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Religión

Contenido disponible: Texto GEA 2003  |  Última actualización realizada el 29/07/2009

(Folk.). En la vida popular aragonesa la religión interviene en la mayor parte de las actividades, bien sean estrictamente de devoción, fiestas y prácticas individuales o colectivas, a través de los ritos de iniciación o transición, nacimiento Buscar voz..., bautismo, boda Buscar voz... y muerte Buscar voz...; o también mediante supersticiones, creencias Buscar voz..., leyendas Buscar voz..., ritos agrícolas y ganaderos, etc. Un factor importante es el de cristianización de lugares supuestamente relacionados con ritos paganos, tal como ocurre con numerosas ermitas de Santa Quiteria, cuevas convertidas en refugio de santos o anacoretas o simples topónimos explicados por este sistema; otro tema es el de las apariciones, tanto de la Virgen o santos como el hallazgo de imágenes. También las innumerables tradiciones sobre milagros o prodigios, curaciones o protección de cosechas y ganados e intervención de santos en la vida de los diferentes pueblos, transmitidas luego por tradición oral y por escritos largamente difundidos en el siglo XVII.

Las devociones entroncan con las fiestas Buscar voz... de todo tipo, el dance Buscar voz..., los gozos Buscar voz... y otros cantos religiosos Buscar voz..., las procesiones y romerías, y, consiguientemente, con trajes especiales para ir a la iglesia o a determinadas funciones religiosas, así como con la creación de objetos de devoción y de actividades sociales como cofradías, hermandades y asociaciones con vertientes económicas y de administración común. Montañas, ríos, cuevas, bosques y lugares de especial significación se han fundido a veces con sentimientos o ritos religiosos, olvidándose su primer sentido. Las supersticiones se añaden, frecuentemente, a las simples costumbres devotas, siendo muy difícil, a veces, separar unas de otras y hallándose versiones populares y deformadas de principios generales. En este sentido pueden ser muy significativos los ritos en relación con la muerte, aparecidos, avisos o presencias de almas en pena y ritos funerarios propiciatorios; casi siempre se relacionan con el diablo y las amenazas de éste sobre los difuntos. Un rito general es el de lanzar o depositar una piedra en el lugar donde ha ocurrido una muerte violenta, tanto a modo de oración como para evitar al caminante la acción nefasta del muerto sobre su persona. La ofrenda del pan de muerto o la de la cera, tienen especial significación en el Pirineo.

El culto a accidentes naturales, especialmente las rocas, era aún anatematizado por la Iglesia en el siglo XI, habiendo quedado algunas influencias, como en las piedras fálicas que remediaban la esterilidad femenina; o las piedras apotropaicas como las de la cueva de Santo Domingo, en Longás (Z.), cuyos fragmentos se repartían entre los presentes, lo mismo que en la ermita de Pintano (Z.). En las montañas se ha situado muchas veces el genio del mal o la vivienda de seres maléficos, como en el Aneto, quizá dedicado al dios Neitin ibérico que figura en la estela Buscar voz... de Binéfar (H.), donde los pastores araneses creían moraba un genio del mal que originaba las tempestades; o bien el Moncayo donde se sitúan leyendas de seres legendarios reproducidos en los relieves del ayuntamiento de Tarazona (Z.), Pierres, Caco y Cesarón, o brujas como la tía Casca; Ballarín ha recogido en el valle de Benasque (H.) leyendas típicas de zonas de montaña, especialmente sobre el aquelarre de brujas del Turbón. En los ritos de protección se hace jugar especial papel a vegetales, bendecidos o no, como la «rosa canina» o gabarrera en Castejón de Sos (H.) o Benasque (H.), cuyo privilegio le viene de haber protegido a la Sagrada Familia durante una tormenta o en la huida a Egipto; o el olivo, preferido para la bendición del Domingo de Ramos, o el laurel; mientras que el roble, el fresno, el abeto o el pino atraían al rayo; en Alquézar (H.), una cruz hecha con ramitas de nogal cortadas antes de que saliera el sol en la mañana de San Juan y colocada sobre la levadura, garantizaba buen pan para todo el año. Del mismo tipo vegetal son los ritos del «mayo» no sólo en la Sierra de Albarracín (T.), sino en todas las fiestas agrícolas de primavera en Aragón.

