Estás en: Página de voz
  • Aumentar tamaño letra
  • Reducir tamaño letra
  • Imprimir página
  • Guardar voz
  • Añade a tu blog
  • Buscar noticias
  • Buscar en RedAragon

Sociedad romana

Contenido disponible: Texto GEA 2003  |  Última actualización realizada el 26/05/2009

(Hist. Ant.). Antes de abordar el tema resulta necesario plantearse una reflexión que no por tópica resulta menos fundamental. Es ésta la inexistencia de la realidad que conocemos como Aragón en la Antigüedad, más concretamente antes de la Edad Media. El único sentido que puede revestir el término «Aragón» en la Antigüedad es la designación del espacio territorial en el que luego se asentó: esto es, las actuales provincias de Huesca, Zaragoza y Teruel. Durante el período romano estas tierras quedaron integradas en unidades administrativas superiores que, en unos casos, agrupaban además otras tierras (Convento Jurídico Cesaraugustano Buscar voz..., Hispania Citerior Buscar voz...) o, en otros, las seccionaban (así en el Bajo Imperio, mientras la mayor parte de Aragón seguía integrada en la provincia Tarraconense, parte de las tierras turolenses quedaban englobadas en la provincia Cartaginense).

En segundo lugar, hay que señalar que la escasez documental que padecen estas tierras durante el período romano, o más precisamente durante el Alto Imperio (siglos I a II d.C.) que es el que aquí en esencia se aborda, es tan manifiesta que permite tan sólo la presentación de una serie de datos aislados, cuya integración es casi únicamente posible intentando confirmar con ella fenómenos mejor conocidos contemporáneamente en otros lugares de características semejantes. De esta forma son abordables las parcas fuentes que han subsistido: una cincuentena de citas literarias, algo más de un centenar de inscripciones latinas, la actividad de seis cecas (en funcionamiento entre mediados del siglo I a.C. y mediados del siglo I d.C. a grandes rasgos) y la abundante y siempre en aumento, pero de utilización limitada, información arqueológica.

Finalmente, conviene precisar el marco cronológico a estudiar. Se inicia aquí hacia el cambio de era, momento en el que el fenómeno que conocemos como romanización Buscar voz... se halla esencialmente concluido o fundamentado, y termina con la crisis de la sociedad altoimperial a lo largo de los siglos III y IV d.C., que da lugar a nuevas estructuras, sobre las cuales nos encontramos peor documentados y acerca de cuyos fenómenos característicos puede encontrarse información en otros lugares (orígenes del Cristianismo Buscar voz..., concilios Buscar voz..., visigodos Buscar voz...).

Uno de los rasgos definitorios de la sociedad romana, como de la mayor parte de las culturas clásicas mediterráneas y especialmente de la helena, es su carácter urbano. La ciudad constituye el marco básico de las actividades administrativas, políticas, culturales y religiosas, el centro ordenador de la producción y distribución de bienes y el lugar esencial de consumo de los mismos. Hasta cierto punto puede considerarse al Imperio Romano como una enorme federación de ciudades semiautónomas, dependientes de Roma en gran medida, pero autónomas en muchas esferas, de proyección esencialmente local, de las que dependía íntimamente un área rural de proporciones variables, relativamente integrada con el centro urbano. Es coherente, por lo tanto, que una de las actividades fundamentales del fenómeno romanizador fuera la creación, allí donde no las hubiera, de ciudades (la urbanización Buscar voz... es, pues, un primer paso hacia la romanización) o bien la transformación pertinente de los centros urbanos, si ya existían. El instrumento esencial de este proceso fueron los municipios Buscar voz... y colonias Buscar voz..., es decir la conversión de los centros preexistentes en romanos (medida generalmente aplicada en áreas de romanización intensa) o la creación de nuevos núcleos con población alógena de ciudadanía romana Buscar voz... (o latina).

