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Brujería

Contenido disponible: Texto GEA 2000  |  Última actualización realizada el 04/08/2009

(Mit.) Término que designa las acciones o creencias Buscar voz... de las brujas, o las que se les imputan, cuyos hechos se oponen, comúnmente, a la ortodoxia social, a la norma, y suponen una interpretación de la causalidad; por ello, el concepto bruja debe precisarse en relación a unas circunstancias concretas para que no resulte excesivamente ambiguo. La brujería forma parte de la cosmovisión de un determinado contexto. En este caso, se toma generalmente como representativa la bruja rural de modelos sociales anteriores a la guerra civil Buscar voz... -que, en nuestra tierra, marca la divisoria del inicio de la revolución industrial y demográfica del campo aragonés.

La Cosmología popular interpreta las relaciones causa-efecto de modo diferente si varían las personas, la situación o el tiempo en que se han producido, por lo que cabe diferenciar unas causas naturales, unas causas mágico-brujeriles y causas religiosas; separando, en este último grupo, las acciones de Santos, Vírgenes y oraciones, de la interpretación providencialista, que impregna en gran parte, con diferentes expresiones, la vida popular. Todas estas interpretaciones podrían coincidir en un mismo caso, y en otras ocasiones pueden ser distintas para cada hecho o sectores sociales de una misma Comunidad. Por eso, toda definición debe plantearse en función de un contexto muy concreto: una enfermedad o accidente por caída de una caballería, para unos es algo fortuito y natural; si el accidente tuvo lugar en domingo, cuando el colectivo social respetaba esta festividad, pudo deberse a un castigo divino por la violación del precepto. Lo mismo si se salió a trabajar con la caballería el día de San Antón. Si la caída aconteció después de un conflicto con la bruja, o tras una amenaza velada de ésta, la causa será la bruja.

Otra circunstancia que puede variar la interpretación es que se produzca una serie de desgracias en muy poco tiempo, lo que se interpretaba, habitualmente, como maleficio Buscar voz... o castigo divino. Del mismo modo, caben diferentes interpretaciones cuando se producen ruidos extraños o los objetos se mueven; pueden atribuirse a diversos orígenes: en unos casos los provocan las brujas por venganza o mofa, en otros, los duendes de carácter burlón o juguetón; o bien el espíritu del último muerto, que pide misas o quiere comunicar algo; además hay que considerar la opinión de los que creen se deben a animales, vibraciones de diverso origen, o a que alguien quiere burlarse o hacer miedo.

Sin embargo, cuando sucede algún caso, la mayoría ha tenido una opinión única, dependiendo ésta de las circunstancias familiares, ambientales, o de la historia de la casa.

Por bruja se entiende una mujer mayor, de status bajo, a la que se cree capaz, o así se considera ella, de causar una agresión mágica. De aquí su acepción femenina, que es la más común. Esta agresión puede producirse por una capacidad intrínseca al individuo o por medio de determinadas fórmulas, ritos, libros, objetos y animales. En el medio rural aragonés tiene un sentido muy genérico, aunque hay que diferenciar acepciones y matices según el contexto de la bruja y el sector social que la valora. Según el primer aspecto cabe distinguir tres niveles: primero, la bruja que atiende una clientela; segundo, aquella de la que se dice que es bruja y sobre la que se cuentan determinadas historias o hechos de los cuales difícilmente se localiza un testigo, y además no atiende clientela; con alguna frecuencia despertaba violentos sentimientos de animosidad: Bécquer Buscar voz... refiere cómo la tía Casca de Trasmoz fue muerta por bruja; en 1962 en un valle pirenaico aragonés, una anciana fue golpeada por ser considerada culpable de determinadas desgracias y daños; tercero, las protagonistas de los cuentos de brujas, transmitidos por tradición oral, en los que hay que diferenciar los que se atribuyen a alguna persona del pueblo (que coincidirían con el modelo anterior), de aquellos relatos que no están localizados ni en el espacio ni en el tiempo, pero que han tenido un profundo arraigo popular -el modelo más común es el de la abuela que, mientras el resto de la casa se halla en Misa de Gallo, se transforma en gato, matando la mejor mula; un año, por orden del amo, se quedó a vigilar un criado, quien golpeó al gato: al día siguiente apareció la abuela con un brazo roto-; presenta numerosas variantes según la zona de Aragón donde ha sido recogido -en otros relatos, la bruja va a hacer daño a un niño, o a animales de un pueblo próximo, y es descubierta al hallar unos criados la ropa de ésta en un campo; éstos colocan sobre las prendas una cuaderna o una cruz, según los casos, objetos que impedían acercarse a la bruja, exigiéndole, para retirarlos, que dijese dónde había hecho el mal; poco después corren a avisar a la casa afectada, evitando el daño (recogido en Barbuñales Buscar voz... y Clamosa Buscar voz...)-; otras historias parecen tener un origen mucho más remoto y vinculaciones con creencias precristianas -se cuenta que en el Monte Asba tendían las brujas sus sábanas; muy similar es la tradición de las «lavanderas» de Aínsa: el día de San Juan, en un prado llamado «de las lavanderas» o de Casa Bielsa, en el que hay un sauce y una fuente, flotaba entre las ramas la «colada» tendida por las brujas; las gentes de estos pueblos afirman que se veían las prendas, pero no las brujas.