Las aguas tenían especiales virtudes en el solsticio de verano, con baños o abluciones en la noche de San Juan; las fuentes Buscar voz... intermitentes o no, son alabadas por las propiedades de sus aguas en muchos lugares, como la Gloriosa; del valle de Tena, la Santa de Pineta, la Mentirosa de Frías de Albarracín y, sin duda, la de Alhama de Aragón, antigua localidad romana de Aquae Bilbilitanorum. Los aspectos y fases de la luna y los movimientos de las estrellas se interpretan de modo diverso, como almas errantes o influyendo en las personas. Las antiguas creencias en el diablo, en brujas, y seres análogos, así como muchos elementos de la religión pagana fueron cristianizados aunque las predicaciones no erradicaron totalmente las antiguas creencias que fueron asimiladas, en parte, a las nuevas. En este aspecto se incluyen los viajes legendarios de los varones apostólicos, como el de San Indalecio en Caspe y la predicación tradicional de Santiago en Zaragoza. En el Alto Aragón fue San Úrbez, autor de numerosos milagros en tiempos medievales, como la construcción de puente sobre el río Añisclo, cerca de la cueva donde se refugió cuando huyó de Francia, en el valle de Vio, aunque antes había atravesado el cañón tendiendo su cayado y pasando sobre él. La ermita de San Adrián y la Virgen en el monte Turbón fue erigida por un monje de San Victorián al santificar aquel lugar de brujas a principios del siglo XII. En el siglo IX comenzaron a surgir los monasterios ribagorzanos como el de Santa María de Alaón en Sopeira y entre todos interesa especialmente el de San Juan de la Peña, magnificando la grandiosa cueva elegida para hacer penitencia por los ermitaños Voto y Félix.

Las devociones populares, partiendo de los factores apuntados, se originan, esencialmente en la Edad Media y a partir del siglo XV, con factores como el mozarabismo y las apariciones del siglo XIII a personas sencillas que crearon numerosos cultos. En el siglo XVI se introdujeron las grandes devociones nacionales, comenzando la ampliación de las iglesias, construcciones de ermitas y la introducción de devociones castellanas, cambio de patronos de los pueblos y con la decadencia de Aragón, la intensificación de los milagros y la creación de una extensa literatura piadosa sobre bases tradicionales; la guerra de la Independencia Buscar voz... producirá la apoteosis del culto a la Virgen del Pilar Buscar voz... y el predominio de órdenes religiosas y de nuevas devociones. Es interesante anotar la extensión e intensidad de las dedicadas a la Virgen, aunque podemos singularizar también apariciones de la Santa Cruz, milagros eucarísticos (fundamentalmente el de Daroca Buscar voz...), devociones al Niño Jesús, sobre todo en Zaragoza y en conventos de monjas, a imágenes de Cristo y, con carácter particular, reliquias, tales como de la Cruz, espinas de la Corona y Santos Sudarios. Entre los santos hay apariciones de San Jorge según la leyenda de la batalla de Alcoraz Buscar voz..., de San Miguel durante el asalto de Alfonso I Buscar voz... a Zaragoza, donde luego se edificó la iglesia de tal advocación, de Santa Ana, San Elías, Santa Quiteria, Santa Marina, San Marcos y María Magdalena.

Las reliquias, no siempre de procedencia conocida o segura y, en muchos casos producto de un activo tráfico que conocemos bien por la documentación medieval, en la que los reyes las cambiaban por objetos ricos, tienen algunos ejemplos de singular importancia, tales como el Cáliz de San Juan de la Peña, hoy en la catedral de Valencia y perteneciente durante mucho tiempo al tesoro de los reyes de Aragón; las de Santa Engracia Buscar voz... y los Innumerables Mártires de Zaragoza Buscar voz..., en los osarios de la iglesia zaragozana de tal nombre; la tradición de las Santas Masas Buscar voz...; Santa Orosia en Jaca y Yebra de Basa con ritos de «espiritados»; San Medardo, en Benabarre (H.) con la tradición del buey que huye diariamente hacia el valle de Linares, fijándose en el mismo sitio cada vez, que es precisamente donde está el cuerpo del santo; los santos oscenses Orencio, Paciencia y una larga serie que ahora no enumeramos.

En las devociones a la Virgen existen muchas variedades sobre el origen, hallazgo de la imagen o el lugar y fijación del culto, poseyendo una completa información en la monumental obra del Padre Roque Alberto Faci, Aragón, Reino de Cristo y dote de María Santísima, fundado sobre la columna inmóvil de Nuestra Señora en su ciudad de Zaragoza (Zaragoza, 1739, reimpresa en facsímil en 1979). La mayor parte de las tradiciones marianas aragonesas se inician alrededor de Zaragoza y repiten determinadas constantes: la aparición o informaciones sobre lugar de ocultación de la imagen o relación con personas, se produce a través de gentes sencillas, ingenuas e incluso por medio de irracionales y en escenarios naturales. Se repite varias veces el que la imagen sea obra de anónimos escultores, que van de paso y que sin ser vistos de nadie la esculpen, en poco tiempo, y desaparecen misteriosamente, y esto vale para cualquier tipo de esculturas.

