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Bola, tiro de

Contenido disponible: Texto GEA 2000  |  Última actualización realizada el 09/06/2011

Como juego de fuerza, el tiro de la bola aragonesa se ha practicado exclusivamente en la provincia de Zaragoza Buscar voz..., concretamente en el Campo de Cariñena Buscar voz..., sin olvidar la capital, que tuvo su pista tradicional en el «camino de las Canteras». Destacan igualmente las localidades de Calatorao Buscar voz..., Borja Buscar voz... y La Almunia de Doña Godina Buscar voz..., entre otras que han tenido siempre muy buenos tiradores, mantenedores del fuego sagrado, que hoy parece reavivarse.

La apuesta consiste en cubrir la distancia concertada con menos lanzamientos. En la filosofía de nuestros juegos tradicionales, el título de gallito (campeón regional) hace coprotagonista al pueblo entero, que pondera el honor y prestigio de su atleta de esta guisa: «Los mozos de Zaragoza / saben tirar el barrón / y lanzar la bola fuerte, / de La Almunia hasta el Jalón».

Antiguamente, las tiradas tenían unos prolegómenos curiosos, que entran en la esfera de lo ritual. Tanto en el desafío individual como colectivo, los representantes, ante testigos, pactaban las condiciones de la tirada, determinando recorrido, peso de las bolas, apuesta y fecha.

El camino elegido, con baches y recodos, era fundamental para que en el juego, además de la fortaleza del tirador, se ponderara su destreza, con lo que la prueba ganaba espectacularidad. En Longares, la tirada dominguera recorría unos 2 km., la distancia que hay desde la salida del pueblo hasta la «cañada de Zambril». En otras localidades, la distancia era muy superior y duraba varias jornadas festivas.

En cuanto al peso de las bolas, parece ser que oscilaba entre las 2 y las 5 libras para los mozicos, y que eran de hasta 11 libras (4,750 kg.) las utilizadas por los mozos en los partidos de rivalidad local. Entre los del mismo pueblo, lo habitual era jugar con bolas de 3 kg. Durante los siglos XVII y XVIII, este material deportivo solía ser las balas de cañón, de hierro y plomo. A partir del siglo XIX, son de pura artesanía, fabricadas en la fragua del pueblo, con anarquía en el peso y acabado. Tras la Primera Guerra Mundial Buscar voz..., son más sofisticadas, de hierro puro y peso uniforme para cada categoría; y los proveedores de aquel entonces, las drogas (tienda-almacén) zaragozanas de Casa Alfonso y Casa Usón.

Cuando esta fiesta deportiva era todo un potlach de superación, fama, prestigio y, no pocas veces, de venganza, la cantidad en juego era cien duros de plata, sin contar las traviesas (apuestas) entre el público. Y en su aspecto sociológico, destacan las apuestas que se cruzaban las mujeres, sobre todo las mozas, que seguían todo el recorrido, viviendo la prueba con alegría. Para aquella juventud, las tiradas de bola eran algo más que unas pruebas deportivas, tal vez un posible noviazgo, como lo refleja la jota Buscar voz... de José Oto Buscar voz...: «No sé lo que tienen, madre, / las chicas de Cariñena, / que en los concursos de bola / sólo veo a las solteras».

Con relación a la fecha del desafío, se sabía cuándo empezaba el partido y nunca cuándo podía terminar, pues, entre campeones, la apuesta estaba en función del camino prefijado. Un partido memorable fue el mano a mano disputado en 1918 entre «el Salvaje», de Alfamén Buscar voz..., y Manolico Soria, de La Almunia: duró cuatro días para cubrir los 12 km. que separan «La Virgen de Lagunas», término de Cariñena, hasta «El mojón de Tosos».

