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Sociedades prerromanas

Contenido disponible: Texto GEA 2003  |  Última actualización realizada el 17/12/2007

En la época en que se produce la llegada de Roma, es decir, a fines del siglo III, y en los períodos inmediatamente posteriores (pues es entonces cuando contamos con fuentes de cierta entidad), los pobladores de nuestra región se presentan organizados en unas formaciones sociales arcaicas, que manifiestan un estadio transicional entre la organización de tipo tribal (algunos de cuyos elementos siguen persistiendo) y la organización de carácter poliado o urbano (que se irá intensificando en la medida en que lo haga el contacto cultural con el elemento romano).

Según una interpretación tradicional, hoy todavía compartida por numerosos autores, las sociedades de los llamados «pueblos ibéricos» presentan una organización claramente urbana, a base de lo que pudieran llamarse «ciudades-estado», con una organización política de tipo monárquico; por el contrario, en el ámbito de la España indoeuropeizada se darían unas organizaciones de tipo gentilicio, que tendrían una economía de base esencialmente ganadera y una organización política expresada a través de una «democracia de tipo militar». En lo que al solar del actual Aragón se refiere, tal visión resulta, quizás, algo obsoleta, y ello lo demuestran los hallazgos y las nuevas interpretaciones en el campo de nuestra historiografía.

Partamos de una asunción previa, que creemos segura a partir de la documentación de que contamos: en ninguno de los grupos sociales del Aragón prerromano se da en esta época una organización tribal en el significado estricto del término: es decir, una estructura generalizada y primitiva, en la que todavía no se ha llegado a una diferenciación institucional consecuente a las diversas funciones existentes (inexistencia de un sector económico independiente, de una organización religiosa separada o de un mecanismo político especial). Es cierto que en el ámbito propiamente indoeuropeo de nuestra región (que corresponde a los pueblos que las fuentes llaman «celtíberos Buscar voz...») la organización social tiene carácter gentilicio, con unidades organizadas en tres niveles: uno inferior, que forma la agrupación de varias familias (cognatio), uno intermedio que es el de la gentilidad o clan, y uno superior que es el de la tribu. De ellos, la unidad básica—y la que tradicionalmente ha manifestado mayor dinamismo dentro del conjunto—es el clan (gentilitas), que agrupa a todos los individuos que se reconocen, sobre una base real o ficticia, descendientes de un antepasado común (normalmente por línea masculina: agnatio), que es quien normalmente da nombre al grupo. Como en la mayor parte de las sociedades primitivas, la parentela del sistema gentilicio —típicamente indoeuropeo— es algo más que un grupo de descendencia unilineal: la importancia del parentesco radica en que la condición de miembro de la gentilitas implica normalmente un derecho sobre los recursos productivos y reproductivos básicos, así como la sucesión en funciones y cargos, la participación en actividades religiosas (el culto a los antepasados) y ciertas relaciones políticas (todo ello, en un principio, dentro de un marco territorial fijo).

Una típica institución de nuestro ámbito celtibérico —y, en general, de la España indoeuropeizada— es la de la hospitalidad (hospitium), por la que un elemento extraño entraba a formar parte del clan (celtíberos Buscar voz..., indoeuropeización Buscar voz...). Esta costumbre, a la que alude Diodoro Siculo Buscar voz... (5, 34), trata de paliar la vulnerabilidad social y económica derivada de la dimensión reducida de la comunidad humana (la necesidad de asegurarse un movimiento libre de peligros al exterior de su territorio obliga a cada grupo social a comportarse con los demás como desea que se comporten con él al traspasar sus propios límites).

