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Religión romana

Contenido disponible: Texto GEA 2003  |  Última actualización realizada el 25/01/2010

La religión romana tal como llegó a la Península Ibérica en el siglo III a. C. era ya fruto de un fuerte sincretismo entre varios componentes. Por una parte, en su origen, los viejos cultos latinos y sabinos que responden a una base típicamente mediterránea, se relacionan con las divinidades telúricas de fecundidad (Saturno, por ejemplo, que en la mitología romana será destronado por su hijo Júpiter). Por otra, la religión indoeuropea, a la que debe los rasgos más arcaicos como son el culto a las piedras (Terminus), árboles (higuera Ruminal), y que está dominada por la tríada Júpiter-Marte-Quirino, acomodada a la división funcional de las sociedades indoeuropeas: actividad directora, guerrera y agricultora, respectivamente.

Sin embargo, a simple vista, son de mayor importancia los aportes griegos, que a través del mundo etrusco llegan a la religión romana muy tempranamente. A esta influencia doble obedece la sustitución de la antigua tríada por la de Júpiter-Juno-Minerva, que recibe culto en Roma en el templo más importante, existente ya en el año de fundación de la República romana (509 a. C.) e iniciado por los monarcas etruscos en el período inmediatamente anterior. En dicha tríada se observa la asimilación de las divinidades romanas a las griegas, ya que Juno, divinidad clónica, se identifica con la Hera griega; y Minerva, diosa de las artes y artesanos lo haría con Atenea. Los dioses latinos se transforman por la influencia grecoetrusca: Liber deja su lugar a Baco, dios del vino; Ceres, la diosa madre (ligada posteriormente al comercio del grano entre Roma, la Magna Grecia y Sicilia) deviene Démeter, diosa de los cereales y de los cultos mistéricos, celebrados en Eleusis (Grecia).

El pueblo romano es muy ritualista, observa fielmente la regularidad ceremonial, aunque haya olvidado prácticamente las justificaciones míticas y teológicas. En el campo ritual Roma recibió una fuerte influencia etrusca: adopción de un calendario que pone en relación los días sagrados (fasti) con los primeros días de los meses (Kalendae); imposición de varios ciclos dedicados a dar culto a diferentes divinidades: ciclo guerrero, ciclo agrícola..., y sobre todo la ciencia de la interpretación de las señales divinas a través de la toma de auspicios (lectura de las vísceras de los animales sacrificados, interpretación del vuelo de las aves).

Con el segundo helenismo, del siglo III a.C. —momento en que Roma toma contacto directo con los griegos del sur de Italia, a través de sus campañas militares y conquistas territoriales—, se iniciaron las importaciones a Roma de dioses orientales de naturaleza mistérica, fenómeno que tendrá larga vida en el mundo imperial, aunque en un principio provocó la reacción de los medios más conservadores. Por esta razón, los últimos siglos de régimen republicano en Roma conocen la decadencia de los cultos tradicionales en favor de los alejandrinos (Isis, Osiris y Serapis) y —aunque exclusivamente entre las clases cultivadas— del desarrollo de sistemas filosóficos como el estoicismo y el epicureísmo, todo lo cual orienta en cierto modo hacia el misticismo.

Estas religiones orientales, casi todas de misterio, comportan ceremonias de iniciación, purificación y exigencias de vida determinadas, lo cual se contraponía a la mentalidad greco-romana, acostumbrada a aplacar las iras de los dioses mediante la mera realización de un rito adecuado. Contra estos sistemas no podía competir la vieja religión basada en pequeñas creencias sin explicación alguna, fundadas en la transmisión generacional y en la observancia de ritos, ceremonias y fórmulas puramente exteriores.

Al asumir la jefatura del Imperio, Augusto Buscar voz... se propuso una restauración en el plano religioso que suponía la vuelta a la antigua tradición y el rejuvenecimiento de cultos antiguos, a la vez que intentaba contemporizar con ciertos cultos extranjeros. El mismo emperador ocupó viejos sacerdocios, que desde hacía tiempo estaban en desuso, como el de flamen Dialis (consagrado al culto de Júpiter) o el de Rex Sacrorum (heredero de las funciones sagradas de los antiguos reyes romanos). Además, Augusto se sirvió de las grandes virtudes estoicas (Virtus, Clementia, Iustitia, Pietas), como medio de propaganda política, al asimilarlas a su misma persona o a las de sus familiares, con el epíteto frecuente de Augusta.