A su llegada a estas tierras, Roma encontró en algunos lugares una trama urbana indígena, especialmente en el valle medio del Ebro, que modificó en función de sus necesidades o de la actitud, amistosa u hostil de la población. En cualquier caso, en el siglo I d.C. esta zona contaba con una red urbana de carácter romano relativamente extensa: dos colonias (Caesaraugusta Buscar voz... y Celsa Buscar voz...), tres municipios de Derecho romano (Osca Buscar voz..., Turiaso Buscar voz..., y Bilbilis Buscar voz...), dos de Derecho latino (Osicerda Buscar voz... y Leonica Buscar voz...) y una serie de ciudades estipendiarias, es decir, indígenas y dependientes, que, sin lugar a dudas, con el paso del tiempo fueron adoptando las costumbres e, incluso, instituciones romanas, hasta llegar en algunos casos a convertirse en municipios (Iaca Buscar voz..., Arcobriga Buscar voz..., Bursao Buscar voz..., Gallica Flauia Buscar voz..., Labitolosa Buscar voz..., Grallia, etc.).

Una de las contradicciones más importantes de la sociedad romana es, pues, la oposición entre ciudadanos y no ciudadanos o peregrini (extranjeros; ciudadanía romana Buscar voz...). Estos últimos no sólo estaban privados de los beneficios de la ciudadanía romana, sino que además debían pagar a Roma un tributo por las tierras que cultivaban (pues éstas, por el derecho de conquista, pertenecían a Roma, que se las cedía sólo en usufructo) y tenían una autonomía muy limitada. Sin embargo, esta contradicción tendió rápidamente a desaparecer a través, sobre todo, de dos hitos fundamentales: la concesión, probablemente en 71 d.C., por Vespasiano, del Derecho latino a los hispanos y la promulgación de la Constitutio Antoniniana, por Caracalla, en 212. Por la primera, probablemente, muchas de las comunidades indígenas pasaron a ser consideradas como municipios, cuyos magistrados (quizá también los decuriones Buscar voz...) se convertían automáticamente en ciudadanos romanos. Esta medida debe responder fundamentalmente al avanzado estado de romanización en el que se encontraba la Península (especialmente la Bética, la costa oriental y el valle medio del Ebro) a mediados del siglo I d.C. La decisión de Caracalla a comienzos del siglo III implicaba la concesión de la ciudadanía romana a la casi totalidad de los habitantes libres del Imperio, en un momento en el que las estructuras sociales experimentaban una serie de mutaciones que anuncian la situación dominante durante el Bajo Imperio, en la que las oposiciones ciudadano-no ciudadano y libre-esclavo, van a ser subsumidas por la contradicción rico-pobre o, si se quiere, honestiores-humiliores.

Otro rasgo típico de la sociedad altoimperial lo constituye la oposición entre libres y esclavos, es decir la existencia de un amplio sector de la población reducido jurídicamente al estado de «cosa», de propiedad privada de otra persona. Este fenómeno difundido en el mundo romano desde el siglo III a.C., está plenamente vigente durante el Alto Imperio y perdurará, con variaciones de intensidad, durante la época del «Imperio Cristiano».

Hasta qué punto estuviera difundida la mano de obra esclava en las actuales tierras aragonesas o cuál fuera el lugar que ocupaban en la producción son extremos difíciles de precisar con los datos disponibles (esclavitud Buscar voz...). Queda constancia, sin embargo, de su existencia a través de testimonios epigráficos, desde luego no muy numerosos, y habitualmente de forma indirecta, es decir no mencionando directamente al esclavo (es excepción el epígrafe cesaraugustano sobre una conducción de plomo que menciona a un esclavo público de la colonia), sino a través de la presencia de ex esclavos, esto es libertos Buscar voz..., como ocurre en las Cinco Villas, en Celsa o Bilbilis de forma segura, y probablemente en otros lugares donde aparecen inscripciones con nominaciones que incluyen elementos griegos, signo frecuente de origen servil, o bien de carácter uninominal (así el horrearius —encargado de un almacén de grano— Hyacintus, aparecido en una inscripción cesaraugustana). La presencia de estas inscripciones en áreas urbanas sobre todo no implica que el fenómeno fuera esencialmente de este carácter, sino la mayor facilidad que en las ciudades había para la expresión epigráfica y, en todo caso, el trato más favorable que los esclavos recibían en los centros urbanos, donde realizaban tareas menos duras y mantenían una relación más próxima con sus amos, pudiendo disponer más fácilmente de un peculio propio y cierta independencia personal que les permitía, en ocasiones, sufragar el gasto de una inscripción.