No obstante lo dicho, tenemos bases para afirmar que —al igual que en el ámbito que llamamos «ibérico»— a la llegada de los romanos el área celtibérica presentaba una organización social caracterizada por una creciente superación del sistema gentilicio y por la plasmación del sistema poliado. Contamos con una serie de elementos que justifican esta afirmación; por un lado, la abundancia de ciudades en la Celtiberia que acuñan monedas de bronce (Bilbilis Buscar voz..., Bursao Buscar voz...) o incluso de plata (Turiaso12461); por otro, el establecimiento de un proceso de sinecismo y concentración del hábitat, manifestado con claridad en los comienzos de la segunda guerra celtibérica Buscar voz..., cuando los belos de Segeda Buscar voz... tratan de ampliar el perímetro de su ciudad y someter a su control a las ciudades vecinas. La aparición del bronce latino de Contrebia Buscar voz... expresa bien a las claras la persistencia de la nominación gentilicia (en la que, no obstante se expresa ya siempre la filiación: otro rasgo más que indica cómo las normas de convivencia basadas en la individualidad familiar se van imponiendo) en una auténtica ciudad, cuya importancia y esfera de influencia debió de ser muy considerable, si atendemos a las acuñaciones de bronce, a las importantes fuentes epigráficas salidas a la luz o al interesantísimo complejo arquitectónico, de carácter religioso, que las campañas llevadas a cabo por A. Beltrán exumaron a principios de los años 80. El caso de Contrebia Belaisca (en la actual Botorrita Buscar voz...) expresa, pues, de manera bien manifiesta la impropiedad de establecer una educación reductora entre onomástica gentilicia e inexistencia de organización poliada.

Así pues, nos encontramos ante unas formaciones sociales arcaicas, pero caracterizadas por la clara y progresiva imposición (naturalmente, acelerada en el proceso de romanización posterior) de las estructuras urbanas, en régimen de ciudades-estado. La arqueología, las fuentes literarias, las acuñaciones de monedas indígenas, prueban a las claras la existencia de numerosos centros de habitación con unas funciones (políticas, administrativas, económicas y de servicios, culturales en suma) que los definen ya como verdaderas ciudades. En este marco, es sobre todo la arqueología la que manifiesta una jerarquización del hábitat, con unos centros cabecera de territorios y otros, menores en extensión y en población (con una funcionalidad variable, según los casos, entre la militar y la predominantemente económica), que parecen depender de ellos (la misma jerarquización muestran las fuentes literarias, a través de una variada tipología terminológica referida a las ciudades o centros mayores (civitates, poleis, urbes) y a núcleos de menor entidad (oppida, arces, castella, etc).

La documentación a nuestro alcance distingue ya en este período diferenciaciones sociales claras, a juzgar por los diversos tamaños y estructuras de las casas de los poblados. Igualmente, las numerosas marcas existentes en diferentes objetos cerámicos atestiguan la realidad de la propiedad privada (desgraciadamente, sin embargo, son muy escasos los datos que proporciona la arquitectura funeraria: las necrópolis, indicadoras como ningún otro elemento de las igualdades o desigualdades sociales existentes, se reducen a algunas sepulturas mal conservadas en nuestro ámbito).

A la jerarquización social acompaña una jerarquización política, de las que algunos testimonios literarios dan evidencia. Polibio Buscar voz... y Tito Livio atestiguan la existencia de reyezuelos (reguli) en el área ibérica, a través de las figuras de los caudillos ilergetes Indíbil Buscar voz... y Mandonio Buscar voz..., a la cabeza de un pueblo entonces en constante expansión, aglutinador de la resistencia indígena contra Roma. Del relato de Livio se deduce la existencia de tribus, de una asamblea popular y de una cohorte (comitatus) que acompañaba a los caudillos ilergetes. Por lo que respecta al área celtibérica diversas fuentes testimonian la existencia de senados indígenas —ya a principios del siglo II a.C.—, entre ellas el bronce de Contrebia Buscar voz..., que señala la presencia de un magistrado supremo, al que se llama «pretor» según la interpretación romana. Al lado de ese órgano colegiado (en el que entraban a formar parte sólo un número reducido de ciudadanos) existía una asamblea popular, de carácter democrático, de la que toda la población masculina y útil formaba parte. La asamblea ratificaba normalmente las decisiones del consejo de notables, aunque no faltaron casos —como el de Belgeda que nos cuenta Apiano Buscar voz...— en que se opusiera frontalmente a las mismas, o iniciara una acción sin tener en cuenta a aquél.

• Bibliog.: Fatás, G.: «La polis indígena», en Homenaje a Tuñón de Lara, vol. I, Universidad Internacional Menéndez Pelayo, Madrid, 1981.

 

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