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Palos de Aragón

Contenido disponible: Texto GEA 2003  |  Última actualización realizada el 03/08/2009

(Emblem.). Los palos del escudo de los reyes de Aragón Buscar voz..., que usualmente se llamaron y llaman «barras», son cuatro listones verticales de gules (rojo) sobre fondo de oro (amarillo), que queda dividido en cinco zonas, tres de ellas interiores a los palos.

Sobre los mismos se han originado multitud de leyendas y explicaciones pintorescas, casi todas muy modernas (desde el siglo XVI para acá y, frecuentemente, posteriores al siglo XIX), a menudo al calor de la «renaixença» catalana y el «noucentisme», que contempla el último resurgir de la catalanidad contemporánea. Casi todas esas elaboraciones ideológicas han tenido, como finalidad principal (frecuentemente, confesa) la de establecer más o menos irrefutablemente el origen catalán del emblema.

Deben, para empezar, descartarse sistemáticamente todas las lucubraciones que insistan específicamente en el dicho carácter «catalán» pues, en términos de corrección científica e historiográfica, no puede aceptarse otra cosa que el concepto de lo «barcelonés», y entendido éste como alusivo a la Casa Condal de Barcelona, pues el término y la noción misma de Cataluña son muy posteriores al origen de los problemas que concierne a este símbolo.

De entre esas fabricaciones legendarias destaca, principalmente, la muy extendida y famosa de que las «barras» son cuatro trazos de los dedos, tintos en sangre, de un monarca carolingio (Carlos el Calvo) que, sobre el escudo de guerra del conde dependiente Wifredo «el Velloso», premió con la concesión de ese distintivo el valor del noble barcelonés (que era, también, titular de otros condados, luego catalanes), valor que le había llevado a ser herido en combate en favor de la monarquía franca. Ya hace mucho tiempo que el investigador catalán Udina, sobre trabajos precedentes, deshizo, sin lugar a discusiones, la historicidad de la fábula, que en absoluto debe preocupar a ningún espíritu riguroso y que es de tardía creación.

También se han utilizado argumentos a favor del barcelonismo de la enseña basados en razones sigilográficas y numismáticas todas ellas, sin excepción alguna, inconsistentes. Pieza fundamental en esas argumentaciones es un cierto sello oficial de Ramón Berenguer IV Buscar voz.... De los varios de este conde soberano, que se conservan (muy bien publicados por Sagarra), en todos aparece, como era costumbre, un jinete noble y guerrero, con escudo y sobre caballo con ropones. El escudo, en los ejemplares conocidos, es liso. Los ejemplares que se guardan en Marsella, bastante deteriorados, presentan en el escudo ojival del jinete determinadas rayaduras que han sido interpretadas por algunos como atisbos o restos de las «barras». El examen directo de las piezas, el estudio de sus reproducciones —especialmente la correspondiente al sello de 1150, muy imaginativamente dibujada— y el buen sentido de numerosos investigadores permiten un notable grado de duda, hasta el punto de que no se admite, universalmente, tal argumento como probatorio de nada. En efecto, hay distintas razones (y no sólo por la escasa visibilidad de la impronta del sello) para tal cosa. En primer lugar, el hecho irrefutable de que tal escudo lleva un umbo, un resalte esférico saliente, en su mismo centro, lo cual ya dificulta extraordinariamente el imaginar, quebradas por él, las «barras». En segundo, que es cosa frecuente el que, en algunos de estos escudos medievales, se representen palos, pero no con significado heráldico, sino en retrato fiel de los que eran los refuerzos exteriores para dar al escudo de guerra mayor resistencia a los golpes, según puede apreciarse en un capitel del palacio de los duques de Granada en Estella (Navarra) y en otros muchos monumentos. En tercero, que cuando en el escudo de guerra se exhiben emblemas heráldicos, y más en el caso de un dinasta soberano, tales emblemas aparecen reproducidos en las gualdrapas de la montura, lo que aquí, obviamente, no sucede. Y, en cuarto, que el aspecto que ofrecen los trazos verticales en el repetido escudo es, con bastante claridad para quien no lo contemple prejuiciadamente, el de simples rayados por deterioro y no trazos grabados en el sello mismo.