La palabra bruja presenta connotaciones propias para cada sector social y para cada etapa de evolución, según sean modelos rurales anteriores a la guerra civil o en fase acelerada de transformación, con fuertes influencias urbanas. Los sectores más radicalmente religiosos interpretaban que los poderes le vienen a la bruja por pacto diabólico, ya sea explícito o implícito; para un grupo muy amplio de población, los poderes venían por la posesión de libros y papeles mágicos, en especial el libro de San Cipriano; para otro grupo era, simplemente, que tenían poderes; y otros negaban toda realidad a los poderes de la bruja, diciendo que eran mentiras (o errores por efectos del vino o de la falta de luz) o bien se limitaban para encuentros amorosos.

En Aragón, el término bruja aparece registrado documentalmente por vez primera en las Ordinaciones y Paramientos de Barbastro de 1396, en las que se condena a bruxos y bruxas Buscar voz... sin especificar qué delincuentes quedaban encuadrados bajo esta denominación; parece deducirse que estas palabras eran utilizadas en esta ley con un sentido muy genérico, al que posteriormente se asimilan con significado muy afín otras como feitillera, sortílega, emponzoñadora, nigromántica... Estas tres últimas constan en la denuncia contra la Narbona de Cenarbe, en 1498, a los que hay que añadir maléfica, maga (ésta aparece en 1642 en el proceso de Águeda Cisneros, vecina de Zaragoza) y mago (en la causa de Pedro de Arruebo Buscar voz... de Tramacastilla de Tena, del mismo año), poco frecuente en los procesos y menos en femenino. La palabra brouxes era utilizada en ambas vertientes pirenaicas (Aragón y Bearne), según Lespy; aunque a fines del siglo XVI la palabra bruja (y su sinónimo possuère), en la vertiente gala fueron sustituidas por la francesa sorcière.

Otras variantes de bruja son broxa (Echo, Siresa), bruisa (Aragüés del Puerto, Bonansa, Caspe), bruxa (Torta, Aragüés del Puerto). Se encuentra también en el género masculino: brujo y brujón: esta última se aplica con mayor frecuencia al brujo, aunque también se ha observado su uso en relación a las brujas en Castelflorite. La palabra brujón se ha utilizado con un sentido peyorativo pero con disminución de valor, de forma similar a otras palabras con la misma terminación: bonachón, carretón, casetón, pantaloñón, expresiones que aluden a objetos más pequeños o de menor calidad; es decir, el brujón sería inferior a la bruja, en general, aunque puede haber sus excepciones; en plural es menos común: hay constancia de esta palabra en Sobrarbe, Somontano y Monegros, y solamente aparece en la documentación consultada en el Ayuntamiento de Loporzano, en las medidas tomadas por el concejo hacia 1579, considerando que en el pueblo hay «muchas personas de mal bivir, como son, traydores, ladrones, bruxones y bruxas...».

Con la rápida transformación del medio rural y de los modelos sociales correspondientes, las diferencias apuntadas anteriormente se han ido desdibujando, y el concepto se ha hecho más confuso y ambiguo. Este mismo proceso se observa en el medio urbano actual. La palabra hechicera se identifica popularmente, en Aragón, con bruja, sin establecer ninguna diferencia. Se entiende su sentido, pero se utiliza poco, aunque se hable de estos temas. Esta palabra aparece registrada documentalmente, por primera vez, en la ley dada por Pedro IV en 1349 condenando a gravísimas penas a «adivinos, sortílegos y feitilleros» (Savall y Penén); y aparece también en el mencionado proceso de la Narbona, aunque tuvo que haber muchas denuncias con anterioridad cuyos procesos no han sido hallados.