De esta forma, el primer emperador puso los fundamentos de la religión de Estado, la religión imperial, al basar su poder sobre principios religiosos y dando al príncipe (princeps es el título que llevan los primeros emperadores romanos ya que se les considera los primeros entre los ciudadanos) un valor sagrado. Los antecedentes orientales y las influencia estoicas sirvieron de preparación para admitir la divinización de los mortales. La evolución llevó finalmente a la elaboración de un verdadero culto imperial, concebido y organizado de modo original, ya que a los emperadores se los concebía marcados de un carisma especial, que tras la muerte les hacía susceptibles de apoteosis divina.

La religión romana en Hispania comienza efectivamente con la conquista. Los romanos respetaron los cultos indígenas Buscar voz..., pese a lo cual, paulatinamente, se fue evolucionando hacia una asimilación de los dioses indígenas en los principales dioses romanos. Este fenómeno se denomina interpretatio Romana y significa que, en muchos casos, la alusión a un dios conocido esconde el culto a una deidad indígena de características semejantes.

El culto que, al parecer, gozó de mayor predicamento fue, desde los inicios de la época imperial, el culto al emperador, que era ante todo una religión política ejercida por los provinciales, mayormente de origen itálico, que formaban la élite municipal; vinculado a los núcleos urbanos, el funcionamiento de este culto proporcionó a los miembros del gobierno de las ciudades la posibilidad de escalar puestos y llegar a los cargos imperiales dependientes del príncipe.

Divinidades romanas oficiales fueron objeto en general del culto provincial, pero especialmente las que habían sido apoyadas por Augusto. Es frecuente el culto a la diosa Roma, a la tríada capitolina (sobre todo en las zonas rurales, donde denotan la presencia de contingentes militares Buscar voz...), a diversas abstracciones divinizadas (Pietas, Fortuna...), los genios (espíritus protectores de personas, ciudades, edificios...) y los dioses de ultratumba, entre otros.

En el área que actualmente ocupa Aragón la documentación demuestra un proceso paralelo al del resto de la provincia. La diosa Diana recibió culto en dos ciudades según indican las inscripciones que se le dedicaron en Albarracín Buscar voz... y Velilla de Ebro (Celsa Buscar voz...). Diana fue originalmente una diosa de la naturaleza muy relacionada con los bosques y las aguas, pero cuando Roma se puso en contacto con el mundo griego helenístico asimiló los caracteres de la Artemis helenística, adquiriendo un sentido funerario.

En Caesaraugusta Buscar voz... parece que hubo un templo dedicado a Fortuna, deidad típicamente romana, que personifica lo imprevisto, pudiendo ser funesta o favorable. Hércules, patrón del mundo de los negocios y el comercio también recibió culto en esta ciudad, como era lógico en un nudo de comunicaciones que no debió de ser olvidado por los mercaderes.

El culto de Tutela y de los genios fue muy frecuente en la Península: en Alhama de Aragón Buscar voz... se halló una advocación al «dios Tutela genio del lugar» y en Zaragoza, al parecer un ex esclavo encargado del cuidado de unos graneros, intentó ahuyentar a los ladrones «otra clase de protección» por medio de la sacralización de los mismos, es decir, dedicándolos al «genio tutelar».

Los llamados dioses Manes, o dioses de ultratumba, tuvieron gran acogida entre el pueblo, y así, era normal que al morir apareciese en la lápida mortuoria la advocación a los dioses Manes del difunto. Inscripciones de este tipo se han encontrado en Zaragoza, Sofuentes Buscar voz..., Uncastillo Buscar voz..., Tarazona (Turiaso Buscar voz...), Huesca (Osca Buscar voz...), Calatayud (Bilbilis Buscar voz...), La Iglesuela del Cid Buscar voz..., etc., siendo uno de los tipos de inscripción más frecuente en el mundo romano de época imperial.

Toda familia, asociación de individuos, ciudad, conventus o provincia era competente para organizar determinados cultos que iban desde la esfera privada a la pública imperial. La escasez de ingresos municipales, fundada en un deficitario aparato fiscal y en una concepción muy distinta a la nuestra de las cargas sociales, era motivo de que los particulares, por medio de contribuciones libres u obligatorias, supliesen la falta, elevando templos, altares para uso de la comunidad y propio prestigio social.

