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Trashumancia

Contenido disponible: Texto GEA 2003  |  Última actualización realizada el 30/01/2008

(Gan.). El reino de Aragón mantenía una independencia clara respecto a la Mesta castellana, desarrollando con total autonomía su normativa a partir de la Casa de Ganaderos de Zaragoza Buscar voz..., a quien privilegia Pedro II Buscar voz... en el siglo XIII. Tuvo dicha entidad el papel que la Mesta asumió en Castilla, y fue completada su actuación por las Comunidades ganaderas de Teruel, en general, y la Mesta de Albarracín Buscar voz... en particular.

Así pues, la «trashumancia», y fundamentalmente la ovina, ha tenido en la región una gran importancia histórica, social y económica, con gobierno y organización propios.

En el presente, y especialmente a partir de los años 60 del siglo XIX, aparece un fuerte descenso de esta actividad ganadera en función de las limitaciones actuales (escasez general de pastores, agudizada por la difícil vida en trashumancia; problemas de traslado del ganado a pie; repoblación forestal de antiguas zonas de pastos, etc.). Esto ha hecho que en Aragón los grandes rebaños trashumantes del Pirineo, de las montañas de Teruel e incluso algunos aledaños al Moncayo se hayan visto enormemente reducidos, disminuyendo así las posibilidades de aprovechamiento racional de miles de hectáreas de pastos naturales.

En esquema, la trashumancia que se realiza en Aragón es fundamentalmente «corta» (menos de 250 km. de recorrido en el desplazamiento del ganado), hallándose orientada de norte a sur y de sur a norte (caso de la trashumancia «vertical» que se realiza del Pirineo a «tierra baja» y viceversa) y de oeste a este (trashumancia «horizontal» desarrollada desde la montaña de Teruel al Levante o «Reino»).

Excepcionalmente se mantiene una trashumancia «larga» que va desde la sierra de Albarracín al valle de Alcudia y viceversa.

Según las «épocas», siempre nos encontramos con desplazamientos de fin de otoño orientados a pastaderos cálidos para pasar la «invernada», y recorridos de fin de primavera hacia zonas frescas, normalmente de altura, a fin de aprovechar pastos de «puerto» en el verano; éste es el caso del Pirineo, montañas de Teruel y, en menor medida, otras zonas de la Ibérica, Moncayo incluido.

En Aragón la especie ovina es la que fundamentalmente ha sido sujeto de «trashumancia»; sin embargo, en la actualidad ha disminuido notablemente el número de cabezas sometidas a este sistema, no sólo por las razones ya apuntadas anteriormente, sino también por las limitaciones que impone a un intento de intensificación de la explotación (mayores índices reproductivos, menor mortalidad, cordero en estabulación, etc.), con lo que deja de ser competitiva frente a otros sistemas y sólo en algunas situaciones puede mantener su rentabilidad.

Hasta hace pocos años, sin embargo, la trashumancia era el sistema básico sobre el que se asentaba la explotación del ganado ovino en nuestro Pirineo, no sólo en virtud de las condiciones climatológicas (y, como consecuencia, alimenticias) existentes en la zona, sino muy fundamentalmente por la competencia entre especies, amén de la Influencia de una serie de problemas socio-económicos y jurídicos.

Efectivamente, en la lucha por la subsistencia a partir de unos recursos alimenticios dados, las especies bovina y ovina eran confrontadas a fin de decidir cuáles y cómo habían de aprovechar dichos recursos. Conocido es el desequilibrio que en ellos ofrece el binomio «valle-puerto». Así, durante el verano no existe problema, ni competencia interespecífica excesiva, ya que se aprovechan extensas zonas de pastos de «puerto». En cambio a finales de otoño se plantea el dilema de qué especie va a consumir los insuficientes alimentos producidos durante el verano en las praderas de los estrechos valles y reservados para soportar la larga y dura «invernada». La oveja, más rústica y móvil y un tanto «cenicienta», es «expulsada» por la vaca en esta confrontación, viéndose obligada a buscar pastos lejanos en zonas más cálidas, siendo admitida de nuevo en el verano aprovechando entonces los pastos excedentarios de montaña, consumiendo en general los situados a más altitud o de acceso dificultoso.

De esta forma empírica los ganaderos han procurado compensar durante siglos (antes lo hicieron entre el ganado equino y las ovejas) el desequilibrio entre valle y puerto en cuanto a la producción y utilización de los alimentos allí producidos, llegando en su caso a arrendar los pastos sobrantes de verano a ovejas foráneas e incluso a bovinos de otras zonas.

Así vemos cómo el ganadero hacía y aún hace jugar a la oveja, a través de la trashumancia, un papel de comodín ágil y dinámico con el que intenta optimizar la productividad del sistema valle-puerto de nuestro Pirineo. A este papel han de acomodarse todas las actividades de la explotación (reproducción, movimientos del ganado, venta de corderos, etc.), por lo que es fundamental conocer el «calendario anual» de un rebaño trashumante tipo.