En cuanto al ceremonial, destacan las formas lúdicas antiguas entre los tiradores, jueces, acompañantes y público, ya se jugara mano a mano o por equipos, de la misma o distinta localidad, por diversión dominguera o partido de fiestas, situaciones con distinto matiz agonal. Así en las tiradas de fiesta, presidían, siguiendo la prueba, un concejal de cada ayuntamiento contendiente; y uno de los jueces, casi siempre de la comisión de festejos, echaba a cara o cruz la suerte de salida, lanzando al aire una onza de oro, para dar empaque y categoría a la reunión, actuaciones que encasillamos entre los lances de honor, exhibición, fanfarronería y reto.

La técnica, sencilla en apariencia, requiere del lanzador de bola coordinación de movimientos y potencia de brazo para conseguir buenos largos que es como se conoce en el argot cañego la medida de un tiro de bola.

Antiguamente, el tiro se hacía tomando carrerilla de unos quince o veinte pasos, para, desde la raya de salida, lanzar de sobaquillo al punto señalado por el marcador. Para hacer rodar la bola, le imprimían, al soltarla, el efecto necesario para que resbalara, suerte no tan fácil con bolas pesadas. En el habla del Campo de Cariñena, picar la bola o tiro de pique es la manera de lanzarla para salvar obstáculos; y largo o tiro de bola es la distancia entre la raya de salida y el punto donde la bola queda muerta, y desde el cual hace el tiro siguiente el mismo tirador, hasta la terminación del trayecto.

Los tiradores alternaban sus tiros, salvo cuando se distanciaban mucho, en cuyo caso los jueces, de común acuerdo, permitían al de la coda (rezagado) efectuar tiros consecutivos para alcanzar a su rival. Esta norma no era compensatoria ni implicaba ventaja alguna, puesto que el triunfo lo conseguía el que en menos tiros llegaba a la meta.

Los marcadores, con notorio riesgo de recibir un bolazo, aguantaban hasta el último instante la trayectoria de la bola, lance que era festejado por el público con exclamaciones de admiración, sobre todo, si el tiro era arboleado o boleado (parabólico). Cuando indicaban rasear la bola, especificaban con o sin efecto, y, por último, zeñaban (hacían señas) con las manos en el sitio aproximado donde interesaba morir la bola, facilitando así la siguiente tirada. Algunas de estas técnicas las recoge la copla: «En la Villa de Longares, / saben bolear muy bien, / rasear, cuando hace falta, / y resbalarla también».

Desde un punto de vista sociológico, no podemos olvidar las coplas jocosas ridiculizando a los sabihondos y farrucos, que hacen su aparición antes de la prueba. Tal es el caso de lo acontecido en 1920 con motivo del desafío entre un sencillo labrador de Almonacid de la Sierra Buscar voz..., apodado «el Gavilán», y un vendimiador cañego muy fanfarrón; en el campo de la verdad, el mozo de Cariñena Buscar voz... salió derrotado y además se oyó esta jota: «Un hermoso gavilán, / de Almonacid de la Sierra, / se comió una cardelina, / que cantaba en Cariñena».

En los años 70 hay que destacar el entusiasmo de los zaragozanos Domingo Vela, Herminio Lázaro, Antonio Gracia, Jesús Casas, Antonio García y el Sr. Guiral, que unidos a los tiradores del Campo de Cariñena y a los calatorenses del Club de Barra y Bola, presidido por D. Daniel Tabernas Gardiel, gran conocedor de nuestros juegos autóctonos, fueron, sin duda, los auténticos mantenedores de esta manifestación lúdica. Y, cómo no, el legendario Manuel Soria Blasco, de La Almunia de Doña Godina, todo un campeón, retirado ya de la práctica deportiva desde 1948, pero que sigue conservando sus marcas sin que nadie haya logrado batirlas. El campeón de Aragón en 1999 era Antonio Tejero, de Épila Buscar voz....

• Bibliog.:
Gracia Vicién, Luis: Juegos tradicionales aragoneses; Zaragoza, 1978.

 

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