Dos argumentos, de fuerte peso, cabe añadir. Conocemos bien la heráldica utilizada por Ramón Berenguer IV en piezas tan oficiales y necesitadas de regulación reglamentaria como sus monedas de conde soberano de Barcelona; esas piezas de plata, al igual que las de sus predecesores, no mostraban otra insignia (además de un cetro o lis) que la de la cruz, característica de Barcelona y de su Casa Condal, que la tuvo siempre por emblema propio; el sello más antiguo conocido de la ciudad de Barcelona que muestra «barras», además de la tradicional cruz, es de 1289. De tal uso de la cruz se derivó luego el nombre especial de la moneda condal de Barcelona: el «croat» o «cruzado».

Una segunda teoría «barcelonista» nace de la afirmación pintoresca de que, en ciertas monedas de Berenguer III, aparece el escudo barrado o palado. Esta aseveración (Aragón, escudo de Buscar voz...) desconoce un hecho fundamental, y es el de que las monedas atribuidas a Ramón Berenguer III por la Numismática actual llevan una cruz y un lis o cetro, símbolos que, lógicamente, heredó de su sucesor, según se ha indicado. Y sin contar con que son monedas «atribuidas» a Ramón Berenguer III pues no existe completa constancia de que le pertenecieran. Por otro lado, difícilmente pudo este mismo conde trazar tres bastones rojos alusivos a sus estados, ya que llegaría a ser conde de Barcelona (pleno, desde 1096), conde de Besalú (1111), Provenza (1112) y Cerdaña (1117), además de tener varios vasallos, entre ellos al vizconde Ato de Beziers, quien le prestó vasallaje por el condado de Carcasona. Hubiera, pues, necesitado de dos, tres y cuatro o más palos, sucesivamente.

Dicho cuanto antecede, conviene señalar que las únicas piezas en donde, indiscutiblemente hacen acto de presencia las «barras», sin que quepa la menor posibilidad de discusión, es en los sellos de la cancillería de Alfonso II Buscar voz... rey de Aragón e hijo de Ramón Berenguer IV (y de doña Petronila Buscar voz...). Este uso, sobre ser cierto y documentable, es regular. De manera que puede tenerse por demostrable que el primer uso conocido y oficial de las «barras» se verifica en un rey de Aragón, que lo indica en su escudo y en las ropas de su montura.

A partir de ese momento, la tradición universal llama a tales palos «barras de Aragón» y, en el momento (tardío) en que se empiezan a canonizar las reglas del arte del blasón, la palabra «Aragón» sirve, específicamente, para designar los palos de gules sobre campo de oro.

Toda la tradición, persistente, de la cancillería real aragonesa Buscar voz... designa, siempre, al emblema palado, con denominaciones como «nostre senyal reial», «signum regni nostri», etc., aludiendo pertinazmente y de modo expreso a la condición regia de ese escudo de armas, que tenían los soberanos de Aragón precisamente por ser reyes aragoneses, y no por ninguna otra razón. Cuando los reyes de Aragón —con anterioridad a la conquista de Valencia Buscar voz... por Jaime I Buscar voz...— aluden a los palos, lo hacen en esos términos; y es, ésa, época en que no poseen ningún otro título real, pues los de los condados de la futura Cataluña no lo son ni se ha conquistado, todavía, Valencia.

Cuando, en tiempos de Pedro IV Buscar voz..., ya en el siglo XIV, la tradición heráldica y los mitos se hayan consolidado y la monarquía aragonesa sea una entidad compleja y de estructura variada, los soberanos introducirán algunas matizaciones (pero sin abandonar nunca la terminología que se ha descrito), como emplear el símbolo de la cruz de Íñigo Arista sobre fondo cárdeno para representar el «Aragón antiguo»; y la cruz de San Jorge con las cuatro cabezas de moros para el Aragón coetáneo, porque la tradición hecha ciencia así lo consideraba; pero ha sido sobradamente probado que el primer signo procede de las suscripciones de documentos reales y, el segundo, de la sublimación del resultado favorable de una batalla contra el oponente musulmán. Pero en ningun caso fueron armas heráldicas, aunque así lo creyeran a partir, probablemente, del siglo XI y desde luego en el XIV, algunos contemporáneos.