Hay que suponer que la esclavitud experimentara en esta zona una evolución semejante al resto de la parte occidental del Imperio, en la que, desde el siglo III d.C., tiende a producirse una igualación, superando diferencias jurídicas, entre los sectores populares de la población con la difusión de formas de dependencia menos estricta, como el colonato, y con la reducción de las demás oposiciones a una fundamental, como ya se ha dicho, entre ricos y pobres, si bien la institución esclavista nunca desapareció y está bien atestiguada en Hispania en época visigoda y musulmana.

Otra importante realidad altoimperial la constituyen los ordines; senatores y equites. Estos dos grupos, que constituían la cúspide de la sociedad romana republicana, basaban su riqueza, los primeros, en la propiedad de grandes extensiones de tierra, y los segundos, además de esto, en el comercio y los negocios en general. Sin embargo su dedicación pública era radicalmente diferente; al margen de que ambos participaran en el ejército, si bien de forma distinta, los senadores monopolizaban las magistraturas y la política, mientras que los equites o caballeros sólo podían participar en la cosa pública de forma marginal: con el arrendamiento de la recaudación de impuestos, de la construcción de obras públicas, del aprovisionamiento del ejército de la explotación de las minas, etc.

Sin embargo, el advenimiento del Imperio modificó la composición de ambos estamentos, que fueron orientados por el emperador al servicio del Estado o de la administración imperial. Además, se fijaron las condiciones de acceso a ambos ordines y las funciones que a ellos correspondían, asignándoles carreras relativamente estrictas y diferentes para ambos. Para acceder al ordo senatorial o ecuestre era necesario no sólo poseer un censo mínimo (un millón y cuatrocientos mil sestercios respectivamente), sino, además, que el emperador inscribiera a los aspirantes en las listas correspondientes, con lo cual el control de ambos estamentos quedaba totalmente en manos del César. Aparte de las funciones militares (que siguieron siendo diferentes para ambos ordines), sus carreras quedaron estrictamente reguladas: los senadores se dedicaban al ejercicio de las antiguas magistraturas y a la gestión de los bienes propiamente estatales, al margen de servir en ocasiones directamente al emperador. Los caballeros se consagraban esencialmente a la administración imperial (el emperador poseía inmensos recursos y propiedades y, además, dependían directamente de él un buen número de provincias, entre ellas Hispania Citerior Buscar voz...). Los equites constituían también la cantera de la cual el emperador reclutaba habitualmente a los senadores. Así como el ordo ecuestre presentaba ya a comienzos del Imperio una composición relativamente heterogénea, el ordo senatorial, que, inicialmente, estaba formado sobre todo por romanos e itálicos, tendió con el tiempo a diversificarse, dando entrada progresivamente a elementos de origen provincial: a los occidentales (y entre ellos a los hispanos) a partir de fines del siglo I d.C. y a los orientales y africanos a partir del siglo II d.C.

A pesar de que es muy probable que esta zona de la Citerior tuviera entre sus hijos a algunos equites y, quizá, senadores, hasta ahora ha sido imposible identificar con seguridad a ninguno; los individuos de rango ecuestre y origen desconocido que aparecen en inscripciones de Tarraco y a los que se ha querido hacer cesaraugustanos, aunque, efectivamente, podrían tener este origen, también podrían proceder de otros lugares. Más probable parece que fuera de orden ecuestre el individuo enterrado en el mausoleo de Sofuentes Buscar voz... o que alguno de los decuriones que alcanzaron el flamonio provincial en Tarraco (religión romana Buscar voz...), de los que se hablará más adelante, alcanzaran ulteriormente el rango de caballero.