Los cultos de ámbito familiar tenían por sacerdote al padre (paterfamilias) y se dirigían primordialmente a los llamados dioses Lares. Todo tipo de asociación o cofradía asumía una organización semejante a la de los municipios, con sus magistrados, sacerdotes y patrón divino. Tanto colonias como municipios controlaban un territorio dentro del cual podían existir otros núcleos urbanos; sin embargo, en el centro político y administrativo se encontraba también el centro religioso. El pueblo se reunía en asambleas (comicios), en las que elegía a los sacerdotes, que nunca eran profesionales; estos sacerdocios se organizaban fundamentalmente en dos colegios: el de los pontífices, con tres miembros, y el de los augures, con un número igual de titulares. Los sacerdotes tenían carácter vitalicio; ejercían sus funciones en los cultos a la tríada capitolina, Venus y demás divinidades romanas que recibiesen culto dentro del área de la ciudad.

Los pontífices de los municipios Buscar voz... podían ser a la vez sacerdotes del culto imperial, aunque frecuentemente eran los flamines los encargados específicos de estas tareas. En Hispania el culto al emperador revistió un carácter particular, ya que encontró terreno abonado en la costumbre local de la devotio ibérica Buscar voz.... Esta tradición se fundaba en la creencia religiosa según la cual ciertas divinidades aceptarían, en caso de necesidad, la muerte del que formulaba la devotio en lugar de la del jefe. En el origen del culto imperial está presente también la relación de clientela, puramente romana, a la que se añadió la influencia oriental de la apoteosis regia.

El objeto de dicho culto son las virtudes y dioses «augustos», teniendo en cuenta que todos los dioses romanos podían serlo y todas las virtudes estoicas podían ir acompañadas del epíteto de «Augusta». Del mismo modo, el Genio (fuerza sobrenatural individual creadora y actualizadora) y el Numen del emperador (voluntad creadora), los divi (emperadores muertos y divinizados), el emperador vivo, Roma y la domus Augusta (familia del emperador) eran incluidos en las honras oficiales y, a veces, en el culto doméstico.

En Zaragoza se dio culto a la Pietas Augusta en un templo elevado en el año 33 d.C. La pietas implicaba pureza y espíritu religioso, y, debido a la propaganda imperial, tendía a identificarse con el espíritu de la familia. Según A. Beltrán, bajo esta advocación más o menos velada se honraba a Livia Buscar voz..., esposa de Augusto y madre de Tiberio Buscar voz....

En Huesca, relacionándose con el culto a los emperadores, se documenta la existencia de un colegio de «seviros augustales Buscar voz...». El sevirato era uno de los honores más ambicionados por los libertos Buscar voz..., ya que les daba un rango elevado y, sobre todo, posibilidad de promoción. El honor del sevirato venia a ser el símbolo de nobleza para el liberto, ya que ocupaban un lugar de privilegio dentro de la estructura social municipal, por debajo de los decuriones Buscar voz... (miembros de la curia y élite urbana) pero por encima del pueblo llano. Indudablemente el sevirato, que comportaba también el pago de la suma honoraria (magistrados municipales Buscar voz...) y la actividad constructora, era ejercido por libertos enriquecidos. Se trataba de un grupo social netamente urbano y propio de áreas plenamente romanizadas, encargados de celebrar ceremonias sagradas en honor de los emperadores. Puede que hubiese también seviros en Turiaso, aunque no es seguro.

La Victoria Augusta recibió culto en Osca por medio de esta cofradía de seviros. Se trata de una abstracción de gran importancia en la ideología de la religión del Estado, ya que significa la victoria que sigue al emperador. Conforme a la concepción romana tradicional, la fuente de la actividad para los jefes y la fuerza en el combate residen en este principio transcendental que es la «Victoria». La mística de la victoria imperial parte de Augusto y en Hispania, ligada al nacimiento del culto imperial gozó de gran predicamento entre libertos y seviros augustales.