Con las variantes lógicas según se trate de un valle pirenaico u otro, los rebaños ovinos (integrados mayoritariamente por las razas ansotana Buscar voz... y churra tensina Buscar voz..., junto con algún tipo vecino a la raza aranesa en la zona de Benasque), se dirigen sobre el 20 de noviembre hacia la «tierra baja». Esta zona comprende las llanuras de las Cinco Villas, la Hoya de Huesca, zona de nuevos regadíos de esta provincia, Monegros en general, montes, secanos y regadíos próximos a Zaragoza (El Castellar, Zuera, etc.), pastos del Bajo Aragón, fundamentalmente la comarca de Caspe, etc., en una palabra, las zonas bajas ubicadas desde el Prepirineo hasta la orilla izquierda del Ebro algunos rebaños pasan a la otra margen, aunque sin profundizar demasiado. Allí permanecen hasta el 20 de mayo, fecha aproximada en que regresan de nuevo, subiendo a «puerto», lugar en que tradicionalmente se realiza la cubrición. En estas condiciones la «invernada» del ganado trashumante supone entre 180 y 200 días según sean las circunstancias del año, mientras que aprovechan los pastos de altura unos 150 días y los de media montaña durante unos 25.

Evidentemente esto no es tan rígido, pues no sólo influye el valle de origen y las condiciones climatológicas y de pasto, sino por supuesto las modificaciones que las limitaciones actuales imponen (transporte en camión o ferrocarril, cierta intensificación reproductiva, aportes alimenticios complementarios, etc.).

Por otra parte el ganado, a veces, tanto al descender como al subir a «puerto», puede permanecer en pastos de altitud media junto a los valles un tiempo variable. Así, no es infrecuente prolongar la estancia en tierra baja hasta los 200 días, permaneciendo poco tiempo (10-15 días) en media montaña antes de subir a «puerto», aprovechando sin embargo aquellos pastos durante unos días al descenso (un mes) antes de dirigirse a «tierra baja». En estas etapas intermedias la oveja casi nunca aprovechaba tierras de cultivo, sino casi exclusivamente las faldas de la montaña.

Algunos valles como Canfranc, Ansó y Echo, al disponer de poca tierra de cultivo y no excesiva en zonas de altura media, suelen prolongar su estancia en tierra baja, hasta 250-280 días, descendiendo incluso en octubre y regresando a «puerto» en junio.

En verdad el ganado ovino trashumante pirenaico roza el «nomadismo», puesto que agrupa núcleos itinerantes de animales sin albergues durante el «alpage» en «puerto» y con refugios inadecuados, temporales y no propios a lo largo de la «invernada» en zonas bajas.

Por otra parte, el pastor no goza tampoco de ventajas notables frente a las ovejas, formando parte completa del grupo itinerante citado, sufriendo todas las incidencias climatológicas, amén de las incomodidades de alojamientos inhabitables, aislamiento, etc., circunstancias que lógicamente agravan el problema de la mano de obra, siendo éste uno de los factores realmente decisorios en la paulatina eliminación de la trashumancia de invierno.

Por otra parte, el elevado coste de los pastos invernales, junto con los problemas alimenticios que se plantean en años fríos o de bajas precipitaciones, coadyuvan a abandonar la trashumancia invernal o incluso vender el ganado.

Todo esto ha hecho desde hace años que apareciesen unos sistemas especiales de explotación en los que participaban a la vez el ganadero pirenaico y el propietario de Tierra Baja.

Uno de los más frecuentes era el llamado «a medias», en el que el ganadero ofrecía el ganado y la mano de obra, responsabilizándose del manejo general del rebaño. El propietario agrícola aportaba el aprisco, los pastos y la alimentación complementaria de ovejas y corderos. La venta de éstos se realizaba a medias, no siendo en ocasiones considerada la lana, que quedaba para el ganadero dado su escaso valor en los últimos años. Finalmente las ovejas que no tenían cordero pagaban un canon por cabeza en concepto de pastos al propietario de los mismos.

En otro sistema, menos frecuente, el ganadero pagaba una cantidad fija por oveja y el agricultor propietario se encargaba de apriscos, pastos y alimentación del cordero, siendo entonces la venta de la cría integra para el ganadero.

Hace años se llevaba a cabo una variante del sistema en el que el propietario de la finca arrendada suministraba sólo parte de la ración suplementaria, aunque en algunos casos pagaba del 5 al 15 % del salario en metálico de los pastores. Corderos y lana eran distribuidos a partes iguales.