La capilaridad existente entre el ordo ecuestre y el senatorial, con la promoción de los caballeros más destacados al estamento superior, era mucho más notoria entre las oligarquías municipales y los equites. Este doble fenómeno conforma a este estamento como un grupo abierto y dinámico que servía de puente entre la aristocracia imperial y las sociedades provinciales. Los miembros más importantes de éstas, tanto descendientes de las aristocracias indígenas o de emigrantes itálicos como hombres nuevos de extracción popular, se agrupaban en cada municipio o colonia en el autodenominado ordo decurionum. Éste no constituía tal ordo a escala imperial, sino tan sólo de forma local. Es decir, el emperador no había fijado para ellos una carrera administrativa dedicada al Estado, ni debía incluirlos en lista alguna, ni les daba una consideración colectiva al margen de su comunidad (al menos hasta época bajoimperial). Sin embargo, la relativa homogeneidad de las oligarquías locales, la necesidad práctica, si no teórica, de un censo aproximado de cien mil sestercios, su carácter de vivero del ordo ecuestre y su acusada romanidad son factores, todos ellos, que dan a este grupo una relevante personalidad y coherencia y que permiten su consideración como un ordo, si bien de forma laxa.

De manera estricta los decuriones constituían el Senado Local, la asamblea de notables, a la que se accedía tras el ejercicio de una magistratura municipal, si se cumplimentaban los requisitos de fortuna y honradez exigidos. Pertenecían a las familias más importantes y ricas de la comunidad, cuya fortuna estaba generalmente basada en la propiedad de la tierra, sin descontar que en centros especialmente dinámicos pudieran dedicarse al comercio o a los negocios en general. Pero, además, otros dos rasgos les caracterizaban. Por un lado, hay que destacar su dedicación a la cosa pública, que se verificaba no sólo a través de las magistraturas (que no eran remuneradas sino más bien gravosas), sino también mediante una amplia política evergética, esto es de concesión de libertades (liberalitas) a sus expensas, como erección de edificios públicos o monumentos que embellecieran su ciudad, repartos de grano en años de escasez, asunción de gravosas embajadas para defender los intereses de la comunidad, etc. Es un grupo orgulloso de si mismo y profundamente romano, preocupado por la cultura, que no duda en enviar a sus hijos a Roma o a otros centros provinciales para completar su educación, y cuyos miembros rivalizan entre sí (o con los de comunidades vecinas) por mostrar su generosidad hacia su ciudad a cambio, simplemente, del reconocimiento público de su liberalidad a través del prestigio que con ello adquieren o, más materialmente, por su plasmación en una inscripción que, en un lugar público, atestiguara dicho reconocimiento.

A pesar de que este es el grupo del que, con mucho, más testimonios han perdurado hasta la actualidad en Aragón, su conocimiento en esta zona dista mucho de ser profundo. Gracias, sobre todo, a su actividad como magistrados monetarios Buscar voz..., al asociar su nombre a las monedas que acuñaba su ciudad junto con la magistratura que ostentaban, han sobrevivido los nombres de algunas de las familias decurionales de los municipios de esta zona (por supuesto de aquellas comunidades que acuñaron moneda y además incluyeron los nombres de los magistrados encargados de la emisión o que con su presencia avalaban la justeza de la misma): así los Cecilios de Caesaraugusta, Turiaso y Bilbilis, los Sempronios de Turiaso, Bilbilis y Celsa, los Cornelios y Pompeyos de Bilbilis y Celsa, los Marios de Turiaso o los Elios de Osca, cuyos miembros aparecen con frecuencia como magistrados municipales. Queda también memoria de estas familias en los numerosos e importantes mausoleos funerarios que se concentran en las Cinco Villas y en el Bajo Aragón, sobre todo. Por el lugar en el que aparecen, así como por menciones de otro tipo (en Caesaraugusta, las menciones a horrea o almacenes de grano) puede deducirse que una de las bases de la riqueza de estas familias era el cultivo de cereales a gran escala. Así, conocemos a los Emilios de Fabara, a los Fabios de Chiprana, quizá a unos Porcios en Dehesa de Baños, los Atilios de Sádaba y Uncastillo, y el probable eques enterrado en el mausoleo de Sofuentes, monumentos datables en su mayoría en el siglo II d.C.