El rey de Aragón será único propietario de ese emblema. Por ello es el rey quien, en uso de estas atribuciones específicas, concede a algunas ciudades importantes y a personas el honor de poder aparecer, jurídica y oficialmente, como especialmente vinculadas a él. Así, por ejemplo, ocurre con las capitales de sus diversos estados hispánicos, con la excepción de Zaragoza, por razones de régimen especial: a Mallorca y a Valencia, que no poseían armas propias por haber estado bajo dominio musulmán, se les concede el uso de las armas regias, con un aditamento o brisura (franja de color) que sirvan para verificar la distinción entre el emblema del soberano y el de las ciudades respectivas. A Barcelona, cuyo escudo es la cruz, más tarde evolucionada a su forma georgina (cruz de gules sobre plata), el soberano aragonés (a la vez, conde de la ciudad y de su territorio propio) concede, también, el uso de los palos, que se combinan en la heráldica barcelonesa con la cruz secularmente distintiva de la ciudad.

Dos cuestiones han cobrado, en diversos momentos, estado de actualidad en relación con las «barras» aragonesas. La primera, la del origen que se les pueda atribuir; la segunda, la de su correcta posición en enseñas que no sean escudos de armas.

El origen, de acuerdo con la documentación existente, no es averiguable. Descártanse las dos tradiciones recientes más divulgadas: la del episodio de Wifredo «el Velloso», desmontada por la investigación, como se dijo, y la de que los palos significarían, cada uno, un cetro o signo de gobierno sobre un territorio con soberanía propia (y, en particular, haciendo alusión a los diversos condados cuya hegemonía se concentró en la Casa de Barcelona). Este último aserto, en cuanto a que los palos sean cetros o símbolos de soberanía sobre otro tanto número de estados, no es, sencillamente, comprobable; se trata, nada más, de una hipótesis que puede aceptarse o no. Las razones para rechazarla se derivan de que, si bien la premisa (que los palos sean cetros) podría tenerse por lógica, el corolario es demostrablemente incorrecto y, en numerosas ocasiones (que se fundamentan en documentos de todo género y, muy especialmente, en la moneda aragonesa) el mismo soberano utilizó, de modo simultáneo, diverso número de «barras» como «señal real», porque las reglas del blasón no se habían establecido. Y, tanto en acuñaciones como en otras representaciones (mapas, portulanos, etc.), el número de «barras» llega a depender, únicamente, del espacio disponible para representarlas. Sobre el particular, los datos son expresivos y abundantes.

En la misma dirección puede recordarse cómo, mientras que un rey de Aragón utiliza en sus armas un número determinado de palos de gules, otros miembros de su familia, de modo coetáneo, emplean un número menor: esta disminución en la heráldica sirve, a un tiempo, para mostrar cómo el usuario (esposa, hermano o hijo del soberano, por lo regular) pertenece a la Casa de Aragón, pero no es el monarca mismo, resolviéndose, con este sencillo y luego muy común expediente, a una vez el problema de la identificación del linaje, y el de la salvaguardia de la exclusiva de uso sobre el emblema completo, que corresponde al rey únicamente.

Con más ínfulas se ha presentado últimamente una tesis (Pastoureau) que podemos denominar «provenzal» con la que, además del intento —vano por lo expuesto antes— de reforzar la interpretación de la presencia de los palos heráldicos en el sello de 1150 de Ramón Berenguer IV, se pretende demostrar que el conde barcelonés los introdujo en la Península tras haberlos tomado del antiguo reino de Borgoña-Provenza. Según esta tesis, cuyo principal fundamento es la utilización inadecuada y en exclusiva de un método estadístico (examen de 125.000 escudos de armas y su distribución), el mayor número de armas con palos se encontraba en Borgoña-Provenza y por ello sería el centro difusor; en cuanto a los colores (el esmalte gules y el metal oro) se trataría de algo sujeto al gusto y a la moda. Tal tesis, en los términos desarrollados actualmente es sencillamente insostenible, sobre todo porque no parece que el método estadístico sea concluyente en este caso: 1.°) No tiene en cuenta que puede haber un fenómeno de convergencia, lo cual es perfectamente posible en un elemento cultural tan simple como es el palo. 2.°) Aceptando un difusionismo, es muy discutible que el centro de origen del elemento de cultura posea un número mayor de ellos —sobre todo llegados a nuestros tiempos—, ya que en los centros receptores pueden tener los elementos recibidos mayor aceptación y, por ello, intensificarse su producción. De cualquier modo, no parece que se hayan reunido todos los emblemas palados, con lo cual el método falla por su base. 3.°) Todo ello sin contar con que algunos de esos emblemas palados o con palos sean refuerzos o junturas del escudo; o, en caso de enseñas, simples rayas convencionales, como sucede en multitud de dibujos que no suelen ser coetáneos. 4.°) No se distingue entre esmaltes y metales. Es obvio que la estadística debería hacerse entre escudos que tuvieran palos de gules en campo de oro (o viceversa) pero no de forma indiscriminada.