Interés especial tiene la devoción eucarística, aparte de los Corporales de Daroca Buscar voz..., en Aniñón, Andorra, monasterio de Piedra, Fraga, Aguaviva, Mazaleón, Paracuellos de Jiloca, Vilueña, Villanueva de Jalón y Jarque; tradiciones de este tipo entroncan con San Pascual Bailón, nacido en Torrehermosa (Z.), de padres labradores, y se reflejan en los sagrarios en la zona alta de los retablos, donde se exponen las formas permanentemente, como en las catedrales de La Seo y el Pilar y las parroquias de San Pablo y San Miguel, en Zaragoza, o en las de Huesca, Barbastro, Calatayud y Teruel; los prodigios suelen repetir el salvamento de las formas al incendiarse la iglesia o su trasmutación en sangre, en diversas circunstancias, como en Daroca, o en especie, en Aniñón, o con olor a pan caliente y tostado, en Andorra; en el monasterio de Piedra sucede la duda de un clérigo sobre la Eucaristía, como en Bolsena (Italia), o bien se salvan las hostias milagrosamente como en Mazaleón (T.), donde un rayo fulminó el sagrario o en Villanueva de Jalón (Z.), de entre las llamas. En Campillo (Z.), se venera la Sábana Santa y, en muchos lugares, Cristos con especial significación como en Calatorao, en relación con ritos de endemoniados.

En las romerías Buscar voz... existen modalidades según los pueblos, pero en todas coincide el asociar regocijos paganos, bailes y meriendas, y pretextos para la comunicación entre personas de sexos y clases distintas y el ofrecimiento de determinados alimentos, como pan y vino; en Zaragoza la Vieja, cerca de El Burgo, un panetico y vino; en Sancho Abarca de Tauste, culecas o pastas. Con frecuencia acuden a una ermita de pueblos diferentes y, a veces, muy distintos, pero en días separados, como ocurre en la Virgen de Magallón de Leciñena (Z.). En el tema de las Vírgenes Buscar voz... suelen repetirse las circunstancias desde el siglo XVI, unas veces perpetuando viejas tradiciones mozárabes y otras introduciendo imágenes halladas y nuevas advocaciones; así es propia del barrio mozárabe de Zaragoza la devoción de Santa María la Mayor, luego del Pilar; o la de Cogullada, con la bella tradición de una devota que quiere guardar la imagen, pero por su pobreza ha de venderla y la Virgen no se separa de ella; la de Miranda, en Juslibol, conserva la memoria del campamento cristiano durante la reconquista de Zaragoza en Deus lo vol, grito de los cruzados que dio nombre al lugar; o la de la Fuente de Muel, asentada sobre un dique romano del Huerva; o las de Los Palacios en La Almunia o de Tobed. Hay circunstancias que se repiten como las señales prodigiosas para determinar el sitio del escondrijo de la imagen, cifradas en luces, conductas de animales que se inmovilizan en ellos o presencia de arbustos o árboles; la aparición de un pastorcillo, que no es creído al anunciarlo a las gentes de la aldea va pareja al intento de traslación desde el punto de origen a la población, lo que suele repetirse tres veces al volver la imagen de nuevo a donde fue hallada, hasta que se construye allí una ermita. Apariciones de singular interés son las que acompañan a batallas en las que prestan ayuda a los cristianos, como la Cruz de Sobrarbe, San Jorge en Alcoraz, San Miguel en el muro zaragozano, la del Portillo en Zaragoza, la del Castillo en Alagón, la del Castellar en la zona desde donde se planteó el asalto a Zaragoza y la de Media Villa, en Ricla, entre moriscos y cristianos.