Muchos de los miembros de estas familias ponían sus ojos en su promoción al ordo equester, en la que, al menos en Hispania Citerior, jugaba un papel fundamental el ejercicio del flamonio provincial, es decir el sacerdocio encargado, en nombre de la provincia, del culto al emperador, que se desempeñaba en la capital, Tarraco. Por esto muchos decuriones se trasladaron a esta ciudad para proseguir su carrera. Llegaron al flamonio, además de obtener los máximos honores en sus ciudades (generalmente tras una etapa en Caesaraugusta, capital del convento): Valerio Capeliano, damanitano que obtuvo la ciudadanía cesaraugustana, al igual que el graluense Sempronio Capitón, o Porcia Materna, osicerdense, casada con un personaje importante de Tarraco.

Ilustrativo de la romanidad de estas gentes desde otro punto de vista resulta el caso de Marcial Buscar voz... (38/41-104 d.C.), oriundo de Bilbilis (al parecer de una familia relativamente humilde), pero que vivió en Roma entre 64 y 98, donde desarrolló con gran éxito su obra poética como epigramático. Sólo volvió a su ciudad natal al final de su vida, añorante, cansado del ajetreo de la capital del Imperio y quizá movido por las turbulencias políticas de fines del siglo I, en las que se vio mezclado por su afección al, recientemente asesinado, emperador Domiciano. Una vez en Bilbilis, su añoranza por Roma fue mayor, si cabe, que la que antes sintiera por su patria celtibérica. En Marcial puede apreciarse ese amor por Roma, característico de los decuriones y provinciales ilustrados, a la que consideraban como su patria principal (hecho jurídicamente cierto, pues gozaban al mismo tiempo de la ciudadanía romana y de la de su municipio). Por Marcial conocemos casos semejantes: el del también bilbilitano Materno, jurisconsulto de moda en Roma, y el del abogado Liciniano, quizá igualmente oriundo de Bilbilis. Podría citarse en el mismo sentido al poeta calagurritano Quintiliano.

Poca cosa puede decirse del resto de los grupos sociales, acerca de los cuales apenas quedan testimonios. Al margen de lo dicho sobre esclavos y libertos, puede señalarse la presencia indudable de una plebe urbana y rural, dedicada a los oficios artesanales y al pequeño comercio, la primera, y al cultivo de la tierra, en condiciones ciertamente más duras, la segunda. Conocemos también casos de emigración, en algunas ocasiones por razones del servicio en las legiones (cesaraugustanos en Extremadura, Roma o Kostolatz, Yugoeslavia) y en otros por razones desconocidas (bilbilitanos en Burdeos y Arlés, un rico turiasonense en la misma Burdeos, etc.).

A partir del siglo II d.C. estas tierras experimentaron fenómenos similares a los del resto de la parte occidental del Imperio. Desde el siglo II pero, sobre todo, desde el III una progresiva ruralización paralela a la inestabilidad política se dejó sentir en la zona. A ella sobrevivieron relativamente ciudades como Osca, Turiaso o Caesaraugusta, beneficiadas, sin duda, por su carácter de sedes episcopales, pues desde el siglo III el Cristianismo Buscar voz... había hecho su aparición. En el siglo IV debieron de desarrollarse las transformaciones sociales más arriba apuntadas que, con la penetración de los germanos y el debilitamiento de las estructuras estatales, contribuyen a conformar ese período de personalidad propia (que en la Península llega hasta 711), que conocemos como Antigüedad tardía.

 

Monográficos

Aragón en la Época Romana

Aragón en la Época Romana

Aragón perteneció al Imperio Romano. Conoce como lo vivieron los aragoneses.

Imágenes de la voz

Vista de Celsa (Velilla d...Vista de Celsa (Velilla de Ebro)

Murallas romanas de Zarag...Murallas romanas de Zaragoza

Yacimientos y restos roma...Yacimientos y restos romanos

Inscripción de Plodio Fla...Inscripción de Plodio Flacco y Cor...

Categorías relacionadas

Categorías y Subcategorías a las que pertenece la voz:

 

© DiCom Medios SL. C/ Hernán Cortés 37, 50005 Zaragoza
Inscrita en el Registro Mercantil de Zaragoza, en inscripción 1ª, Tomo 2563,
Seccion 8, Hoja Z-27296, Folio 130. CIF: B-50849983

Información Legal

NTT