Desde fecha tempranísima, Aragón utilizó, en sus monedas, signos de identificación. Al comienzo, por la dependencia política, económica y jurídica del Estado recién nacido a la soberanía (con Ramiro I Buscar voz..., «quasi pro rege») el signo de la moneda jaquesa de plata era el que los reyes de Pamplona, a cuya Casa pertenecía Ramiro, empleaban en sus acuñaciones de la ceca de Nájera: la cruz, más o menos floreada o rameada, de donde con el tiempo se derivarían, por un lado, el llamado «árbol de Sobrarbe» (una cruz rematando vegetaciones cada vez más tupidas) y la cruz «de Íñigo Arista» o «de Sobrarbe», de igual procedencia. Para establecer la diferencia con las monedas pamplonesas, los soberanos aragoneses de comienzos del siglo XI inscribieron en sus piezas las menciones Iaca o Aragón. Cuando Sancho Ramírez Buscar voz... se relacionó con la Santa Sede Buscar voz..., en busca de protección política frente a sus poderosos vecinos, es probable que la cruz najerense, adoptada por Jaca Buscar voz... tendiera a convertirse en cruz pontificia o patriarcal (la misma que ha perdurado en el escudo de la primera capital aragonesa). La relación muy estrecha y secular del rey de Aragón con la Silla de Pedro estuvo, seguramente, en la raíz del patrocinio que el Apóstol se vio atribuir sobre los aragoneses (de modo que no es asombroso que el nombre de Pedro sea característico en la dinastía privativa, mientras que no aparece en la Casa Condal barcelonesa; o que a Pedro se consagraran templos y monasterios tan importantes como los oscenses). Los colores empleados por los pontífices puede que fueran desde muy temprano, el rojo y el gualda (o gules y oro) —hay muestras gráficas en el siglo XVI de «vexilla rubra pontificia»— probablemente retomando la tradición romana clásica, la enseña legionaria roja (así era la bandera oficial que ondeaba en la Roma imperial, presidiendo desde el Capitolio la reunión de los comicios por centurias en el Campo de Marte) y las letras doradas (de oro o de bronce) con que se señalaba la majestad del Senado y el Pueblo de Roma. La bandera pasaría a la Edad Media como distintivo de la ciudad de Roma, llegando hasta los tiempos modernos y nuestros días, en que se sigue utilizando.

Todo ello sin descartar que el rojo no fuera (como en otros lugares de Occidente) una degeneración del púrpura primitivo, cuyo tinte fue, en la Edad Media, extraordinariamente caro y difícil de obtener, existiendo casos conocidos de cómo, por razones de imposibilidad técnica o económica, el color púrpura viró, en algunos emblemas, bien al azul oscuro, bien al rojo o carmesí.

Esta temprana e intensa relación entre Aragón y el solio papal, fue muy duradera. Económicamente, reportó beneficios sin cuento a la sede romana y protección política a los, en un comienzo, pequeños reyes aragoneses, que, en época posterior y de más brillo, fueron designados por Roma «gonfalonieros» o portaestandartes del Sumo Pontífice, por lo que la enseña regia de Aragón ondeó, en más de un caso, en las solemnidades papales.

De tal vinculación procederían según hipótesis de distintos autores, las «barras» aragonesas, que serían derivadas de la forma de los lemniscos o cintas con que los Papas autentificaban, al sujetarlas con su sello, sus documentos oficiales.

Parece cierto que tales lemniscos eran rojos con hilos amarillos (y sí lo es que los colores romanos eran ésos, al menos desde el siglo XII, según testimonios pictóricos conservados). Una norma de Pedro III Buscar voz... estatuía que la cinta tuviera veinte hilos: diez rojos y diez amarillos; y otra, ya del siglo XIV, en las ordenaciones góticas de la cancillería aragonesa, estipula que las anchuras de esas cintas, que los soberanos de Aragón acabaron empleando como propias, fueran de siete hilos continuos para el amarillo externo y cinco para cada bastón o franja roja y el amarillo central.