En el Alto Aragón las procesiones y romerías pueden recorrer largos caminos y obedecen, a veces, a votos muy antiguos, hechos para librarse de calamidades o epidemias; en Botaya (H.) se cumple uno de fines del siglo XII a San Juan de la Peña; en la de Capella (H.) a Roda van los romeros vestidos con capas, como los de Santa Orosia a Jaca, pero llevan también pesadas cruces y atributos de la pasión y cantan por el camino misereres, no faltando los disciplinantes. Muchas devociones tratan de impetrar la lluvia en época de sequía, como la romería a San Úrbez, desde los más alejados pueblos, o la procesión con la Virgen de las Fuentes de Sariñena. En Huesca es costumbre llevar pesadas banderas de altas astas, que los mozos manejan con fuerza y destreza haciendo alarde de ambas y «cortesías» o inclinaciones frente a las de otros pueblos. El rito del árbol se cumple en la zona de Senegüé (H.) cortando un pino la víspera del Corpus, plantándolo en la plaza y dando la procesión al día siguiente una vuelta a su alrededor, siendo subastado luego para leña a beneficio de quienes lo cortaron, trasladaron, mondaron y encalaron, comprando un cabrito con el producto y guisándolo en una merienda.

Un tipo especial de celebración es el de hogueras Buscar voz..., como las de San Babil en Sigüés (Z.) o las de San Valero en Zaragoza, con bailes a su alrededor (rodat del Bajo Aragón) o asado de patatas, longanizas u otras sustancias en las brasas.

En Tauste se hizo un voto de ayuno absoluto durante un día, ofrecido a San Miguel en 1421 por una plaga de langosta y en 1599 otro a San José por haber librado a sus habitantes de una enfermedad de tabardillo. En Remolinos, el Santo Cristo de la Cueva se apareció en ella a unos salineros. Bujaraloz cambió sus patronos San Fabián y San Sebastián buscando mejor valedor para que les protegiese de las plagas de langosta y pusieron varios nombres en un puchero para sacar uno a la suerte, y por tres veces salió San Agustín, que no había sido incluido. Los patronos y las fiestas mayores se escogieron por razones históricas, como la implantación por Jaime I de la Asunción en su marcha hacia Valencia, o el santo del día en que se conquistaba una población y, finalmente, santos o vírgenes de las estaciones convenientes a los ciclos de siembra y recolección y después de ésta, para poseer medios que gastar. Las advocaciones pueden surgir de los más fútiles motivos; así la Virgen de la Puerta, de Longares, fue hallada por unos campesinos entre Tosos y Mezalocha, llevada a Longares, se la entronizó en el altar mayor, pero por tres veces se trasladó por sí sola a encima de la puerta, donde quedó y recibió el nombre. La Virgen de Jaraba, aparecida a unos pastores, salvó milagrosamente a un jinete que se despeñaba por el peñasco «Salto de caballo».

Muchos lugares de Aragón guardan recuerdo de las predicaciones y conversiones de San Vicente Ferrer, tales como Teruel, Graus, donde se conserva su predicadera, o Caspe, donde se le relaciona con el episodio del Compromiso. Tarazona celebra a la Virgen del Moncayo con la romería del «Quililay», subiendo hasta la ermita otros muchos pueblos de la comarca. Las invocaciones, dances y gozos se imitan y mezclan, muchas veces entre sí, con lo que puede ocurrir que a un santo se le llame, a lo largo de una tirada de versos, «Virgen y Madre de Dios», o que en Fuentes de Ebro se pida para «la luminaria de Santa Bárbara, madre de Dios». Algunos prodigios son de raíz histórica muy antigua, como el de la campana de Velilla Buscar voz... o la ronda de la Santa Cruz, de Atea, o la ermita de la Virgen de Guía al Guerrero de Cubel, por uno de Villafeliche que hizo la promesa al marchar a la guerra contra los moros. Otro rito usual es el de la bendición de los campos y términos de una localidad o todos cuantos se divisan desde un monte, por ejemplo desde la ermita de Santa Brígida, de Sediles (Z.), situada a 1.400 m. de alt. sobre la sierra de Vicort.

La Sábana Santa de Turín (Italia) se repite en Campillo y según la tradición llegó a Zaragoza en el siglo xvii por mano de Lucas Bueno, obispo de Malta. Las ofrendas populares se reflejan en exvotos, de cera, hojadelata o pinturas, en velas o bien en regalo de joyas, mantos o adornos. De especiales características las de Navidad y Semana Santa. En Terrer (Z.), para San Pascual, se cuecen grandes calderas de judías «bajo el olmo», bendecidas y ofrecidas a cuantos asisten a la fiesta. Como en toda España, se hacen «las cortesías» con pendones y estandartes en la procesión del Corpus y también participan y bailan los gigantes Buscar voz... y cabezudos Buscar voz....