En cuanto al manejo general, la mayoría de las explotaciones trashumantes pirenaicas tendían a realizar una sola «paridera» fundamental al año. A este fin, una vez en los pastos de montaña y tomando como fecha base el 29 de junio (San Pedro), comenzaba la cubrición. De esta forma los primeros partos se producían hacia principios de diciembre, fecha en que las ovejas ya estaban en «tierra baja», lugar en donde se deseaba realizar la «paridera» ya que allí era donde únicamente disponía de albergue el ganado. No interesaba, por tanto, llevar a cabo cubriciones de primavera en el sistema tradicional de trashumancia, a fin de evitar que los partos ocurriesen durante la estancia del ganado en puerto. Por otra parte dichas cubriciones de primavera solían ser bastante dificultosas, pues la parada sexual de esta época (anoestro estacionario), más marcada en la churra tensina que en la ansotana, se veía agudizada por las mediocres condiciones de la oveja (lactante o destete reciente), siendo su estado de carnes bajo en función de una escasa alimentación complementaria.

Por todo esto la medida de cubrir a partir de San Pedro era correcta tanto desde el punto de vista de manejo general como en atención al estado fisiológico de la oveja (ya recuperada por la abundante alimentación de montaña y en clara salida de la parada sexual). Sin embargo, algunos ganaderos intentan adelantar la paridera a fin de poder vender «ternascos» hacia Navidades y Reyes, iniciando la cubrición a mediados de mayo. Ciertas explotaciones trashumantes, deseando obtener una mayor producción, intensifican la reproducción llevando a cabo una segunda cubrición en «tierra baja» durante los meses de diciembre y enero. Normalmente esta segunda paridera («segunda cría») sólo afecta a un 15-20 % de las ovejas de vientre, siendo difícil incrementar la cifra con el normal sistema de manejo.

En la actualidad la trashumancia doble de invierno y verano realizada entre el Pirineo y la «tierra baja» ha descendido notablemente. Aún así, quedan al menos 30.000 cabezas que continúan sus desplazamientos a pie por las «cabañeras» aragonesas, si los recorridos son cortos, o en camión o ferrocarril si son más prolongados. Evidentemente lo que sí sigue manteniéndose es una trashumancia de verano, basada en el aprovechamiento de los extensos y abundantes pastos estivales del Pirineo por ganados de propietarios locales y de zonas bajas, acogiéndose a este régimen unas 100.000 cabezas ovinas.

Como consecuencia de las dificultades y limitaciones ya señaladas, el descenso de la trashumancia ha conllevado bien la venta de los rebaños, y por tanto una notable disminución en los censos ovinos de los valles pirenaicos, bien la modificación del sistema de explotación, orientándose hacia la invernada en el valle y aprovechamiento del pasto en primavera y otoño en el propio valle y zonas de somontano, y subida a «puerto» durante el verano. De esta forma, y aunque la alimentación invernal es más costosa, la otoñal y de primavera son más económicas (pastos comunales). Por otra parte se evitan transportes, los riesgos disminuyen, posibilitando a la vez una intensificación de la explotación y mano de obra más segura, y permitiendo con todo ello una permanencia de la empresa ovina y una aceptable y más uniforme rentabilidad.

En cuanto a la producción de carne se marcaban tres tipos de cordero: a) ternasco de 22-24 kg. de peso vivo, estabulado y con 80-100 días de edad, procedente de partos tempranos, siendo comercializado en «tierra baja» (diciembre-enero); b) cordero pastenco de 25 a 30 kg. y unos 120-150 días, que aprovechaba pastos de «tierra baja», recibiendo un complemento (unos 200 g. de maíz antes de salir al campo), y que solía venderse hacia marzo- abril en aquella zona; c) finalmente, cordero pastenco con más de 30 kg. y con 6 u 8 meses de edad; solía estar castrado, aprovechaba pastos de «puerto», y estaba situada la época de venta entre mayo y septiembre.

La orientación actual se centra hacia el tipo ternasco, normalmente estabulado, quedando únicamente el tipo pastenco pesado (16 kg. de canal y más), cebado en pasto de montaña y orientado hacia el turismo de verano que atraviesa el Pirineo de regreso a su país de origen, creándose una curiosa corriente comercial de cierta importancia en dicha época. Además de la pirenaica, otra zona interesante de trashumancia ovina se sitúa en la provincia de Teruel, con dos áreas completamente diferenciadas: sierra de Albarracín y Montes Universales, de una parte, y sierra de Javalambre, Gúdar y Maestrazgo, de otra.