En todo caso, nada hay que repugne al origen pontificio del emblema, si bien es falso que fuese usado por nadie, que se sepa con certeza, antes que por el rey Alfonso II Buscar voz..., al menos como escudo de armas. (En Provenza, la primera moneda conocida —con cronología dudosa— que muestra «barras», es de Ramón Berenguer V (1209-1245), en la época de Jaime I Buscar voz..., a cuyo reinado pertenecía otra pieza con las mismas características acuñada en Barcelona; en ambos casos, las «barras» ocupan el lugar de la cabeza del soberano ya que en el reverso continúa la cruz y la dignidad que expresa el monarca, explícitamente, es la de rex.)

En cuanto a la disposición que deben adoptar, está claro que, en escudos, es la suya natural, esto es, la vertical. Pero cuando se trata de banderas, los reyes de Aragón los situaron, según numerosos testimonios gráficos medievales, de modo horizontal. De ahí que aun no siendo muy heráldica la denominación de «barras» para los «palos», no sea incorrecto el uso de esta voz si con ella se alude a su representación en cualquier posición. Cuando la enseña se portaba a modo de guión, esto es, como transposición del escudo, el tejido solía ser cuadrado y sostenido por el astil y un travesaño superior, sujeto a aquél en el ángulo recto. Pero si las armas regias se disponían en bandera, las pinturas medievales las representaban abundantemente en sentido horizontal, tanto en Alcañiz cuanto en Teruel, Daroca, Barcelona, etc. Y sin excepción ninguna, en documentos oficiales y crónicas medievales o renacentistas se alude sempiternamente a este signo como «de Aragón», a cuyo grito combaten o aclaman las tropas, de cualquier procedencia (incluida la propiamente catalana) de los reyes de Aragón.

Por último, es conveniente distinguir dos problemas: el de la hegemonía del reino de Aragón, del de Valencia o del condado barcelonés sobre el resto de los dominios de la Corona. (Cada uno de estos estados tuvo su fase respectiva de hegemonía real, política y económica.) Y, por otro lado, el de la primacía jurídica. Sobre este último, no cabe duda ninguna de ninguna clase. Los soberanos de la Corona fueron, un tiempo, reyes, sólo por serlo de Aragón. Eran, además, condes y marqueses; pero tenían derecho a los privilegios y fueros de la corona real únicamente por su señorío sobre «los Aragones», que les daban el título de reyes. La Casa barcelonesa, bien poderosa, no pudo nunca acceder a la titularidad regia en sus dominios originarios, para no violentar a la monarquía francesa y sus derechos de tutela sobre los condados hispanos desde tiempos carolingios; así, la titulación regia de los soberanos aragoneses, condes, además, de los territorios asumidos por Barcelona, fue una eficaz protección para el pujante conjunto del noreste, que por eso incorporó las armas regias a su heráldica, aunque sin privar nunca a las «barras» de su apellido aragonés, indiscutible en la Edad Media, tanto en la Península cuanto fuera de ella. De ahí que resulte inadmisible y con netas intenciones de manipulación un aserto como el a menudo escrito por algunos investigadores catalanes modernos, que se permiten hablar, a propósito de los esponsales de Petronila y Ramón Berenguer, de «unión de los dos reinos», inventando uno donde no lo hay. En fecha tan trascendental y tardía como la del Compromiso de Caspe, los aragoneses, a través de su representación, advierten a valencianos y catalanes de que, en caso de no llegarse a acuerdo pronto y satisfactorio sobre la provisión del trono vacante, elegirán por sí mismos un soberano para Aragón, lo que obligará al conjunto de los territorios, por ser Aragón cabeza hegemónica, según Derecho, de la Corona toda, sin que nadie se atreva a discutir tal evidencia.

También resulta significativo que, tras el matrimonio de Ramón Berenguer iv con la reina (pues él ni es rey ni lo será), ninguno de los descendientes del matrimonio lleve, nunca, ninguno de los nombres característicos de los condes de Barcelona, sino los tradicionales en la Casa de Aragón, sobresalientemente Pedro y Alfonso (incluso con cambios hechos ex profeso con vistas a la coronación). Esa preeminencia honorífica y jurídica estuvo siempre muy clara para los contemporáneos.