El concepto bruja, como miembro de una secta que participa en el aquelarre y practica la latría diabólica, aparece en el medio rural altoaragonés únicamente en la modalidad de relato en la tradición oral. Rarísimamente se dice que una persona calificada de bruja ha participado en dichos conventículos. Hay constancia en Las Almunias de Rodellar (H.), en el cuento en el que se refiere cómo varias brujas se frotaban con sus ungüentos para acudir al aquelarre diciendo: «Por encima de rama y hoja a las eras de Tolosa»; un criado que las oyó y quiso seguirlas se equivocó en la fórmula, diciendo: «Por en medio de rama y hoja a las eras de Tolosa», llegando a este lugar maltrecho y arañado. En otros lugares hay variantes de este relato, sin que se sepa quién es el protagonista. Romualdo Nogués Buscar voz... publicó un caso similar recogido en las proximidades de Moncayo: la bruja era la mujer de tío Cerote, zapatero; éste quiso acudir al aquelarre, equivocándose en la fórmula; una vez en el lugar, al darle el ósculo anal al diablo, le pinchó con la lezna y éste le dijo: «Tío Cerote, otra vez aféitese el bigote».

En la historia de la brujería aragonesa se han hallado referencias documentales de la participación en aquelarres o conventículos en los siguientes lugares: Cenarbe Buscar voz... (1497), donde el aquelarre recibe una denominación propiamente aragonesa Lanas del Bosc Buscar voz... (es decir, «prado del cabrón», como el término vasco «aquelarre»); Pozán de Vero Buscar voz... (1534), proceso de Dominga la Coja; Gotor Buscar voz... (1588); Sesa Buscar voz... (1603), Isabel Alastruey; Tamarite de Litera Buscar voz... (1626); aparecen indicios de otro en el valle de Tena Buscar voz... en la causa de Juan Larrat. Aunque en los documentos constan pocas indicaciones, los topónimos y la tradición permiten pensar que fueron más frecuentes que lo que nos muestra la historia procesal, aunque no llegaron a adquirir la difusión del país vasco.

Los lugares más prestigiosos por la reunión de brujas, según la tradición, son Tella Buscar voz..., Cotiella Buscar voz..., Vilas del Turbón Buscar voz..., Cabezo de las Brujas en Aínsa Buscar voz..., Peña de las Brujas en Plan Buscar voz..., Castillo de las Brujas en Boltaña Buscar voz..., Plaza de Ansó Buscar voz..., Balcón de las Broixas en Tamarite Buscar voz..., Fuente de la Burballa en El Grado Buscar voz..., las eras en Pozán de Vero Buscar voz...; en Zaragoza, son Trasmoz Buscar voz... y Fabara Buscar voz...; y en Teruel, Jabaloyas Buscar voz....

En Aragón, según los datos de que disponemos, eran más comunes el brujo o bruja individual, no participando en ritos colectivos. En unos casos atendían a una clientela, y en otros, simplemente, se les suponía capaces de hacer o provocar determinados sucesos. Sus más frecuentes poderes han sido causar enfermedades (denominado popularmente «dar mal», «dar los enemigos», «mal de ojo», «aojamiento», «embrujamiento», enmalignar, mal dau), que a veces concluyen en muerte, y pueden ser provocadas directamente por medio de acciones maléficas; endemoniar, «dar los enemigos», y popularmente se decía entonces que las víctimas estaban posesas, espiritadas o espirituadas (en el siglo XVII, en medios cultos, exercitadas y energúmenos), las cuales hasta tiempos muy recientes acudían buscando alivio y curación a Jaca Buscar voz..., Yebra de Basa Buscar voz..., Calatorao Buscar voz... y la Virgen de la Balma; las brujas también eran capaces de encortar, es decir, impedir la unión carnal de una pareja (acción llamada popularmente también encortamento, encortambuto [Huesca, Ansó] y encortimiento); de metamorfosearse en diferentes animales (los más corrientes: cabra, gallina, gato, águila), en torno a los cuales se crean numerosas variantes de relatos; de producir daños en los campos (plagas, sequías y pedrisco) y, así, las tormentas más dañinas se atribuían a las brujas: en Sobrarbe, cuando las tormentas hacen ruido amenazador producido, según una explicación popular, por el golpear de las bolas del granizo entre sí, dicen que brullen, término que parece tener la misma raíz que bruja (Cobarrubias, en 1611, ya los relacionaba); el mismo hecho se reflejaría en otra expresión catalana, bruixot, como se llama al granizo (se dice que aparecen pelos de bruja, como en Ribagorza, Sobrarbe y, con menos frecuencia, en el área de Jaca y Prepirineo). El aire de las tormentas ocasiona enfermedades (según expresión popular, «a fulano de tal le ha dado un mal aire»): a determinados remolinos de aire se les denomina brujas en Monegros y Somontano. A todo esto cabe añadir el vuelo de las brujas para dirigirse al aquelarre o precediendo a las tormentas; la amplia gama de ritos protectores Buscar voz... contra las tormentas aporta abundante información en este sentido.