Una parte interesante de las devociones populares es la referente a oraciones, gozos Buscar voz... y versos anónimos, repetidos de memoria o escritos en cuadernos que se trasmiten de generación en generación; hojas impresas con grabados sencillos o estampas, medallas de devoción, escapularios y otros sistemas de protección, de especial importancia en los niños; el trazar cruces sobre el pan antes de partirlo, en la ceniza del hogar para evitar que entre el mal por la chimenea, la colocación de remedios en las puertas o ventanas y las bendiciones o lustraciones de diversos lugares y en momentos adecuados, remate de una construcción, ocasiones de peligro, etc. Como decíamos inicialmente, es difícil separar cualquier acto de la vida popular de una connotación religiosa, al estornudar, al desear algo, al obtenerlo, etc. La bendición de la mesa, las oraciones de la mañana y al acostarse, el Angelus y devociones especiales como el rosario, novenas, vísperas, maitines y laudes, etc., eran parte de la repetida actividad diaria, aunque los hombres no frecuentasen mucho la iglesia, actividad más propia de mujeres, y «cumpliesen con parroquia» es decir con confesión y comunión anual por Pascua. Especial reverencia merecía el «viático» o la comunión de los enfermos, y un carácter peculiar asumían las bodas, bautizos y entierros.

 Religión, creencias y supersticiones: En realidad la cuestión general que debe servir de base para la consideración de los temas de este enunciado es el de la «religiosidad» o el de la «devoción» popular y el juicio que tales prácticas merecen en relación con los hombres, las mujeres y los niños. La formación religiosa, durante mucho tiempo, se limitó a la «doctrina» o «catecismo» como parte esencial de la educación de los niños y al aprendizaje de jaculatorias, fórmulas y oraciones, con una espaciada atención a los sacramentos e incluso con el anual «cumplir con parroquia» de los hombres, que no obstante asistían a las funciones religiosas de las fiestas, casi sin excepción. Sin duda el esquema de la vida diaria y todos los planteamientos estacionales y aun anuales reposaron sobre programas establecidos por la Iglesia y a lo largo de la historia de nuestros pueblos se han elaborado rígidas normas que, en muchas ocasiones podemos identificar con su origen.

En primer lugar tenemos los fenómenos de cristianización de las ideas paganas, lugares de culto, creación de advocaciones y adaptación de los «indigentamenta» o listas de santos con sus atributos y atribuciones, y oraciones y finalidad de las plegarias, ofrendas y sacrificios que se les dirigían; no obstante, algunas creencias precristianas se han mantenido, a veces sin que se nos alcance la causa de la transmisión. Pueden ponerse como ejemplo las ideas sobre las virtudes de las «piedras de rayo» o la extrañísima de una punta eneolítica hallada en Bujaraloz, de la que se decía que era un rayo metalizado que penetraba en la tierra cinco «estados», a razón de uno por año, desandando el camino hasta salir a la superficie y contando la penetración por «estadios» como los griegos, sin el menor contacto directo que lo justifique, o la cristianización de cuevas, rocas o fuentes intermitentes, con ermitas en sus proximidades o con cultos que no excluyen las antiguas prácticas, como la de la noche de San Juan o la curación de los herniados en Lobera de Onsella, pasando a los niños entre las dos partes de un tronco de roble, cortado verticalmente, por dos personas, una llamada Pedro y otra Juan, que dicen al pasar cada niño: «herniado te lo doy, sano te lo devuelvo», atándose luego las dos partes del árbol y esperando a ver si se unen, en cuyo caso sanará el niño.

Otro grupo de fenómenos corresponde a las leyendas tardías en relación con la invasión musulmana Buscar voz..., creadas tras la reconquista y, por lo tanto, en Aragón en los siglos XIII y XIV: es fundamental la aparición y hallazgo de vírgenes y las referencias de cualquier monumento antiguo o lugar misterioso a un moro o mora, con encantamientos añadidos, enlazados con leyendas de tesoros escondidos y generalizados a partir del siglo XVI. La justificación de las expulsiones de judíos y moriscos darán lugar a la creación de leyendas y se inventará un antagonismo permanente entre las tres capas de población que coexistieron pacíficamente en Aragón. Las referencias populares a moros (o a turcos) se multiplicarán a partir del siglo XVII, cuando ya se haya producido la aparición de las grandes devociones nacionales y el abandono de muchos antiguos patronos de los pueblos para ser sustituidos por otros y cuando el aumento de la piedad y de sus actos externos hayan exigido la ampliación de las antiguas iglesias y la fundación de un número extraordinario de ermitas, oratorios, humilladeros, etc. Los antiguos patronos serán objeto de fiestas secundarias, de votos con romerías, y los nuevos provocarán a veces viajes, como los de La Almolda para introducir a San Úrbez, o prodigios como el ya mencionado de la aparición en Bujaraloz del nombre de San Agustín entre las papeletas de un puchero, por tres veces, sin que en ninguna se hubiera introducido previamente. Aparecerán los gozos, el rosario de la aurora, el dance con las loas, y se aplicará con rigor la jerarquización de fiestas con arreglo a la cuarentena prevista por la Iglesia, coincidiendo muchas de las devociones con las fiestas paganas estacionales, ritos de bendición por las antiguas lustraciones, repetición de fórmulas en los entierros, etc.