La primera, en donde todavía se mantienen ciertos núcleos de raza merina, envío buena parte de los ganados de las zonas más altas (Orihuela, Griegos, Guadalaviar, Villar, Frías, etc.) a realizar la invernada hacia el valle de Alcudia (Ciudad Real) y la provincia de Jaén, e incluso a Alicante y Murcia. Estos rebaños, más una buena porción de foráneos, son recibidos a su vez durante el verano para aprovechar los pastos de montaña. Se trata, pues, de una trashumancia larga y en doble sentido, que tiene como meta y salida, según casos, la sierra de Albarracín, cabecera de la Cañada Real de Cuenca. En este sentido diremos que la comarca sigue siendo una de las zonas más importantes de trashumancia estival, ya que, a pesar de la disminución de dicho sistema de explotación en los últimos años, la densidad ganadera se eleva enormemente durante el verano.

La segunda se apoya en rebaños de base genética muy dispar (rasa aragonesa y cruces con merino) propiedad de ganaderos de la zona, que utilizan sus pastos de verano, pero que se ven obligados a descender a las huertas de Castellón y Valencia, realizando la típica invernada en el «Reino». En Teruel se continúa denominando «extremar» o «ir a extremo» al descenso hacia la «tierra baja», en este caso levantina (es decir, al extremo de la primitiva tierra conquistada), permaneciendo allí entre octubre y mayo. Las fechas que marcaban la trashumancia eran tradicionales. Así el día siguiente a la Virgen del Pilar se iban «a extremo», y el regreso era hacia la fiesta de la Santa Cruz de Mayo.

Los mismos factores enunciados en el Pirineo limitan fuertemente esta trashumancia. En la actualidad cada vez son menos los rebaños que trashuman de invierno, siendo más los que realizan la invernada in situ (alimentación a base de paja, heno de prado y cebada, saliendo al pasto siempre que es posible) o arriendan pastos en otras tierras más bajas y próximas de la provincia. Todo esto les permite una mayor intensificación reproductiva, realizando dos épocas de parto (primavera y otoño).

Destaquemos, sin embargo, la notable trashumancia de verano dirigida hacia la sierra de Albarracín que, procedente de zonas más cálidas del sur, se sigue aún manteniendo.

En cualquier caso, bien en Pirineos o en las zonas altas de Teruel, la trashumancia ovina ha ido dejando paso a una «trasterminancia» menos dificultosa y por otra parte aceptablemente económica, que permite el aprovechamiento por el ganado de los pastos de verano de términos próximos.

En cuanto al ganado vacuno, en la zona pirenaica no existe prácticamente trashumancia. La mayoría de las explotaciones pirenaicas realizan la invernada in situ, subiendo en verano a las zonas altas, ubicadas casi siempre en el mismo término. Es más frecuente, aunque mucho menos que en la especie ovina, la «trasterminancia estival», de forma que ganaderías de zonas próximas (Canal de Berdún, Jaca, Sabiñánigo, Boltaña, etc.) aprovechan el «puerto» de otros términos durante el verano.

Como detalles técnicos recordemos que la alimentación que se daba en los valles pirenaicos durante la invernada consistía en una mezcla de tres partes de heno de pradera natural y una de paja (el célebre «mestizo»), sobre unos 8 ó 10 kg. por vaca y día. Actualmente la alimentación se ha modificado ligeramente en calidad (la ración está formada casi exclusivamente por heno), y aunque la cantidad sigue limitándose, suele añadirse pienso concentrado, especialmente en las vacas en producción.

En la montaña de Teruel la situación alimenticia en invierno es más dura. Frecuentemente sólo paja, pequeña cantidad de heno y el escaso «pasto» que pueden encontrar, pues casi todos los días salen al campo. Si no salen (nieve o lluvia) una mezcla a partes iguales de paja y heno («revuelto») compone la ración de base, añadiendo uno o dos kilos de cebada («harina») si están criando y ofreciéndoles sal cada tres o cuatro días.

Respecto al calendario, en el Pirineo las vacas permanecen en invernada desde el 5-10 de diciembre («la Purísima») hasta el 15 de mayo (San Isidro) pasando luego a pastar en el valle y subiendo a puerto hacia el 5 de junio, descendiendo para el Pilar, aprovechando de nuevo los prados del valle hasta que se recluyen en diciembre. En Teruel se mantienen en invernada del 15-20 de diciembre hasta primeros de junio, sin embargo, durante este tiempo la mayoría de los ganaderos sacan el ganado a pastar, pues las nieves no son tan abundantes, coincidiendo aproximadamente con la época en que las escasas vacadas trashumantes permanecen fuera. Desde junio a mediados de octubre aprovechan el pasto de altura, que en pocas ocasiones es un verdadero «puerto».

• Bibliog.: Moreno, A. «La trashumancia en la sierra de Albarracín»; Teruel, n.° 36, 1966. Sierra, I.: «Técnicas de la producción bovina en el Pirineo Central»; Anales F. Veterinaria, Zaragoza, pp. 253-356 y 357-415, 1973.

 

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