El sacerdote dedicado al culto del emperador era normalmente el flamen, cargo que frecuentemente revestía tras los demás honores que constituían la carrera municipal, siendo pues la culminación de ésta y dando paso en muchas ocasiones al flaminado de un «convento» (convento cesaraugustano Buscar voz...) e incluso de una provincia; en definitiva era el modo de acceder a los cargos ecuestres que dependían del emperador y que suponían el salto del mundo provincial a la administración central. Los flamines eran elegidos por el senado o curia municipal y ejercían su sacerdocio por el espacio de un año, como el resto de las magistraturas, aunque a veces se les podía conceder el flaminado perpetuo, como es el caso de una flamínica de Osicerda, que después de haber sido flamínica de la provincia, fue nombrada flamínica perpetua de Osicerda Buscar voz..., Caesaraugusta Buscar voz... y Tarraco. Se documenta también la existencia de flamines en Labitolosa Buscar voz... (Puebla de Castro) y Osca Buscar voz..., aunque hemos de suponer su existencia en todas las ciudades con régimen municipal o colonial y ciudadanía romana Buscar voz... o latina.

El culto imperial, pues, tuvo ámbito municipal, provincial y, en la provincia Tarraconense, también conventual. El culto conventual tenía su sede en la capital de cada convento, donde debía reunirse la asamblea conventual, que elegiría a sus propios sacerdotes. Objeto de veneración eran, igual que en los municipios, los dioses augustos, el genio y el numen del emperador, Roma, etc.

El «Genio del convento cesaraugustano» tuvo un altar elevado en Tarraco, capital de la provincia, junto al de los otros seis conventos de la Tarraconense. En ocasiones el culto de Genius Augusti se confunde con el de las colonias y municipios, así como con el de los conventos. La asamblea conventual sería la encargada de enviar un sacerdote que se hiciese cargo del cuidado de este altar.

Las flamínicas eran, normalmente, las esposas de los flamines, que ejercían las mismas funciones pero referidas a las divae (mujeres de los emperadores o pertenecientes a las casas imperiales).

Las asambleas provinciales se reunían anualmente en la capital de la provincia, decidían sobre las cuestiones que afectaban a la comunidad provincial, celebraban las solemnes festividades religiosas del culto imperial. La misma asamblea nombraba anualmente al sacerdote del culto imperial provincial. Según Tácito, en el año 15 d. C., muerto Augusto los tarraconenses pidieron a su sucesor Tiberio permiso para construir un templo al emperador fallecido, lo cual, según parece, sentó un precedente que fue seguido por otras provincias. La novedad del culto inaugurado en esta fecha consistía en tratarse de un culto de carácter provincial, institucionalizando un hecho que venía dándose a nivel local y otorgándole, por tanto, un alcance de resonancia mucho mayor.

Los primeros emperadores romanos, herederos de Augusto se mostraron moderados en general en la extensión de este culto, que quedó totalmente organizado en la época de Vespasiano (69-79 d. C.) y tuvo su mayor floración durante el siglo II d. C., que es por lo demás el siglo de oro del Imperio romano.

Con respecto a la arquitectura religiosa no son muchos los restos arqueológicos que se han conservado, aunque en muchas ocasiones habrá que esperar la prosecución de trabajos arqueológicos que previsiblemente multiplicarán la documentación. El más antiguo cronológicamente es el templo Buscar voz... de Azaila Buscar voz..., que debió estar dedicado a Juno, ya que se halló una escultura de bronce que representaba a esta diosa. En Bilbilis también se encontró el perímetro de cimentación de un pequeño templo (8 por 12 metros). Los Bañales (Uncastillo), Huesca y Zaragoza han mostrado restos de más difícil identificación. En el caso de Cesaraugusta las representaciones de templos en las monedas nos han dado a conocer la existencia de dos templos, uno exástilo y otro tetrástilo, ambos sobre la inscripción o leyenda «a la Pietas Augusta», si bien A. Beltrán piensa que el templo tetrástilo estaría dedicado a Augusto en conmemoración de la trigésima tribunicia potestad de Tiberio, en el año 28 a.C.

En conclusión, la religión romana en Aragón sigue las líneas generales de la religión en el Imperio occidental, teniendo una incidencia más importante el culto al emperador durante el alto imperio como reflejo del auge urbano propio de los dos primeros siglos del Imperio.

• Bibliog.:
Varios autores: Atlas de Prehistoria y Arqueología aragonesas, Institución «Fernando el Católico», Zaragoza, 1980 (vol. I), especialmente, G. Fatás, en el apartado «Divinidades y sacerdocios».

 

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