En Aragón estuvo más limitada que en otras regiones la brujería y la intervención del diablo. La primera, bien estudiada por Garí, responde a ideas generales, aunque se localicen los focos en pocos sitios. En cuanto al diablo, en lo popular, aparece como un personaje casi cómico al que engañan todos, el herrero de San Felices o de Bujaraloz, que eludieron entregarle el alma pidiéndole el escoger el modo de morir y elegir «de sobreparto», la doncella de Los Bañales para quien había que tener terminado el pozo (en realidad memoria del acueducto romano) antes de que cantase el gallo y engañar al animal y de paso al demonio poniéndole un candil ante los ojos para que creyese que era ya el sol naciente, o los niños que lo apalean en un cuento infantil y cuando aparece en el dance; si los clérigos autores de las letras lo meten en teologías y discusiones, el pueblo lo convierte en un mascarón tiznado y con rabo cuyas picardías consisten en perseguir a los zagales y levantar la falda de las muchachas. Será necesario que lleguen los terribles libros de devoción de fines del XVII para que aparezca un diablo al acecho de descarriados. Las vidas de santos, sin necesidad de apelar al «Año Cristiano», serán parte esencial de la devoción del pueblo aragonés, que podrá ignorar los principios esenciales de la devoción, pero no las prácticas de la «doctrina cristiana», de los actos devotos, del santo de cada día y de la vida más o menos legendaria de los predilectos.

En cuanto a las devociones más apreciadas por los aragoneses, habría que recurrir a los antropónimos para advertir los predilectos a la hora de escoger, aunque con frecuencia se busque el santo del día y el más raro dentro de ellos, por la costumbre de designar a la gente por el nombre de pila acompañado del de la casa o de los padres. No obstante, Orosia en Jaca, Engracia en Zaragoza, Pilar en todo Aragón, Lorenzo en Huesca, muestran el favor popular y podrá hallarse en los documentos de cada época un índice de frecuencia que indique abandonos y tradiciones: San Fabián y San Sebastián fueron santos predilectos de los Monegros y aun después de ser sustituidos continuaron las hogueras en sus vísperas y sus nombres impuestos a los niños, con lenta penetración de los nuevos, como San Antolín en Sariñena.

Históricamente un tema importante es el de las devociones mozárabes, de las que conocemos bien la de Santa María la Mayor de Zaragoza, ampliamente tolerada y con documentos de donaciones, como la de las Santas Masas. Un tema poco tratado es el de las prácticas religiosas de islamitas y hebreos después de la reconquista cristiana, de las que conocemos las capitulaciones y la literatura encaminada a mostrar los antecedentes como el famoso Libro verde de Aragón, con la aparición de episodios como el martirio de Santo Dominguito de Val o el asesinato del inquisidor San Pedro de Arbués. En el dance de muchos pueblos aparecen referencias constantes a Mahoma, pero escasas a los judíos o ninguna en la mayor parte de ellos, en tanto que no debe olvidarse que el dance resume las ideas consiguientes al Concilio de Trento.

Un conjunto de ritos de enorme importancia y muy difundidos en Aragón es el del fuego, en forma de hogueras o «fallas», sin ejemplos de purificación como el de San Pedro Manrique (Soria), pero sí con saltos sobre ellas, que viene a ser lo mismo. En cambio, se reduce mucho el área de dispersión de las ofrendas de «cera» a los muertos, con casos como el «banquet de las velas» en Gistaín, pero pérdida de la costumbre en muchos pueblos del Pirineo, mientras es habitual en el País Vasco y Navarra: un caso especial es el de La Almolda, con ágapes sobre las tumbas y una candela encendida en el asa de la cesta en la que se llevan las vituallas. En relación con el rito de la cera está la bendición de candelas el día de la Purificación de Nuestra Señora, en memoria de la que ofreció la Virgen una vez transcurrida su etapa de aislamiento, pero en Aragón, como en otros sitios, estas candelas sirven para alejar las tormentas y «pedregadas» y se encienden con esa finalidad, lo mismo que el cirio «pascual» o los ramos benditos del día de la entrada de Jesús en Jerusalén, que previenen contra todo mal puestos en los balcones y ventanas, siendo de olivo hasta la más reciente implantación de las palmas.

