Isidoro Ased Villagrasa, abogado y profesor, que se subió al carro napoleónico colaborando en tareas de propaganda hasta llegar a ser alcalde mayor de la ciudad.

Las dos figuras estelares entre los afrancesados fueron el P. Santander y Mariano Domínguez. En un segundo lugar importante, el abogado Agustín de Quinto Buscar voz.... Domínguez, aragonés de estirpe, puntal administrativo del segundo sitio y de la ocupación, intendente del ejército, caballero de la Orden de Carlos III, admirable organizador, fue prácticamente el que plasmó la administración francesa en Aragón, llegando a ser nombrado comisario general de Policía por encima de los propios funcionarios franceses, con amplísimas atribuciones con exclusión de la justicia y la Iglesia.

El padre Santander, obispo auxiliar de Zaragoza, con antecedentes filofranceses y constitucionalistas, famoso orador y escritor depurado, es un personaje de extraña contextura. Nombrado por el arzobispo de Zaragoza el «godoísta» Ramón José de Arce, patriarca de las Indias e Inquisidor General, pese a ello también afrancesado, quien ordenó que estuviese lo menos posible en Zaragoza y se dedicase a predicar por la diócesis, y lo hizo abundantemente. No estuvo en los Sitios, refugiándose en Valdealgorfa junto a su gran amigo el párroco Ramón Segura, que después sería deán de Zaragoza, donde se formó un pequeño núcleo de afrancesados. Soldados valencianos y tortosinos asaltaron la casa parroquial y maltrataron al obispo de alguna forma que pudo ser causa de su mayor afrancesamiento. Traído a Zaragoza por el mariscal Lannes, rápidamente puso en servicio los templos de la ciudad y ofició el Te Deum celebrado a requerimiento francés en el Pilar, en los primeros días de la ocupación y cuantas veces hubo que celebrar las victorias napoleónicas en España y Europa, pronunciando homilías que fueron recogidas en un libro, titulado Exhortaciones a la virtud, donde reiteraba la doctrina del orden napoleónico, creador de paz y bienestar.

El P. Santander estaba en la línea de los afrancesados indiferentes al rey José, que eran los que trabajaban en instituciones típicamente aragonesas, mientras que los funcionarios de las dependencias centrales aparecían como josefinos y nunca dejaron de obedecer al napoleónida.

En Jaca hubo un grupo de afrancesados, partidarios de Napoleón, que actuaban como tales antes de la guerra de la Independencia, reuniéndose en una tertulia que en su casa tenía el deán del cabildo Carlos de Torres; el más apasionado era el escribano Jorge de Ciria: tanto, que después de la guerra no encontró abogados que le defendiesen.

La Orden Real de España, condecoración creada por José I para premiar las adhesiones a su Corona, fue concedida a algunos aragoneses en sus distintos grados: a Carlos Mori, el general que hizo posible la ascensión de Palafox a la Capitanía General de Aragón; al P. Santander, a Domínguez, al marqués de Fuente-Olivar habitual animador de festejos y diversiones, enlazando la nobleza zaragozana con los franceses, a Miguel Rubio capellán de los pajes de José I, a los comandantes y algunos soldados de la milicia afrancesada de Fuentes, a Joaquín González Ruiz de Celada, decano de la Audiencia, al marqués de Ariño, a Agustín de Quinto —que con Domínguez obtuvo también La Legión de Honor, y a Francisco de Goya, «pintor».

En 1812 y 1813, Aragón, y especialmente Zaragoza, disfrutó y padeció el gran carnaval afrancesado producido por los convoyes de andaluces, castellanos, extremeños y valencianos que, concentrados en Valencia, marchaban hacia el exilio acosados por las guerrillas y llevando en sus variopintos carruajes ajuares y enseres. En Zaragoza tuvieron que ser alojados en casas vacías, creando fricciones con los vecinos. Era la etapa más dura de su viaje la ruta Zuera-Ayerbe-Jaca, porque Mina asaltaba las caravanas y les producía terror. Fue un espectáculo doloroso y singular. Entretanto, los funcionarios afrancesados aragoneses siguieron trabajando hasta el último día en que fue liberada Zaragoza por las tropas españolas. Pero entonces empezaba otro calvario para ellos: la depuración.

• Bibliog.: Jurestzchke, H.: Los afrancesados en la guerra de la Independencia de España; Madrid, 1962. Dupuis, L.: À propos d´«afrancesamiento»; Toulouse, 1963. Serrano Montalvo, A.: El pueblo en la Guerra de la Independencia. La resistencia en las Ciudades; Zaragoza, 1958. Artola, M.: Los afrancesados; Madrid, 1953.

 

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