Si podían hacer el mal, también podían cortarlo y, lógicamente, se buscaba su apoyo en muchos casos. Gran parte de los conocimientos de la brujería -además de la transmisión directa de unos a otros- se propagaba a través de libros y papeles mágicos. De todos estos escritos, el libro de San Cipriano, ya mencionado, era y sigue siendo el más popular por estas tierras: se le conocía también según las comarcas, como «libro de las brujas» y «libro verde», y se le atribuían propiedades intrínsecas solamente por su misterioso contenido: entre otras, según el vulgo, la de que saltaba de las llamas, si se le echaba al fuego, y no era posible quemarlo, y, si se intentaba destruirlo, desaparecía. El hecho de que alguien poseyera alguno de estos libros era motivo suficiente para que su poseedor fuera calificado por las gentes como brujo. La simple posesión de libros o escritos de esta naturaleza costó a muchos la vida o el tormento. En general, tales textos son conocidos con el nombre de grimorios; popularmente se les denomina genéricamente como el «libro», el «libro de las brujas», el «libro de los cuatro caminos», y de sus poseedores se decía que tenían «mal arte»; otros grimorios manejados por los brujos del Alto Aragón fueron el del Papa Honorio, el Arte Notoria, la Clavícula Salomonis. En fechas más próximas, adquirió difusión como libro mágico-religioso La Cruz de Caravaca, además de otros de astrología, adivinación, medicina popular y lunarios.

Se conserva el apodo Buscar voz... de brujos aplicado a los vecinos de Piedrafita de Jaca y Allepuz (T.). La casuística más relevante de la brujería aragonesa se produce entre 1637 y 1642, en el valle de Tena, donde surgió una posesión demoníaca que afectó a 72 mujeres y que puede ser considerada como una de las más importantes de Europa: por estos hechos fueron juzgados Pedro de Arruebo Buscar voz... y sus cómplices Miguel Guillén y Juan de Larrat. Ya a finales del siglo XV aparecieron, en varios pueblos del valle del Aragón, muchas mujeres que ladraban como perros; el suceso se atribuía a la acción maléfica de las brujas. Otros procesos destacables fueron: Ana Pérez Duesca (Luna, 1645); la condena de las participantes en los aquelarres de Tamarite (1626); Cenarbe (1497); Pozán de Vero (1534). Ocasionalmente, se celebraban misas satánicas con el fin de invocar la presencia y ayuda demoníaca: Pascual Clemente (1609) y el clérigo nigromante Jerónimo de Liébana, en Cinco Villas (1621). Las brujas de Zaragoza se dedicaban, en gran parte, a magia amorosa. Había también astrólogos, buscadores de tesoros y curanderos que utilizaban los más diversos recursos mágicos.

El brujo (o bruja) cumplía una función social por sus actividades, y de transferencia negativa del grupo, al convertirse en víctima del mismo. El clero secular y regular, con sus predicaciones y escritos, contribuyó a exaltar el poder satánico manifestado en muchos casos, a través de las brujas, con sus pactos: trascendencia del demonio Buscar voz... que contrasta con el modelo popular, reflejado en el folclore y dances, o en los cuentos en los que es burlado y ridiculizado, como en el herrero de San Felices y en el de Calcena Buscar voz....

Los núcleos de máxima actividad y concentración brujeril se situaron en los Pirineos aragoneses, en Zaragoza capital, en Cinco Villas y en el área del Moncayo. En la persecución del delito de brujería en Aragón, incidieron diferentes justicias que, según la frecuencia de su actuación, fueron la ordinaria, la inquisitorial y la episcopal, a las que cabe añadir el ajusticiamiento popular. Los juicios ordinarios eran mucho más rápidos que los inquisitoriales, y las penas más graves. Ni en la documentación ni en el trabajo de campo se observan conexiones con la brujería vasca, y sí frecuentes interacciones con la bearnesa, pues varios de los reos de la inquisición procedían del otro lado de los Pirineos. (Antropología cultural Buscar voz..., Ciruelo Buscar voz..., Blasco de Lanuza Buscar voz..., Navarro.)

• Bibliog.:
Cardoner Planas, Antonio: «Personajes de alcurnia y hechicería en la casa Real de Aragón»; Medicina e Historia, LXXIV.
Gari Lacruz, Ángel: Brujería e Inquisición en el Alto Aragón en la primera mitad del siglo XVII; tesis doctoral, 1976.
Violant y Simorra, Ramón: El Pirineo Español; Madrid, 1949.
Brujología; Congreso de San Sebastián, Madrid, 1975.
Actas del Primer Congreso Aragonés de Antropología y Etnología. Brujología, mitos, ritos y leyendas; Tarazona, 1979.

 

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