Quizá uno de los ritos prehistóricos conservados con mayor genuinidad es el de la piedra «viborera» de Ordovés, que sujeta por un alambre era depositada en un recipiente con agua que luego servía para sanar a los animales. Piedras con valor apotropaico se encuentran en muchos lugares y deben tener un origen prehistórico, aunque no podemos enlazarlos con seguridad. Sería sugestivo pensar que en el monte Aneto hubiera una divinidad indígena que habría conservado el nombre en el Neitin de la estela ibérica de Binéfar, pero en todo caso no conocemos ninguna perpetuación de este culto hasta tiempos medievales o modernos.

No parece popular la mencionada fábula de Pierres, Caco y Cesarión en el Moncayo, que figuran en Tarazona como tema preferente, pero se adaptaron a la suma de creencias populares sobre un monte cuyo carácter sagrado podría remontar a la época ibérica y a sus explotaciones de hierro desde mucho antes; lo mismo que Gustavo Adolfo Bécquer hizo con la tía Casca, dando forma a una tradición que no sabemos cómo era originalmente; o con las brujas del castillo de Trasmoz, que de creer a Zurita habría sido un pícaro arbitrio de monederos falsos para llevar a cabo sin estorbos su lucrativa y fraudulenta operación, sin que lo tardío y seguro de la noticia haya impedido la inserción del lugar como centro de aquelarres y patria de brujas.

No debe extrañar que una buena parte de las supersticiones y creencias se produzca sobre curaciones de males irremediables o por la mayor confianza en el curandero y en las oraciones al santo de la devoción de cada uno que a los cuidados del médico: no hace mucho, todos los males podían clasificarse en «ardor» y «pasmo» y los ocurridos de repente y con violencia eran «torzones». Sin eludir las curaciones prodigiosas por obra sobrenatural, en todo tiempo (incluso en el nuestro, desde el hongo a la jalea real, a la pulsera de bronce, etc.) la humanidad ha buscado remedio a los males por los caminos más extraños, aparte de la habilidad de algunos «ensalmadores» o curanderos, de las virtudes de la farmacopea natural (en Bujaraloz se ponían sobre las heridas telarañas de la cuadra), o la aplicación a determinados santos y prácticas, como la de Gaudencio Beltrán alias «Peliches», el peón caminero de Bujaraloz que curaba todas las enfermedades por intercesión de San Antonio con manteca de cerdo o de cerda según el sexo del paciente; claro que la Iglesia desautorizó las letanías y vueltas a la casilla de este pobre demente, pero la caravana de gentes que llegaban desde Aragón y Cataluña para curarse resultaban asombrosas.

El análisis de las creencias populares debe atender a todos los elementos racionales y objetivos que se conozcan, pero no pueden olvidarse las sobrenaturales y que residan en ideas de la época o del individuo afectado. Hay estudios eruditos sobre el milagro de Calanda (E. Estella, L. Aína), o en el estudio de Antonio Beltrán sobre el Santo Cáliz (Grial Buscar voz...) de la catedral de Valencia se muestra cómo la copa de cornerina que lo forma es de taller oriental, de tiempos de Cristo y pudo estar en la mesa de una cena solemne en Jerusalén, con lo que arqueológicamente nada hay que se oponga a la tradición que se relaciona con San Lorenzo, San Juan de la Peña y el palacio de la Aljafería, antes de pasar a Valencia.

Con frecuencia la Iglesia y los poderes públicos han tratado de desarraigar las creencias populares que se estimaban irrespetuosas o poco acordes con los tiempos, sobre todo en sus aspectos religiosos; Carlos III prohibió la celebración de cualquier tipo de bailes en el interior de las iglesias, quedando sólo el de los «seises» en Sevilla, pero desapareciendo el dance interior, aunque los danzantes penetrasen con baile de espadas por la vía sacra durante el ofertorio o quedasen restos de las albas tal vez en las enagüillas de los volantes de Sena y Sariñena o en los atuendos aparentemente femeninos de Alloza o las faldetas de muchos otros, por ejemplo, del Somontano del Moncayo. El pueblo defendió estas manifestaciones, no sabemos si por afección a sus costumbres o por oponerse a las autoridades, y conocemos asonadas por el intento de supresión de dances. En general, la racionalización de los cultos ha tenido peor fortuna que su sustitución por otras formas exteriores que el pueblo adopta con relativa facilidad, como puede advertirse por la incorporación de normas litúrgicas más recientes; no obstante, es precisamente a consecuencia de estos hechos (o al menos coincidiendo con ellos) cuando se produce la resurrección o repristinación de devociones antiguas, con un enorme entusiasmo, como los coros de despertadores de Bujaraloz y la difusión de las procesiones y redoble de tambores del Bajo Aragón. De hecho, acontecimientos anecdóticos pueden influir decisivamente en el arraigo de una costumbre no muy antigua, como por ejemplo Luis Buñuel en relación con los tambores de Calanda y por extensión los de toda la Tierra Baja; sin embargo, tenemos los datos del inicio de estas costumbres en Alcañiz recogidos por Taboada, y se trata de acontecimientos del siglo xvii que tardaron mucho en configurarse como actualmente los conocemos. El pueblo se encarga de hacer eternas y perdidas en la noche de los tiempos las costumbres más recientes.