Que los palos de gules fueron emblema estrictamente privativo del rey de Aragón (y ni siquiera de la familia de cada soberano individual) y que se hallaban indisolublemente vinculados a quien ciñese la Corona aragonesa en su sentido restricto (la del reino particular) lo prueban, por un lado, los cambios de dinastía, como cuando Fernando I Buscar voz... asume, sin haberlos usado antes, los palos, al haber sido elegido rey de Aragón por los compromisarios de Caspe. Y, aunque sus intentos fueron fallidos, tanto el condestable Pedro de Portugal cuanto Renato de Anjou, usurpadores de efímero poder (pero que llegan a actuar como reyes de Aragón), emplean en sus monedas y se comprometen documentalmente a no usar, como tales reyes aragoneses, otro signo y emblema que el de los palos de gules sobre oro. Las monedas Buscar voz... de Juan II Buscar voz... no expresan, junto a los palos, la condición de conde de Barcelona que tenía el soberano, sino sólo los títulos regios de Aragón, Navarra, Sicilia y Valencia; y la segunda vez que las barras disminuidas por falta de espacio, aparecen en una moneda aragonesa, lo hacen en un florín de oro de Martín I Buscar voz... y no en ninguna pieza privativa de Barcelona. La primera vez que los palos aparecen en la numismática es en una moneda de Jaime I Buscar voz..., que se titula, únicamente, rex. En el anverso figura la cruz tradicional de la moneda barcelonesa, pues en esa ciudad se acuñó la moneda; y en el reverso las armas del rey, los palos aragoneses.

Son, en resumen, correctas las actuaciones recientes que han oficializado una bandera de Aragón con las «barras» horizontales, negándose a introducir modificación o disminución ninguna, brisuras ni otros aditamentos, en el símbolo actual del antiguo reino, que hereda de modo directo y con el mayor derecho, el signo regio que fue privativo de sus antiguos soberanos y sancionado para Aragón por Felipe I Buscar voz... (II de Castilla) en las exequias de su padre, celebradas en Bruselas (1558), donde se muestra un «estandarte» con los palos gules en campo de oro bajo el epígrafe «Arragon». Será bueno, además, señalar que el emblema característico y único de la «Diputación del General de Catalunya» (la «Generalitat») fue siempre el de la cruz, según se desprende de datos sobre el siglo XV aportados por Zurita Buscar voz... y se pone oficialmente de manifiesto en fecha tan sonada y moderna como la del alzamiento catalán Buscar voz... contra Felipe III Buscar voz... (IV de Castilla), justificado por los diputados en un escrito famoso y editado entonces, en cuyo frontis campea, precisamente, la cruz; emblema que también aparece en los sellos de la misma institución —con representación de San Jorge en ocasiones— y no las «barras» (las ostenta el sello de la Real Audiencia en Cataluña, lo cual es significativo de su vinculación al rey), que donde sí se muestran es en los pertenecientes a la Diputación del Reino Buscar voz... de Aragón.

En tiempos modernos (y sin contar con que el Boletín Oficial de Aragón, en el siglo XIX, mostraba únicamente el escudo con «barras») merece la pena destacar la descripción de parte de un arco en las fiestas que Zaragoza preparó con motivo de la proclamación de Fernando VI Buscar voz... en 1746: «Ocupaba toda su frente un ayroso pavellón azul, que servía de Dosel a una Estatua que representaba la Justicia, y la coronaban las armas de aragón, expresadas en sus barras».

Por lo demás, ya en los años treinta del siglo XX, el erudito archivero Abizanda y Broto Buscar voz... consiguió se aceptase como bandera de Aragón Buscar voz... la misma que hoy ha hecho suya la Diputación General de Aragón Buscar voz....

• Bibliog.:
Canellas, A.: «Heráldica de la Diputación de Zaragoza»; rev. Zaragoza, III, 1956.
Fatás, G. y Redondo, G.: La Bandera de Aragón, Zaragoza, 1978.
Heiss, A.: Descripción general de las monedas hispano cristianas...; II, reimpreso (edición facsimilar), Zaragoza, 1962.
Ibarra, E.: Informe acerca de cuál de los tres escudos sea el que más exactamente corresponde a Aragón; Madrid, 1921.
Pastoureau, M.: «L’origine des armoiries de la Catalogne»; II Simposi Numismatic de Barcelona, Barcelona, 1980.
Udina, F.: Las armas de la ciudad de Barcelona; Barcelona, 1969.

 

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