Independientemente del estudio objetivo de las devociones y de las tradiciones religiosas, hay un aspecto importante desde el punto de vista etno-sociológico: la influencia en los modos de vida actuales de esa suma de creencias, incluso en las reacciones críticas y contrarias.

Las supersticiones constituyen uno de los más expresivos medios de conocimiento del fondo cultural de los pueblos. Pueden descubrir la debilidad de la formación intelectual o religiosa, porque el pueblo (y en este campo sería muy difícil establecer dónde termina el pueblo y cuál es la base de las superstición de los «señores») sustituye las elaboraciones científicas por conceptos propios que tratan de explicar los acontecimientos o ideas poco accesibles mediante otras comprensibles o, por el contrario, tan fuera de la realidad que no necesitan explicación ninguna, siendo suficiente su carácter maravilloso; el sueño, la enfermedad, el dolor, la muerte, los acontecimientos catastróficos, pero también los acontecimientos diarios motivarán explicaciones o remedios que pueden tener viejas raíces históricas, pero que el pueblo aplica como cosas actuales. Si los muertos se sacan de casa «con los pies por delante» o se exponen ante los convecinos durante algún tiempo, no podrá hacerse lo contrario salvo que se produzca una verdadera catástrofe, sin que sirva para nada que se diga que etruscos y romanos lo impusieron así a los tarentinos y otros pobladores de la Magna Grecia el vestir a los muertos con las mejores galas y adornos. Así se crearán seres misteriosos que influyen en las personas, animales y cosas (entre nosotros el «mal dau» que es el aojamiento de otros sitios), pudiendo influir también los astros, las rocas, las montañas de formas caprichosas o fantásticas que recibirán nombres que luego darán lugar a leyendas (el «salto de Roldán»), determinados árboles, plantas y animales, sus movimientos, los gritos, el viento, el agua y sobre todo los muertos, a quienes habrá que apaciguar con ofrendas u oraciones, pero también con conjuros: el «pan de muerto», el cepillo de las ánimas, serán una parte de ellos, pero en varios sitios de Aragón había que eliminar a los aparecidos a tiros, con las balas sustituidas por fragmentos del cirio pascual o mojadas en agua bendita. Los muertos pueden mandar avisos, casi siempre por ruidos: los que han muerto violentamente pueden acarrear peligros a los vivos, que se conjuran depositando una piedra en el lugar donde murieron, simplemente besándola o diciendo una oración.

Los maleficios pueden producirse con frecuencia por las mujeres viejas; los inconcretos entran, sobre todo, por las chimeneas, pero también por las puertas y ventanas. Con agua bendecida el domingo de Ramos se rociaba toda la casa en el Pirineo, pero sobre todo los vanos; en la ceniza del hogar se hacían cruces o bastaba con poner las tenazas abiertas en cruz; los espantabrujas de las altas chimeneas cumplían un papel análogo.

• Bibliog.:
Serrano Montalvo, Antonio: «Acotaciones a las devociones populares en Aragón», II Jornadas de Estudios folklóricos aragoneses, Zaragoza, 1966, p. 20.
Beltrán, Antonio: De nuestras tierras y nuestras gentes, I-IV, Zaragoza, 1968-1973.
Faci, Roque Alberto: Aragón Reyno de Christo, t. I-II, Zaragoza, 1739 y 1750.
Beltrán, Antonio: El Santo Cáliz de la Catedral de Valencia, Valencia, 1960.
A. Romero y W. Rincón: Los santos altoaragoneses, I-II, Zaragoza, 1982.
J. Domínguez Lasierra: Aragón legendario, I, Zaragoza, 1984.

 

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